II
Sangre nueva
Después de un baño, y tras tomarse una infusión porque el txakoli le provocó ardor de estómago, se acostó y se puso a leer en su libro electrónico para ver si le entraba el sueño.
Como no lograba dormirse comenzó a hacer una lista de tareas pendientes, pero se dio cuenta de que no tenía nada que hacer.
Aunque tenía el cuerpo cansado del viaje, su cerebro no paraba y no podía dejar de pensar en cómo había cambiado su vida en tan solo unos meses.
Su amiga le había preguntado si se iba a quedar en Mundaka aguardando los papeles del divorcio y ella no había sabido qué responder.
Carecía de un lugar donde vivir y contaba con pocos ahorros, más allá del dinero que le había correspondido por la venta de la casa conyugal.
Para tomar distancia, había tenido que dejar su trabajo como bióloga marina en Cairns, la capital tropical del norte del estado de Queensland, considerada el acceso a la Gran Barrera de Coral, donde ella formaba parte de un grupo de científicos.
Sus compañeros le habían asegurado que si quería regresar tendría un puesto en el equipo que estudiaba el impacto del cambio climático en el frágil ecosistema marino de los arrecifes coralinos.
Sabía que no le iba a ser fácil encontrar un trabajo similar en España y menos un sueldo parecido.
«Volverás a empezar de nuevo», le había dicho Saioa, pero no era cierto, nunca se empieza de cero. Y menos a los cuarenta.
Era inútil lamentarse o emplear frases manidas para intentar dejar de lado el maldito arrepentimiento o la falta de valentía. No se puede volver atrás en el tiempo.
«¿Y si hubiese hecho esto o aquello otro? Saberlo es fácil, un día te das cuenta de que te has equivocado, que no era el adecuado, que te han engañado y, lo que es peor, que te has estado engañando. Lo difícil es reconocerlo, dejar de mentirte a ti misma y afrontarlo», pensó.
Un anillo de pedida es un regalo traicionero. Puede ser una promesa de amor y compromiso o una manera de atar a alguien a un sentimiento que puede ser solo una ilusión.
Sus argumentos para casarse habían sido estúpidos, casi los de una chiquilla, lo reconocía. Fue simple, él se lo pidió, fue el único que se lo pidió. Eso le pareció definitivo y un signo de verdadera valentía. Se daba cuenta de lo confundida que había estado en cuanto a la bravura masculina.
En realidad, no lo necesitaba y nunca le había hecho especial ilusión lo de las bodas, pero conocer Australia y trabajar allí como bióloga marina fue un gran incentivo.
Aunque lo que le hizo decidirse fue algo tan banal como el miedo.
Pasaba los treinta años y no había logrado mantener ninguna relación a flote durante el tiempo suficiente para considerarla como tal.
Todas sus amigas se estaban casando, teniendo hijos y ella parecía estancada en el tiempo.
Anhelaba seguridad, echar raíces, sentar la cabeza de una vez, aunque fuese al otro lado del mundo.
Desde que dejó la universidad y se fue primero a Vigo, después a Oban, en Escocia y más tarde a Canarias, Mombasa y Florida, no había pasado un año entero en Bilbao y se sentía como una nómada.
Derek le pareció la opción más confiable.
Estaba harta de hombres que no se comprometían, de enamorarse del amor.
Quiso parar, dejar de escapar, no ser nunca más un corazón errante, tener un rincón propio al que volver donde sentirse a salvo hasta de ella misma.
Quería pertenecer a un lugar, a alguien y poder decir «mi marido».
Era eso tan antiguo y rancio de ser «señora de». Aunque tampoco funcionó.
La pandemia la aisló de familiares y amigos durante casi dos años.
El destino determinó que Derek se encontrase visitando a sus padres y tuviera que pasar el confinamiento en Londres.
Todo se complicó, Australia cerró sus fronteras, los padres de Derek cayeron enfermos y su suegro falleció.
Al ser hijo único, el marido de Haizea se quedó con su madre durante meses mientras ella, que había cometido el error de no pedir la ciudadanía y de permanecer en el país con visa de trabajo, no pudo salir de Australia por miedo a no poder regresar.
Al volver a estar juntos, a principios del 2022, todo parecía ir bien.
Haizea pasaba la semana con su trabajo en la costa y no se tomó a mal que él se ausentase hasta Brisbane para el suyo como documentalista.
Estuvieron así, con sucesivas y breves separaciones, durante más de dos años. Hasta que todo explotó en 2024.
Los pensamientos negativos e intrusivos que llevaba meses intentando acallar continuaron en su cabeza durante toda la madrugada sin darle tregua.
«¿De qué sirvieron todos los consejos? ¿Para qué tanta amabilidad, paciencia y esfuerzo por comprender al otro?». El fracaso de algo que creyó seguro, el no haber acertado, como le había dicho su madre, era lo que le reconcomía el ánimo.
Respiró hondo y se negó a seguir dando vueltas a sus dudas, a los errores. Justo a punto de perder la consciencia y sumergirse en el sueño etílico que por fin le proporcionó el txakoli, se prometió a sí misma no volver a culparse por confiar.
Despertó con el sonido de las gaviotas sobrevolando los tejados de Mundaka y una leve resaca, provocada más por la falta de sueño que por el alcohol.
Abrió el balcón de la habitación, respiró el aire húmedo cargado de salitre que envolvía la hermosa desembocadura de las marismas del Urdaibai hasta llenarse los pulmones y decidió que se iría a la playa a bañarse, tal como había hecho durante años nada más levantarse en su bonita casa junto al mar, en Cairns.
