XIV
Pasar página
Es extraño cómo ciertas personas pasan a ser parte de la vida de otras en muy poco tiempo y se vuelven tan cercanas entre sí, con lazos que son más fuertes que la familia propia; cómo de un completo extraño surge un compañero, un amigo, un amor, un amante o todo a la vez.
Compartían baño, desayuno y cena a diario y dormían pared con pared.
Él no podía evitar pensar en ella en la bañera, tomando uno de esos baños que dejaban el aseo con aroma a limón.
Era la misma fragancia que, con sutileza, acompañaba su paso por cualquier lugar de la casa; a lo que olían su cabello, su ropa y con toda probabilidad su almohada.
El verano estaba siendo tórrido y la escasez de ropa facilitaba los pensamientos lujuriosos que semanas antes no se le hubiesen pasado por la cabeza. Además, Mitch no dejaba de pensar que ella descansaba justo al lado, tras la pared de su dormitorio.
A veces amanecía excitado y sabía que había soñado con que sentía su piel, su boca y su melena rozándole el rostro; entonces se aguantaba las ganas porque Haizea dormía apenas a unos metros.
Tenía que reconocer que le daba miedo terminar con aquella vida de monje que se había impuesto.
Lo intentó al principio; tras el divorcio trató de salir y tener citas, pero ya no sabía cómo.
No le agradaba la idea de despertarse con una mujer diferente cada mañana.
Todo lo contrario. Era esa clase de personas que requieren de un vínculo para poder acostarse con alguien.
Y ahora, con Haizea en casa, era poco probable que invitase a otra mujer.
Aunque lo mejor de todo era que ni siquiera lo deseaba; no quería traer a nadie porque ya estaba ella. Esa era la verdad.
Se despertaba cada día casi al amanecer y se asomaba al cuarto de Haizea con mucho cuidado de no ser visto, solo para contemplar cómo dormía. Aunque lo mejor era cuando regresaba por la tarde, cenaban juntos y charlaban mientras se bebían una cerveza en el porche.
No quería arriesgarse a arruinar toda la camaradería que habían logrado sin necesidad de sexo. Temía que todo desapareciese de golpe porque sabía que si ella se iba volvería a estar solo, y esta vez más que nunca.
Por su parte, Haizea lograba mantener sus pensamientos a raya casi todo el tiempo, a pesar de que tanto el cuerpo como la voz de Mitch se lo ponían muy difícil.
Se sentían cómodos el uno con el otro: se sentaban juntos o se tocaban con confianza para dejarse pasar en la cocina.
Él era un tipo cercano, tranquilo y de trato amable.
No tenía ni una pizca de vanidad ni de paternalismo, pero le encantaba gastarle pequeñas bromas y provocarla para verla responder.
Las risas estaban aseguradas cada vez que lo intentaba.
Pero cada mañana se despertaba sintiendo su presencia en el cuarto de al lado, aunque ya hubiese abandonado el rancho de camino a los pastos.
Se preguntaba cómo sería besarlo, notar esa barba de varios días rozándola y sentir encima el peso de su magnífico cuerpo, y se volvía a quedar dormida con esas fantasías.
Cada vez era más complicado no sucumbir a aquella sonrisa de niño travieso que, quería creer, era solo para ella. Ambos compartían un humor parecido, algo tonto. A él le bastaba con mirarla y aguardar un segundo para hacerla explotar de risa, y viceversa.
Aunque existía algo que de verdad la hacía sentirse a gusto en compañía de Mitch: el silencio compartido.
A veces pasaban un buen rato sentados en el sofá, ella leyendo algún libro de la librería, él escuchando un viejo vinilo de música country o echando una breve siesta.
No conversaban, pero estaban cómodos juntos.
Y eso no le había ocurrido nunca con ningún otro hombre.
Cuando casi se cumplían los quince días de su estancia en el rancho algo cambió en el ánimo de Haizea.
Había ocurrido; había soñado con él, pero no con una imagen estática, sino con su cuerpo en movimiento, con esa boca grande y hermosa recorriéndole la piel y su voz susurrándole al oído mientras sonreía.
Las ganas se le habían desbordado como un río.
Despertó agitada y acalorada justo al escuchar cómo salía por la puerta, todavía de madrugada.
Fue entonces, con el eco de su voz en la cabeza susurrando su nombre, al amparo de la oscuridad y las sábanas, cuando decidió darse placer.
Los cambios de domicilio, de cama y de continente la habían dejado apática, pero en el cómodo lecho del rancho volvió a sentirse relajada.
Se tocó entre las piernas y notó aquel deseo líquido empapándola.
Comenzó a acariciarse mientras pensaba en Mitch; en aquella primera vez, desnudo y mojado frente a ella, y no tardó en sentir el goce sordo y pesado que la encendía y la poseía por dentro.
Después cerró los ojos y se abandonó por completo al placer hasta culminar en esa descarga casi eléctrica que la dejó débil, jadeando y bañada en sudor.
Al recuperar el resuello, la invadió un júbilo inmenso y el asombro por el placer que su propio cuerpo era capaz de regalarle.
