Corazones en Boise XVI
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XVI

Alquimia

El encanto del momento quedó roto de forma abrupta por culpa de la tormenta. El aguacero, acompañado de aparato eléctrico, no cesaba y, de pronto, se fue la luz. Solo se escuchaba la lluvia incesante, el retumbar de los truenos en la lejanía y las respiraciones suaves y pesadas en la oscuridad.

—¡Maldita sea! Siempre que hay tormenta nos quedamos sin luz —exclamó Mitch soltando a Haizea que, de inmediato, echó de menos el cálido cuerpo masculino.

—¡Vaya! Se acabó la fiesta —se quejó Haizea.

Él se puso a buscar una linterna que guardaba en un cajón de la librería, sin lograr dejar de sentirse algo azorado al recordar el baile que acababan de compartir.

—Si no podemos bailar, habrá que irse a dormir —dijo contrariado—. Tengo que poner en marcha lo del sistema de almacenamiento de electricidad y las placas solares también en la casa, no solo en los establos. Para eso necesitaríamos un nuevo crédito y habría que echar cuentas primero.

—No hablemos de dinero ahora, por favor. Ha sido un día estupendo y lo estropearíamos —imploró Haizea.

—Sí, deberíamos irnos a la cama con pensamientos positivos —sonrió Mitch.

Se desearon buenas noches y se fueron cada uno a su dormitorio, pero la tormenta no daba tregua y una molesta gotera había comenzado a caer sobre la cama de Mitch, justo en su cabeza.

Resopló y maldijo en voz baja varias veces.

Al ver que la insistente gotita no cesaba de destilar y comprender que no iba a poder dormir esa noche en su cuarto, se levantó para colocar un cubo bajo ella y disponerse a pasar la noche en el sofá.

Haizea estaba acalorada y no lograba conciliar el sueño sin el ventilador. Pensó que, a falta de medios eléctricos, tal vez un paño empapado en agua fría la ayudaría a refrescarse.

Se levantó con la intención de acudir a la cocina y se disponía a cruzar el salón cuando un relámpago iluminó la estancia como si hubiese vuelto la luz. Fue entonces cuando divisó a Mitch en calzoncillos, dormido en el sofá. Su inmensa y poderosa anatomía contrastaba con su rostro dulce y apacible.

Ella no pudo o no quiso evitarlo y se quedó parada frente a él, admirándolo y preguntándose por qué aquel hombre le parecía tan hermoso.

Y de pronto, presa de un apremiante anhelo, como si la hubiese poseído una locura transitoria, se acercó sin pensarlo, se puso de rodillas frente a su rostro y lo besó.

Para su sorpresa, Mitch emitió un leve gruñido, sonrió y le devolvió el beso sin tan siquiera abrir los ojos.

Sus bocas se abrieron, se apretaron la una contra la otra; los labios se deslizaron para compartir la humedad ávida y caliente. El deseo fue creciendo, vivo y necesitado, en sus cuerpos.

—Sabes a bourbon… Elorrieta —suspiró.

Al escuchar aquella voz algo ronca y tan suave, y al sentirla en los labios, lo besó con más intensidad. Lo deseaba muchísimo.

Se besaron con los ojos cerrados hasta que Mitch despertó de golpe, los abrió y se apartó con cara de desasosiego.

—¡Haizea, espera, por favor! —dijo al apartar su boca de la de ella, mientras se incorporaba e intentaba no fijarse en sus pechos, que se adivinaban tras su camiseta de tirantes—. No sé si esto es una buena idea.

—No te ha gustado.

—No, no es eso —susurró él, acariciando su rostro.

—No te apetece… —dijo ella decepcionada.

—Todo lo contrario —suspiró.

—¿Entonces?

Mitch enredó los dedos en su pelo.

—Estás borracha y… a mí me enseñaron a ser un tipo decente.

—¡No lo estoy! —clamó Haizea.

—Sí lo estás. Además, ahora eres mi jefa, ¿no?

—Visto así… —dijo con el ceño fruncido.

—Y creo que no debería aprovecharme de las circunstancias —dijo con voz suave y pausada, sin poder dejar de sonreír al pensar lo guapa que estaba cuando se enfadaba.

—Bueno, tal vez un poco, pero a ti ¿quién te ha dicho que te estás aprovechando de mí y no yo de ti? —Haizea volvió a besarlo.

Mitch jadeó y le devolvió el beso. Ella sabía dulce y era cálida; él supo que no podría resistirse y simplemente se rindió.

—Por cierto, ¿duermes en calzoncillos patrióticos? —dijo señalando los que llevaba con la bandera de los Estados Unidos.

—No, sin nada —sonrió él—. Y no cambies de tema. Técnicamente todavía estás casada porque aún no tienes la sentencia del juez. Entiendo un poco de eso.

—Ahora que lo dices… es cierto. Con lo cual le estoy siendo infiel al cretino de mi marido. Anda, ven… —susurró ella tirando de su mano.

Él no se opuso ni se resistió y la siguió hasta el dormitorio.

Entraron de la mano, entre risas y besuqueos.

—¿Seguro que queremos hacerlo? —preguntó él.

—Yo sí. ¿Y tú?

Entonces Mitch se abalanzó sobre ella para besarla con una avidez urgente que a Haizea le hizo sonreír de deseo.

—Hace mucho que no hago esto —jadeó él.

