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Little Bear
Durante su segundo día en el rancho, ella se dio cuenta de que a Mitch le gustaba andar descalzo por la casa. Ese detalle le agradaba mucho, aunque no sabía muy bien por qué. Por su parte, él se dio cuenta de que le encantaba escucharla hablar de los lugares donde había vivido.
Cuando se sentaron juntos a la mesa en el tercer desayuno que compartían, Haizea notó una cercanía que le resultó más que agradable.
—Hoy tengo que ir con Jacob a inspeccionar el cercado —comentó Mitch adormilado.
—¿Podría ir contigo? —preguntó Haizea.
—Hay que hacerlo a caballo. Primero tendrías que aprender.
—Puedo aprender —dijo ella, retadora.
—Pero mañana no podrás sentarte sin acordarte de mí, Elorrieta —apuntó él con picardía.
—Eso no es un problema —concluyó ella elevando el mentón.
Mitch miró a Haizea con admiración, se llenó el plato con una segunda ración de huevos revueltos y le dedicó una sonrisa esplendorosa que significaba que aceptaba el reto.
Haizea resultó ser una gran amazona y ese mismo día logró controlar a su montura y subir y bajar con éxito.
A la mañana siguiente, a pesar de las espantosas agujetas que sentía en las ingles y de las molestias en el trasero, acudió de nuevo al establo dispuesta a comenzar a cabalgar.
Mitch tuvo compasión y esperó otra jornada para cabalgar con ella hasta los pastos.
Nada más amanecer, ni corta ni perezosa, se presentó en el establo con botas y sombrero para ensillar a Priscilla.
—Ya os habéis hecho amigas —dijo Mitch al verla tan ufana sobre la yegua.
—Priscilla es apacible y me transmite paz —confirmó Haizea acariciando al manso animal.
—Es una buena chica, sí —dijo él cogiendo el rifle y montando su caballo. Ella miró el arma con aprensión, pero no expresó nada y lo siguió.
Mitch comenzó a trotar tras ella para estar pendiente de ella, pero sin ponerla nerviosa. Fue ella la que espoleó a Priscilla y comenzó a cabalgar. Fue entonces cuando él la adelantó.
—¡Sígueme! —exclamó.
Él oyó a su espalda el grito de júbilo de Haizea y sonrió.
—¡Es… maravilloso! —exclamó ella, casi sin aliento.
—¿Te gusta cabalgar?
—¡Sí! La sensación es abrumadora —gritó.
Mitch la miró a los ojos mientras colocaba la montura junto a la de ella.
Haizea estaba exultante, con el pelo suelto, sofocada y con una mirada de absoluta felicidad.
Él sintió que el corazón le latía con fuerza al contemplar a aquella mujer tan libre y preciosa a su lado.
Ella sentía la fuerza del animal entre sus piernas; notarlo la llenaba de energía y júbilo.
El aire y el sol le daban en la cara y, por el rabillo del ojo, podía ver a Mitch y su poderosa presencia, que la hacía respirar hondo y sentirse segura.
Al rato ralentizaron la marcha. Haizea miraba el rifle de Mitch, que colgaba intimidante entre sus arreos.
—Es necesario. No la llevo de adorno —dijo él de pronto.
—¿La has usado alguna vez?
—Sí —respondió Mitch.
—Ese es el problema de las armas, que si las tienes puedes llegar a usarlas.
—Eso está claro —dijo Mitch sonriendo—. También te puedo enseñar a disparar si quieres.
—¡Ni hablar! He tenido alguna que otra situación difícil y nunca he tenido que usar una.
—¿Y si te encuentras con un oso? —preguntó él.
—¿Con un oso?
—Un oso negro americano. Hay bastantes por aquí. Aunque muchos son de color canela o marrón, por lo que la gente de ciudad los confunde con los grizzly.
—Ah, ¿sí? —preguntó Haizea mirando a su alrededor.
Mitch asintió mientras trotaban hacia los pastos.
—Y hay que saber qué hacer si eso ocurre. Matan a dos o tres personas al año —dijo él ante la mirada de puro asombro y susto de ella.
Jacob se unió a ellos de camino y cabalgó junto a ellos.
—Le estoy comentando a Haizea qué medidas tomar si se topa con un oso.
—Lleva siempre contigo un espray anti-osos —intervino Jacob—. Son de cayena o pimienta, te permiten hacer varias ráfagas y alcanzan unos cinco metros de distancia. Pero recuerda que la dirección del viento debe ir de ti hacia el oso, ¿verdad, amigo?
—¡Anda, cállate! —refunfuñó Mitch mientras Jacob reía.
—¿Llevamos alguno? —preguntó ella.
Mitch asintió señalando los arreos de carga de su montura ante la mirada asustada de Haizea.
—Si te encuentras con un oso, mantén la calma y no grites —le explicó él—.
Los osos rugen en caso de agresión y, si gritas, pueden entender que se les amenaza e intentar defenderse.
Lo ideal es retirarse despacio y sin hacer ruido, para no alertarlos En el caso de un encuentro fortuito, si se trata de un ejemplar que se aproxima y no te ha visto aún, conviene hacerse notar para que cambie de rumbo, pero sin aspavientos ni voces.
—¡Y nunca corras! Los osos pueden hacerlo a cincuenta kilómetros por hora; si corres seguro que irá detrás y lo más probable es que te atrape.
Si tuvieras que hacerlo, que sea para meterte en un refugio cercano, como una cabaña o un coche.
También son muy buenos nadadores. Si no tienes más remedio que huir, tirarle algo de ropa o la mochila puede hacer que se marche —añadió Jacob.
Mitch asintió a su vez.
—Él debe ver que no le temes. Súbete a una piedra o a algo para que el oso te vea más alto y crea que puedes ser un contrincante peligroso.
Haizea rio.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, Elorrieta. —Mitch se rio.
—Pero subirse a un árbol tampoco es una gran idea; los osos trepan muy bien —advirtió Jacob.
—Lo último que haría sería subirme a un árbol, creedme —rio ella.
—Con un grizzly habría que hacerse el muerto, pero si te ataca un oso negro de los nuestros, no te acobardes: golpéalo con lo que tengas en la cara —explicó Mitch—. Quédate quieta, a no ser que persista en el ataque.
—Estás de broma, ¿verdad?
—Sí y no. Aunque muchos ven a los osos como un peligro, ellos solo se interesan por sus propios asuntos y solo usan la fuerza cuando es absolutamente necesario, no como las personas.
El problema es esa gente idiota de ciudad que les da de comer como si fuesen mascotas.
Los osos nos huelen a kilómetros de distancia, a nosotros y a nuestra comida, que les resulta muy apetecible.
No son comedores de humanos, como mucha gente cree, pero sí de tartas.
—Campistas, senderistas, turistas que se pierden porque aquí no les funciona el GPS… Somos demasiados recorriendo sus tierras —añadió Mitch.
—Estoy de acuerdo contigo —asintió Haizea.
—Pero un disparo debe ser la última opción. Nunca lo intentes si no vas a acertar. Un oso malherido es muy peligroso —dijo Jacob.
—O sea, que mejor no encontrarse con uno.
—Sobre todo si es una hembra. Estará con sus oseznos y es cuando son más temibles. Si te ataca, usa lo que tengas a mano para golpearla con fuerza en la cara. Puedes salvar tu vida, aunque te llevarás un zarpazo seguro —explicó Mitch.
—Mi abuelo era conocido porque tenía las garras de un gran oso grizzly marcadas en la espalda —comentó Jacob.
—Por eso a su abuelo lo llamaban Little Bear —dijo Mitch.
Jacob asintió sonriendo.
—Eso decían todos en la reserva. Por eso era muy considerado allí, pero se enamoró de mi abuela que era blanca y por eso fue a la guerra y dejó la reserva. Al regresar se compró un terreno junto a la presa.
—Aunque lo de little era de broma —rio Mitch—. Jake ha salido a él. El viejo lo sabía todo acerca de los osos.
—Era su animal totémico. Mi abuelo me enseñó que, en algunas tribus, el oso se asocia con la caza y la guerra, y representa la valentía y el coraje.
Es visto como un ser sagrado, y en tiempos antiguos atrapar uno se celebraba con gran ceremonia y respeto.
Para las primeras naciones, el tótem oso es un espíritu y sus propiedades mágicas lo convierten en uno de los más influyentes de todos.
No se debe matar a un oso a la ligera. Ha jugado un papel muy importante en nuestra cultura, ya que sus pieles se utilizaban a menudo para protegerse del frío en forma de abrigos y mantas, sus garras fueron utilizadas para la fabricación de joyas y collares y sus cabezas se usaban como máscaras para el chamán.
El oso nos regala el liderazgo, los valores familiares y la magia lunar.
—Los pueblos indígenas creían que el oso tiene una magia muy fuerte —añadió Mitch—. Muchas tribus consideran que son el espíritu de antiguos chamanes, y que guardan todos los secretos de la curación antigua y de los espíritus de la Tierra.
—Mitch también tiene al oso como tótem. Te lo he dicho muchas veces, tío.
La fuerza de la sabiduría de ese animal es el poder de la introspección.
Tú no eres de los que quieren soluciones rápidas.
Mitch toma toda la información, se va a un lugar tranquilo, estudia el asunto con cuidado, reflexiona por un tiempo y luego toma sus propias decisiones.
—Si tú lo dices… —Sonrió Mitch mientras miraba de reojo a Haizea.
—Desde crío es así, créeme. Nunca decide nada a la ligera. Lo tiene que tener muy claro.
—¿Ah, no? —le preguntó ella.
—No lo sé. Puede que tenga razón, Jake. Pero no quiere decir que no me equivoque —respondió Mitch.
—Y eres grande, de pelo castaño, con unas zarpas enormes, amoroso… —rio Jacob.
—Anda… Cállate —gruñó Mitch—. No nos hagas ni caso, Haizea. En realidad, si te topas con un oso debes dar aviso al Departamento de Caza y Pesca de Idaho. No matamos osos. Solo causan problemas con excursionistas y cuando bajan a los pueblos a por comida.
—Me lo suponía —sonrió Haizea.
Cuando llegaron a los pastos, se acercaron hasta el río para dejar beber a los caballos. Fue allí donde Haizea pudo comprobar atónita cómo los animales rodeaban a Jacob para, entre relinchos, acariciarlo con sus belfos, mientras él les hablaba en una lengua extraña.
—Jacob tiene una simbiosis especial con los caballos. Está en su naturaleza y ellos lo notan —comentó Mitch—. A mí no me hacen el mismo caso. Me quieren y me respetan, pero a él lo adoran. Con su padre era igual.
—¿Está hablando en su lengua?
Mitch asintió.
—Procede de una larga estirpe de guerreros de la nación de los Shoshone-Bannock.
Buffalo Horn era su tatarabuelo, un jefe Bannock que dirigió a doscientos guerreros contra el ejército de los Estados Unidos en 1878.
Guerreros asesinados y olvidados. A pesar de ese maltrato, su abuelo y muchos otros lucharon en Europa por todos —dijo Mitch muy serio—.
Ellos se hacían llamar numa, que quiere decir «pueblo».
Cuando llegaron los españoles, adoptaron la silla de montar y el caballo y se hicieron grandes jinetes.
Entonces formaron grupos de cazadores de bisontes, así como de guerreros, y adoptaron de otros pueblos indios de las llanuras el tipi y la vestimenta de piel de bisonte.
Jacob se acercó hasta ellos.
—Mis antepasados creían que cuando un hombre moría iba a la tierra del coyote, quien había creado el mundo con su amigo el lobo. Y hasta que el lobo no revivía y lavaba su espíritu, no quedaba restablecido su lugar —dijo.
—Me pareció ver uno hace un par de noches —comentó Haizea.
—¿Un lobo? —preguntó Mitch.
—Sí, merodeando. Vi sus ojos en la oscuridad.
—Van en manada. Sería un perro asilvestrado o un coyote —dijo Mitch.
—No, era grande y estaba frente a la casa. Me observaba.
—Es muy difícil, pero no imposible —dijo Jacob, mirándola extrañado.
—Si me encuentro con lobos, ¿qué es lo más recomendable, chicos? —preguntó ella, acercándose al río para refrescarse—. Ya tengo todo tipo de consejos acerca de qué hacer con los osos, y sé que lo estáis deseando. Sé tanto ya de ellos que podría escribir un libro. Me faltan los lobos.
Mitch y Jacob rieron.
—No hagas nada. Se irán. Nos temen más ellos a nosotros. Tienen memoria —observó Mitch.