IV
Mitch
Debido a la envergadura de aquella espalda, lo rodeó con los brazos casi con dificultad para aferrarse muy fuerte al cuerpazo del vaquero.
Él tuvo compasión e hizo que el caballo trotase con suavidad hasta la pradera para que ella pudiese observar pastar al ganado.
La ropa y él olían a jabón y sus duros músculos se contraían mientras dirigía al animal.
Se acercaron hasta el río y pararon en un meandro pedregoso.
El sol picaba en la piel, pero Haizea enseguida apreció otro calor muy distinto, el que emanaba del cuerpo de aquel hombre y que la hizo añorar unos brazos fuertes rodeándola.
Allí, en la orilla, Mitch dejó que el caballo bebiese del agua cristalina mientras señalaba hacia el bosque y las montañas.
—¿Ve esa vaguada a lo lejos? El rancho Elorrieta llega hasta allí.
—Pero entonces… es inmenso.
—Los hay más grandes. El de al lado, el de los McKay, tiene más hectáreas.
El bueno de Anselmo tuvo problemas de efectivo varias veces, pero nunca quiso deshacerse de ningún acre.
Aunque hay muchas menos cabezas de ganado que antes.
Cuando yo era un crío teníamos el triple, más de mil novecientas.
Ahora solo son unas ochocientas cabezas.
—¡Solo! —exclamó Haizea.
Él le contó que el matrimonio Elorrieta entre Anselmo y Francisca, otra vasca, no tuvo descendencia y que llegaron a disponer de una cuadrilla de unos veinte trabajadores, entre ellos el abuelo de Mitch.
—Mi padre nació en el rancho, pero mi abuelo era vizcaíno, del mismo pueblo que mi madre y Anselmo.
Toda su vida trabajaron de capataces aquí, en estas tierras.
Ahora, mi padre vive en Boise, en una residencia para la tercera edad.
Se empeñaba en montar a pesar de que sufría vértigo; se cayó del caballo y se fracturó la cadera.
No quedó bien de la operación lo que mermó mucho sus capacidades.
Cuando mi madre falleció dejó de ser él mismo.
Ese fue el verdadero golpe y no el de la caída.
Ellos se conocieron en una feria de ganado al poco de llegar mi madre del País Vasco y nunca más se separaron.
Mi madre, Ane, era tremenda. Ella le enseñaba euskera a mi padre y él inglés.
Yo lo cuido como buenamente puedo, pero nunca he tenido la paciencia de mi ama.
Ya no podía valerse solo y tuve que llevarlo a la ciudad.
No me lo ha perdonado aún. Ni yo que él votase a Trump —dijo Mitch con resentimiento.
—¿Y Elorrieta? ¿Vivía con vosotros? —preguntó Haizea al ver cuánto le gustaba hablar a aquel hombretón.
—Era un tipo solitario por elección. Se quedó viudo muy joven y no volvió a casarse. Vivía en la cabaña que construyó con sus propias manos al llegar aquí. Al principio, mi padre le pagaba una renta por la casa, pero acabó por no pagar nada porque Anselmo no quería cobrarle a un amigo.
—¿Son lecheras? —se interesó Haizea señalando un grupo de bonitas vacas oscuras que los observaban mientras rumiaban.
—No, son para carne. En el rancho Elorrieta criamos raza Angus, de la negra y de la roja. Es originaria de Escocia y muy apreciada porque su carne es sabrosa, tierna y tiene mucha grasa infiltrada. Nuestras vacas están calificadas como prime, que son las de mayor calidad.
—Y no tienen cuernos, por lo que veo.
Mitch asintió.
—Antes teníamos también las autóctonas Hereford, Charolais y Brahman, pero ahora se lleva la Angus.
Estas vacas son lo que comemos en hamburgueserías, parrillas, asadores, en restaurantes italianos y de todo tipo.
Estados Unidos es el mayor productor de carne de res del mundo.
Aquí producimos y movemos millones de toneladas al año.
—Parece que nos están mirando con curiosidad. Sobre todo, las de ese grupito.
—Son juguetonas, inteligentes, pero no son mascotas.
Tienen personalidades distintas y, a veces, mal genio.
Les gusta ir juntas a todas partes, en grupos de veinte o treinta.
Necesitan vivir con otras vacas para estar sanas.
Recuerdan bien los lugares y los caminos, son muy buenas nadadoras y tienen un olfato impresionante que las ayuda contra los depredadores.
Duermen unas cuatro horas por la noche y se pasan el día pastando, siempre alerta.
Y como otros rumiantes, tienden a orientarse en un eje de norte a sur mientras descansan.
—Los peces también —apuntó Haizea—. La orientación magnética se ha observado en animales acuáticos y en ciertas especies de aves migratorias.
—Nunca pensé que las vacas y los pescados tuviesen algo en común —rio Mitch.
—Pues eso parece. También son gregarios y, aunque no lo creamos, amigables.
—Ellas son muy sociables. ¡Debería verlas corriendo en primavera, tras ser liberadas de los potreros invernales hacia los pastos, con la cola al viento junto a sus «mejores amigas»!
