Corazones en Boise V
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El lobo solitario

Justo antes de quedarse dormida escuchando el chirriar de las cigarras en la noche, Derek desapareció de su mente. Casi en sueños, cuando lo que es lícito o ilícito se diluye, fue sustituido por la nítida y sugerente imagen de Mitch desnudo y empapado.

—Buenos días —dijo.

—Creo que sí a lo primero, y mejor a lo segundo —respondió aún adormilada—. Puedo pisar sin dificultad.

Mitch asintió complacido atento al fogón.

—¿Quieres huevos con beicon?

—Sí, gracias.

—Pues siéntate como si estuvieras en tu casa. Son de las gallinas del rancho.

Ella aceptó la invitación sin poder evitar el repaso visual al cuerpo del vaquero.

—¿Sabes euskera? —preguntó intentando distraer sus pensamientos.

—Pixka bat —respondió azorado acercándose para servirle los huevos directamente de la sartén al plato—. Mi madre me enseñó un poco. ¿Tú sabes euskera?

—Sí, pero como llevo mucho tiempo sin hablarlo de continuo, he perdido soltura. Viví en Australia durante casi ocho años.

Mitch observó a Haizea mientras le tendía el plato con las tostadas, la vio allí sentada a la mesa y no pudo evitar pensar en el pasado.

Hacía mucho tiempo que no desayunaba con una mujer y aquella, despeinada, con esa camisa que le quedaba enorme medio desabrochada, la voz ronca y el rubor todavía en la cara de recién levantada, era el resumen perfecto de lo que le parecía sexy.

—¿Café? —preguntó al darse cuenta de que la estaba mirando con demasiada intensidad.

—Solo y cargado, por favor. A ver si me espabilo.

—Pues yo también necesito espabilarme. Sí, ya lo creo… —suspiró hablando para sus adentros.

Haizea observó cómo Mitch comía a dos carrillos doble ración de huevos con beicon y tostadas con mantequilla, y se percató de lo guapo que estaba con el pelo revuelto, sin afeitar y con la camiseta de tirantes.

Tuvo que reconocer que añoraba la cercanía masculina y esa sensación de intimidad que da desayunar con alguien a quien amas.

Fue en ese momento, cuando apareció por la puerta un hombre de rasgos indígenas, alto y de pelo largo.

—¡Ya estoy aquí! —dijo el visitante.

—¡Hey, Jake! —exclamó Mitch—. ¿Tienes hambre?

—No, no, gracias. Ya he desayunado. Hoy traigo compañía.

Un niño de unos ocho años con cara de sueño, que asomaba tras Jacob, entró y se paró en seco al ver a Haizea.

—¡Hola, Zack! ¿Qué tal, colega? ¡Menudo madrugón! —exclamó Mitch levantándose a abrazar al crío para, acto seguido, señalar a Haizea—. Esta es Haizea Elorrieta.

—Hola, tío Mitch. Hola, señora —balbuceó el niño.

—Hola, Zack —dijo Haizea dándole la mano con una sonrisa.

—¿Eres la nueva novia de Mitch? —preguntó el crío.

—¿La nueva? —exclamó Mitch, mientras Jacob no pudo aguantarse una carcajada.

—No, no lo soy —rio Haizea.

—Pues deberías serlo porque me pareces muy guapa y Mitch hace mucho que no sale con chicas.

—Zack, ya vale —rio su padre.

Haizea miró a Mitch sin poder evitar una carcajada. Él estaba rojo como un tomate.

—Es mi amigo Jacob Horn y padre de Zack —presentó el vaquero haciendo un gesto con la mano mientras Haizea se levantaba para dar la mano al nativo, quien asintió cortés.

—Elorrieta… —murmuró Jacob.

—Es pariente del viejo. Ha venido desde Europa —añadió Mitch.

Haizea apuró su taza de café y carraspeó en un intento de que notaran que aún seguía allí.

—Voy a… a ducharme, si no os importa. Quiero volver a Boise cuanto antes. Así no molesto más.

—Claro, pero que sepas que no molestas —dijo Mitch mientras el niño y su padre se miraban al verla pasar.

—Así que… —murmuró Jake en voz baja gesticulando para disimular delante de su hijo.

—Así nada. Vino a ver el rancho. La envió Garmendia.

—El bueno de Garmendia es un liante. —Sonrió Jacob.

Mitch asintió mientras se servía más café.

—Ella tuvo un percance ayer y se lastimó el tobillo. Por eso no pudo regresar a Boise y tuvo que quedarse a pasar la noche —susurró Mitch.

—Claro… claro… —sonrió su amigo guiñándole un ojo y levantando el pulgar—. Ya era hora.

Mitch resopló molesto.

—Cree lo que quieras, aunque te aseguro que no tenemos nada.

—Vale, lo que tú digas. Pero, ¿ya sabe lo de la oferta de esos inversores?

—No, no se lo he dicho todavía. Pensé que Garmendia lo haría, pero el viejo zorro está de nuestro lado.

—Pues deberías hacerlo cuanto antes.

—Lo haré, lo haré —susurró Mitch haciendo un gesto para que su amigo se callara al ver que Haizea entraba en el salón ya vestida—. Es lo justo, pero tengo que encontrar el momento oportuno. Necesito hablar con Garmendia, aunque hoy no me va a dar tiempo

Mitch se quedó pensativo mientras consideraba el consejo de Jacob.

—Vete tranquilo a ver a tu padre —le dijo él—. Yo me ocupo del rancho y de los muchachos. Además, Zack me va a ayudar hoy.

Mitch alborotó el pelo del niño dedicándole una sonrisa. Después se acercó a Haizea, que aguardaba junto a la puerta para despedirse y salir hacia la ciudad con la duda de si su tobillo le iba a permitir conducir con normalidad.

—Tengo que acercarme a Boise. Te llevo yo, si quieres.

—Gracias. Me vendrá bien que conduzcas porque aún me molesta un poco el tobillo.

—Te prestaré una tobillera —dijo Mitch—. Aguarda un momento que me preparo para salir. Son diez minutos.

Se metió en la ducha y, al salir y coger el albornoz que colgaba detrás de la puerta, se percató de que estaba húmedo porque Haizea lo había usado.

Se lo puso despacio, sin poder evitar pensar que la tela de rizo de algodón había estado en contacto con el cuerpo de ella, y sintió algo cercano a un cosquilleo de placer en las tripas.