VII #2
—Me engañó. Dos veces. Su madre lo excusó la primera vez diciendo que era la crisis de la mediana edad, que todos los hombres deben pasarla; supongo que a ella también le pusieron los cuernos.
Lo gracioso es que yo lo elegí porque confiaba en él, me pareció un hombre que jamás me traicionaría.
En realidad, solo era anodino y no daba el perfil de don Juan.
La primera vez me pidió que lo perdonara en un ataque de sinceridad que le dio tras la pandemia, y lo hice a pesar de que me costó muchísimo.
Se había acostado con una antigua novia durante una estancia prolongada en Londres.
Me dijo que solo fue una vez, un terrible error, y lo intenté, fuimos a terapia, estaba lográndolo…
pero todo fue una farsa. Volvió a engañarme un año después con una chica de su equipo de trabajo, una becaria.
Y encima los pillé mensajeándose. Qué típico, ¿no?
—rio con amargura—. Primero dijo que eran imaginaciones mías.
Después me culpó de que no le hacía caso.
Es la primera vez que se lo cuento a alguien; fíjate si soy idiota que me daba vergüenza.
Y ahora ha vendido nuestra casa. He tenido que dejar el que era mi hogar, mi trabajo en Australia, que me encantaba…
Regresé a Mundaka, a casa de una amiga, porque no tengo dónde vivir.
Pero lo peor no ha sido eso. Me he enterado de que está esperando un hijo con ella y…
Hizo una pausa para poder aguantar un llanto incipiente.
Mitch, que la miraba en silencio, se acercó y la abrazó sin que ella hiciera nada por evitarlo.
En ese momento, Haizea se rompió por completo y comenzó a sollozar mientras intentaba disculparse, aunque apenas podía hablar por culpa de la congoja.
—Lo… siento… —balbuceó.
—No te preocupes. Llora todo lo que necesites —susurró él mientras la estrechaba con delicadeza.
Era la primera vez que lloraba. Desde que dejó Australia no se había permitido flaquear, pero en aquel momento, desinhibida por el alcohol, decidió renunciar a la titánica lucha por mantener el control.
Se dejó rodear por el cuerpo de Mitch hasta casi desaparecer y se relajó apoyando la cabeza en su clavícula para continuar sollozando de un modo más suave.
Él acarició su cabello y la acunó con ternura, al tiempo que notaba cómo le mojaba la camisa con sus lágrimas.
Fue entonces cuando experimentó una profunda repugnancia hacia el ex de Haizea, a pesar de no conocerlo de nada.
—Al comienzo de nuestra relación decidimos no tener hijos. Pensé que cambiaría de idea, que no iba en serio. Confié, fui leal y ahora no tengo nada, ni hogar ni trabajo ni hijos —sollozó Haizea llena de rabia, mientras elevaba la mirada hacia Mitch.
—En mi caso, era ella la que me dijo que no los quería. Yo los habría tenido encantado —susurró él con tristeza.
—Me siento tan dolida y decepcionada… Casi más que al principio.
Mitch la miró muy serio.
—Haizea, no te tortures. No sirve de nada.
—¿Y qué voy a hacer?
Mitch se apoyó en la pared del bar mientras la pareja sentada cerca de ambos se marchaba tomada de la mano.
—Te confieso que tuve que ir a terapia. —Haizea lo miró asombrada—.
No parezco de esos, ¿verdad? Cuando me dijo que no iba a regresar de Los Ángeles me pasé meses sin levantar cabeza.
Recurrí al trabajo y a beber demasiado. Fue Jake quien me sacó del pozo y me dijo que necesitaba ayuda profesional para curar mi depresión.
Su mujer es psicóloga. Yo no creía en esas cosas, pero me equivocaba.
La terapia me ayudó a aceptar que no hay nada que comprender.
No sirvió para conformarme, pero sí para asumir que, a veces, hay que dejar ir.
—Yo no logro adaptarme. Todavía no. Quiero recuperar mi vida, no a él. Siento rabia porque yo he sido la perdedora y me parece injusto.
—Es normal. Y ya que estamos hablando con franqueza, ¿te puedo dar un consejo?
—Adelante —asintió ella suspirando con fuerza.
—No te aferres a ese rencor. Yo creo que si diste todo lo mejor de ti y no fue suficiente, no perdiste; te perdieron a ti.
Haizea miró a Mitch con ternura y asintió con lágrimas en los ojos. Él había logrado que desnudase su alma por fin.
—Me parece que me acabas de ahorrar meses de tratamiento. Podrías dedicarte a ser terapeuta. ¿No tendrás un pañuelo? —preguntó sorbiendo por la nariz, mientras Mitch reía.
Él le sonrió mientras le tendía unas servilletas de papel. Después, se quedó observando cómo se sonaba.
—¿Mejor? —preguntó el vaquero.
Ella volvió a asentir y lo miró. La forma en que la observaba se tornó muy íntima, demasiado, y por un momento, a Haizea se le pasó por la cabeza que él aguardaba el momento para besarla.
Sin embargo, no lo hizo. En vez de eso, la rodeó con sus brazos de nuevo.
Mitch posó la palma de la mano sobre su espalda desnuda y la deslizó con suavidad para confortarla.
Ella notó su tacto y su caricia quemándola.
La sensación fue tan intensa que tuvo que suspirar.
Fue entonces cuando él levantó la mano privándola de aquella calidez, para tocarle la sien con los labios, aunque fue un contacto demasiado suave para parecer otra cosa que un leve roce.
Ella cerró los ojos apoyada en él, sintiendo el calor de aquel hombre que también ocultaba un corazón roto.