—¿En serio? —rio Haizea mientras Mitch asentía.
—Forman relaciones estrechas dentro del rebaño.
Se lamen, se acicalan y duermen juntas para demostrarse afecto.
Cuando están cerca de sus compañeras habituales, su nivel de estrés disminuye; si las separas, sufren ansiedad.
Y también son muy mandonas. Tienen una jerarquía estricta: la más dominante suele ser un ejemplar grande y fuerte que defiende al grupo de los ataques.
La jefa come primero, bebe primero y escoge la mejor sombra. Esa de ahí —señaló él.
—¿La que parece que tiene un tupé? —preguntó ella.
Mitch asintió.
—Desconozco todo acerca de las vacas. Es que lo mío son los atunes.
Aunque no podía verlo por estar sentada a su espalda, supo que Mitch estaba sonriendo y también se le escapó una sonrisa.
La tirantez inicial, debida en gran parte a cómo se habían conocido, fue desapareciendo a medida que regresaban a la casa.
En un momento del paseo, ambos se quedaron en silencio.
Haizea parecía disfrutar del paisaje, así que Mitch la dejó en paz.
De pronto, al cambiar del trote a un contenido galope, notó cómo ella se aferraba más a él y percibió algo que no se había permitido sentir en mucho tiempo.
No iba a negarlo, era una sensación agradable notar el cuerpo cálido y blando de aquella mujer rodeando su espalda.
Mientras cabalgaban de vuelta, pudo apreciar el suave roce de sus pechos a través de la tela de su camisa e incluso creyó adivinar la dureza de sus pezones.
Ese pensamiento le provocó una debilidad cálida en la boca del estómago, pero la desechó porque le pareció inapropiada.
«Es una chica muy bonita. Preciosa, más bien. Y parece inteligente, pero es de ciudad, está claro. Y no vas a volver a cometer el mismo error dos veces», se dijo.
Al llegar al establo, Mitch se bajó del caballo primero y, en un intento de ayudar a Haizea, la aferró por la cintura, pero ella rehusó el apoyo y saltó del animal con tanto ímpetu que, al posar el pie en el suelo irregular del establo, pisó mal y se torció el tobillo.
Un dolor agudo le recorrió la pierna. Él escuchó una queja y preguntó:
—¿Está bien?
Ella hizo el amago de intentar caminar, lo que le provocó una mueca.
—Está claro que no —concluyó él.
—No es nada, solo me he doblado el tobillo.
—Lo he visto. Es por ese calzado que lleva. Para montar es mejor llevar botas que sujeten bien el pie.
—¿Y me lo dice ahora?
Haizea inició otro intento de caminar, pero desistió enseguida. Fue entonces cuando Mitch pegó un resoplido y, sin pedir permiso, la cogió en brazos.
—¿Qué cree que está haciendo? —chilló ella.
—No puede andar, así que tendré que llevarla hasta algún lugar donde poder ver bien ese tobillo. ¿O piensa quedarse aquí, en la cuadra?
—¡Bájeme! —exigió furiosa.
Mitch hizo oídos sordos a las quejas y pataleos de Haizea y, mientras sonreía, la cargó sin esfuerzo hasta el porche de la casa para sentarla en un banco.
—¿Le divierte todo esto? —preguntó ella.
—Un poco. Y le advierto que voy a examinar ese pie, quiera o no.
Haizea intentó objetar aquella afirmación, pero se topó con la mirada de Mitch y se dio cuenta de que no iba a aceptar un no por respuesta.
Él se sentó a su lado, apoyó el talón de ella sobre su ancho y duro muslo, le soltó el cordón de la deportiva y se la sacó con mucho cuidado.
Después le quitó el calcetín con delicadeza y contempló la evidente hinchazón del tobillo.
—Parece que se ha hecho un esguince.
—No lo creo, no me duele tanto —mintió Haizea, observando el bulto con preocupación.
—Así no va a poder conducir.
—¿No me diga? —resopló Haizea frustrada—. Con toda seguridad, necesitaré que me vea un médico.
—Imposible.
—¿Cómo que imposible? —gritó ella.
—El hospital más cercano está en Boise y no me puedo ausentar del rancho.
Es verano y las vacas pastan libres. Tengo que estar pendiente de los hombres, de si una se accidenta o merodea algún depredador.
Yo vivo aquí solo. Los trabajadores vienen a pasar la temporada de pastos, pero soy el responsable. Así están las cosas.
—¡Pero… necesito que alguien me lleve a la ciudad!
—No se preocupe, mañana la llevaré —añadió, posándole el pie sobre el banco.
—¿Mañana? —balbuceó atónita.
—Mañana puede que venga Jacob a relevarme. Es el único trabajador continuo de la finca además de mí. Voy a por hielo para eso —dijo Mitch de pronto.
En ese momento, Haizea llegó a pensar que aquel tipo estaba loco.
—¿Puede? ¿No está seguro? —aulló.
El vaquero regresó enseguida con una bolsa de hielo metida en un trapo.