Corazones en Boise XI
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XI

Tortilla de patatas

El bosque frondoso de pino blanco, piceas, álamos y arces era de una gran belleza, pensó Haizea.

Se sentaron a la sombra cerca del río, bajo unos abedules, y se comieron todo lo que habían llevado de almuerzo.

Jacob tenía un trozo de pastel de patatas con tocino horneado por su esposa y ensaladilla de col y maíz; Mitch, por su parte, compartió su ensalada de patata y sus emparedados de queso y roast beef con Haizea.

Ella prefirió reposar la comida y se quedó traspuesta, apoyada en un tronco, mientras los dos hombres se alejaban hacia la orilla del río para charlar y no despertarla.

—Duerme mal. Se levanta por las noches, desvelada —le dijo Mitch a su amigo.

—Veo cómo la miras, pero sobre todo veo cómo te ríes con ella y cómo lo hace ella contigo. Creo que deberías dejar de ser un monje de una vez.

—Se va a marchar, Jake.

—O no. —Mitch lo miró y negó con la cabeza—. ¿Quién te dice que no decide quedarse aquí contigo?

—No quiero volver a pasar por lo mismo.

—Haizea no es Alison. Es muy diferente a ella, parece mucho más valiente. Y a ti te tenía por un tipo más decidido.

—Estoy bien así.

—No, te has conformado y te da pereza.

—Tengo cuarenta años. Y es fácil hablar teniendo a Cindy.

—Sí, he tenido mucha suerte.

—Y no te la mereces —rio Mitch.

—Es verdad. Pero deberías pensártelo y no darte por vencido. Llevas mucho tiempo solo y eso no es bueno, tío —dijo Jacob, antes de darle a su amigo una palmada en la espalda para dejarlo a solas con sus pensamientos.

Prosiguieron con la jornada acompañando al ganado a caballo. Haizea observaba cada movimiento de las reses con curiosidad.

—Estoy aprendiendo mucho viendo cómo se comportan las vacas y hay algo que me sorprende.

—¿Qué? —preguntó Mitch sobre el caballo.

—Me resulta extraño que coceen. Suponía que eran mansas.

Mitch sonrió y ella no pudo evitar pensar en lo guapo que estaba encima de su caballo.

—Las coces son un problema en el ganado de carne y se observa más en las novillas. No se crían por su amabilidad. La agresividad entre las vacas es peor que entre los toros.

—Yo pensaba que los agresivos eran ellos.

—Los toros son más impredecibles. La violencia de ellas es un problema porque los toros jóvenes e inexpertos no quieren montarlas cuando son muy pendencieras.

Hay que utilizar un toro teaser, al que se le ha hecho una vasectomía, pero que conserva el deseo sexual.

Que un toro observe la monta de otros toros puede aumentar la excitación y estimularlo a reproducirse.

—El porno de los toros.

Mitch estalló en carcajadas.

—Algo así. Las recompensas con alimentos también pueden ayudar. Si después de montarlas les das melaza se vuelven menos tímidos.

—¡Vaya! —exclamó Haizea.

—Aquí, en los pastos, empleamos la monta natural.

Permitimos que sea el toro suelto el que cubra a las vacas con libertad.

La mayoría de las montas se dan en los meses de diciembre a julio, para aprovechar los pastos y para que los partos se agrupen desde octubre hasta mayo.

Promovemos el comportamiento natural de los animales para reducir el estrés y mejorar su bienestar.

Es más sencillo y, hasta cierto punto, más barato.

Pero es importante elegir un toro con buena genética y capacidad reproductiva para asegurar la calidad del ganado y eso cuesta mucho dinero.

—¿Y en qué se basa el toro para elegir una vaca?

—En el olfato. Es así como nota qué novilla está en celo. La huele, la lame, se frota y le apoya la barbilla sobre la grupa. La vaca tiene que dar su consentimiento. Si cocea es que no está receptiva. Si acepta, el toro inicia la monta.

—Con las personas no es tan sencillo. ¡Ojalá lo fuese! ¿Verdad?

—Las señales son mucho más confusas —rio Mitch—. Pero no es lo que parece. Los toros sirven a unas treinta o treinta y cinco vacas por temporada, y cubren entre tres y diez veces a cada hembra durante unos veinte minutos. Es un arduo trabajo.

—Entonces no es fácil. ¡No! —rio, sintiéndose tímida de repente.

