III
Elorrieta Ranch
Después de más de diecisiete horas de viaje, tras volar de Madrid a Ámsterdam y hacer escala en Dallas, Haizea llegó a su destino. Amanecía en Boise, la capital de Idaho —el llamado estado de la patata—, cuando aterrizó en su aeropuerto.
Se había pasado gran parte del trayecto indagando en Internet acerca de aquel lugar que solo le sonaba a vaqueros que votaban a Trump.
Un taxi la llevó hasta el centro de la capital del estado. El amplio despacho de míster Garmendia se encontraba en el distrito financiero de la ciudad de Boise, en un moderno edificio de oficinas.
El abogado recibió a Haizea con un fuerte apretón de manos, un ongi etorri al que ella respondió con otro, y que enseguida derivó en una conversación en inglés.
El caballero, de edad más que suficiente para estar jubilado, le recordó los deseos del difunto con una gran sonrisa y le puso al corriente de todos los trámites que se necesitaban para hacer efectiva la herencia.
—Tardaremos unas cuantas semanas en tramitar todo —le aclaró míster Garmendia.
—¿Semanas? Disculpe, pero no tenía intención de que mi estancia se alargase más de unos días.
—Lo lamento, señorita Elorrieta.
En ese momento, Haizea se alegró de no haber accedido a cambiarse el apellido a la usanza británica a pesar de la insistencia de su exsuegra.
—Me temo que los plazos legales son los que son.
—Lo comprendo —suspiró ella—. Verá… Lo cierto es que antes de aceptar la herencia me gustaría conocer la finca.
—El rancho. ¡Por supuesto! Está fuera de la ciudad, hacia las montañas.
La propiedad se extiende a los pies del monte Shaffer Butte, entre el rancho McKay y el McLoughlin.
Consta de tierras para el ganado y cultivables y está rodeada de bosques, cerca de la estación de esquí del pueblo de Horseshoe Bend —dijo señalándole un lugar indeterminado en un mapa en papel.
—Perdone, pero ¿a cuánto está de la capital?
—Solo a unas treinta millas —al ver la cara de Haizea, míster Garmendia aclaró la información—. Está muy cerca. A menos de una hora en coche.
«Supongo que aquí todo les parecerá cercano, como en Australia», concluyó y se sintió exhausta de repente.
Haizea pensó en Saioa y en que ella hubiese dicho que aquello estaba donde Cristo perdió la chancleta. El abogado prosiguió con su explicación, que comenzaba a parecer la de un gestor inmobiliario con muchas ganas de vender.
—El rancho Elorrieta es un lugar precioso en la cuenca del río Snake, bajo las estribaciones de las Montañas Rocosas, en la antigua ruta del camino que los pioneros seguían hasta Oregón. ¿Es usted montañera? —le preguntó el amable anciano mirándola de arriba abajo con expresión cordial.
—Soy bióloga marina. Buceo —respondió Haizea con un intento de sonrisa.
—No me equivocaba pensando en que es usted una mujer deportista. Tenemos lagos y ríos estupendos. Ahora, en verano hay unas rutas para hacer senderismo preciosas y en invierno se puede esquiar.
—No sé esquiar.
—También puede montar a caballo, practicar la pesca de la trucha arcoíris y el rafting de aguas bravas. Le gustará, ya lo verá. ¡Aire puro y naturaleza!
Haizea forzó una mueca intentando aparentar alegría.
—¿Podría facilitarme un correo electrónico o el móvil de algún trabajador o responsable del rancho? Preferiría avisar de mi visita —preguntó.
—Ay, me temo que en la zona no suele haber buena cobertura, pero le daré el teléfono fijo del rancho.
Se despidió del entusiasta abogado llevando con ella el mapa del estado que él le había regalado y se alojó en un hotel del centro de la ciudad dispuesta a pasar su primer día en Idaho.
La suite le confirmó que había reservado deprisa y corriendo.
El no disponer de un trabajo a corto plazo y tener que recurrir a sus ahorros le hicieron comprender que aquel alojamiento era demasiado caro para ella y que, si su estancia se dilataba, tal como le había advertido el tal Garmendia, tendría que buscarse otro mucho más económico.
Pero la elegante habitación olía de maravilla, estaba impoluta, tenía aire acondicionado —muy necesario debido a aquel sol de justicia que caía sobre Boise a esa hora del mediodía—, wifi, un baño enorme con bañera, y la cama era muy cómoda, así que olvidó el dispendio.
Tras deshacer la maleta, probó a llamar al teléfono que le había proporcionado el abogado, pero nadie contestó. Se presionó las sienes. Había comenzado a dolerle la cabeza. «Es el maldito jet lag», resopló.
