Corazones divididos (Dulces corazones de Sweet Creek nº 4) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Cory quería creer que solo era cortesía, pero algo en su voz le llamó la atención.

—Supongo que pensé que me lo pedías en broma.

Matthew soltó una risa breve.

—No, Cory. Iba muy en serio. —Su expresión se tornó seria mientras se inclinaba hacia delante—. Hiciste que ese vestido pareciera extraordinario con solo llevarlo puesto, con la cabeza bien alta y esos ojos marrones desafiando a cualquiera a decir lo contrario.

Cory apartó la mirada, desconcertada. Aquellas palabras no eran de negocios. No tenían nada que ver con testamentos ni documentos. Los cumplidos y las palabras de admiración apuntaban más bien al inicio de una relación, y ella no sabía cómo manejar aquello, y menos viniendo de Matthew McKnight.

—Sabía lo que pensabas de mí —dijo, como para romper el clima de intimidad que él había creado—. Sabía que no te gustaba que Deirdre anduviera conmigo.

Él se recostó hacia un lado, pasándose el pulgar por la barbilla mientras la observaba.

—Al principio, no. Pero esa noche vi a una chica que no se doblegaba ante la presión del grupo, a la que no le importaba lo que la gente pensara de ella. —Se quedó callado un momento, y Cory no pudo evitar mirarlo—. Vi a una chica a la que admiraba.

Sus palabras trastocaron y sacudieron la imagen que ella tenía de él. Nunca, en todos sus encuentros con Matthew McKnight, habría imaginado que la admirara. No él. Aquello lo cambiaba todo, y, como de costumbre, se refugió en el humor irónico.

—Hasta que vomité en tu coche.

Matthew le dedicó una sonrisa torcida.

—No fue tu mejor momento.

—Fue una noche difícil.

—Deirdre me contó que tu pareja te dejó plantada, y vi cómo te miraban sus amigas cuando entraste.

—Así que me sacaste a bailar porque te di pena —dijo, manteniendo un tono ligero.

—No. Como ya te dije, te lo pedí porque te admiraba.

El corazón se le aceleró y, de nuevo, tuvo que apartar la mirada, incapaz de reconciliar sus recuerdos y sus propias emociones con el modo en que él le hablaba.

No tenía defensas contra aquel dulce asedio.

Era tentador creerle y aceptar su admiración, pensar que quizá sus comentarios y sus miradas podrían conducir a algo más. Pero no se atrevía.

—No pudo ser por mucho tiempo. Estuvimos de vuelta en el tribunal a la semana siguiente —dijo Cory, devolviéndolos bruscamente a la realidad.

Oyó su suspiro.

—Sí. Lo sé.

Percibió que él estaba a punto de decir algo más cuando llegó el camarero con la comida. Agradeció la interrupción y le sonrió al camarero mientras este colocaba los platos humeantes frente a ellos.

—Que disfruten —dijo, y retrocedió un paso antes de dejarlos solos de nuevo.

Cory le lanzó una mirada rápida a Matthew y, juntando las manos, inclinó la cabeza. Su oración fue un revoltijo de gratitud y súplicas de ayuda mientras se preguntaba cómo sobrellevar aquella velada.

Al levantar la cabeza, captó la mirada inquisitiva de Matthew.

—¿Qué pasa? —preguntó, tocándose el pelo instintivamente.

—Nada. Estás bien.

Él soltó una risa breve.

—Me reconforta ver con qué naturalidad expresas tu fe.

—Rezar antes de comer no es precisamente una gran muestra de fe. A ti también te he visto rezar.

—Sí. Supongo que no te imaginaba rezando.

Se hizo el silencio de nuevo mientras él cogía el tenedor y jugueteaba con él.

—Ibas a la iglesia con Zeke, pero nunca con Joyce. ¿Te importa si te pregunto por qué?

—¿Un abogado pidiendo permiso para hacer una pregunta? —Cory se refugió en su humor irónico de siempre—. Eso sí que es nuevo.

—¿Podemos ser solo Matthew y Cory esta noche? —preguntó él—. Y no un abogado y una mujer que odia a los abogados. No mencionaré a Zeke.

Cory hundió el tenedor en el plato de pasta y enrolló los fideos, consciente de que él la observaba. «Admítelo», pensó, «te gusta. Siempre te ha gustado».

—De acuerdo —concedió con una inclinación de cabeza.

—¿Me cuentas lo de la iglesia?

Cory suspiró mientras observaba cómo los fideos se enrollaban en el tenedor. No quería que Matthew pensara mal de su madre, pero quería que entendiera. Para eso, él tenía que creer lo que ella pensaba de Zeke. Se preguntó si lo haría.

—Mi madre tuvo muchas decepciones en la vida y culpó a Dios de muchas de ellas —dijo con evasivas.

—¿Y su divorcio de Zeke fue una de ellas?

Cory negó con la cabeza.

—Creía que no íbamos a hablar de Zeke.

—Lo siento. Ha sido culpa mía. Supongo que solo intento entenderos a ti y a tu madre.

—Parece que hablar de mi madre y de mí siempre acaba trayendo a Zeke a la conversación.

Suspiró.

—Ni siquiera puedo salir a cenar sin que aparezca.

—De acuerdo, quitémonos eso de en medio y hablemos de él.

Esperó, como dándole la oportunidad de protestar. Ella no dijo nada.

—Cuéntame cómo era la vida con Zeke —continuó.

Cory se llevó un bocado a la boca; la pausa le dio tiempo para pensar qué responder.