Haizea no pudo evitar pensar que la temática de la conversación les estaba afectando porque no podían dejar de reír como dos adolescentes que chismorreaban de sexo. Mitch se percató de las mejillas sonrojadas de ella y cambió de tema.

A media tarde, Carlos, uno de los peones del rancho, dio aviso de que una ternera se había quedado atrapada en el cercado.

Mitch maldijo en voz alta y espoleó a su caballo para partir a galope tendido y seguir al peón. Jacob se quedó con Haizea, que no podía cabalgar a ese ritmo.

Cuando ambos llegaron por fin al lugar junto al cercado, el espectáculo era desolador. Una ternera se había enredado de tal manera en la alambrada que mugía desesperada, mientras Mitch intentaba tranquilizarla para que se mantuviera quieta y no se hiriese más.

—¡Pablo, tráigame una cizalla! ¡Apúrese! —gritó Carlos a otro peón en español.

—Podrán sacarla, ¿verdad? —preguntó Haizea.

—Sacarla sí, pero pinta mal —dijo Jacob.

Pablo llegó con la herramienta y Carlos comenzó a cortar la alambrada.

—¡Mierda! —susurró Jacob entre dientes al ver el destrozo que tenía el animal.

La pobre ternera se había alejado de su despistada madre y se había enredado en aquella trampa de metal. Los pinchos los tenía clavados en las patas delanteras y tenía todo el cuello rodeado del alambre. Las múltiples heridas le sangraban y los quejidos agónicos de la pequeña cría eran terribles.

Haizea observó espantada cómo Mitch intentaba desenredar el cuerpo peludo de la vaquita. La impotencia se reflejaba en la cara del vaquero, que desesperado, procuraba ser rápido y a la vez no hacerle más daño.

—¡Maldita sea! —gritó Mitch arrodillado junto a la ternera que, con los ojos desorbitados y la lengua fuera, mugía cada vez con menos fuerza mientras sangraba en abundancia del cuello.

De pronto, se levantó con una furia ciega y se dirigió a donde estaba su caballo para regresar a toda prisa con la escopeta.

—¿Qué va a hacer, Jacob? —preguntó Haizea horrorizada.

—Se ha pinchado la yugular, por eso sangra tanto. No hay solución.

—No, no… —susurró ella.

—¡Llévatela, Jake, por favor! —gritó Mitch exasperado.

Ella negó con la cabeza sin poder moverse de donde estaba, a pesar de los intentos de Jacob, que la tomó del brazo para alejarla de allí.

Cuando Mitch apuntó con el rifle a la ternera, Haizea no pudo evitarlo y comenzó a temblar.

Él la escuchó gemir y suspiró con fuerza, culpándose por el mal rato que le estaba haciendo pasar.

—Haizea, no mires. ¡Vete! —rogó Mitch.

Ella se giró para no ver el disparo. Al escuchar el tiro se sobresaltó tanto que dio un bote y cerró los ojos con fuerza, sin poder evitar un intenso sollozo.

Mitch volvió la mirada y, al ver su desconsuelo, resopló de pena. Se acercó a ella mientras le tendía el arma a Jacob para poder abrazarla. Ella, rodeada por los brazos de Mitch, se desahogó mientras él la consolaba acariciándole la espalda con mucha ternura.

—Lo siento… —balbuceó ella.

—¡Que lo sientes! —exclamó soltando a Haizea con suavidad. Cuando vio su bonito rostro surcado de lágrimas, se le encogió el corazón —. ¿Por qué dices eso? Lo siento yo. Te estás llevando un disgusto por mi culpa.

—Es que… pobrecita… —sollozó.

Mitch la atrajo de nuevo hacia su cuerpo para volver a rodearla con sus brazos y estrecharla con fuerza.

—No tenía que haber pasado. Odio tener que hacer esto a un animal, pero estaba sufriendo mucho y… ¡Joder! Esa alambrada no debía haber estado así. Alguien no ha hecho las cosas como debía —dijo y por su tono, Haizea supo que estaba enfadado.

Él pidió a Jacob que la acompañara al rancho y se quedó para ocuparse del animal y hablar con los peones acerca del incidente.

Haizea lo esperó en la casa e hizo para cenar lo único que le salía bien: una tortilla de patatas.

Al regresar, la cara de Mitch lo decía todo. Tenía el rostro demacrado y el ceño fruncido, pero cambió el gesto al verla en la cocina con su camisa de cuadros y cuando olisqueó aquel aroma delicioso que le resultaba muy familiar.

