Corazones en Boise VIII
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VIII

Ganas

Caminaron por el Basque Block algo achispados, a ratos en silencio, a veces entre risas, pero con la convicción de que ya eran más cercanos y que tenían algo en común.

Mitch reconoció ante Haizea que no estaba lo bastante sobrio para conducir y le comentó que pensaba dormir en la camioneta.

Ella, obstinada, le dijo que no lo permitiría y que podía hacerlo en el sofá de la habitación del hotel.

Por un instante, Mitch luchó contra lo que deseaba en realidad y lo que su conciencia le dictaba, pero Haizea no parecía dispuesta a dejarlo marchar y, al final, él no se negó a acompañarla.

Ya en el hotel, ella sacó dos botellitas de bourbon del minibar y le tendió una a Mitch.

—La verdad es que la cama es comodísima y el baño parece un spa, pero no me puedo permitir el coste de este hotel más días, así que acabemos con las existencias de esta habitación tan cara.

—Prefiero no beber más. Y tú tampoco deberías —dijo él antes de soltar un bostezo—. Perdona, no estoy acostumbrado a trasnochar.

—Suficientes consejos por hoy. Voy a brindar por nuestros respectivos ex.

Haizea se bebió los dos botellines de golpe mientras él, que no se tomó a mal su comentario, se quitaba la camisa, el cinturón y las botas.

Para ella, la naturalidad con la que se desvistió resultó mucho más sugerente que el simple hecho de tener delante a aquel hombre tan grande descalzo y en camiseta de tirantes.

—Imagino que en el rancho madrugarás bastante —preguntó en un intento por lograr que él obviase lo azorada que se sentía.

—Me levanto a las cinco de la mañana de lunes a domingo. —Él se desplomó en el sofá mientras emitía un suspiro—. Es cómodo, pero, para serte sincero, podría quedarme dormido encima de una piedra.

Intentó no contemplar el corpachón de Mitch, con el vello de su musculoso pecho asomando por la camiseta. En aquel instante se le pasó por la mente su imagen al desnudo y se sonrojó. Bajó la mirada, suspiró y carraspeó.

—Bueno, pues te dejo que descanses. Yo también me voy a la cama.

Entonces se dio cuenta de que su amiga tenía razón; siempre la había tenido.

«Me pone nerviosa, mucho más de lo que quiero reconocer. ¡Mierda!».

—Que duermas bien, Elorrieta —le dijo él con voz suave y una sonrisa somnolienta en su atractiva cara.

Haizea pensó que, con toda probabilidad, en cuanto se diese la vuelta, se quedaría profundamente dormido en un instante, no como ella.

Se sumió en un duermevela extraño que le impedía descansar de verdad. No podía dejar de pensar que tras la puerta entornada del dormitorio estaba Mitch. Ser consciente de su presencia la mantenía alterada.

Se levantó de la cama porque tenía sed y ganas de orinar.

Fue hasta el baño y, tras beber un poco de agua, no pudo evitar la tentación de coger el móvil que había guardado en su bolso para no revisarlo durante la noche.

Lo había apagado, pero al encenderlo de nuevo le saltaron todas las notificaciones.

Primero comprobó los avisos de WhatsApp.

Tenía un montón de mensajes de voz sin revisar, casi todos de Saioa avisándole de algo importante.

Calculó la hora que sería en Mundaka, regresó a la cama y decidió llamarla.

—¿Qué es eso tan urgente que tienes que contarme? —preguntó.

—Nada. Es que, si no, seguro que no me respondes. ¿Por qué susurras? —le inquirió su amiga.

—Porque Mitch está durmiendo en el sofá de mi habitación de hotel.

—Ya lo llamas por su nombre, ¿eh? ¿Y qué hace ahí? ¿Por qué no está en la cama contigo?

Haizea resopló irritada.

—Me esfuerzo en ser sensata y no es fácil.

—¿Y por qué te esfuerzas tanto? —preguntó su amiga.

—Porque… estoy algo borracha y no quiero meter la pata. Soy una persona adulta y responsable. Además, no funcionaría. ¡Somos muy diferentes!

—Te da miedo enamorarte, pero no todos son Derek.

—Está divorciado.

—Igual que tú. Y un clavo saca a otro clavo.

—Técnicamente no. Necesito firmar los papeles y aún no lo he hecho —aclaró Haizea.

—¡Ay, venga! Encima no le vas a guardar luto al muy puerco. Que cuando me enteré de todo por tu madre, es que me faltó tiempo para contactar contigo.

—Por cierto, ¿cómo se enteró mi madre?

—Según me contó, llamó a tu suegra para felicitarla por su cumpleaños.

—Muy propio de ama. Yo no me hablo ya con los Patterson, pero ella tiene que llevarme la contraria.

—Haizea se mostró molesta. Aún recordaba el disgusto que había sufrido su madre al enterarse del divorcio y de lo bien que le caían su exsuegra y su todavía marido—.

No le voy a guardar nada, Saioa, pero necesito tiempo.

—¿Más? ¡Arranca la página de una vez! No has tenido una cita en dos años —le interrumpió Saioa.

—¡No es cierto!

