Corazones en Boise XVII
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XVII

Cobardes

Por la mañana, la tormenta había pasado y el sol volvía a brillar con fuerza.

Ella se espabiló primero y se levantó con sumo cuidado para no despertar a Mitch, que dormía a pierna suelta con lo que parecía un amago de sonrisa en el rostro.

Haizea no pudo evitar quedarse observándolo.

Estaba tumbado boca abajo, con la cabeza ladeada hacia ella, y en su cuerpo desnudo se marcaba cada músculo.

Admiró la espalda ancha que daba paso a unas nalgas prietas y marcadas.

Era un hombre muy hermoso, por dentro y por fuera.

Al encerrarse en el baño para ducharse, no pudo evitar pensar en las tres veces que se había corrido aquella noche pasada, una más que él.

Y el vientre se le llenó de un hormigueo de gusto que la hizo sonreír y suspirar al mismo tiempo.

No recordaba haber disfrutado así en toda su vida y pensó que, tal vez, era cierto que las mujeres alcanzan la madurez sexual a partir de los cuarenta, cuando ya saben lo que quieren en un hombre y, sobre todo, lo que no.

Mitch se despertó al escuchar el ruido del agua de la ducha y le extrañó encontrarse en el dormitorio de Haizea.

En aquel primer instante de lucidez de la mañana, recordó la noche anterior y aspiró el aroma a limón de la almohada.

Todo un cúmulo de imágenes, a cuál más excitante, le pasaron por la cabeza haciéndolo sonreír, mientras notaba aquella dulce debilidad en las tripas que le decía que había vuelto a ocurrir, que se había enamorado de aquella mujer, a pesar de que un día creyó que no volvería a sucederle jamás.

La certeza le hizo resoplar de esperanza y de alegría.

Haizea regresó a su cuarto envuelta en una toalla, con la piel y el pelo aún mojados y al encontrarse a Mitch todavía desnudo sobre la cama, se sonrojó.

Él susurró un escueto «buenos días» y se levantó igual de azorado, sin poder evitar contemplarla y pensar que era la mujer más hermosa que había visto jamás.

—Voy a… darme una ducha —dijo sintiéndose un auténtico idiota al no poder sincerarse debido a su timidez.

—Yo… me visto ahora. Eh… ¿voy preparando el café? —preguntó ella titubeante.

—Bien, claro… —asintió él sonriendo y maldiciéndose al mismo tiempo por su necedad.

«Pareces nuevo», se dijo mientras suspiraba nervioso bajo la ducha.

Dejó que el agua fresca mojara su cuerpo, que todavía le ardía de ganas, y esperó un buen rato para, más calmado, ir a la cocina a preparar el desayuno como todos los días.

Comieron casi en silencio, sin que se les pasara aquella extraña torpeza, conscientes por completo de cada movimiento del cuerpo del otro, entre miradas y sonrisas tímidas.

—Somos un par de memos —dijo Haizea por fin.

—Sí, eso es lo que parecemos. —Rio Mitch.

—Yo quería decirte que… lo de anoche fue… estuvo genial —titubeó ella.

—A mí también me gustó mucho —dijo él completamente aliviado por la confirmación, aunque el silencio que vino después no le auguró nada bueno.

—Mitch, yo creo que… bueno, que ayer nos dejamos llevar y fue estupendo, de verdad, pero creo que…

Él solo escuchó aquel "pero" y supo que Haizea se había arrepentido, así que decidió ahorrarle lo que a ella tanto le estaba costando decir.

—Yo también creo que nos precipitamos un poco y opino que… —Él tragó saliva para poder continuar con aquella mentira que le estaba resultando tan dolorosa—. Que deberíamos continuar siendo solo amigos. Estábamos bien así, ¿no?

En ese instante, al escuchar aquellas palabras, ella sintió un dolor con el que estaba familiarizada y, en vez de decir lo que realmente deseaba, se puso a la defensiva.

—Es lo mismo que iba a decirte.

