Corazones en Boise XIII
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XIII

Una triste historia

Joseph Michael Larrea, a pesar de estar imposibilitado, imponía con su arrogante postura sobre la silla de ruedas, pero sobre todo por su mirada dura e inquisitiva de ceño fruncido bajo unas cejas canas y espesas. Solo al ver entrar a Haizea desarrugó el entrecejo con curiosidad.

Mitch tenía los hombros anchos de su padre, su mandíbula cuadrada y las cejas tupidas, pero el carácter del vaquero era diferente. Haizea concluyó que la mirada apacible de sus grandes ojos castaños no era la de su progenitor.

Se sentaron frente al anciano en el jardín y Larrea padre se pasó casi toda la visita emitiendo gruñidos de asentimiento o de desagrado.

Mientras, el hijo se esforzaba por narrar buenas noticias acerca del rancho y anécdotas alegres, pero solo al hablar Haizea, que confirmó una de aquellas historias, se decidió a conversar el que todos llamaban Joe Larrea.

—Deberías estar en la iglesia, hijo. Hoy es domingo.

—Es sábado, padre. Además, ya sabes que yo no frecuento la iglesia.

—No sé en qué día vivo —rezongó el anciano que tenía el brazo derecho casi inerte por el ictus que había sufrido un año antes.

El padre de Mitch se quedó mirando a Haizea con curiosidad.

—Así que es usted una Elorrieta —asintió el padre de Mitch—. ¿Y sabe algo de vacas, señorita?

—No demasiado, pero su hijo sí y me está enseñando.

Joe Larrea volvió a asentir.

—Todo lo que sabe de ganado se lo enseñé yo. Me he pasado una vida entera sacando adelante ese rancho, ¿sabe, usted?

—Pero el mérito es de él ahora. ¿No, señor Larrea?

—Parece que lo tiene en alta estima. —Sonrió mirando a Mitch que observaba a Joe con el ceño fruncido.

—Así es —dijo Haizea al padre de Mitch, lo que provocó en el hijo una mirada suave—. Por eso he decidido aceptar la herencia y dejar todo como estaba, es decir, en manos de su hijo. Confío en su labor como capataz.

—Y tú, ¿qué opinas, Mitch?

—Lo que diga la nueva patrona estará bien.

Haizea le sonrió con complicidad.

Joe Larrea también hizo un amago de sonrisa y observó a Haizea con interés.

—¿Es usted de donde era el viejo Elorrieta?

—De Bilbao. Está muy cerca de Mundaka —respondió Haizea.

—Yo no conozco la tierra de mi padre, ¿sabe? Y me hubiera gustado, pero no pudo ser. Me hubiese encantado llevar a tu madre de visita. —El ánimo del anciano se ensombreció de nuevo—. Ella se merecía todo y yo no pude dárselo.

—Padre, déjalo ya, por favor. No fue culpa tuya. Ocurrió y ya está. No te castigues más.

—¡Debí estar! —exclamó lleno de rabia con una voz que no correspondía a la de un débil anciano impedido—. ¿Qué quieres que haga si me paso el día aquí sentado aguardando encontrarme con tu madre? Solo pido eso, volver a verla pronto.

El anciano rompió a llorar y Mitch lo tomó de las manos para intentar tranquilizarlo.

—¿Quiere un poco de agua, señor Larrea? —preguntó Haizea.

Él asintió suspirando con fuerza. Ella quiso levantarse de la silla, pero Mitch se incorporó primero y la frenó.

—¿Puedo dejarte un momento, padre?

—Sí, hijo, solo es esta maldita nostalgia que me come por dentro.

—Ahora vengo, Haizea.

Mitch se aseguró de que ella daba su aprobación con un asentimiento y se fue a por un vaso de agua.

—Siento el espectáculo, señorita —dijo el anciano al quedarse a solas con ella.

—No tiene por qué sentirlo —dijo ella sacando un paquetito de pañuelos de papel para tenderle uno.

Él la contempló y su mirada dura y triste se dulcificó. Mitch regresó del edificio en ese momento.

—¿No hay ninguna enfermera por aquí? —preguntó, echando un vistazo a su alrededor.

Haizea rebuscó con la mirada.

—Parece que no.

—Voy a buscar una. Ahora vengo —dijo.

Haizea asintió.

—Mi hijo es muy cabezota, ¿sabe usted?

—Y un buen hombre —añadió ella.

Joe Larrea se sonó la nariz y asintió.

—Es igual que su madre. De mis hijos es el más parecido a ella.

—Dígaselo.

—Ya lo sabe.

—Puede que no, señor Larrea. Puede que solo esté esperando que su padre le diga que lo está haciendo bien.

El anciano la miró extrañado.

—¡Vaya! Lo estima de verdad, no como esa cretina de su exmujer.

Conozco a mi hijo y siempre supe que esa insustancial no era para él, pero no me hizo caso —cabeceó—.

No es como sus hermanos. Es todo corazón y por eso se equivoca, porque piensa que todo el mundo es igual que él.

