Corazones en Boise VI
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VI

The Basque Block

Ella estaba malhumorada. Le daba rabia haber desperdiciado la primera noche en la cara habitación que ya tenía pagada por culpa de aquella torcedura de tobillo tan inoportuna.

Por otro lado, no paraba de darle vueltas al asunto de la herencia.

No sabía qué hacer con el rancho. Era seguro que, si lo vendía —como había sido su idea inicial—, dejaría sin trabajo a Mitch y a Jacob.

Y todavía no tenía claro si con sus ahorros dispondría de dinero suficiente para pagar los impuestos de sucesión, incluidos el ganado y la casa.

Necesitaba un empleo y, para conseguirlo, debía regresar cuanto antes al País Vasco.

«Aquí ni siquiera hay mar», se dijo exasperada.

—¿Qué tal estás? ¿Cómo va tu pie? —escuchó la voz de su amiga Saioa desde el otro lado del planeta.

—Bien.

—No sé para qué me preocupo.

—Es cierto. No sé para qué lo haces —rio Haizea.

—¿Ya has decidido si te vas a quedar con el rancho?

—No, aún no. No tengo ni idea de qué voy a hacer.

—Me debes una foto del cowboy. Preferiría que fuese como le conociste, pero me conformaré con una vestido.

—No tengo ninguna.

—Bueno, pues dime, ¿cómo es? Descríbemelo.

—Pues… guapo, muy guapo y muy alto. Y tiene cara de vasco, aunque vaya con sombrero de vaquero, botas y monte a caballo con escopeta.

—¡Ay, que es como los de Yellowstone! —exclamó Saioa.

—Es un poco bruto, pero a la vez… No sé cómo explicarlo. Está siendo muy amable conmigo. Es muy espontáneo y muy hablador. Ya me ha contado toda su vida y milagros y me ha invitado a tomar algo esta tarde. Y se ríe a carcajadas.

—Así que es amable, divertido, espontáneo…

—No es mi tipo —se apresuró a decir Haizea.

—Aunque te gusta.

—No estoy ciega.

—Pues solo te falta saber una cosa.

—¿Cuál?

—¿Te pone nerviosa?

Pero Haizea no respondió a su amiga.

Prometió enviar aquella foto por segunda vez y tomar pronto una decisión acerca del rancho; no podía demorarlo.

Luego estaba el otro asunto que la mantenía inquieta y le hacía moverse como un gato con pulgas sobre el sofá de la habitación.

La duda definitiva para aceptar la proposición era solo una: reconocer que Mitch le gustaba, y mucho.

Pero no quería hacerse ilusiones ni complicarse más la vida.

Ya no creía ni en flechazos ni en almas gemelas.

Aunque quedarse rumiando todos sus problemas en la habitación del hotel no la iba a ayudar en nada, así que al final llamó y le dijo que sí.

Él le indicó que la pasaría a buscar por la tarde, y el saber que todavía iban a verse una vez más la alivió.

Mitch, por su parte, decidió que solo iba a invitar a Haizea a tomar un par de cervezas, a cenar algo y que no iba a propiciar nada, a pesar de lo mucho que ella le gustaba.

«Se va a marchar de todas formas, solo es una forastera, así que no es buena idea», se dijo. Además, si ella sentía algún tipo de atracción hacia él, estaba claro para Mitch que lo disimulaba a la perfección.

La visita a su padre fue tan desalentadora como siempre. El deterioro físico del anciano era visible y, aunque tenía la mente clara y el mal humor de antaño, ya requería de una silla de ruedas para desplazarse.

Siempre sentía una mezcla de impotencia y tristeza al verlo así, recordar lo que había sido aquel hombretón en el pasado y el modo en que adoraba a su madre, y ella a él.

Además, tenía la sensación de que la mirada todavía dura y vivaz de su progenitor lo juzgaba.

Sus hermanos, con estudios universitarios ambos, habían logrado tener una carrera, vivían en bonitas casas en barrios ajardinados, tenían esposa e hijos y hacían barbacoas los domingos a las que Mitch era siempre invitado, aunque no acudiese nunca.

No era envidia, pues adoraba a sus hermanos mayores, pero esa mirada del viejo le decía que él no era suficiente.

Fue su padre quien le advirtió que Alison solo era una cabeza hueca, no como sus cuñadas.

«Lo que tú necesitas es una mujer de verdad», le dijo el día que se prometieron, y Mitch pensó que él siempre había tenido razón en todo.

Sin su habitual sombrero, se acicaló un poco en el baño de la habitación de la residencia de ancianos antes de ir a buscar a Haizea al hotel. Se miró en el espejo y comprobó que cada vez tenía más canas en la incipiente barba que asomaba en su rostro.

Mitch pensó que tal vez Anselmo supiese lo que hacía; quizás Haizea Elorrieta considerara quedarse con el rancho o que lograse convencerla del valor de aquel lugar, evitando así que lo vendiera a esos buitres de Seattle.

El hotel era uno de los más caros de la ciudad.

La esperó en el vestíbulo y ella fue puntual.

Al verla salir del ascensor con el pelo suelto, una blusa vaporosa con la espalda al descubierto, que evidenciaba que no llevaba sujetador, y unos vaqueros negros que le quedaban como un guante, no pudo evitar quedarse embobado.

Fueron solo unos segundos, los justos que tardó ella en llegar hasta él.