—Quiero dejar claro que no pretendo que vuelva a suceder. Eso de las amistades con derecho a roce no es lo mío. Soy de la vieja escuela —aclaró Mitch muy serio.

—Yo también —asintió Haizea molesta.

—No deberíamos confundir lo que pasó, ¿verdad?

—Además, me voy a marchar, así que lo mejor es dejarlo todo como estaba —concluyó ella.

Mitch, confuso ante la respuesta de Haizea, también notó un agudo malestar al darse cuenta de que estaba renunciando a tener algo más y que acababa de equivocarse al no luchar.

«Pero al menos seguirá siendo mi amiga», se dijo.

—Te irás. Claro.

—Entonces, ¿amigos? —dijo ella levantándose de la mesa y tendiéndole la mano.

Él la miró a los ojos, estrechó su mano y asintió.

Ella se había convertido en una verdadera experta ocultando sus pensamientos a lo largo de su vida.

Mitch apartó la mirada porque le hacía daño verla tan entera y, tras recoger la mesa en silencio, salió a las cuadras, ensilló su caballo y se fue al galope hacia los pastos sin mirar atrás.

—¿Qué demonios hago ahora, hermano? —le preguntó Mitch a Jacob con rabia, sentado bajo una sombra mientras divisaba al ganado que pastaba frente a él.

—Pues darle tiempo. A mí también me costó con Cindy.

Ella vale oro, tío, y decidí que rompiésemos y que quedáramos como amigos para que pudiera irse a estudiar como querían sus padres.

Pero la esperé, quise ganármela, ¿recuerdas?

—Mitch asintió—. Y al volver no podíamos vivir ya el uno sin el otro.

Ella es mi hogar, tío. El único lugar al que quiero regresar todos los días.

—Es lo que me pasa con Haizea. Solo quiero escuchar su risa.

No necesito otra cosa en este mundo. No quiero conocer más gente.

No deseo nada más. Es ella o nada —dijo, escondiendo el rostro entre las manos, abrumado.

Jacob le palmeó la espalda—. Esto me sobrepasa, tío.

Nunca había sentido algo así por nadie. Ni por Alison. ¡Y me ha dicho que se va, joder!

—Haz que cambie de idea.

—¿Cómo?

—Deja que todo fluya. Las cosas buenas no necesitan de ninguna prisa. Mira, así como te dije que no fueras a buscar a Alison, te digo que debes esperar a Haizea. Creo que las cosas pasan por algo.

—Ya, tú y eso de que estamos predestinados por el Gran Espíritu —rio—. Ya sabes que no creo en esas cosas.

—Da igual lo que creas. Ocurre y ya está. No puedes elegir a quién amar.

—Eso es cierto.

—Una vez sucede solo puedes pedir clemencia, amigo —rio Jacob.

Mitch asintió.

—Es que anoche fue… Nunca me había sentido así antes, tan vulnerable y tan bien al mismo tiempo. Y estoy jodido, bien jodido —resopló, sollozando a la vez.

—Te lo dije. Entre vosotros hay algo especial. Cindy también lo piensa. Ella solo necesita tiempo. Dáselo. Espera.

Haizea se quedó en el rancho intentando mantenerse ocupada, pasando de una tarea a otra sin terminar ninguna para no pensar en lo que ya sabía: que se había equivocado al arrepentirse como una idiota de aquella noche maravillosa.

Porque Mitch no solo era un buen amante, pendiente de ella, de que disfrutara; también era dulce y muy intenso, y solo con recordar sus caricias se encendía de deseo.

«No paro de cometer estupideces. ¿Por qué le he dicho que me voy a marchar si ni siquiera tengo a dónde?», se dijo rabiosa de camino a las cuadras.

Aunque lo que de verdad le provocaba tanta furia era que él se hubiese tomado tan bien lo de ser solo amigos.

Y eso era lo peor, porque ¿cómo iban a conseguir volver a la casilla de salida después de aquella noche?

Por otro lado, no quería perder aquella intimidad entre los dos, los gestos de cariño diarios que compartían como algo habitual y que hacían tan cómoda la convivencia. Le daba miedo que todo eso cambiara.