Necesita una mujer de verdad, con los pies en la tierra y no una cría caprichosa.

—Lo hago, lo aprecio mucho, pero solo somos amigos.

—¡Ja! —dijo con una pícara sonrisa en el rostro surcado de arrugas.

Mitch suspiró con fuerza al salir de la residencia con Haizea y fue como si un peso sobre sus hombros desapareciera.

—Siento haberte hecho pasar este mal trago. Es difícil tratar con él. Hay que echarle paciencia. Está enfadado con el mundo desde que murió mi madre —dijo.

—Por eso vota a Trump.

—Sí, supongo que tienes razón, que es por eso. Parece que en este país hay mucha gente enfadada.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Haizea.

—Hubo un incendio forestal. Hacía un día muy caluroso y con viento.

Aunque era un crío lo recuerdo muy bien.

La tierra estaba seca y caliente porque hacía un mes que no llovía.

Todo fue muy rápido. En menos de diez minutos, el bosque ardió como una tea.

Mi padre y mis hermanos mayores se unieron al retén de bomberos.

Yo también quise, pero no me dejaron. Me quedé con unos vecinos de rancho.

Tenía dieciséis años. Las cuadrillas de voluntarios llevaban desde la madrugada intentando parar aquel monstruo de fuego sin éxito.

Ella y otras mujeres de los ranchos cercanos quisieron llevar comida y agua a los hombres del retén y salieron para encontrarse con ellos en el punto de control del incendio.

Lo habían hecho un montón de veces. En esta zona el mayor peligro son los incendios.

A veces no hay forma humana de apagarlos.

Y cada vez son peores. El clima ha cambiado, los bosques no se cuidan, los retenes de bomberos son de voluntarios que apenas logran que no ardan sus propias casas.

En este país, no hay medios para la gente del campo —dijo tragando saliva—.

El incendio avanzó, cercó su camioneta en la carretera, la rodeó a ella y a otras dos mujeres y no pudieron salir.

Él se culpa de su muerte. Todos lo hacemos.

—Lo siento mucho, Mitch —dijo Haizea contemplando cómo respiraba hondo.

—Bueno, dejémonos de cosas tristes. Parece que le has gustado.

—Ah, ¿sí?

—Te ha sonreído. Ya es mucho más de lo que suele hacer cuando lo visito cada fin de semana.

—Pues no me ha dado tiempo de prepararme como para una visita más formal. Estoy hecha un desastre. Hace meses que no piso una peluquería y se nota —dijo, pasando los dedos por su abundante y encrespado cabello en un intento de domarlo un poco.

Mitch sonrió, negando con la cabeza.

—No te enfades, pero…

—Pero ¿qué? —preguntó Haizea retadora.

—Pues que las mujeres os pensáis que los hombres estamos pendientes todo el rato de cómo vais vestidas o peinadas y no es así.

—Vaya, ya puedo vivir más tranquila.

—La mayor parte del tiempo solo nos fijamos en… bueno, en lo obvio —carraspeó.

—¿Y qué es lo obvio?

—¡Ya lo sabes! No me hagas decirlo, Elorrieta.

—Tú solito te has metido en el lío. —Sonrió retadora.

—Es verdad —resopló.

—Tetas y culo. Dilo.

Mitch puso los ojos en blanco.

—Aparte de en las tetas y en el culo nos fijamos en otras cosas. ¿Satisfecha?

—¿En qué cosas?

—Lo que pensáis vosotras que es ir despeinadas a nosotros nos parece encantador y no solemos quedarnos con la ropa que lleváis en una cita, pero sí con lo bien que oléis.

—Haizea lo miró escéptica—. Sé que ya no tienes mucha confianza en el género masculino, pero en lo que a mí respecta es la verdad.

Además, vosotras también os fijáis en lo obvio, no lo niegues.

—Bueno… sí, pero después reparamos en otras cosas más… importantes.

—Ya, claro —rio Mitch.

—¡Es cierto! —aulló Haizea.

—Dame un ejemplo —le apremió con un gesto con la mano.

—Un ejemplo… eh… ¡La sinceridad!

—Sí, eso es importantísimo, desde luego.

—No te rías de mí. Sabes que lo es —rio ella.

—No me río de ti —sonrió—. Y la sinceridad está sobrevalorada.

—No estoy de acuerdo.

—Verás, yo lo veo así: si fuésemos diciendo lo que pensamos con honestidad seríamos crueles y acabaría odiándonos todo el mundo. A veces es mejor no ser tan franco.

—Tal vez, pero a mí siempre me han ocultado la verdad y eso no la ha dulcificado nada cuando la he conocido.

Y Mitch tuvo que aceptar que estaba metido en un lío porque no sabía cómo decirle a Haizea que le había ocultado información necesaria para tomar la decisión definitiva acerca del rancho.

—Es otra forma de verlo —dijo por fin.

—De todas formas, ahora lo único que me interesa es celebrar que he firmado los papeles del divorcio. ¿Me vas a ayudar con eso?

—¡Cuenta conmigo! —respondió Mitch.