—No creo que vayas a creerme —dijo al fin.

Matthew se incorporó y apoyó los codos en la mesa.

—Te conozco lo suficiente para saber que tienes principios y valores. He escuchado la versión de Zeke. Ahora quiero conocer la tuya.

—¿Por qué importa eso ahora?

—La justicia se simboliza con una balanza. Me he dado cuenta de que, para equilibrarla, necesito escuchar lo que tienes que decir.

Cory jugueteó con el tenedor mientras buscaba por dónde empezar y un tono que no sonara a búsqueda de compasión, pero que dejara claro a Matthew lo que ella y su madre habían soportado.

—Tu madre se casó con él antes de que nacieras —apuntó Matthew.

—Así es. Nunca conocí a mi verdadero padre —dijo Cory—. Murió justo antes de que mi madre descubriera que estaba embarazada de mí. Zeke fue el único padre que conocí.

—¿Y tu madre se divorció de él cuando tenías doce años?

—Veo que domina los datos, señor McKnight —dijo Cory sin poder evitar el tono sardónico.

—Lo siento. Estoy hablando como un abogado.

Matthew se recostó.

—Ignórame. Cuenta tu historia.

Cory sonrió ante la admisión.

—Zeke Smith es... era —se corrigió— todo un encantador. Cuando mi madre lo conoció, se sentía abrumada, destrozada, perdida y sola. Estaba embarazada, vivía en un refugio para mujeres y se preguntaba si tendría que darme en adopción a mí también.

»Entonces conoció a Zeke mientras solicitaba trabajo en un restaurante.

Él la invitó a salir, fue encantador y atento.

Cuando Zeke le propuso matrimonio después de solo un par de citas, ella aceptó.

Pensó que por fin había encontrado seguridad.

Y las cosas fueron bien. Cuando nací, Zeke estaba encantado. Al menos según ella.

Cory hizo una pausa, todavía recelosa de contarle a Matthew, el antiguo defensor de su padre, las mismas cosas que había intentado contar a muchas otras personas sin éxito.

Sabía la impresión que Joyce les había causado tanto a Matthew como al padre de este. Dura, inflexible y cortante. No se daban cuenta de que era una mujer que defendía a su hija.

—Mamá intentó quererlo, de verdad que lo intentó —continuó Cory cuando Matthew no dijo nada—.

Pero cuando yo tenía dos años, Zeke se volvió impredecible.

Ella nunca sabía si él aprobaría o desaprobaría las decisiones que tomaba o las cosas que hacía.

Un día la regañaba por gastar demasiado en la compra, al siguiente porque era demasiado tacaña.

Gritaba y tiraba cosas y luego, de repente, paraba y se disculpaba.

Se detuvo, preguntándose si Matthew entendía de verdad la tensión que impregnaba la casa, lo que era vivir con alguien como Zeke. La incertidumbre constante. ¿Cómo podía expresar eso con palabras?

Matthew siguió sin decir nada, y su silencio la animó a continuar.

—Un ejemplo del verdadero Zeke era cómo me trataba en mis cumpleaños —dijo, apartando la mirada—.

Tenía cinco años la primera vez que recuerdo que le gritó a mi madre por comprarme un regalo.

No era gran cosa, solo un osito de peluche.

Él insistía en que quería participar, y que cómo iba a ser un padre para mí si ella siempre tomaba las riendas.

Así que, cuando cumplí seis años, me llevó de compras.

Me dejó elegir una muñeca. Estaba tan ilusionada.

Encontré justo la muñeca que quería. De porcelana, con el pelo rizado.

Pero era demasiado cara, dijo, así que elegí otra.

Lo mismo. Al final encontré una que le parecía bien, y la llevé al mostrador, contentísima.

Entonces, cuando llegamos a la caja, sacó la cartera.

«Vaya, no tengo dinero. Lo siento, cariño, tendremos que volver otro día».

Cory miró a Matthew directamente a los ojos.

—El día que prometió nunca llegó. El siguiente cumpleaños pasó exactamente lo mismo.

En Navidad me daba cajas vacías. «Llenas de abrazos», decía.

Me daba cheques sin fondos. Uno de muchos, por cierto.

Me pedía que escribiera una lista de cumpleaños y luego se sentaba a calcular cuánto costaría cada cosa.

Mientras lo tachaba todo. Era un hombre extraño, con un sentido del humor retorcido. Dejé de confiar en él a los nueve años.

El silencio entre ellos era absoluto. Cory dio unos bocados a su cena, obligándose a tragar.

—Y más adelante... —la animó Matthew.

Cory tragó y bebió un sorbo de agua.

—Muchas otras promesas de llevarme a sitios y hacer cosas que nunca se cumplieron.

Siempre, bajo la superficie, estaba esa obsesión por el control.

No paraba de criticar a mi madre, de llamarla vaga.

Le decía cosas horribles, le repetía lo inútil que era, y entonces ella empezó a enfermar.

Cuando fui creciendo, la defendí, y entonces me convertí en el blanco de su ira.

En público era el hombre encantador de siempre, pero en casa era otra historia.

En casa, mi madre era una criada inútil, y yo pasé a ser la hija de otro, un desperdicio de su dinero.

Se detuvo, sintiendo de nuevo la furia impotente que la invadía cuando Zeke arremetía contra su madre, cuando la hacía sentirse insignificante. Una carga. Inútil.

—Así que tu madre se divorció de él —apuntó Matthew.