XVIII
El Jaialdi
Toda fiesta vasca que se precie tiene que tener varias cosas, pero sobre todo dos: gastronomía y música. Ninguna faltaba en aquella, como pudo comprobar Haizea nada más poner un pie en el Basque Block.
Mitch se atavió con una txapela y Haizea consideró que estaba muy guapo con aquella boina de lana, una prenda ya tan en desuso en el País Vasco. Él le regaló un pin para la camiseta que rezaba Proud to be Basque, que ella se puso de inmediato.
Una trikitixa comenzó a sonar y un montón de gente se puso a bailar en plena calle y ellos se dirigieron al centro neurálgico de la fiesta: la Euskal Etxea, donde ambos fueron muy bien recibidos por todos.
—El Basque Center ha jugado un papel importante en la historia de Boise —apuntó Mitch—.
Fue constituido en 1949 como club social, y Garmendia es miembro honorario.
El centro ayuda a mantener el patrimonio apoyando el baile, la gastronomía y los encuentros entre las diferentes ramas familiares de Europa y Estados Unidos.
Se puede jugar al mus, aprender a tocar el txistu o bailar aurreskus.
En el recinto festivo, que rodeaba la Euskal Etxea, se escuchaba la música de la txalaparta, la alboka, algunos irrintzis improvisados, y todo el aire estaba impregnado del
Ambos hermanos palmearon la espalda de Mitch con fuerza y claros signos de alegría, y Haizea se dio cuenta de que ellos también creían que estaban juntos.
—Tienes que ver a Alice y Ane. Van a bailar.
—¿Cuándo? Son mis sobrinas pequeñas. —Aclaró Mitch a Haizea.
—A las que malcría todo lo posible —dijo George—. Será en el saludo al santo, el domingo. Esperamos veros.
—Le encantan los críos —le dijo a Haizea su otro hermano, y ella no pudo evitar pensar que aquella aclaración iba con segundas y hasta con terceras.
—Ahí estaré —dijo Mitch.
—Estás invitada, Haizea —dijo Pete—. Y no te olvides de que los campeonatos de pala comenzarán mañana, hermano. Vienen varios pelotaris de Euskal Herria.
Estuvieron un rato más charlando hasta que los dos Larrea fueron reclamados por alguien de la organización del evento.
—Así que tres chicos —dijo Haizea.
—A mi madre la volvíamos loca. —Sonrió Mitch con nostalgia.
—No te pareces a tus hermanos —dijo ella.
—¿En qué sentido? —preguntó Mitch, extrañado.
—Ya sabes en cuál. Tú te quedaste con la mejor parte del ADN.
—¿Estás llamándome guapo, Elorrieta? —dijo Mitch con una sonrisa canalla que hizo que Haizea sintiera mariposas en el estómago.
—Más quisieras —rio ella.
Alguien anunció por megafonía el inicio del concurso de bertsolaris en la carpa de la entrada, con Martin Goikoetxea, llegado desde Rock Springs, Wyoming, y Todor Azurtza, un bertsolari y promotor cultural vasco que residía en Boise.
Dentro de la Euskal Etxea, un DJ pinchaba a cantantes y grupos vascos de música folk como Oskorri, Mikel Laboa, Kepa Junkera, Estitxu, Sorotan Bele, Benito Lertxundi, y temas de más roqueros como los de Fermín Muguruza, Izaro, Itoiz, Gatibu, Hertzainak, Zea Mays o Zetak amenizaban la velada.
—Como ves, no reparamos en gastos —dijo Mitch, orgulloso.
—Ya lo veo —asintió Haizea.
Ella rio y él la miró con ternura.
—Si bien el visitante puede quedarse con la idea de que el Basque Block responde a un alarde de arrogancia vasca, el grado de movilización e implicación de la gente es lo importante.
Esto une a la comunidad; nos recuerda de dónde venimos y lo que lucharon nuestros antepasados por tener una vida mejor.
