Corazones en Boise VI #2
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VI #2

Después fueron al Bar Gernika, cuya bebida estrella era el, por allí, exótico kalimotxo.

Mitch pensó que, por una noche, se tomaría alguna copa.

Ya dormiría en la camioneta y saldría temprano hacia el rancho.

Fue entonces cuando ella creyó ver cómo la mirada de Mitch se posaba en su cuerpo.

Él la observaba despacio, con una cadencia suave en los ojos.

—¿Qué tal tu tobillo? —preguntó.

—Ya no me duele.

—Pues te voy a llevar a bailar, Elorrieta, aunque nada vasco.

Entraron en el Two Steps sin que Haizea estuviese avisada de lo que iba a encontrar allí.

El salón de baile —decorado en madera, con cabezas de vacas y toros colgados de las paredes, un entarimado y un escenario con un grupo de música country— estaba repleto.

Las parejas danzaban coreografías al mismo paso sin quitarse los sombreros, luciendo botas de todos los colores y cinturones con hebillas de plata labrada.

Algunas personas saludaron a Mitch y otras miraron con curiosidad a Haizea, pero casi todo el mundo parecía estar a lo suyo, que no era otra cosa que bailar aquella música tan contagiosa.

—¿Vienes conmigo? —preguntó él tendiéndole la mano mientras se encaminaba a la pista de baile.

—¿A dónde? ¿Ahí? ¡Pero si no tengo ni idea de cómo bailar esto! —rio tirando de Mitch para intentar pararlo sin resultado.

—Venga, ¡será divertido! Aquí tocan country tradicional. Solo tienes que seguir el ritmo. ¿Confías en mí?

Él continuó con la mano tendida hacia ella. Por un momento, Haizea pensó en darse la vuelta, pero miró a Mitch a los ojos y no dudó en contestar.

—Sí. ¿Cómo empiezo? —preguntó aferrando su mano.

Mitch la tomó del brazo y la condujo por la pista.

—El ritmo básico del two-step es fácil: dos pasos rápidos y dos pasos lentos —le susurró al oído—. Yo empiezo avanzando con el pie izquierdo y tú solo tienes que dejarte llevar retrocediendo con el derecho. Sígueme.

—¿Así?

—¡Eso es! ¡Muy bien, sigue! El secreto está en contar los pasos —dijo Mitch—. Si yo puedo con mis dos pies izquierdos enormes, tú también.

A Haizea, el comentario le arrancó una risotada.

Ese sonido, y su forma de arrugar la nariz, hizo que algo muy intenso llenara el alma del vaquero y lo obligó a respirar más profundo.

La risa sincera de ella era un eco maravilloso que necesitaba.

Llevaba todo el día deseando bromear a su lado y escucharla reír así, con fuerza.

Estaban charlando de tonterías cuando el ritmo ágil se tornó lento y ella pudo sentir la inmensa mano de Mitch posada en su espalda.

Notó la cálida presión de sus dedos en la piel desnuda y, en medio de la intrascendente conversación, Haizea también lo tocó; no pudo remediarlo.

Él la atrajo hacia su cuerpo con una suave firmeza que la sorprendió.

Después, el baile los llevó. Era como una inercia que la hacía apoyar la mano en su hombro, agarrar su camisa mientras le seguía el paso o rodear su cintura hasta tocar su espalda musculosa.

Lo cierto era que Mitch se moría de ganas de acariciarla.

Su mano fue deslizándose hasta la cadera y se quedó allí mientras pensaba cuánto le gustaría rozar su mejilla, el lóbulo de la oreja o ese divino cuello con las yemas de los dedos.

Pero ¿sentiría ella lo mismo? Sus mejillas estaban rojas, parecían manzanas. Estaba preciosa.

El problema residía en que no se sentía seguro como para intentar algo. Estaba desentrenado. Llevaba años sin flirtear y ya ni recordaba cómo se hacía.

Por su parte, Haizea se encontraba muy a gusto charlando, rozando su cuerpo y escuchando su risa.

Mitch tenía una voz profunda, grave y hermosa.

De pronto, notó las mejillas encendidas y se percató de que las orejas de él también lo estaban.

No pudo evitar pensar lo suaves y calientes que serían si las acariciaba.

Fue al cruzar las miradas, cuando ambos fueron conscientes de la anatomía del otro, de cada movimiento y hasta de la respiración, con una intensidad abrumadora.

—¿Cansada? —le susurró Mitch con los labios casi pegados a su oído.

En ese instante, ella pudo apreciar el aroma que desprendía. Olía de maravilla. Haizea asintió jadeante y acalorada.

—Me molesta un poco el tobillo, pero no tanto como ayer.

—Voy a pedir algo de beber en la barra. Si quieres, puedes salir a la terraza y descansar un rato.

Ella aceptó la propuesta y, tras abandonar el local, permaneció de pie cerca de las mesas exteriores.

Solo quedaba una y no quiso sentarse frente a la pareja que se prodigaba dulces besos y carantoñas como si estuviesen dentro de una burbuja privada de amor.

Al verlos allí juntos, tan absortos el uno en el otro, Haizea notó cómo una dulce y dolorosa nostalgia la iba poseyendo.

No fue por Derek, sino por los planes que nunca haría, por la vida que imaginó y que jamás tendría.

En realidad, echaba de menos estar enamorada, aunque no de su ex.

Y pensó que, a veces, nos enamoramos de la idea del amor y no de la persona en la que proyectamos nuestras fantasías románticas.

Mitch tardaba, y la música ambiente de la terraza, con una letra que le hizo recordar a Izaro —la hija de Saioa—, terminó de aplastar su ánimo.

Taylor cantaba: «Desearía que hubieras sido un hombre mejor.

Me pregunto en qué nos habríamos convertido si hubieras sido un hombre mejor.

Quizás todavía estaríamos enamorados si hubieras sido un hombre mejor.

Habrías sido el único de haber sido un hombre mejor».