VII
A better man
Mitch se dirigía a la barra cuando notó la vibración de su teléfono en el bolsillo.
—Dime, Jake. ¿Ocurre algo? —preguntó tapándose el oído que tenía libre.
—No, todo está bien. Es solo que los vampiros de Seattle han mandado a uno de sus esbirros para darnos otra oferta por las tierras. Les he dicho que se fueran.
—Bien hecho. Por cierto, me quedo en Boise esta noche.
—¿Eso que escucho es música?
—Sí, estoy tomando algo con Haizea.
—Y no era nada, ¿no? —rio Jacob.
—Solo hemos cenado y estamos pasando el rato, nada más. No ha sucedido nada.
—Pero ocurrirá. He visto cómo la miras. Te pone nervioso.
—Tiene carácter, es inteligente y sí, me gusta, pero no por eso debe pasar algo entre nosotros.
Tienes mucha imaginación, tío —rio Mitch—.
Solo quiero que se distraiga un rato, nada más.
Ayer la noté triste. Tiene algún problema y, si confía en mí y nos congraciamos, tal vez se piense lo de vender.
Me cae bien, no estoy intentando engañarla.
—Lo sé, Mitch. Te conozco, hermano. Y no te preocupes, mañana me ocupo del rancho yo. Por cierto, han preguntado por ella. Saben todo lo de la herencia. ¿Ya se lo has dicho?
—No todavía no, pero lo haré.
—Tiene derecho a conocer esa oferta de compra, Mitch.
—Quiero que descubra el rancho primero, que vea el valor de todo lo que hacemos y nos dé una oportunidad.
—Vale, pero no tardes en hacerlo, tío —dijo Jacob.
—No lo haré, Jake —respondió y colgó.
Cuando llegó hasta Haizea con los botellines de cerveza, se percató de que su ánimo, tan alegre minutos atrás, había decaído y que se veía cabizbaja.
—¡Ya estoy aquí! —exclamó para sacarla de su ensimismamiento mientras le tendía un botellín.
Ella se dio cuenta de que la bebida de él era sin alcohol y sonrió débilmente ante su sincera alegría. Tuvo que reconocer que el vaquero era un hombre que ponía grandes dosis de entusiasmo en todo lo que hacía.
—¿Te lo estás pasado bien?
—Sí, mucho —dijo con una sonrisa forzada para agradecerle sus esfuerzos por divertirla aquella noche, aunque él advirtió que la alegría no asomaba a sus ojos.
—¿Ves cómo el baile era fácil?
—He tenido un buen maestro —respondió ella.
—Para nada. Este tipo de danza no tiene ningún misterio. Tú tienes muchos más secretos —dijo él.
Haizea lo miró extrañada.
—¿A qué te refieres?
—A que aún no sé nada de ti y yo ya te he contado casi toda mi vida —susurró. Haizea desvió la mirada y guardó silencio dando un trago a su cerveza—. No me hagas caso. Seguro que bucear es más complicado que bailar.
Haizea comprendió que Mitch estaba intentando cambiar de tema para no incomodarla.
—Sobre todo si nadas entre tiburones —dijo ella.
—¿Has nadado entre tiburones? —preguntó Mitch boquiabierto. Haizea asintió y sonrió con orgullo—. ¿En serio? ¡Guau, hace falta mucho valor para eso, Elorrieta!
—No, solo es cuestión de evitar riesgos y tener algo de práctica con el equipo de buceo. Y de saber nadar, claro —respondió ella.
—Sé nadar, pero el mar me daría respeto. ¡Y los tiburones más! En realidad, nunca lo he visto.
—Estás de broma.
—No, nunca he salido de Idaho. Una vez estuve a punto de hacerlo; iba a marcharme a Los Ángeles.
—No te veo en Los Ángeles, la verdad —rio ella.
—No yo tampoco me vi —negó él con la cabeza.
—¿Querías ser actor o algo parecido?
—Yo no, mi exmujer —Haizea se quedó callada por la sorpresa y él prosiguió—. La conocí tras accidentarme en un rodeo. Ella era enfermera en Boise y, al mudarse conmigo, no aguantaba la vida en el rancho. Quería otra cosa, eso es todo.
—¿Y se fue a Los Ángeles?
—No podía retenerla aquí. Yo nunca tuve sueños más allá de ganar en los rodeos o en el concurso de ganado en la feria del condado.
No soy un tipo ambicioso ni tengo grandes aspiraciones.
Reconozco que me hubiese gustado viajar, pero no soporto las ciudades.
Me gusta la vida tranquila, la comida casera; me acuesto pronto, salgo poco, me agrada la gente sin pretensiones y no tengo vacaciones.
Ella quería un coche mejor, comprarse ropa cara, salir a restaurantes…
Había cambiado y yo no. O tal vez fue siempre así y no lo quise ver —suspiró—.
