XII
¿Amigos o amantes?
¿Puede ser una mujer amiga de un hombre, y viceversa, sin llegar a tener nada más que amistad?
Eso es lo que se preguntaba Haizea cada vez que veía a Mitch en camiseta de tirantes en la cocina; se topaba con él al salir del baño con tan solo una toalla anudada a la cintura, o lo contemplaba echarse agua con un balde cerca de la cuadra, cuando el sol apretaba al mediodía, había hecho algún trabajo físico importante y era solo músculos y sudor.
Lo que le martirizaba era esa extraña combinación de afecto, calidez y sensualidad con la que convivía.
A eso había que sumar que, al husmear en la biblioteca del salón, descubrió un álbum de fotos donde se veía a Mitch de pequeño a caballo, vestido de vaquero y sujeto por otro niño, probablemente su hermano.
Otras tantas imágenes reflejaban la vida familiar que un día albergó aquella casa.
Haizea sintió una gran ternura al verlo con sus mofletes repletos de pecas, sus juguetes y sus tartas de cumpleaños, y no pudo evitar sonreír.
Le había enviado a Saioa la dichosa foto robada de Mitch y esta había respondido con un montón de emojis de llamas antes de llamarla.
—¡Está buenísimo, cabrona! ¡Y tiene cara de vasco! —exclamó Saioa.
—Solo somos amigos.
—Sí, como hermanos. Casi primos, claro. Y yo he nacido ayer, txiki.
—Un hombre y una mujer pueden ser amigos.
—No te lo niego, pero solo en un caso.
—¿En cuál?
—Cuando a ninguno de los dos le gusta el otro de un modo sexual.
Si te atrae ese amigo, es imposible. Y si tú le gustas a él, pero él no te interesa a ti, es peor; termina la supuesta amistad.
Ellos siempre esperan algo de nosotras, aunque hayas dejado claro que no piensas tener nada. Me pasó con Kepa. ¿Te acuerdas de él?
—Sí, claro. El del Gure Txoko. ¿Te entró?
—Lo que oyes. Yo no digo que no puedas ser amiga de tu pareja y que cuando lo dejes con alguien no puedas continuar con la amistad.
Lo sano sería eso, dejarlo sin rencor, pero a mí no me ha pasado y sé que a ti tampoco.
Además, ¿por qué querrías seguir siendo amiga de tu ex?
Si tenéis hijos no queda otra, pero si no…
Eso es que alguien no quiere soltar del todo o peor, que te tiene en la recámara de sus polvos fijos.
—Me ha pasado, es verdad. Tenemos una edad para no ser ingenuas y sabemos que el mundo no funciona así.
—Además, ¿no dicen que somos química? Y a ti no puede no gustarte semejante tiarrón, ¡no me fastidies! Aprovecha, que son dos días. Y no te preocupes tanto. ¡Disfruta!
—No quiero hacer el ridículo, Saioa.
—¿El ridículo? ¡Pero si estás estupenda!
—No es eso. Es que no quiero proponerle algo pensando que desea lo mismo que yo y que no sea así. Prefiero tenerlo solo como amigo. Me da mucha pereza iniciar algo de nuevo.
Haizea escuchó un resoplido al otro lado de la línea e imaginó la cara de Saioa con los ojos en blanco.
—No te crees ni tú que a semejante morrosko lo prefieres de amigo. Me dijiste que está divorciado y sin nadie alrededor. ¡No te va a decir que no! ¡Es un tío! Y si quieres asegurarte, fíjate en las señales.
—¿Señales?
—Ay, pareces nueva, txiki. Cosas que hace solo contigo, sus reacciones y sobre todo el lenguaje corporal. Los hombres son muy básicos. Fíjate si tenéis conexión.
Haizea no pudo rebatirlo. Saioa siempre decía verdades como puños.
Aunque, en el fondo, ella sí creía en la camaradería entre un hombre y una mujer.
Consideraba que la amistad era lo más cercano al amor real, no al enamoramiento fugaz, y que un hombre y una mujer pueden disfrutar de ella, incluso siendo pareja, porque comparten los mismos gustos e ideas en compañía.
Aunque eso solo la retrotraía a los amores platónicos de juventud.
La realidad era que no había encontrado esa complicidad en ninguno de los hombres a los que había amado.
Pero la vida le había enseñado a no dar nada por sentado y, a pesar de que Mitch no había dado señales de querer iniciar nada, tenía que reconocer que su presencia le provocaba un montón de sensaciones placenteras ya olvidadas.
Lo que más miedo le daba era descubrir que lo suyo con Mitch era algo más, porque lo único que buscaba en aquel momento de su vida era un buen amigo, no un amante. ¿O se estaba engañando a sí misma una vez más?
Por su parte, Mitch también tenía serias dudas respecto a su amistad con Haizea.
La consideraba ya una amiga y no quería poner en peligro una relación que le hacía sentirse menos ermitaño en aquella casa demasiado grande para él solo, y que nunca había sido suya en realidad.
Pero tenía que reconocer que ella le gustaba muchísimo, cada vez más, a pesar de que estaba casi seguro de que él no era su tipo.
Haizea se estaba acostumbrando a la vida sencilla y tranquila del rancho y comenzaba a sentirlo como un hogar.
A veces acompañaba a Mitch a caballo hasta los pastos, pero lo normal era que se quedara en casa, donde las tareas se encadenaban a lo largo del día.
Había comenzado a ayudarlo con los caballos, a cepillarlos y a darles de comer, porque él no quería aceptar que pagara como si fuera una inquilina cuando, en realidad, era la heredera de todo aquello.
Tras una discusión acerca del tema, Mitch lo había dejado claro al zanjarlo con un «no voy a aceptar que me pagues nada y punto; considérame tu invitado».
También se ocupaba de la pequeña huerta y de alimentar a las gallinas, lo que la hacía sentirse útil y no como si estuviera de prestado.
Haizea había sido muy deportista y, aunque echaba de menos el mar, el submarinismo y nadar a diario, había logrado suplirlo montando a caballo y bañándose en la alberca que se encontraba en la parte trasera de la casa.
Estaba convencida de que la finca no le pertenecía, pero ya comprendía todo el valor de ese trabajo con el ganado y la necesidad de no dejar que aquel estilo de vida desapareciese para siempre.
La inercia del trabajo, que los dejaba exhaustos a ambos al final de la jornada, le había ayudado con sus problemas de sueño.
Las charlas al anochecer, tras la cena que él solía preparar —excepto cuando ella hacía tortilla de patatas—, eran lo mejor del día.
En un par de semanas, se había convertido en costumbre compartir una cerveza, algunas risas y también muchas cuestiones acerca del rancho que le estaban aclarando las dudas a Haizea.
Caía rendida sobre el colchón sin proponérselo.
Aunque pensaba que el atrapasueños que Mitch había colocado en el cabecero de su cama —y que le había regalado la esposa de Jacob—, podía tener algo que ver con aquella recuperada tranquilidad, se daba cuenta de que le proporcionaba paz saber que él estaba en el cuarto de al lado.
También le hacía tener otro tipo de pensamientos nada pacíficos, pero por primera vez en mucho tiempo se sentía segura y no quería romper el encanto, no quería que nada cambiase y perturbase la serenidad que estaba logrando.
Garmendia la llamó para anunciarle que ya tenía los papeles para el traspaso de poderes de las cuentas del viejo dueño, así como los documentos para que figurara legalmente como propietaria. Solo faltaba pagar los impuestos pertinentes y acercarse a la ciudad a firmar.
Antes de hacerlo, debía hablar con Mitch y asegurarle que nada iba a cambiar.
Él y Jacob seguirían siendo los responsables de los demás hombres a cargo del ganado.
Mitch continuaría llevando las cuentas, que no reflejaban mucha ganancia entre la compra de alimentación especial, veterinarios, material de granja y un largo etcétera.
Al menos, gracias a las explicaciones del abogado, había comprobado que las cuentas bancarias estaban saneadas; solo tenía un crédito solicitado para la colocación de los paneles solares en las cuadras y otro para el arreglo de los establos y el granero, que había tenido lugar hacía varios años.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres y te conviene? —le preguntó Mitch sentado junto a ella en el porche con un botellín de cerveza en la mano.
—Sí, voy a firmar el divorcio de mutuo acuerdo.
Podía haber peleado por algo, pero así todo será más rápido.
No quiero nada de él. Solo falta que sea corroborado por el juez; eso tardará un poco más, pero ya está.
Ya no tendré que preocuparme. En cuanto a la herencia…
He hecho cuentas y creo que podré apañarme.
Continuarás al cargo, me iré por donde vine y todo seguirá como hasta ahora.
Mitch asintió pensativo y comprendió que eso no iba a ser cierto, que ya nada sería igual después de haberla conocido.
—Tengo que decirte que… que gracias, Elorrieta. Gracias por confiar en mí.
—No hay por qué darlas.
—Sí, sí que hay —respondió él y chocó su botellín con el de ella.
Continuó observando el hermoso cielo estrellado de Idaho con la convicción de que debía haber hecho algo muy diferente: debió darle la opción de elegir entre él o aquella propuesta de negocio.
Sin embargo, llegó a la conclusión de que ya no haría falta.
Los inversores seguro que se habían olvidado de ellos o se habrían dado por vencidos.
Haizea aprovechó que Mitch tenía que ir a Boise a visitar a su padre, como cada fin de semana, para ver al pícaro y vetusto abogado. De paso, pensaba enseñarle los papeles del divorcio; se había vuelto muy desconfiada.
Se acercaron hasta Warm Springs Avenue, donde estaban las mejores mansiones de la ciudad y residía Garmendia.
—¡Mitch! Qué alegría verte. Y en tan buena compañía —dijo el viejo abogado aproximándose a Haizea para tomar su mano con mucha delicadeza y besársela—.
¡Cómo te pareces a tu abuelo! Cada vez más.
Esa planta es del viejo Larrea y no de tu padre.
Y usted también tiene un aire a Elorrieta, querida.
Esa seria elegancia. Créame, él, es la viva imagen de mi viejo amigo, que en paz descanse.
Era un hombre que se vestía por los pies, como se decía entonces, con muchos huevos.
Formal y muy cabal, pero también alegre y muy buena persona.
¿No le ha contado este muchacho cómo entramos en París para liberarlo de aquellos nazis de mierda?
—No, no lo ha hecho, míster Garmendia —dijo Haizea mirando a Mitch.
—Nos alistamos siendo unos críos. Yo tenía solo quince años y mentí acerca de mi edad, pero me creyeron porque era muy alto ya.
Verá, Elorrieta, Little Bear, Larrea y yo formamos parte de la 4ª División de Infantería del ejército de los Estados Unidos de América durante la Segunda Guerra Mundial.
Aquel 25 de agosto de 1944, guiados por los miembros de la Resistencia francesa de París, arracimados en los vehículos o conduciendo motocicletas, alcanzamos la calle Rivoli mientras nos enfrentábamos con soldados alemanes que rechazaban la rendición y con agentes de la Gestapo.
Hubo intercambio de disparos de artillería de los tanques en plena ciudad, incluso un intento alemán de contraataque con ametralladoras y carros de combate; pero a las 21:22 horas llegamos a la Plaza del Ayuntamiento junto con la compañía La Nueve, compuesta principalmente por republicanos españoles, muchos de ellos vascos.
—Mi abuelo me lo contó un montón de veces, Garmendia. Era experto en batallitas, como tú. —Sonrió Mitch.
—Pero la señorita Elorrieta no lo sabe.
—Llámeme Haizea, míster Garmendia —sonrió ella.
—Qué bello nombre vasco… Significa viento, ¿lo sabías, Mitch?
—No —dijo él, mirándola con una vehemencia que hizo que Haizea se sintiera nerviosa de pronto—. Es hermoso, sí, y te pega mucho.
—Pues como le iba diciendo, al día siguiente se produjo el desfile que pasó a la historia.
Nos unimos al Batallón Gernika al ver las ikurriñas y tu abuelo cogió una y la ondeó con orgullo por encima de las cabezas de todos.
Estuvimos con Kepa Ordoki, que fue tres veces detenido por los alemanes y consiguió fugarse.
En una ocasión, los nazis le obligaron a comer siete ejemplares del periódico clandestino Combat que llevaba consigo.
Lo recuerdo como si fuera ayer. La población de París cantaba «La Marsellesa» en las calles, a la vez que repicaban las campanas de las iglesias de la ciudad.
Las señoritas parisinas nos lanzaban besos, o nos los daban.
Fue muy emocionante —dijo retirándose una lágrima del rabillo del ojo—.
Por cierto, vendréis al Jaialdi, ¿verdad?
Mitch miró a Haizea esperando su respuesta
—Claro que sí —respondió ella, a lo que Mitch asintió complacido.
Garmendia le prometió revisar el acuerdo de divorcio para comprobar que todo estaba en orden y disponer la firma del traspaso de la herencia.
Al salir de la casa del abogado, Mitch invitó a Haizea a ir con él a la visita semanal en la residencia.
Ella aceptó y él supo que, aquel día, no se sentiría tan solo ante su padre.