Se dio un baño, pidió que le llevaran un té helado y un sándwich a la habitación y, tras tomarse una pastilla para no desvelarse, se sumió en un profundo sueño en el que imaginó que nadaba entre corales.
El día amaneció muy caluroso, pero a pesar de eso, y del desfase horario que sufría, prosiguió con su plan de visitar la propiedad que debía heredar.
Se duchó, se recogió el pelo en una trenza, como tenía por costumbre para ir a trabajar, y después de desayunar y hacer algunas compras —entre ellas agua embotellada, comida para el camino, protector solar para montaña y una gorra—, pidió en el hotel que le proporcionaran un todoterreno de alquiler y, vestida con unas deportivas, vaqueros y una camiseta, se dirigió hacia el norte, rumbo a la impresionante cordillera.
La hora de la que había hablado míster Garmendia se convirtió en un par porque Haizea se equivocó de desvío al hacer caso al GPS del coche, que poco después falló por falta de cobertura.
Por fin, pasado el mediodía, mientras terminaba su bocadillo y cuando más calentaba el sol, llegó al cruce que señalaba el camino hacia el rancho Elorrieta con la sensación de que todo aquello iba a ser una pérdida de tiempo.
Tuvo que reconocer que el abogado tenía razón y que el paisaje que la envolvía era magnífico, con las colosales montañas rodeadas de espesos bosques.
La carretera la llevó hasta un valle fluvial lleno de praderas salpicadas de ganado.
No tardó en divisar, tras un cercado con la E de Elorrieta forjada y colocada entre un par de cornamentas, bien visible entre dos postes de madera, una casa de una sola planta con tejado a dos aguas, un par de chimeneas y porche junto a un granero y un establo anexo.
Condujo hasta ella y aparcó junto al establo, que disponía de paneles solares en la techumbre y era la edificación más grande y moderna del lugar.
Había otro cobertizo bastante más desvencijado y, al lado, un barracón nuevo.
La casa, también de madera, pedía a gritos una reparación del tejado y una mano de pintura.
Una vieja camioneta Ford, roñosa y que ardía bajo el sol de julio, terminaba de aderezar el vetusto conjunto.
«Cuando llegue pregunte por Mitch, el capataz. Él la ayudará», le había dicho Garmendia cuando ella abandonó su oficina.
Se caló la gorra sin quitarse las gafas de sol y se acercó al porche exterior al que se accedía por una escalera, pero no vio a nadie, así que caminó rodeando la casa.
Lo vio de repente. Estaba metido en un tonel lleno de agua con un sombrero vaquero puesto, de perfil, con los ojos cerrados, los brazos colgando a los lados de la cuba de madera y silbando una cancioncilla que no logró identificar.
Haizea dudó si continuar acercándose, pero decidió hacerse la valiente y comprobar si aquel era el tipo del que el abogado le había hablado. Quería terminar con aquello de una vez. Estaba claro que el rancho no era ningún regalo.
«Más bien amenaza ruina y lo mejor sería deshacerme de él con rapidez», se dijo.
—¿Hola? ¿Es usted Mitch? —gritó.
El hombre abrió los ojos y se percató de la presencia de Haizea. Las miradas de ambos se cruzaron un instante. Él la observó sorprendido, pero la extrañeza no le duró demasiado porque se levantó y salió del tonel de un salto.
De su cuello colgaba una medalla de oro.
Aparte del sombrero, eso era lo único que llevaba encima aquel tipo desnudo y mojado de arriba abajo.
Haizea no estaba preparada para el apabullante espectáculo de anatomía masculina de lo que le pareció un loco.
Lo cierto fue que, sin poder evitarlo y a pesar de que hubiera sido lo adecuado, no apartó la mirada.
Primero ojeó el desnudo frontal y después examinó el estupendo trasero cuando el tipo se dio la vuelta para, a toda prisa, tomar una toalla que había sobre unas maderas apiladas junto al tonel.
—Sí. Soy Mitch Larrea ¿Y se puede saber quién es usted? —preguntó él con energía.
—Haizea Elorrieta. Intenté avisar de mi llegada, pero no pude hacerlo. No hay manera de contactar con este lugar.
El tal Mitch hizo una mueca llena de ironía al pronunciar el nombre de ella a la perfección, mientras se ajustaba la toalla a la cintura.
Le calculó una edad similar a la suya y tuvo que reconocer que tenía un físico imponente, con una altura considerable y un cuerpo bronceado lleno de músculos y vello.
—¡Vaya! Apareció la heredera.
—¿Cómo dice? —preguntó molesta y turbada a la vez.
—Elorrieta se empeñó. Era cabezota el viejo.
—Míster Garmendia me dijo que usted me ayudaría —prosiguió Haizea, a la vez que intentaba sobreponerse a la presencia de Mitch Larrea en toalla.