—Yo tampoco —suspiró ella.

—Seguro que te gano.

Haizea se plantó frente a Mitch, retadora.

—Casi dos años —confesó.

—Te gano yo.

Ella lo miró asombrada.

—¿No has estado con nadie en más de dos años?

—Digamos que… he estado complaciéndome a mí mismo. Prefería estar solo que andar con cualquiera.

—Igual que yo, entonces —rio Haizea—. Pero dicen… que es como andar en bicicleta.

—Eso espero —susurró mientras ella lo besaba en el cuello hasta hacerlo gemir.

Haizea se quitó la camiseta a toda prisa, dejándola caer a sus pies.

—¡Dios…! —gimió Mitch al ver sus pechos desnudos.

Ella comenzó a bajarle el calzoncillo mientras él resoplaba de deseo.

—Despacio… Ten piedad de mí —imploró con una sonrisa que a Haizea le pareció letal.

—No voy a descubrir nada que no haya visto ya.

—Pero yo sí —dijo él, mirándola como si quisiese comérsela—. Y me muero por verte.

Ella no esperó más y se deshizo de sus bragas, haciendo que él jadease al contemplarla desnuda por fin.

Después, le acarició el vientre musculoso a la vez que posaba los senos sobre el pecho de Mitch.

Mientras él la aferraba por la cintura, supo que no iba a poder ser un amante paciente y comedido, pero se dio cuenta de que Haizea tampoco sería suave con él.

Era simple: ambos se morían de ganas de hacerse el amor.

Haizea desfallecía de impaciencia y miró hacia abajo para comprobar que lo que le aguardaba era el digno ejemplo de su dueño.

Se besaron con una intensidad furiosa que hizo que ella gimiera al abrir la boca para recibir su lengua caliente y húmeda.

Él gruñó de gusto y la tomó en brazos como si fuese una pluma.

Haizea le rodeó las caderas con los muslos a la vez que apretujaba el cuerpo contra el de Mitch que, loco de deseo, presionó su erección entre los muslos de ella, mientras se abalanzaba sobre sus pechos para chupárselos con avidez.

Ella sentía aquella magnífica boca por el cuerpo y apenas se percató de que Mitch la posaba en la cama. Él no dejaba de saborearla y de apretarla con su cuerpo poderoso y enorme. De pronto se paró en seco y esa pausa la hizo gemir de pura necesidad.

—Aguarda… ¿Tienes un preservativo? —susurró ronco—. Lo siento. No contaba con… nada de esto.

—Mira en mi bolso. Sobre la mesilla. Tiene que haber alguno. Siempre llevo porque mi amiga Saioa me los mete en el bolso desde los dieciséis años y hasta se ocupa de revisar si están caducados. No los uso nunca, pero ya es una costumbre.

—Dale las gracias de mi parte —dijo Mitch sonriendo, mientras giraba el cuerpo hacia el mueble contiguo a la cama.

Tomó el bolso con premura para sacar una ristra de al menos media docena de condones, que observó con asombro.

—Como ves, me tiene en alta estima —dijo ella, admirando el cuerpo desnudo de Mitch.

Él rio y se puso el preservativo sin dejar de mirarla, y justo después, cuando estuvo listo, regresó a su boca haciéndola gruñir de ganas. Aquel beso fue mucho más profundo y lento que los anteriores y los sumió a ambos en una nube de sensuales sonidos, roces y caricias.

—No sé si voy a aguantar mucho, Haizea. Tengo muchas ganas —jadeó.

—No te preocupes, yo también —gimió ella.

Mitch agarró sus nalgas con ambas manos y la miró con intensidad. Fue entonces cuando la penetró y Haizea se sintió sobrepasada por aquel hermoso cuerpo formidable que la empujaba con tanta energía.

La medalla que colgaba del cuello de Mitch se balanceaba sobre los pechos de Haizea, debido al vaivén de los cuerpos.

Él la besaba con ardor. Su barba de un par de días le raspaba la suave piel del escote y del cuello, haciéndola sentir deliciosos escalofríos.

No estaba siendo delicado, pero a ella le gustó aquella rudeza, su intensidad, su fuerza.

Ella respondía a cada embestida arqueándose contra aquel cuerpo duro e inmenso, gimoteando de placer.

Las enormes manos calientes de Mitch resbalaban por la piel erizada de Haizea y bajaban por su cintura y sus caderas, apretándolas sin cesar.

Él ya no paró de penetrarla más y más profundo cada vez, mientras notaba su carne tierna y jugosa en torno a él.

Al percatarse de que ella estaba a punto de alcanzar el clímax, Mitch perdió el control como nunca lo había hecho en toda su vida, y ella gritó al notarlo.

—¡Qué bien! Me encanta que grites —gruñó él.

Haizea sonrió al darse cuenta de que nadie podía oírlos a muchos kilómetros a la redonda y chilló liberándose por fin.

Fue al terminar cuando ambos sintieron que aquello que acababan de hacer había sido algo más que follar.

Alguien dijo una vez que el sexo debe ser sucio para ser bueno.

Y lo fue. Hubo saliva y sudor, y repitieron apenas unos minutos después, pero se habían equivocado en una cosa: hubo alguien que sí los oyó.

Fue el lobo solitario que se acercaba de vez en cuando y que, después de esa noche, dejó de hacerlo.