Muchos, como Garmendia o mi abuelo, escaparon de la dictadura franquista dejando a su familia atrás.
Se alistaron para librarnos del fascismo.
—Tienes razón. Al ver el panorama actual creo que su testimonio es más valioso que nunca.
—¡Exacto! Por eso el Jaialdi rinde homenaje a las raíces y al valor de esas gentes.
Es algo que se puede compartir entre todos porque la convivencia es enriquecedora, más allá del color político de cada cual.
Somos un ejemplo de que se puede: el estado tiene un gobernador republicano, pero la alcaldesa de Boise es demócrata. Ojalá todo el país fuera así.
—Tienes toda la razón y es un orgullo, pero no puedes negar una cosa.
—¿Qué? —preguntó Mitch.
—Que los vascos de Idaho parecéis todos de Bilbao por lo fanfarrones que sois. —Rio Haizea.
Haizea y Mitch comieron y bebieron en abundancia, y las horas pasaron sin que apenas se percatasen de ello.
Volvían a estar cómodos el uno con el otro y el alivio que sintieron ante esa certeza fue inmenso.
Las risas habían regresado y Haizea fue consciente de que las bromas eran la piedra angular de la complicidad que compartían.
Supo que si ella le hacía reír y él a ella, todo estaría bien.
Y se dio cuenta de que con Derek eso jamás había ocurrido.
Durante la sobremesa, Mitch le presentó al resto de su familia, a sus cuñadas y a sus sobrinas pequeñas, con las que Haizea comprobó que se llevaba de maravilla.
Esa visión de él con las niñas la hizo sentir algo muy dulce y cálido por dentro, una sensación extraña para ella.
En algún momento de la tarde se quedó apartada para observarlo mientras charlaba con la gente, solo por placer.
Al rato, él comenzó a buscarla con la mirada y, al verla y darse cuenta de que ella lo observaba, le regaló aquella espectacular sonrisa suya: la más dulce, alegre y maravillosa que Haizea había visto jamás.
A la tarde comenzó la verbena con la banda vasco-norteamericana, Triki Taka Stomp.
En cierto momento Haizea reconoció una de las canciones, era Amets bat, de Alaiz eta Maider.
Se sentía tan feliz que comenzó a cantarla.
Fue entonces cuando Mitch la tomó de la mano y la sacó a bailar.
Ella se dejó conducir por él hasta donde las demás parejas danzaban.
El baile se tornó lento con Paris, de Izaro.
Mitch la apretó contra su cuerpo para bailar aquel vals y ella no se resistió; al contrario, se apretó un poco más fuerte contra él.
Mientras bailaban todo se fue volviendo más y más íntimo y, por un momento, fue como si estuviesen solos, sin nadie alrededor.
Haizea tenía las mejillas encendidas y estaba preciosa con ese mechón de pelo que se le soltaba de la trenza medio deshecha y que le caía sobre la cara.
Mitch le retiró el cabello detrás de la oreja y surcó la zona con las yemas de sus dedos, bajando por el cuello para deslizar los pulgares por su nuca con una delicadeza lenta y desesperante.
Haizea se humedeció los labios, ansiosa, y le acarició con un solo dedo aquel hueco entre las clavículas; de inmediato pudo apreciar cómo se le erizaba la piel.
Después dejó caer la cabeza en su hombro y aspiró su aroma. Olía de maravilla.
Las manos enormes y amables de Mitch le rozaron los costados con suavidad y regresaron hasta alcanzar su espalda, la que su camiseta de tirantes dejaba al desnudo.
Él lo hizo por inercia, porque sus manos ya la habían tocado y no podían estar sin hacerlo.
Las deslizó por el cuerpo de Haizea, que ya le parecía conocido, y provocó que ella cerrara los ojos un instante y suspirara.
Al volver a abrirlos, Mitch la estaba observando con una intensidad que la aturdió.
Hubiesen continuado así, prendidos de los ojos del otro eternamente, pero la música cesó y se fueron soltando muy despacio.