Suspiró con una sonrisa de satisfacción y se volvió a quedar dormida.
Fue providencial que al día siguiente tuviese que acudir a Horseshoe Bend, el pequeño pueblo de montaña más cercano para comprar un pedido de alimentos no perecederos.
Llegó en la camioneta de Mitch, una Ford de color rojo de 1979 que ya estaba algo roñosa, pero que funcionaba de maravilla.
Fue la esposa de Jacob quien se fijó en la camioneta y se acercó a saludar.
—¿Eres Haizea? Soy Cindy Horn y Jake me ha hablado mucho de ti. Tenía ganas de conocerte —dijo la hermosa mujer indígena tendiéndole la mano con una amable sonrisa.
—¡Hola, Cindy! Encantada. He venido a hacer unas compras para la despensa.
—¿Puedo ayudarte?
Haizea aceptó, Cindy terminó por acompañarla hasta el supermercado y después la invitó a comer.
—Por cierto, gracias por el atrapasueños.
—No hay de qué. ¿Te vas a quedar una temporada por aquí?
—Hasta que arregle todos los papeleos de la herencia y organice mi propia vida.
Bueno, no lo sé. Estoy muy a gusto en el rancho, aunque echo de menos mi trabajo como bióloga marina.
No creo que me sea fácil encontrar un puesto como el que tuve en Australia, pero ya estoy acostumbrada a ser una nómada.
—Lo sé. Jake ya me ha puesto en antecedentes acerca de ti.
—¡Ay, me lo figuro! No me entiendas mal, no quiero decir que sea un cotilla. Seguro que soy tema de conversación, aunque parezca algo presuntuoso por mi parte. Noto que la gente me observa —dijo bajando la voz.
—Si he de serte sincera, sí, se habla de ello en cada esquina. La heredera europea que vive con Mitch Larrea, el solitario. Los rumores arden.
Haizea se quedó estupefacta.
—Por eso me miraban de arriba abajo en el supermercado.
—Creo que todo el mundo piensa que Mitch y tú estáis liados. Este es un pueblo pequeño y la gente se aburre mucho.
—Pues no es así, aunque me importa bien poco lo que opinen de mí —dijo Haizea.
—¡Déjales que hablen! Esto no es Boise. Mitch es un buen tipo y todos estamos deseando que salga con alguien de nuevo, de ahí el chismorreo.
Se dice que hay una larga lista de candidatas, solteras, divorciadas y hasta casadas, a las que él desdeña porque aún está enamorado de su ex, pero tienes que saber que no es así, solo son rumores de comadres.
Lo de Alison le afectó mucho. Intenté ayudarle y creo que lo conseguí porque ya pasó página.
—Me dijo que eres psicóloga.
—Sí, soy psicóloga holística y tengo un gabinete interdisciplinar con una nutricionista y una profesora de yoga.
A diferencia de la psicología tradicional, que puede enfocarse más en la mente, la holística considera la totalidad del ser humano, incluyendo cuerpo físico y espiritual.
Se basa en la idea ancestral de que la mente, el cuerpo y el espíritu están interconectados, y que un desequilibrio en uno puede afectar a los demás.
En cierto modo, solo continuamos con el legado de mis antepasados.
Mis compañeras también son nativas de las primeras naciones.
Nuestro objetivo es ayudar a las personas a alcanzar un estado de equilibrio y armonía en todas estas dimensiones, abordando las causas subyacentes de los problemas y no solo los síntomas.
Derivamos los casos que requieren medicación a un psiquiatra en Boise.
Preferimos trabajar con terapias naturales y solo recurrimos a fármacos si es estrictamente necesario.
Con Mitch funcionó. Aunque no logramos que se aficionara al yoga —rio Cindy. — ¿Te gusta el yoga?
—No lo sé. La verdad es que nunca lo he practicado.
—Pues te invito a que vengas un día como invitada a la clase de May y pruebes.
—Lo haré. Prometido. ¿Puedo hacerte una pregunta profesional?
—Claro.
—Sabes, acabo de divorciarme. En realidad, llevo tiempo separada, pero he firmado los papeles hace muy poco y bueno… ¿Cuándo se sabe si se está preparada para intentarlo, para volver a tener citas, vida sexual y todo eso que hasta ahora me ha parecido abrumador?
—Es como hacer un duelo. Hay que transitar por él y después dejarlo atrás y quitarse el luto. Lo sentirás. Es cuestión de piel. —Haizea asintió agradecida y sonrió.
—Es que estoy sopesando el celebrar el divorcio. Como si fuese una forma de pasar página. Me lo ha propuesto una amiga.
—Los ritos son importantes. Si eso te ayuda a cerrar una etapa hazlo.
—Gracias. Me has recordado a ella. Es muy… perspicaz con las personas. Hubiese sido una buena psicóloga.
Cindy sonrió.
—Solo hay que ser observadora y empática. Por cierto, Jake me ha dicho que te visita un lobo, que aparece por la noche y solo lo has visto tú.
—Sí, es cierto. Se planta frente al porche y me observa cuando salgo por la noche.
—Él representa tu miedo. Cuando ese temor desaparezca el lobo dejará de visitarte.