Hacia el mediodía no podía más, no soportaba aquella incertidumbre, así que decidió llamar a la única persona en el mundo que siempre le daba buenos consejos.

—Saioa, creo que he metido la pata hasta el fondo —dijo, sintiendo unas inmensas ganas de llorar.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado, txiki?

—Anoche nos acostamos Mitch y yo. Fue una locura —susurró, rompiendo a llorar.

—¡Enhorabuena! ¿Qué es eso de que fue una locura? Y ¿por qué lloras?

—Es que estuvo increíble. Lo estuvimos los dos, pero me he arrepentido por la mañana y he hecho el tonto.

—Como si te estuviera oyendo. Le has dicho que mejor que seáis solo amigos.

—Sí, y ahora me quiero morir, porque nunca me había corrido así, te lo juro.

Haizea escuchó la risa de Saioa.

—Siempre puedes decírselo.

—No, no puedo. Se lo ha tomado tan bien que me ha dado hasta rabia.

—¿Y qué querías que hiciera?

—No lo sé. Estoy desentrenada en este tipo de cosas y además… —Sollozó—. Creo que me he enamorado de Mitch. Tenías razón. ¡Me pone nerviosísima!

—¿Sabes lo que yo haría, txiki? —le dijo su amiga con cariño.

—¿Qué?

—Olvidarme de todo lo que le he dicho, salir con él de fiesta y valerme de la coyuntura de las copas para aprovecharme de él vilmente y después, cuando hayáis vuelto a hacerlo, ser sincera. O durante.

—Fui yo la que empezó. No sé si siente lo mismo que yo —dijo Haizea con desesperación.

—Pero me has dicho que él estuvo genial.

—Sí, fue estupendo conmigo, cariñoso y a la vez muy intenso, pero tal vez solo se trató de un calentón. Los dos llevábamos mucho tiempo sin pareja y sin sexo.

—¿Él también? Es un poco vasco —rio Saioa—. ¡Vaya par!

Cuando Mitch regresó, ella ya había comenzado a poner la mesa para la cena.

Él estaba decidido a seguir el consejo de Jake y darle su espacio, así que optó por subirse al tejado para reparar la gotera del dormitorio.

Haizea había hecho tortilla de nuevo y aguardó a que Mitch martilleara, resoplara, maldijera y se duchara para servirla junto con una ensalada de maíz.

—Siento repetirme tanto con la tortilla —dijo ella, aún nerviosa por las consecuencias de la conversación de la mañana.

—No te preocupes, podría alimentarme de tu tortilla de patatas toda la vida. Es mi plato favorito —dijo Mitch encantado.

Haizea se extrañó de que estuviese tan tranquilo, como si no hubiesen existido las últimas veinticuatro horas, y casi le molestó que se pusiese a contarle una anécdota acerca de una vaca y su ternero.

«Hombres…», pensó decepcionada, porque al parecer ella había sido la única en preocuparse por lo que había pasado.

—¿Has logrado arreglar la gotera? —preguntó, decidida a seguirle el juego.

—Creo que sí. Aunque tendré que esperar a que vuelva a llover para asegurarme —rio Mitch.

—Pero apenas ha bajado un poco la temperatura con la lluvia. Sigue haciendo tanto calor… —Suspiró—. Así que voy a aprovechar que el sol está bajo ya y bañarme un poco.

Mitch la imaginó en bikini, en la alberca, y se aguantó un suspiro.

«Estoy bien jodido», pensó.

Entonces le vino a la mente la invitación de Garmendia para que acudieran a Boise ese fin de semana. Tal vez así, en un entorno festivo, lograse aclararse y ver si ella estaba interesada en él de verdad o solo había sido un arrebato por su parte.

—Por cierto, mañana comienza el Jaialdi en Boise. ¿Te apetece venir?

—No sé… —dudó ella.

—No me falles, Elorrieta. Garmendia me va a preguntar si fui un caballero y te llevé.

Y Haizea cogió el testigo, como le había sugerido su amiga.