Corazones en Boise I
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Corazones en Boise

Corazones en Boise

Por Irene Mendoza Gascon

© inepub.com

I

—No es honesto.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—¿Qué?

—Me gustaría volver a reírme como antes.

—La culpa no es tuya, es de ese capullo australiano que no te ponía nerviosa.

—¿Nerviosa?

—Tengo la teoría de que un tío que te gusta de verdad te tiene que poner nerviosa.

O con solo verlo o escucharlo te entra un no sé qué por todas partes, y te ríes como una idiota de todas sus gracias, o ahí no es.

Es tener su nombre todo el día en la boca o estar pensando en él por cualquier bobada.

Y tienes que admirarlo de algún modo. Cuando dejas de hacerlo, malo.

—Mira que eres romántica.

—El coqueteo es vital en una relación y entre vosotros no existía.

Haizea suspiró y pensó que si eso era estar enamorada, ella nunca lo había estado.

Al menos no de esa forma. Saioa le sirvió el fragante caldo fresco y transparente con toques ambarinos.

Se fijó en su amiga, más ancha de caderas, con el pelo largo y rizado salpicado de algunas canas y aquel flequillo demasiado corto enmarcando su bonita cara pecosa y bronceada, que ya mostraba las primeras líneas de expresión.

Ella también tenía alguna cana y manchas en la piel por estar todo el día en el mar, bajo el sol.

Ambas estaban envejeciendo, pero estaba claro que Saioa se había convertido en una mujer segura de sí misma, satisfecha con su vida.

Entonces concluyó que siempre había querido parecerse a ella y tener esa personalidad de mujer fuerte a la que le importa un comino lo que opinen los demás y no solo lo aparenta.

—Te puedo asegurar que mi relación con Aritz se terminó el día que dejamos de desearnos.

Éramos muy parecidos, nos llevábamos muy bien, incluso nos admirábamos, pero nada de eso bastó.

Estábamos cansados por el trabajo, no teníamos tiempo, pero eran excusas.

Lo relegamos, no le dimos importancia al sexo.

Nos acostumbramos, dejamos de hacer el amor y me engañó.

Que conste que eso no le disculpa. Él fue quien rompió el compromiso entre los dos, no yo —dijo Saioa.

—Era un verbenas, como hubiese dicho tu aita.

—Tienes razón. Mi aita siempre decía eso de él —asintió Saioa riendo.

Haizea volvió a servirse una segunda copa de aquel vino ligeramente ácido que le resultaba tan fácil de beber.

—¿No quieres comer algo? Se te va a subir a la cabeza el txakoli —le advirtió su amiga.

—He cenado ya. Tengo horario de Australia y allí lo hacía a las siete.

—Cuando aquí merendamos. —Sonrió Saioa.

Tuvo que reconocer que no había comido nada desde el desayuno y que en los últimos tiempos bebía más de la cuenta.

—Creí que funcionaría. De hecho, estuvimos juntos casi ocho años —dijo de pronto.

—¡Ay!, vamos, Haizea. Transpirabais romanticismo.

Ella sonrió al sarcasmo de su amiga.

—Puede que tengas razón y lo viese todo el mundo menos yo. Y ahora solo me queda tragarme todo este…

—¿Odio?

—No, no es odio. No sé lo que es.

Quiso decirle que lo que realmente le carcomía el alma no era la traición de Derek, que lo malo no era intercambiar fluidos con otra persona, sino la deslealtad y la mentira, y la inmensa decepción que le había causado, pero se quedó callada.

—En eso he de darte la razón. De Aritz podía esperarlo, pero de Derek… —añadió su amiga poniendo cara de asco—. Yo sí lo odié mucho, pero ya no.

—¿Qué es de él?

—Ya sabes que quiso volver —Haizea asintió—. Ella lo había dejado. El karma. Ahora vive en Gernika. Tú tienes suerte, no tienes una hija adolescente con tu ex.

Haizea tuvo dudas acerca de esa afirmación.

—¿Qué tal lo lleva Izaro?

—Espero que bien. Intento que sea fácil para ella, aunque para mí no lo sea. Yo tenía mucho rencor porque también sufría por mi hija. Por eso fui a terapia, por ella —suspiró Saioa.

Haizea sujetó con fuerza la mano de su amiga sobre la mesa y brindó con ella.

—Cambiemos de tema. ¿Cómo va Zure Etxea? Cuando me mandabas esos audios larguísimos, que sabes que odio, me preocupaba mucho.

—Después del fallecimiento de aita y del bajón terrible de la pandemia he remontado, pero no está siendo nada fácil. Ojalá hubiese estudiado como tú, porque llevar las cuentas no es sencillo.