—¿Qué tal estás? —preguntó Mitch.

—Bien. ¿Y tú? —dijo ella con suavidad.

Mitch suspiró y se dejó caer en una de las sillas junto a la mesa de la cocina.

Haizea no preguntó más. Le puso un plato delante, un tenedor, un cuchillo y una servilleta y sacó un par de botellines de cerveza de aquella nevera de los años sesenta marca Westinghouse, que aún funcionaba a la perfección.

—No ha sido un buen día. Esto es así, a veces los animales enferman, se lastiman.

No es una película de Disney, pero seguimos a rajatabla el protocolo que rige la certificación de bienestar animal.

Este se basa en cuatro conceptos: buena alimentación, buen alojamiento, buena salud y comportamiento apropiado.

La gente no comprende que, por ejemplo, una separación temprana de la madre y el ternero minimiza el estrés de ambos, ya que disminuye el vínculo y hace que sufran menos —resopló frustrado—.

Y hoy he tenido que hacer una cosa que odio.

No disparo a los animales por deporte sino por compasión.

Esa alambrada no debía haber estado ahí de esa manera y me da mucha rabia.

He perdido una ternera y he tenido que echar una buena bronca a los peones por no hacer bien su trabajo.

Sé que para hacerme respetar debo hacerlo, pero…

Volvió a resoplar, mientras se servía un buen trozo de tortilla.

—No te gusta tener que ir en plan jefe.

—¡Eso es! Me resulta muy violento tener que ponerme a dar voces. Carlos y Pablo son muy buenos trabajadores y, encima, tienen familias que dependen de sus sueldos en México. Me sabe muy mal todo esto.

Dejó de hablar para probar la tortilla y se comió el pincho en tres bocados para servirse de inmediato un segundo trozo.

—Eres un tipo decente.

Él miró a Haizea con cariño.

—Trato de serlo. Y su propio comentario le recordó que debía sincerarse acerca del rancho—.

Mi padre opina que debería contratar solo a norteamericanos.

Si le escuchase mi abuelo… —rio con rabia—.

No se da cuenta de que, por los sueldos de ellos, ningún norteamericano agacharía el lomo.

Aunque yo les pago el salario estipulado.

Por cierto, esta tortilla está deliciosa.

—Gracias. Es lo único que sé hacer.

—Pues la haces de maravilla, Elorrieta —dijo dando otro bocado—. Es por las patatas. Las de Idaho son las mejores del país.

—Llorona especialista en tortillas de patatas de Idaho.

—Y yo un chef de desayunos con malas pulgas —rio Mitch—.

No eres llorona, eres sensible al sufrimiento.

Lo de hoy solo demuestra eso. Hay gente que no tiene reparos en dañar a un animal por diversión, y eso no lo soporto.

Te voy a contar una historia: cuando era niño, mi padre tuvo que sacrificar a su caballo porque estaba muy mayor y enfermo, y sufría mucho.

Yo había aprendido a montar sentado delante de mi padre sobre ese animal y me enfurruñé mucho al saber lo que pretendía.

Mi padre dejó que me despidiese de él y después lo mató de un disparo delante de mí.

Lloré durante días y, al tercer día, cuando dejé de sollozar, mi padre me consoló y me dijo que no debía avergonzarme de sentir, que no me diese miedo querer a los animales porque eso era señal de que tenía un buen corazón.

—Extraña manera de recibir consuelo. —Haizea suspiró—. Yo tengo miedo de todo.

—¿Tú? ¡Pero si has nadado entre tiburones!

—Pues te puedo asegurar que todo me da terror: volar en avión, las arañas… ¿Tuviste una infancia feliz?

—Sí, la verdad es que sí —dijo Mitch con una sonrisa amplia y muy dulce—. ¿Y tú?

—Creo que también, aunque acabó pronto. Cuando mis padres se divorciaron, se terminaron los veranos en Mundaka.

Mi padre se volvió a casar con su amante y yo iba de casa en casa, pero ya ninguna era la mía.

El día que cumplí dieciocho años lo pasé con mi amiga Saioa porque mi madre estaba en su casa de Lanzarote y mi padre en París con su nueva esposa.

Después ya no me importó, me marché a estudiar y a trabajar fuera —dijo con melancolía.

—No he querido ponerte triste. Lo siento —dijo él con ternura.

—No lo has hecho. De verdad. —Ella sonrió de nuevo y devolvió la paz al corazón de Mitch.