—Perdone, pero ¿a qué debo ayudarla?
—Quisiera ver el rancho. —Adelantó la barbilla y se cruzó de brazos, en un intento por parecer segura de sí misma y mostrar a aquel fanfarrón quién mandaba en realidad.
—¿Sabe montar a caballo? —inquirió retador.
—No. Soy bióloga marina. Lo mío es bucear.
«Yo también puedo ser bravucona», pensó.
Mitch le dedicó una mirada burlona que a Haizea le resultó demasiado intensa e hizo un chasquido con la comisura de la boca que a ella le pareció un claro síntoma de decepción.
—Pues empezamos mal. El rancho es muy extenso.
—¿Y si vamos en el todoterreno? —preguntó señalándolo.
—El automóvil no puede llegar a todas partes; los animales sí. Esto no es la ciudad. Los caballos son la mejor opción, créame, señorita Elorrieta.
—Señora —respondió ella para asegurarse de que aquel fanfarrón mantenía las distancias.
Él se tocó el ala del sombrero en un gesto que a Haizea le pareció burlón.
—Acompáñeme. Voy a vestirme y a ensillarle un caballo.
—No hace falta, yo… —objetó Mitch, que caminaba deprisa a pesar de ir descalzo y, casi sin querer, lo siguió hasta la casa.
—Pase si quiere, enseguida estoy.
Haizea dudó un poco, pero le pudo la curiosidad.
Por dentro, la casa no estaba en tan mal estado y se veía limpia y ordenada, aunque todos los muebles parecían de la década de los cincuenta.
El rancho estaba construido con gruesos troncos y piedra.
Parte del suelo y las paredes también eran de madera y había mantas indias y alfombras de vivos colores por todos lados.
De pronto, encima de la inmensa chimenea de piedra que presidía la amplia estancia, divisó una vieja ikurriña rasgada y sucia expuesta tras el cristal de un marco.
Se acercó a observar un texto con letras desvaídas que figuraba en una esquina de la tela y que rezaba: «José María Larrea, Joaquín Garmendia, Little Bear, Anselmo Elorrieta, 4ª División de Infantería del Ejército de los Estados Unidos de América. París, 25 de agosto de 1944».
Mitch se había metido en el baño, y desde el salón, Haizea pudo escuchar las salpicaduras de agua sobre un lavabo.
Había dejado la puerta entornada, lo que permitió que ella pudiese ver cómo el vaquero se restregaba el cuello, las axilas y el pecho con una jaboneta.
La sugerente imagen de aquel hombretón frotando sus músculos la impactó lo suficiente como para que diera media vuelta, saliera al exterior y se quedara en el porche aguardando a que él terminara.
Cuando Mitch Larrea apareció con unos vaqueros ajustados, camisa, botas y sombrero, ella se quedó sin palabras y de inmediato se culpó por tener aquel ataque de adolescencia tardía.
Nunca había sido de guapos. No había salido con tipos como ese, que impactan tan solo por su presencia.
Sí le gustaban los tipos atractivos, altos e interesantes, pero no particularmente bellos.
Siempre creyó que lo que le agradaba de los hombres era, sobre todo, su inteligencia.
Por eso la descolocó tanto sentirse atraída por aquel «musculitos».
Él la miró un instante antes de ponerse unas gafas de sol y ella pudo apreciar unos hermosos ojos marrones bajo las pobladas cejas.
La barba de tres días y el mentón marcado, junto con la larga nariz recta y una amplia boca de labios bonitos, ni muy finos ni muy gruesos, la terminaron de aturdir.
Algo en aquel hombre, tal vez sus fuertes facciones, la nariz o su cabello castaño, le hizo recordar cuál era su procedencia.
Tenía ante ella el rostro de un vasco muy guapo que había crecido más de la cuenta.
El ensimismamiento le duró poco porque Mitch la condujo hasta el establo y, una vez allí, tras ensillar un caballo en un santiamén, se montó en él y le tendió la mano.
—Bueno, estamos listos —dijo.
—¿Quiere que cabalgue… con usted?
—Claro.
Ella había resuelto decirle que no aprobaba la idea de montar en ningún caballo, y menos al apreciar que llevaba un arma cargada.
—¿Y es necesario eso? —preguntó señalando la escopeta de caza que colgaba de la montura.
—Aquí sí. Hay osos, lobos, pumas, furtivos… Esos son los más peligrosos.
Y sin previo aviso tiró de ella. Haizea se vio encima del caballo, sentada detrás de Mitch sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí.
—Agárrese fuerte y no tenga miedo. Priscilla es una yegua muy mansa. No la tirará.
—No hace falta. Soy capaz de caerme yo solita —dijo Haizea, aferrándose con fuerza mientras sentía la carcajada de Mitch reverberando en su cuerpo.