IX
Quien bien te quiere te hará reír
A Mitch lo despertó el sonido del agua de la ducha y por un instante no supo dónde se encontraba. La imagen de Haizea echada en la cama le vino a la mente y resopló mientras sonreía.
—Me he dormido —se excusó ella surgiendo a través de una nube de vapor que olía de maravilla.
«Preciosa», pensó viéndola ir y venir por la habitación en albornoz, con el pelo suelto y mojado mientras recogía sus cosas.
—Creo que yo también —dijo él adormilado y algo tímido—. Entonces, ¿te marchas?
—Sí, esta habitación es un dispendio y, si no la dejo antes de las once, tendré que pagar un día más.
—¿Tienes pensado a dónde ir? —preguntó calzándose las botas de cowboy—. Los hoteles del centro son bastante caros.
—Pues no, no tengo ni idea. Había considerado alguno de estos tres —dijo ella cogiendo el móvil para mostrarle las fotografías y páginas web de varios hoteles económicos de Boise.
—El primero está muy a desmano del centro, el segundo es caro para lo viejo que es y el tercero no te lo recomiendo tampoco.
—Es que los apartamentos turísticos no me hacen gracia, la verdad. Llámame esnob si quieres.
Mitch negó con la cabeza, rio y estuvo a punto de decirle que no, que lo que le pasaba era que tenía mucha clase, pero entonces se le ocurrió una idea que podía solucionarlo todo.
—Oye, ¿y si te quedas en el rancho? Me sobran habitaciones.
—No quiero causarte molestias, Mitch. Además, tengo pendiente una o varias visitas a Garmendia. Al parecer, el buen hombre no duerme y me ha dejado algunos mensajes diciendo que necesita verme.
—No te preocupes, que te traigo a Boise desde allí las veces que haga falta.
—No sé…
—Y haré los desayunos, Elorrieta.
Mitch la miró de reojo y comprendió sus dudas. A él mismo le había ocurrido. Ella no se fiaba de ningún hombre, al igual que él no había confiado en ninguna mujer durante algún tiempo.
Aunque reconoció cierto temor debido a la atracción que sentía hacia él, Haizea sopesó la situación y se dio cuenta de que la propuesta de Mitch era la mejor opción y, en realidad, la única.
—Me has convencido con eso de los desayunos —dijo ella al final.
Mitch sonrió, pero no pudo evitar sentirse un poco culpable por su propósito de convencerla para que se quedase con el rancho y no lo vendiese a los inversores de Seattle. Se dijo a sí mismo que esa, y no otra, era su única intención. Y se prometió no intentar nada con ella.
Mitch alojó a Haizea en la misma habitación donde ya había dormido, junto a la suya.
Era amplia, acogedora y soleada, con una gran cama de madera, un par de mesillas a cada lado, armario y cómoda a juego, una estufa para el invierno, un ventilador de techo para el verano y una bonita alfombra indígena.
El dormitorio daba al prado, al porche trasero y a una alberca que servía como depósito de agua para emergencias y tenía las mejores vistas de las montañas.
—Si necesitas algo, me lo dices. Te dejo para que te acomodes. Aquí no vas a tener muchos lujos, pero verás los mejores amaneceres y atardeceres.
—Gracias, Mitch, está todo perfecto.
—Ah, tendremos que compartir el baño porque el de al lado es el único con ducha y bañera. El otro es solo un retrete con lavabo. Tengo un tercero, pero la conducción de agua no es buena, apenas hay presión suficiente en ese y lo utilizo como cuarto de las escobas.
—No importa —dijo ella—. No te preocupes por mí. Tú haz tu vida normal.
—Mientras terminas de instalarte, voy a ir preparando algo de comer.
—Puedo colaborar.
—No, no hace falta.
—Claro que sí, no pienso estar mano sobre mano mientras tú cocinas.
Para no ser descortés, Mitch no le dijo que estaba acostumbrado a cocinar solo.
—Bien, pero yo cocino cosas básicas; sobre todo asados, estofados con patatas o verduras y ensaladas, aunque tengo un plato estrella.
—¿Cuál?
—Espaguetis con albóndigas.
—Uhm… Suena de maravilla. —Haizea suspiró y cerró los ojos haciendo sonreír a Mitch.
—Mañana los prepararé —dijo él muy contento.
—Ya cocinas bastante más que yo. Mi plato estrella es el yogur con avena y trozos de fruta. Lo preparo para el desayuno, la merienda y hasta para cenar.
Él rio con fuerza y contagió a Haizea.