—Pues parece que lo estás haciendo de maravilla porque lo veo todo precioso —dijo Haizea, admirando el interior de la bonita casona de tres plantas decorada con motivos marineros.

—Además, tengo un nuevo adversario y esta vez no es una enfermedad, aunque sí es algo contagioso que se está expandiendo por todos los pueblos de la zona —añadió Saioa.

—¿A qué te refieres?

—¡A los pisos turísticos! Mundaka está plagada de ellos.

Se reproducen como setas y la mayoría no están declarados como tales.

Con lo cual, es competencia desleal para nuestro pequeño hotel —resopló de nuevo—.

Es que me enerva el tema. El problema es grande para el pueblo porque ya no quedan pisos de renta o para comprar.

Nadie tiene dónde vivir porque la codicia hace que todo el mundo se dedique a alquilar sus inmuebles para los turistas.

¿Te acuerdas de los Altuna? Pues el matrimonio tiene seis apartamentos.

Los jóvenes se van del pueblo porque no pueden pagar los alquileres, y menos pensar en comprar.

Los precios están por las nubes y el trabajo aquí es estacional. En invierno no viene ni el tato.

—Al llegar me he dado cuenta de que solo había guiris en la plaza y en el puerto ya no hay pesqueros. Pero el pueblo está precioso. Más bonito que nunca, aunque hay demasiado tráfico.

Saioa negó con la cabeza.

—Y encima esa idea de poner aquí, en plenas marismas, otro Guggenheim… ¡Es lo que nos faltaba! ¡Menudos artaburus!

—A ver, como bióloga sé que es una decisión controvertida.

Los humanos alteramos los hábitats naturales de los animales, pero doy por hecho que esa cuestión se cuidará al ser toda la zona de la desembocadura una reserva de la biosfera.

—Saioa hizo una mueca de incredulidad—. No me mates, pero yo creo que será bueno para la comarca. A Bilbao le vino muy bien.

—¿Bien? Tu padre creó su taller gracias a los encargos de la Naval.

Y el mío vivió gracias al astillero de Murueta.

Los dos amigos trabajaron, criaron a sus hijos y les dieron una educación.

Antes había futuro gracias al astillero y a la pesca.

Cerró, no era competitivo en Europa, bien.

Nos hemos reconvertido gracias a que esto es una reserva natural protegida, pero solo hay trabajo en la hostelería y los que estudian se van.

Los hijos de medio pueblo están en Bilbao, en Vitoria o en Francia o Alemania.

¡Tú te fuiste! Me dedico a esto porque no he podido hacer otra cosa y reconozco que es pan para hoy y hambre para mañana. Lo vimos con la pandemia.

—Tú misma te estás respondiendo —dijo Haizea.

Saioa gruñó exasperada.

—¡Pretenden atraer a ciento cuarenta mil turistas al año!

La gente que viene a nuestro pequeño hotel lo hace para descansar unos pocos días lejos del ruido y del gentío de las ciudades.

Lo único que nos queda, lo que podemos ofrecer es este paisaje y la tranquilidad.

Si nos quitan eso no habrá nada. La avaricia rompe el saco.

¿Dónde va a aparcar toda esa gente? El agua, ¿llegará para todos?

¿Y los residuos que genere ese turismo masivo?

Ya tenemos problemas en verano ahora, pues imagínate luego.

¿Dónde queda lo de la reserva protegida?

Los que mandan nunca miran a largo plazo.

¡Y Urdaibai no se vende! —concluyó con rabia.

—No puedes parar el mundo, Saioa. Hay cosas que no están en nuestra mano y son inevitables.

—Pero puedo intentarlo. Mañana tenemos una asamblea en el centro cívico con representantes de asociaciones vecinales de otros municipios para coordinarnos y ejercer presión para que dejen el Urdaibai en paz. ¿Te vienes? Podrías darnos tu opinión de bióloga.

Haizea puso los ojos en blanco y se sirvió un poco más de txakoli.

—Genio y figura.

—No lo dirás por mí.

—Pues claro. Siempre has sido muy aguerrida —rio.

Todavía recordaba la temporada que Saioa se dedicó a ir de manifestación en manifestación siguiendo a un novio que tuvo. Ella pareció leerle el pensamiento y acabaron hablando de ex parejas, verbenas de verano y del kalimotxo que preparaban en fiestas, cuyo ingrediente secreto nadie supo jamás.

Haizea y Saioa continuaron bebiendo hasta que apuraron la botella entre carcajadas y algún que otro brindis por aquellos años que nunca volverían.