Alguien iba a dar algún discurso de agradecimiento y entonces, de pronto, se dieron cuenta de que tenían que regresar al mundo real, salir de aquel universo particular a pesar de que no querían hacerlo.
No querían retomar aquel estado de «solo amigos», porque era mentira y, en el fondo, también se trataba de una cobardía.
Haizea se dio cuenta de que el duelo estaba hecho. Y percatarse de ello la hizo temblar de emoción y de miedo al mismo tiempo, ya que todavía no sabía lo que sentía Mitch por ella.
La tensión ante la inminencia de otra caricia que los conduciría a un beso y, acto seguido, a algún lugar donde hacer el amor era más que evidente. Mitch la miró. Había preguntas en esa mirada; dudas. Ella también las tenía.
—Entonces… lo de Lorraine no fue nada —comenzó ella.
—No, claro que no —susurró él, muy serio.
—Igual que lo nuestro.
Fue más bien una pregunta que le daba miedo formular.
—No, lo nuestro no ha sido igual para nada —dijo con el ceño fruncido.
—¿Entonces?
Mitch suspiró con fuerza, dispuesto a jugársela y sintiendo que tenía más miedo que en un rodeo
—Haizea, lo que te dije ayer… no era cierto —confesó—.
Yo puedo ser muchas cosas tuyas, pero no solo un amigo.
No puedo, porque quiero dormir contigo y porque los amigos que solo son amigos no se miran como lo hacemos nosotros.
No sé lo que es para ti, pero para mí eso de la amistad con derecho es una solemne tontería y de cobardes.
Además, querría decir que alguien más podría hacerte el amor, alguien que no fuese yo, y no puedo soportarlo, cariño —dijo posando su frente sobre la de ella.
—¿Y por qué me dijiste que solo fuéramos amigos? —preguntó ella, separándose de él al borde del enfado.
—¡Porque tú me lo pediste! Y era mejor que no ser nada.
—¡Ay, tonto…! —susurró Haizea, tirando de su camisa para acercarlo a ella y besar con fuerza aquellos labios perfectos, tan suaves y cálidos.
Él abrió la boca sonriendo e hizo que ella la abriese también para que sintiese su lengua cálida y húmeda.
Ella tomó su labio superior, succionándolo con lentitud, y le devolvió la sonrisa mientras se pegaba con fuerza al cuerpo de Mitch.
Pero estaban en aquella fiesta y, aunque ávidos el uno del otro, no podían dar rienda suelta a aquella hambre desesperada.
—Todos nos están viendo —rio ella.
—Da igual. De todas formas, la gente ya piensa que estamos juntos, así que démosles la razón, ¿no?
Haizea, con una mano sobre el pecho corpulento, podía notar las intensas palpitaciones del corazón de Mitch. Él posó su frente de nuevo en la de ella mientras le acariciaba las mejillas y ella pudo sentir su aliento dulce y caliente sobre los labios, a la vez que aguardaba algo más.
—¿Quieres que…? —susurró por fin Haizea.
No podía hablar. Estaba aún en brazos de Mitch y se encontraba sin aliento por culpa del intenso beso. Él asintió, intentando respirar con normalidad.
—Quiero estar contigo, sí —jadeó en voz muy baja.
Al fin, las cartas estaban sobre la mesa, pero ¿era lo que Haizea quería en realidad?
A pesar de que su mente y la cordura le decían que no, su cuerpo clamaba por salir de dudas.
Siempre había pensado que teniéndolo todo bajo control aplacaría el sufrimiento que le provocaba la incertidumbre.
Por eso planeaba todo con antelación y creaba listas de tareas pendientes; para mantenerse a flote.
Sabía la respuesta y ya no tenía dudas. Aquella poderosa atracción que sentían el uno por el otro ya no podía frenarse. Así que se lanzó al vacío sin red y dejó de esforzarse en ser responsable. Dejó de pensar y de tener miedo.