—Nunca he tenido tiempo de preparar nada. En los barcos se come lo que hay, casi siempre pescado o marisco. ¡Y pulpo! A la brasa está riquísimo. Cuando estaba en Mombasa casi llegué a aborrecer la langosta.
—Nunca la he probado, pero en el Basque Block hay un asador, el Guetaria, donde preparan pescados a la brasa y unos chipirones y un bacalao al pil-pil estupendo.
—¡Ay! ¿De verdad? Echo de menos esos platos. Me recuerdan a la Navidad y a mi casa en Bilbao-
Él vio cómo a ella se le iluminaba la cara.
—Ya te voy a llevar, Elorrieta.
Haizea sonrió. Le gustaba que la llamase así, por su apellido.
Él la dejó deshaciendo la maleta y no volvieron a verse hasta la cena.
Haizea se dio cuenta de que el trabajo en el rancho era muy demandante y mantenía a Mitch alejado de la casa gran parte del día.
Cuando él regresó, saludó en voz alta; ella sintió alegría al escucharlo y comprendió que lo había echado de menos, porque su fuerte vozarrón lo inundaba todo.
Mitch se dio una ducha, preparó la cena y ella puso la mesa.
Esa tarde, tras una relajante siesta, Haizea paseó por los alrededores de la casa para recoger flores silvestres.
Con ellas hizo un bonito ramillete que colocó en un jarroncito sobre la mesa, cubierta con un mantel de cuadros rojos.
Al verlo, Mitch sintió que aquella casa volvía a tener alma por primera vez en años.
Se sentaron juntos a cenar y, tras una intrascendente pero divertida charla, se fueron a sus respectivos dormitorios.
Fue al poco de acostarse cuando Mitch la sintió moverse por la casa y tomó la decisión de levantarse a hacerle compañía. Allí estaba ella, tomándose una cerveza en el porche, con su camisa a cuadros, mirando las estrellas.
—Me he desvelado. ¿Te importa, Elorrieta? —preguntó él sentándose a su lado con otra cerveza.
—Estás en tu casa —respondió ella.
Mitch se dio cuenta al instante de que Haizea no estaba de muy buen humor.
—Son preciosas, ¿verdad? —dijo él tras dar un par de tragos después de un largo silencio. Ella emitió un murmullo de aprobación, con la vista fija en el espectacular cielo estrellado—. Nunca verás un cielo nocturno así.
—Hay uno también muy hermoso en otro lugar.
—¿En Australia?
—No, en Mundaka, al lado de una ermita junto al mar.
—Debe ser hermoso el País Vasco. Mi madre siempre hablaba de él con mucha añoranza. Vivió en un caserío en Mundaka antes de venir a Boise.
—Es muy verde y todo en pequeño, no como aquí. Las montañas están muy cerca del mar y ese mar, el Cantábrico, es impetuoso cuando hay temporal; se revuelve con olas inmensas para luego calmarse como si no hubiera pasado nada.
—Intuyo que tú eres un poco así, como ese mar —sonrió él de medio lado.
—Creo que lo fui una vez.
—Sigue hablándome de Mundaka —le pidió con suavidad, en un intento de no entristecerla.
Mientras ella le describía la costa de su tierra, Mitch la observó con atención.
Siguió con la mirada sus expresiones y los movimientos de sus manos, que acompañaban el relato; se dio cuenta de que Haizea era hipnótica y de que, tras un rato, los gestos de ella se reflejaban en los suyos.
Aquello lo hizo sentirse muy extraño y vulnerable.
—Mi primer ligue fue en Mundaka, uno de esos de verano, con un guiri —dijo Haizea.
—¿Un… guiri? —preguntó él.
Un extranjero, era francés, surfero.
—Y te enamoraste.
—No, en realidad solo fue sexo. Me enamoré por primera vez en la universidad. De un amigo, pero era imposible que saliese bien. No podía corresponderme, aunque me quisiera.
—Tenía novia.
—No, era gay —dijo Haizea con una tristeza infinita.
Mitch guardó silencio un instante, como si quisiera respetar aquel amor que nunca pudo consumarse, y después prosiguió.
—Mi primer amor platónico fue una profesora.
La señorita Fernanda. Yo tenía once años para doce y me enamoré como un imbécil.
Me parecía la mujer más guapa, inteligente e interesante del mundo.
Ella soñaba con viajar a Europa y era tan divertida…
Pero se casó y dejó el colegio. Espero que lo lograra.
Mitch emitió un bufido algo avergonzado. Haizea rio y él se sintió muy feliz de haberla hecho reír.
