XV
El pingüino Juanito
Aquel día empezó como tantos otros, aunque desde el desayuno había algo diferente en el ambiente.
El aire parecía cargado y los animales estaban nerviosos.
Mitch dijo que iba a haber tormenta, que aquel viento tan caliente ascendía por las laderas de los valles hacia las montañas en forma de vapor enfriándose al subir y convirtiéndose en nubes cargadas de humedad.
Por eso, aquel día, él decidió mantener al ganado en el rancho, al resguardo de rayos y los posibles aguaceros que podían provocar una gran crecida del río y deslizamientos de tierra por culpa de los torrentes.
—¿Seguro que va a llover? No hay una sola nube en el cielo —dijo Haizea mirando por la ventana.
—Aún no, pero sí, va a caer una buena. Probablemente a la noche —respondió él imitando el gesto de ella.
—Ojalá. Hace un calor espantoso —resopló ella—. Aunque se mojarán los farolillos.
—¿Farolillos? ¿De qué estás hablando, Elorrieta?
—He invitado a Jake y Cindy esta noche para una cena informal.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Te lo dije hace unos días, cuando estabas en el granero y yo acababa de volver del pueblo
—¡Es verdad! ¡Mierda! No me acordaba.
—Eso parece —dijo ella con tono acusador—. Tenía la sensación de que lo habías olvidado. Ahora estoy segura.
En ese instante, ambos se miraron extrañados y se dieron cuenta de que se estaban hablando como un viejo matrimonio. El trato entre ellos se había vuelto cercano y cómodo y ya era una rutina que se gastasen bromas, se dedicasen reproches o se sentasen muy juntos en el sofá.
—¿Lo sabe Jake? Porque no me ha dicho nada.
—Con que lo sepa Cindy es suficiente —concluyó ella saliendo de la cocina—. Ya me he ocupado de las gallinas y he regado el porche, la huerta y la campa de la parte trasera. Voy a darme un baño a la charca y a recoger flores para adornar la mesa.
—¡Te gusta el agua más que a las truchas! —rio él.
Mitch la vio marchar y pensó en la mujer que, apenas dos semanas atrás, había llegado al rancho hundida y no pudo evitar sonreír como un tonto al verla tan feliz.
Las nubes fueron surgiendo como acuarelas pintadas por un gigante y se colocaron encima de los picos montañosos, cada vez más oscuras y amenazadoras.
Haizea convenció a Mitch para que colocara la gran mesa del comedor afuera porque el calor era sofocante y la parte trasera, arbolada, estaba más resguardada del sol.
La decoró con un mantel de lino bordado que encontró en un aparador de la cocina y unos jarrones llenos de amapolas, girasoles y equináceas, e hizo dos tortillas de patatas.
Cindy había prometido traer un pastel y un buen vino.
Mitch se dedicó a preparar una ensalada y sus espaguetis con albóndigas tras desplegar un par de sombrillas para dar sombra a la zona.
Se sentía cansado del trabajo diario con el ganado, pero no dudó en echar una mano con los preparativos al darse cuenta de la ilusión con la que Haizea ubicaba los farolillos de papel de colores en los árboles de alrededor de la mesa.
Al atardecer, un par de rayos rasgaron el horizonte y avisaron de lo que estaba por llegar.
Los primeros truenos retumbaron en la lejanía cuando ya estaban con el postre y las risas habían sustituido a la charla.
Al caer la noche, cuando el estupendo vino californiano había comenzado a hacer su efecto en el ánimo de los comensales, comenzaron a caer las primeras gotas de agua que se secaban en cuanto tocaban el suelo.
Fue cuestión de minutos. Se levantó un viento repentino que hizo volar servilletas y farolillos, y que tumbó ambas sombrillas.
El trueno más fuerte que Haizea había escuchado jamás retumbó en las montañas llegando hasta ellos.
Un fogonazo iluminó el cielo, ella dio un respingo y en ese instante se desató un aguacero que los hizo gritar y correr a resguardarse bajo el porche.
Desde allí, empapados, contemplaron cómo la intensa lluvia llenaba los platos vacíos y las copas de vino sin terminar mientras arruinaba la decoración.
Los Horn se marcharon enseguida. Jacob apenas había probado el vino para poder conducir su jeep. Las cosas podían ponerse peligrosas con aquel aguacero. Debían recoger a sus hijos, que estaban en casa de la madre de Cindy, antes de que las carreteras se pusieran intransitables.
Haizea se había tomado varias copas de vino y, a pesar del abrupto final de la cena, quiso continuar con la fiesta dentro de la casa. Una vez dentro, rebuscó entre los viejos vinilos de Mitch y puso música.
—Está un poco alta, pero aquí no molestamos a nadie salvo a los osos y los lobos. No sé si las vacas tienen buen oído —dijo haciendo reír a Mitch, que se sentía de un humor excelente.
—Lo tienen y mañana darán menos leche porque no las has dejado dormir bien.
Se ha demostrado que cuando las vacas escuchan música relajante, como piezas de Mozart o sonidos suaves, su producción aumenta.
Esto se debe a que la música ayuda a reducir el estrés y genera un ambiente más tranquilo en los establos.
—¿Lo has probado? —preguntó ella.
—Sí, lo he hecho y he comprobado que es verdad. Y los cepillos rascadores también les gustan mucho.
En la casa, después de varios días de altas temperaturas, el ambiente era caluroso y Haizea se quitó la rebeca que llevaba para quedarse con el vestido de tirantes.
Mitch encendió los ventiladores de techo y abrió las ventanas para que corriese la brisa.