«Era lo que querías», se dijo Haizea. «Pues ahí lo tienes, guapísimo y sonriéndote como si no existiese nadie más en este mundo».

Él le comentó, con cierta torpeza, que estaba muy elegante y ella le sonrió azorada. Ya en la ranchera, Mitch le explicó que se dirigían al Basque Block, el barrio vasco de Boise.

Una vez allí, ella pudo comprobar cómo el pavimento de Grove Street, entre Capitol Boulevard y 6th Street, estaba decorado con pentagramas de canciones populares vascas, enormes lauburus y rosetones con los apellidos de los inmigrantes que llegaron a Idaho.

—Pisar este barrio es muy emotivo para los ciudadanos de ascendencia vasca —explicó Mitch—. Puedes caminar por aquí y descubrir los quinientos apellidos de las familias locales grabados a tus pies. El tuyo también está.

—¿Sí? —preguntó Haizea, asombrada.

Mitch asintió sonriendo y la guio hasta donde estaba escrito «Elorrieta» en letras bien claras.

—Aquí hay tiendas y restaurantes con platos típicos, un Basque Market y un frontón.

También está el Basque Museum and Cultural Center, que impulsó la Boiseko Ikastola; la escuela infantil que ofrece su plan de estudios en euskera.

Mi cuñada trabaja allí. La Euskal Etxea hace un esfuerzo sincero por preservar nuestra cultura y la identidad vasca.

Hay ensayos semanales de danzas, cenas mensuales en las que se juntan unas trescientas personas…

Mi familia está muy involucrada. Y cada cinco años celebramos un jaialdi.

—Ah, ¿sí? ¿Cuándo es?

—Cada cinco años. Estaba previsto que el Jaialdi 2020 fuera el séptimo, pero la pandemia tenía otros planes.

Después de posponerlo hasta 2021 y luego hasta 2022, los organizadores decidieron que lo más seguro sería volver al formato original.

Este año será nuestro primer jaialdi desde 2015.

Hace 10 años que no vivimos uno y va a ser espectacular.

—Me gustaría ir.

Mitch vio la ilusión en los ojos de Haizea y deseó poder acudir con ella.

—Lo celebraremos para los San Inazios, a finales de julio.

—No falta nada, entonces. ¿Y cómo los festejáis aquí?

—Con deporte rural, buena comida y mejor bebida, verbena y bailes.

—Como allí —rio Haizea.

Cenaron en un pequeño restaurante repleto de evocaciones vascas.

Nada más entrar, Haizea percibió el aroma a carne a la parrilla, a ajo y a pescado a la brasa; la boca se le hizo agua al instante.

En una de las paredes, junto a las cocinas, un cartel rezaba en euskera: Jateko eta edateko jakitea nahikoa da.

—«Saber comer y beber es saber suficiente» —tradujo Haizea en voz alta.

—Gran verdad —dijo Mitch dando buena cuenta de un pintxo de txistorra.

La decoración del local se basaba en ikurriñas y lauburus, la bandera del Athletic Club de Bilbao y numerosos cuadros con estampas del árbol de Gernika, la virgen de Begoña, el Puente Colgante de Portugalete o la bahía de la Concha.

Junto a ellos, colgaban fotografías de personajes célebres que habían pasado por allí, algunos tan conocidos al otro lado del mundo como el harrijasotzaile Perurena o Javier Clemente.

Una anciana con delantal se acercó a la mesa y nada más verla, Mitch se levantó a abrazarla.

—¡Patty! —exclamó.

—Ya estabas tardando en venir, muchacho —dijo la mujer—. Mira que sigues guapo.

—Como tú, Patty —rio Mitch volviendo a estrecharla en sus brazos.

—Anda, calla, calla…

—Esta es Patty Goikolea, la famosa dueña del Leku Ona —le explicó a Haizea.

—Famosa dice… —Sonrió la señora mientras observaba a Haizea—. Hoy traes compañía.

—Hola, Patty, soy Haizea Elorrieta —dijo ella levantándose para saludarla con un apretón de manos—. Estas croquetas de bacalao están deliciosas. Son las mejores que he probado y sé lo que me digo, que soy de Bilbao.

—¿A qué sí? El restaurante de Patty es el mejor del Basque Block de Boise y de todo el estado.

—No seas zalamero, Mitch. Así que una Elorrieta…

Haizea asintió.

—¡Es cierto Patty! Llevo toda mi vida comiendo aquí y no he cambiado de idea.

—Es verdad, su padre ya le traía cuando era niño —le dijo Patty a Haizea—. Por cierto, ¿cómo está Joe?

—No muy bien, Patty —susurró Mitch.

—Iré a verle esta semana. —La mujer le apretó el hombro con cariño y se dirigió a Haizea—. Encantada de haberte conocido, Haizea. Vuelvo a la cocina, que las comandas no perdonan. Espero que tu estancia en Boise sea estupenda, querida.

—Y debes saber que la carne que nos van a servir es de las mejores de Boise. Es de nuestras reses —dijo Mitch cambiando el tono de nuevo.

Así fue. El chuletón de vaca a la brasa de leña que les sirvieron con patata fritas y pimientos verdes fue de los mejores que Haizea había probado, y Mitch se sintió muy orgulloso de haberle provocado una exclamación de placer al catar la carne.

Mientras cenaban, ella tuvo la abrumadora sensación de que los ojos de Mitch analizaban cada gesto y cada uno de sus movimientos.