—¿Estás a gusto en tu cuarto? No es un hotel de cinco estrellas…
—No te preocupes. Estoy bien. Si tengo hasta una butaca para leer.
—Además es muy cómoda. Y tengo bastantes libros. A mi padre siempre le ha encantado Jack London. Mi madre prefería a Johanna Lindsey.
—Y tú, ¿lees?
—No mucho. Suelo caer redondo en la cama, pero siempre me han gustado los clásicos de la literatura norteamericana como Steinbeck o Scott Fitzgerald.
—La señorita Fernanda dejó huella —dijo Haizea haciendo asentir y reír a Mitch.
—Y a ti ¿cómo te dio por ahí? Por lo de ser bióloga marina y bucear entre tiburones.
—¡Solo lo hice una vez! No sé… Siempre me gustó el mar, desde que iba de veraneo a Mundaka de pequeña con mis padres. Me acostumbré a estar todo el día en el agua con los peces. Luego vi a Jacques Cousteau, al oceanógrafo, en la tele, y eso fue todo.
—Es que me tienes impresionado con eso de los tiburones —dijo Mitch—.
Yo era bueno con los libros, pero me gustaban más los caballos y los rodeos.
Mi padre nunca me perdonó que no estudiase.
Hice varios cursos de economía agrícola en la escuela agraria y también de veterinaria, pero no fui a la universidad, aunque no me arrepiento.
Anselmo Elorrieta me ayudó. Mi decisión casi le cuesta la relación a mi padre con mi abuelo.
—¿Tu abuelo te apoyó?
—Así es —respondió él.
—He visto la bandera. Estuvieron juntos en la guerra —comentó Haizea.
Mitch asintió.
—Y fueron amigos siempre. El primero en irse fue el abuelo de Jacob. Después el mío. Y ahora Anselmo. Solo queda Garmendia.
—¿Pero cuántos años tiene ese hombre?
—¡Muchísimos! Nos va a enterrar a todos. Y no sabes qué personaje es… Se ha casado cinco veces —rio Mitch.
—¿Cómo?
—Lo que oyes. Un playboy. Ahí donde lo ves, ese ancianito venerable fue bígamo.
—Cuenta, cuenta.
—En los años sesenta, al parecer, se casó en Las Vegas con la chica de un casino a la que había conocido esa misma noche. Volvió a Boise sin recordar nada y se quiso casar con su tercera esposa. Ahí es cuando se enteró, porque la corista se presentó en la boda.
Haizea comenzó a reírse a carcajadas, contagió a Mitch y estuvieron un buen rato sin poder parar. Cuando recuperaron el aliento, él continuó:
—Y a ti te llama «la belleza vasca». Menos mal que está achacoso, porque si no intentaría llevarte al huerto. Su última esposa tiene nuestra edad.
—¿En serio?
Mitch asintió mientras Haizea se reía a carcajadas.
—Cuando leyó el testamento del viejo Elorrieta pensó que eras una rica señora europea heredera de una gran fortuna.
—Nada más lejos de la realidad. ¿Y qué piensa ahora de mí?
—Según me dijo, y esto es confidencial —Mitch habló en voz baja e hizo reír a Haizea—, eres una dama.
También te denominó, y no te enfades, una yegua hermosa y salvaje.
Es un tipo peculiar: votó a Reagan, pero odia a Trump y tuvo un gato allá por los ochenta al que llamaba Jomeini.
Lo conocí. Le hacía parecer don Corleone.
Haizea prorrumpió en sonoras carcajadas mientras Mitch la observaba y se reía a su vez.
—¡Madre mía! Hacía tiempo que no me reía tanto. Creo que se me estaba olvidando un poco.
Mitch sintió rabia y pensó que la traición era de cobardes y que, por esa regla de tres, el ex de Haizea debía de ser el mayor de todos. Ambos cruzaron sus miradas, él apuró la cerveza y se desperezó con un sonoro bostezo que no tuvo que fingir.
—Perdona. Estoy muerto.
—Y yo te he despertado.
—No importa —dijo con esa voz suave que le daba el sueño.
—Anda, vete a dormir, que yo también me voy —dijo Haizea levantándose del banco del porche seguido de Mitch.
Ella le cogió el botellín de cerveza vacío para llevarlo con el suyo a la cocina.
—Buenas noches, Mitch —le dijo antes de dejarlo irse rumbo a la cama.
Él estuvo a punto de no hacerlo, de no decirle nada, pero en el último momento se la jugó.
—Que duermas bien, Elorrieta. Y un consejo, me lo permitas o no: nunca bebas sola.
Y en vez de enfadarse, ella susurró un «gracias» acompañado de una sonrisa.