Sonaba un viejo vinilo de Springsteen y el aire estaba impregnado de aquel aroma tan característico que surge de la tierra caliente al caer la lluvia.
—Deberíamos brindar. Al final no hemos podido hacerlo.
—Tengo bourbon en la alacena —dijo él señalando un mueble.
Ella tomó dos vasos anchos y labrados y sirvió un poco en uno de ellos para tendérselo a Mitch. Después hizo lo mismo con el suyo.
—¡Salud! —gritó chocando el vaso.
Él rio intentando pronunciar lo mismo que ella y terminaron a carcajadas.
—Por ti, Elorrieta —dijo.
—Por mí. —Haizea sonrió.
Y ambos bebieron a la vez, apurando el vaso de un solo trago.
—¡Uf! Buen bourbon —exclamó ella, notando cómo le ardía la garganta.
—Para las grandes ocasiones. Y esta es una. Eres libre.
Ella asintió con un mohín de desagrado.
—No me veía así, como ahora, con veinte años.
—¿Cómo te veías?
—Pues… como una gran científica de los océanos y en pareja. ¿Y tú?
—Con unos cuantos críos. Ahora opino que el planeta está demasiado lleno —sonrió con sarcasmo.
Haizea se quedó en silencio.
—Yo solo quería a mi pingüino.
—¿Cómo? —rio él.
Mitch, que acusaba ya el cansancio de todo el día, se dejó caer en el sofá del salón.
—Me encantan los pingüinos. El de Magallanes, por ejemplo, forma parejas y tanto el macho como la hembra se vuelcan en cuidan el nido y alimentar a los polluelos. mantiene el huevo entre sus patas durante toda la incubación. Son unos padres excelentes. Y luego está el pingüino Juanito.
—¿Juanito? —preguntó Mitch riendo.
—Sí, Juanito, aunque su nombre científico es Pygoscelis papua. Esos pingüinos cumplen con un ritual de cortejo similar al que, por tradición, llevan a cabo las personas para comprometerse. Aunque, en lugar del habitual anillo, entregan piedras a la hembra de su grupo con la que esperan aparearse.
—Me dejas pasmado.
—Los machos se encargan de recolectar las rocas en el entorno que habitan.
Cuando vuelven junto a la hembra, llevan las piedras que recogieron a los pies de su pareja.
Ella es quien escoge a su compañero e impone las condiciones para que empiece el cortejo.
En otras palabras, es ella quien desencadena la situación que da lugar a que ambos comiencen a acicalarse mutuamente y se familiaricen con los sonidos que el otro emite.
De esta manera, pueden reconocerse y encontrarse con facilidad en medio de la multitud que los rodean. Son el uno para el otro.
—¡Vaya! Suena muy bonito. Ojalá los humanos fuésemos como los pingüinos.
—Además, se separan durante el invierno para alimentarse, pero durante la época de cría, en primavera, regresan con la misma pareja al mismo nido del año anterior, incluso habiendo estado alejados por largas distancias.
Guardan una fidelidad estricta de por vida.
Todo lo contrario que lo humanos —dijo ella con tristeza.
Haizea dejó de hablar y comenzó a moverse al compás de la música para exorcizar la melancolía.
No echaba de menos a Derek; solo extrañaba la sensación de sentirse enamorada, algo que sabía que había desaparecido mucho antes de que decidiera divorciarse.
Mitch, algo somnoliento, sonrió al ver que comenzaba a bailar al compás de Brilliant Disguise y se puso cómodo para observarla.
—Venga, baila un poco conmigo —le invitó Haizea.
—No, baila tú. Yo estoy agotado y atontado por el vino y tú lo haces mucho mejor.
Haizea se encogió de hombros y continuó con los ojos de Mitch atentos a cada movimiento de su cuerpo.
Fue entonces cuando él se dio cuenta de que ver bailar a Haizea se acababa de convertir en lo que más le gustaba en el mundo.
Estaba preciosa con aquel vestido floreado y las botas vaqueras.
Ella insistió y le cogió de las manos para tirar de él, que se levantó sin resistirse.
Él sonrió azorado mientras ella le rodeaba la cintura e intentaba hacer que bailara.
The Boss cantaba «Maybe, baby, the gipsy lied» y los truenos acompañaban su guitarra mientras Mitch tarareaba a la vez que seguía los pasos de Haizea.
—Te gusta Springsteen —dijo ella, aferrada a él.
—Mucho. Es el mejor. Cuando yo era pequeño, mi padre ponía este disco, Tunnel of love, continuamente. Bruce me ha hecho mucha compañía. Esta canción es una de las más hermosas que existen —dijo Mitch, algo tocado por el vino de la cena.
—Pero ¿tal vez te pone triste? —preguntó Haizea al darse cuenta de cómo la estaba mirando.
—No, ya no —susurró, y la forma en que lo dijo, con aquella voz tan grave y suave, hizo que Haizea tuviera que respirar hondo para no temblar.
Ella también notaba los efectos del vino mezclado con el bourbon, y sentía una flojera que le hizo inclinar la cabeza sobre el hombro de Mitch.
Al advertirlo, él la apretó un poco más fuerte contra su cuerpo.
Aquella intimidad tan placentera, acompañada por la desinhibición que les proporcionaba el alcohol, la hizo apoyarse del todo en él y cerrar los ojos para abandonarse al balanceo del baile.
Mientras, el cuerpo de Haizea unido al suyo amenazaba con provocar una inesperada falta de control en Mitch.
La canción terminó con ella rodeándole el cuello con los brazos y él agarrado a su cintura, pegados y sin ganas de separarse.