Entonces se dio cuenta de que añoraba su antiguo hogar y aquellas paredes donde había intentado construir una vida.
Miró hacia el horizonte y se puso a pensar en el presente para desviar la congoja que acababa de inundarle el pecho.
Su amiga tenía razón. Si el proyecto del museo se llevaba a cabo, las orillas se llenarían de coches y de turistas, y toda aquella paz junto al frágil ecosistema marino interconectado al terrestre desaparecería para siempre.
Lo había comprobado en sus estudios acerca de los arrecifes de coral, tan sensibles a la influencia del ser humano.
Desde el lado de la casa donde estaban las estancias privadas de Saioa y su hija adolescente se escuchaba una animada canción de Taylor Swift, la cantante favorita de Izaro. Era una melodía con aire country, un género musical muy apreciado en Australia, que no le desagradó.
No había terminado de inhalar otra bocanada de brisa marina cuando, a lo lejos, divisó a la cartera que se acercaba al hotel con el carrito donde llevaba cada vez menos cartas. Fue Saioa quien la atendió en la puerta y recogió un sobre grande que resultó ser para Haizea.
—Te lo envían desde los Estados Unidos —dijo su amiga tendiéndoselo al entrar al dormitorio.
El membrete americano y los distintivos de la mensajería internacional confirmaban la procedencia del sobre, algo mayor que un folio, pero de poco grosor.
—Eso parece —dijo Haizea desconcertada mientras abría el envío.
Saioa aguardó a que su amiga extrajese los documentos y los leyese por encima.
—No comprendo nada. No puede ser.
—¿Qué pasa? —preguntó Saioa.
—Esto tiene que ser una broma —susurró estupefacta.
—¿Por qué? ¿Qué pone?
—Que he heredado un rancho en Idaho.
—¿Cómo? —exclamó Saioa.
—Yo tampoco lo entiendo. Debe haber una equivocación o no lo he traducido bien.
Haizea se sentó sobre la cama para releer mejor los papeles ante la atenta mirada de su amiga.
—Lo pone bien claro: el abogado, míster Joaquín Garmendia, de Boise, dice que soy la beneficiaria de la herencia de un tal Anselmo Elorrieta, muerto a los ciento y pico años.
—¿Elorrieta? ¡Entonces es pariente tuyo! ¡Sigue traduciendo, sigue!
—No tenía ni idea de que teníamos parientes en los Estados Unidos. Al parecer… el tal Elorrieta ha fallecido y me lega todas sus posesiones, que son un rancho. No pone más.
—¡Guau! ¿Será de esos con caballos y vacas como en la serie esa… Yellowstone?
—No lo especifica, pero espero que no. Me tocaría ser la borracha con mal genio y traumatizada —rio Haizea mientras revisaba de nuevo la carta.
—Pero serías amada por un vaquero empotrador con un corazón de oro.
Haizea rio y tradujo en voz alta:
—Míster Elorrieta quiere que los hijos de su sobrino nieto, que supongo que es mi padre, hereden su propiedad y se hagan cargo de ella. Necesita que sangre joven continúe con su legado.
—¿Sangre joven? Suena raro, aunque tú eres la que sabe inglés. Yo apenas me defiendo con las reservas de los clientes.
—Eso pone —dijo Haizea, que se encontraba tan confusa como Saioa.
—A ver si me entero. Eso quiere decir que este pariente lejano de tu aita, te ha dejado un rancho en los Estados Unidos.
Haizea miró a Saioa boquiabierta.
—Tiene que haber una equivocación. ¿Yo dueña de un rancho?
Ese mismo día, Haizea llamó a su padre y este, tras la sorpresa inicial, le puso en contacto con el abogado de confianza de la familia: el señor Zubiri.
Al día siguiente viajó hasta Bilbao, donde el letrado le ratificó que dichos documentos eran legítimos y que, con toda seguridad, había recibido en herencia un rancho en Idaho.
El disgusto vino después, cuando Zubiri le confirmó que, para recibir la herencia, debería pagar los impuestos correspondientes.
—He podido averiguar que el señor Anselmo Elorrieta, oriundo de Mundaka, emigró siendo un adolescente a los Estados Unidos para dedicarse a cuidar rebaños de ovejas y, con el tiempo, se compró unas tierras de pasto para el ganado.
Como no tuvo descendencia y estimaba mucho sus propiedades, quiso que quedaran en manos de la familia, o sea, los Elorrieta de aquí, que sois tu padre y tú.
—Entonces el tal Anselmo es pariente nuestro y sería mi padre quien heredaría en primer lugar al no existir más parientes vivos.
—En efecto, pero deja especificado que desea que alguien joven se haga cargo de su herencia. Tu padre está jubilado y la más joven de la familia eres tú.
—¿Y sabe algo de ese abogado norteamericano? ¿Será de fiar? —preguntó Haizea, que aún no se creía del todo lo que le estaba ocurriendo.
—Me he informado también acerca de mi colega. Míster Garmendia existe, ejerce en Boise y dicha propiedad también es real. Parece que todo está en regla, pero debería cerciorarse de que el posible desembolso merecerá la pena —dijo el letrado.
—Y eso, ¿cómo lo puedo hacer? —preguntó Haizea.
—Me temo que solo hay una forma de comprobarlo sin que quede ninguna duda: viajar hasta Boise y visitar la propiedad.