—Aquella cita no cuenta. No duraste ni media hora.

—¡Porque era vegano y un cretino! —Haizea suspiró—. Mitch me cae bien. No quiero hacerle daño. Es pura sinceridad.

—Oh, oh… Dime que no has llorado en su hombro.

—Lo he hecho y ha sido liberador, pero es que ya no quiero enamorarme y él lo ha pasado muy mal.

—¿Y quién ha hablado de amor? Mira, el sábado pasado Izaro estaba con su padre, salí de fiesta y me fui con uno de veintiocho años.

—¿Y?

—Tuve un sexo fantástico, pero solo fue eso.

—Estás fatal, Saioa —rio Haizea.

Y su amiga hizo lo propio al otro lado del teléfono.

—Sexo sin compromiso. Si lo tienes claro desde el principio no hay ningún problema. ¿Te acuerdas de lo que era? Si ellos pueden, nosotras también. ¡Mándame esa foto y firma ya esos papeles de divorcio!

Justo al colgar evocó las palabras de Saioa: «Tengo la teoría de que un tío que te gusta de verdad tiene que ponerte nerviosa.

O con solo verlo o escucharlo te entra un no sé qué por todas partes, y te ríes como un idiota de todas sus gracias, o ahí no es.

Es tener su nombre todo el día en la boca o estar pensando en él por cualquier bobada. Y tienes que admirarlo de algún modo».

¡Y vaya si le ponía nerviosa! Todavía sentía la calidez de su cuerpo al abrazarlo, y notaba el firme agarre de sus manos mientras bailaban.

Esos pensamientos, el recuerdo de su cuerpo desnudo, los peligrosos consejos de su amiga, y saberlo tan cerca, acabaron por desquiciarla.

Se asomó al salón contiguo y lo vio resoplar con tanta placidez que sonrió.

Pensó en contemplarlo un poco más de cerca y se aproximó con cuidado hasta el sofá, descalza y vestida tan solo con una escueta camiseta.

La expresión de él era dulce, de absoluta relajación. Además, estaba guapísimo. Haizea se quedó junto al sofá, absorta en observar la respiración pausada y profunda de Mitch. Su pecho ancho y musculoso subía y bajaba con cada inspiración y exhalación.

No pudo evitarlo. Tal vez fue el baile o esa voz de él acompañándola. Lo cierto fue que notó cómo su cuerpo se cargaba de algo denso que la iba calando por dentro. Era el deseo primitivo y animal, esa necesidad de sentirse viva de nuevo junto a un hombre.

Al verlo allí tumbado en el sofá, fantaseó con arrodillarse a su lado y besarlo.

Estuvo a punto, pero no se atrevió a dar el paso; la falta de confianza en sí misma que le había producido la infidelidad la hizo dudar.

Se sentía demasiado vulnerable y, a pesar de que el deseo de su yo adolescente bullía fuerte en sus venas, regresó a la cama donde, por culpa de las ganas, el sueño se le resistió hasta bien entrada la madrugada.

Mitch era capaz de dormir sin problemas en cualquier parte, y esa noche, en aquel sofá tan cómodo, lo hizo de maravilla.

Sin embargo, al acercarse la hora en la que se levantaba a diario, se despertó con ganas de orinar y tuvo que incorporarse.

El baño estaba junto al dormitorio y, en un intento por hacer el menor ruido posible, caminó de puntillas y entornó la puerta muy despacio.

Al salir no pudo evitarlo: vio la estancia entreabierta y se asomó para curiosear, sin contar con que contemplar a Haizea dormida le iba a fascinar de aquella manera.

Ella estaba echada de lado, apenas tapada por la sábana, y Mitch no pudo resistir la tentación de admirar sus formas.

Un tirante de la camiseta, que se había deslizado por su hombro, dejaba entrever un pecho casi hasta el pezón.

Las largas piernas bronceadas daban paso a los glúteos firmes, apenas tapados por una escueta braguita de color lila.

Allí, de pie frente a la cama, tuvo que mantener la calma porque su cuerpo, ajeno a cualquier sentido común, estaba respondiendo con contundencia a aquel estímulo visual celestial.

De pronto, el deseo, que había permanecido adormecido, se manifestó en forma de taquicardia y calor.

Por un momento, Mitch pensó que estaba al borde del infarto.

No lo descartó, pues ya había cumplido los cuarenta años, aunque lo que en realidad lo dejó hechizado fue el rostro de Haizea.

Los rasgos relajados por el sueño dulcificaban su semblante, y Mitch sintió una extraña ternura por ella.

De repente, su respiración profunda se alteró y él pudo contemplar cómo una tímida sonrisa se asomaba a sus hermosos labios.

Eso provocó también la suya. La hubiese besado en aquel mismo instante, pero sabía que no era el momento ni el lugar.

Al verla tan serena y feliz, quiso pensar que estaría soñando con la noche de chuletón, bailes y lágrimas que habían compartido.

Y supo que, si lo hubiese hecho, sus labios habrían sabido a bourbon.

Regresó al sofá con la visión de Haizea en su mente y el ánimo alterado.

Las ganas habían regresado y ya no pudo volver a conciliar el sueño.