Hubiese acabado odiándome. Ahora está casada de nuevo, tiene un hijo y está esperando otro.
—¿Y logró su sueño?
—No —dijo él muy serio—. Se casó con un dentista de esos que arreglan la boca a las estrellas y les dejan los dientes tan blancos que deslumbran.
Con seguridad será vegana —que es la tontería más grande de la vida moderna—, vivirá en una gran casa con piscina, habrá ido a París y tendrá muchos bolsos y zapatos carísimos.
—Salí con un vegano solo una vez. —Sonrió Haizea—.
Fue una cita a ciegas que me preparó un compañero de trabajo pensando que me hacía un favor.
Acudí por educación y lo primero que me dijo, además de comunicarme la extensa lista de lo que no comía, fue que yo le parecía atractiva, pero que pensaba que iba a ser más joven.
—¡Menudo cretino! —resopló Mitch.
—Le respondí que él tampoco estaba del todo mal, pero que, con toda probabilidad, el exceso de repollo, ajo y cebolla era lo que le estaba provocando la halitosis.
Mitch no pudo evitar una carcajada.
—Estoy deseando que descubran que las lechugas también se comunican y tienen sentimientos. A ver qué van a comer entonces.
Ambos rieron.
—Odias a los veganos, ¿a que sí?
—Y el sushi. Soy capataz de un rancho ganadero, ¿qué esperabas?
—exclamó—. Tampoco es ética la producción intensiva de verduras para la industria alimentaria porque destroza bosques, agota los suelos y los herbicidas contaminan las aguas.
Destruyen los ecosistemas y acaban en el mar, tú lo sabes.
Creo que las técnicas tradicionales a pequeña escala tienen un menor coste para el planeta; por eso no he incrementado las cabezas de ganado en los últimos años.
Pero el ganado es necesario y es esencial para el territorio: configura el paisaje, ayuda a controlar los incendios forestales, regula los ciclos del agua y la calidad del suelo, potencia la biodiversidad y conserva la identidad territorial.
Nosotros somos solo el inicio de la cadena, pero luego hay mucha gente que trabaja en logística, transporte y distribución.
Es un sector que genera muchísimo empleo.
—Sé un poco de eso. Ocurre lo mismo con la pesca; los ecosistemas crean las diferentes sociedades, es así.
El marino también. Cuando los corales se destruyen, los peces dejan de acudir, las comunidades de pescadores desaparecen y los pueblos se empobrecen.
Entiendo lo que quieres decir, aunque no estoy a favor de las industrias cárnicas.
Mira, esto es en un pueblo costero en la costa de Kenia, cerca de Mombasa.
Fue hace casi diez años. Trabajé allí antes de mi última ocupación en Australia.
Haizea le enseñó la fotografía de ella con el equipo de buceo, mientras pensaba lo bien que se veía y cómo había regalado sus mejores años a quien no lo merecía.
Mitch observó la imagen y asintió sonriendo, sin poder evitar fijarse en que estaba guapísima en bañador.
—Me alegro de que lo comentes, porque hoy en día solo nos ven como maltratadores de animales y no es así.
Te puedo asegurar que adoro a todos y cada uno de ellos: los cuido, los protejo y los alimento muy bien.
Son felices pastando bajo el sol, pero sí, también los vendo para que se los coman.
Casi todo el mundo cree que alimentar a la gente no es importante, pero lo es.
Fue así como el ser humano sobrevivió, gracias a la carne.
Somos los depredadores más peligrosos del planeta, carnívoros feroces, y estamos hechos de ella.
Además, medio mundo se muere de hambre y daría lo que fuera por un buen filete para sus hijos, mientras todos esos…
hippies de ciudad solo se ocupan de sandeces y no menean un dedo por la gente del campo de este país, que trabaja para que ellos tengan comida en la mesa —dijo con vehemencia—.
Y encima mi padre se cree que todo se arregla votando a Donald Trump.
Mitch inspiró con fuerza y exhaló un suspiró, mientras Haizea guardaba silencio.
—¿Puedo preguntarte algo personal?
—Claro.
—¿Le guardas rencor a tu ex?
—No, no la odio. Ya no la amo, pero espero que sea feliz con lo que eligió. No puedo huir de los recuerdos, pero puedo aceptarlos y pasar página. Ella es ella, yo soy yo y ya está.
—¿Y cómo se logra eso, Mitch? —preguntó Haizea con voz temblorosa.
—¿El dejar ir?
—No, el no sentir rencor —suspiró, y lo soltó por fin—: me estoy divorciando. Solo me falta firmar los papeles que me llegaron ayer por correo electrónico.
Mitch asintió. Comprendió al instante el porqué de la mirada con la que la había visto la noche anterior en el porche.
Haizea prosiguió sin freno: