Corazones en Boise IV #2
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IV #2

—Jake, no tiene días fijos, viene cuando él lo decide.

Es indígena de los Shoshone-Bannock y es mi amigo.

Se crio aquí y me echa una mano desde que éramos niños.

Su abuelo, Little Bear, fue un gran amigo de Anselmo, de Garmendia y de mi abuelo.

Elorrieta, Zachary Horn —el verdadero nombre del abuelo de Jake— y mi abuelo se conocieron en Europa, en la Segunda Guerra Mundial.

Eran veteranos de guerra. Se alistaron con apenas dieciocho años y acabaron en Francia —explicó Mitch con total tranquilidad mientras colocaba la bolsa de hielo sobre el pie de Haizea—.

Anselmo le dio trabajo al volver de la guerra, cuando decidió no regresar a la Reserva Duck Valley.

Y a mi abuelo también. Se hicieron muy buenos amigos, hablaban euskera entre ellos.

Los Horn vivían en la casa junto a la presa. Al norte. Ahora está abandonada.

Haizea notaba las punzadas de dolor de su tobillo inflamado y estaba empezando a perder la paciencia ante la parsimonia del vaquero.

—No pretendo ser impertinente y comprendo que no pueda ausentarse, pero ¿qué se supone que voy a hacer? Tengo todas mis cosas en el hotel —dijo ella con desesperación.

—Ustedes siempre tienen prisa —comentó él.

—¿Ustedes?

—Los de ciudad —Haizea no supo qué contestar ni si ponerse a reír o a llorar—. Esté tranquila, Elorrieta. Prepararé algo de cenar. Con el estómago lleno todo se ve mejor. ¿Una cerveza?

—Que esté tranquila, dice… —murmuró ella.

Resultó que Mitch Larrea no era un mal cocinero. La cena que preparó a base de verduras y ternera asada estaba deliciosa. Antes de sentarse a la mesa, le había retirado el hielo a Haizea para aplicarle una crema de olor penetrante.

Era el hombre de las anécdotas y, mientras comían, contó varias historias acerca de su vida en el rancho que a ella le resultaron muy divertidas. Parecía tener ganas de hablar con alguien, algo que no era de extrañar porque en la casa no había ni un simple televisor.

Él tuvo que reconocer que le encantaba tener a alguien con quien conversar.

Ella tenía buen apetito, era preguntona e ingeniosa y eso, en vez de molestarlo, le agradaba.

La hizo reír y escuchar su risa lo llenó de júbilo.

Se había soltado la trenza y la melena castaña y ondulada le caía sobre los hombros.

El fuerte sol de aquel día le había coloreado las mejillas y arrugaba la nariz un poco al reírse, lo que le pareció algo encantador.

Al concluir la cena, sin darse cuenta, habían comenzado a tutearse.

—¿Te duele menos? —preguntó él.

—Sí, estoy mejor —asintió ella—. Y parece que la hinchazón está bajando.

—Este ungüento para caballos es infalible.

—¿Me has dado una crema para animales? —preguntó Haizea sin poder evitar reírse de la situación.

—Sí, y es muy cara. Yo me la pongo también cuando me hago alguna torcedura. Nunca he necesitado otra cosa. Me la recomendó un vaquero después de un rodeo y desde entonces no me ha fallado.

—¿Rodeo?

—Llevo toda la vida participando en ellos. Solía montar potros salvajes a pelo, reses bravas y también arrojaba el lazo… Iba hasta Texas al campeonato estatal más importante, pero ya no lo hago porque me lesioné la espalda.

—¡Vaya! —exclamó ella impresionada.

—Es trabajo de granja: echar el lazo, herrar… No tiene tanto mérito. Creo que debe de ser mucho más difícil bucear.

Mitch sonrió azorado y Haizea pensó que tenía una sonrisa preciosa, que lo rejuvenecía y le daba un aire de niño travieso.

—No, no lo es. Te lo aseguro —dijo ella.

Mitch sonrió de nuevo, pero enseguida cambió el gesto y carraspeó.

—Hablando del trabajo en el rancho… Mi intención era haber sacado el tema esta tarde, pero… bueno, no se había dado el momento.

—Sí, dime.

—No voy a andarme con ambigüedades. El viejo Anselmo era quien pagaba mi sueldo y el de Jacob Horn. La última nómina estaba abonada y dejó varias más aseguradas, según Garmendia.

—Míster Garmendia, el abogado.

—Sí, yo le llamo el viejo zorro. Joaquín siempre le llevó los asuntos a Anselmo.

El caso es que yo podría ir tirando de mis ahorros.

—Inspiró frunciendo el ceño mientras trataba de aclarar sus pensamientos—.

Lo que quiero decirte es que me gustaría saber cuáles son tus intenciones en lo referente al rancho.

Dependo de lo que decidas. No solo yo, también mi amigo y los hombres que contrato cada temporada. Necesito saber a qué atenerme.

—Entiendo —dijo Haizea suspirando—. Agradezco tu sinceridad. Voy a serte honesta: no tengo ni idea de ranchos de vacas y no sé qué voy a hacer con esta propiedad. Necesito un poco de tiempo para decidirlo.

—Comprendo —asintió él con seriedad—. Yo puedo darte todos los datos que quieras sobre los gastos de producción del añojo, que es a lo que nos dedicamos.

Criamos reses jóvenes. Pero también puedo hablarte de la realidad del día a día: madrugar, trasnochar para atender partos difíciles, soportar nevadas y un calor de mil demonios. Es duro y, a la vez, muy… gratificante.

—Te gusta lo que haces.

—Mucho. Este lugar es lo que más me importa en el mundo —respondió Mitch Larrea, y Haizea lo comprendió a la perfección.

—¿Y es un buen negocio?

Mitch sonrió con ironía.

—Este año los precios de los novillos han subido un poco y las vacas para carne de hamburguesas se pagan mejor.

Pero solo son números. Nadie que se dedique a esto lo hace por el dinero.

Los que solo buscan billetes han dejado el ganado y han convertido sus ranchos en anodinos hoteles con jacuzzi donde se paga por paseos a caballo y por visitar la reserva.

Muchos vecinos lo han hecho y no les culpo; querían pagar la universidad a sus hijos.

Lo de esa serie de Yellowstone es un cuento para gente de ciudad que no sabe de dónde viene la carne que comen en su brunch de cien dólares.

Y eso que el personaje de Costner me encanta, pero no somos actores de Hollywood.

No tenemos helicóptero privado y olemos a vaca y a caballo.

Aunque, eso sí, tenemos paneles solares, redes sociales y wifi.

Y veo series en la tablet y tengo teléfono móvil, aunque apenas le hago caso.

—Entiendo tu sarcasmo.

—Si queda algo al final del año tras pagar sueldos, veterinarios, piensos especiales y el mantenimiento de las instalaciones, me doy con un canto en los dientes —dijo sin poder evitar la amargura en su voz.

Se levantó dando las buenas noches a Haizea.

Mientras lo veía alejarse, ella sintió el impulso de confesarle su propia verdad.

«Ahora mismo no sé qué demonios voy a hacer con mi vida y ni siquiera tengo un maldito hogar.

Acabo de vender mi casa en Australia porque me estoy divorciando», quiso decirle en un arranque de franqueza.

Pero, por algún motivo estúpido, todavía le daba vergüenza sincerarse porque, en el fondo, sentía que había fracasado.