Corazones divididos (Dulces corazones de Sweet Creek nº 4) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Es gracias a cómo los entrenas —admitió Cory. Se atrevió a lanzarle una mirada rápida y él le respondió con una sonrisa descarada.

—Vaya. Un cumplido de Cory.

Su hoyuelo se marcó con la sonrisa.

—No los doy muy a menudo, así que disfrútalo mientras puedas —respondió ella, buscando ese tono burlón que, esperaba, marcaría el tono de las próximas semanas.

Terminaron de recoger, metieron las bolsas en el maletero del coche de Cory y, una vez más, se quedaron a solas.

Una brisa suave le alborotó el pelo a Matthew, jugueteando con él alrededor de su cara. Estaba frente a ella, con las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros, la cabeza ladeada, como si la estuviera estudiando.

—¿Vienes con un manual, Cory? —preguntó de repente.

—¿Qué?

—Ya sabes, alguna lista de instrucciones que le diga a la gente cómo funcionas. No consigo entenderte.

—No hay mucho que entender.

No sabía qué pretendía él. No había salido con suficientes hombres como para sentirse cómoda con aquel tono coqueto y le costaba moverse en este terreno desconocido. Matthew no era un tipo cualquiera que hubiera conocido por ahí; venía con... bueno... bagaje.

—Claro que sí. Pareces tan dura, pero cuando te veo con estos niños pequeños, veo a otra persona. En el restaurante, te ríes y bromeas con la gente. Cuando te veo en la iglesia, pareces tan serena. Pero conmigo estás tensa como un muelle.

Tragó saliva. Ojalá dejara de hablar así.

—Supongo que soy muchas personas en una —dijo con una risa forzada.

—Seguro que también traías locos a tus novios.

—Nunca tuve muchos.

Matthew parecía escéptico.

—Ya.

Se apoyó contra el coche de ella con aire despreocupado, pero el movimiento lo acercó más, como si la envolviera.

—En serio.

Respiró hondo, incómoda por tenerlo tan cerca.

—Nos mudábamos mucho, mi madre y yo. Difícil mantener novio en esas circunstancias.

—¿Y las mudanzas eran por Zeke?

Otra vez él no. Por favor, Señor. No ahora que se había esforzado tanto en ver a Matthew al margen del pasado.

—Sí —dijo.

—¿Por qué?

Había pensado no mencionar a Zeke en ninguna conversación, pero a pesar de su determinación, su nombre salía. Una y otra vez.

—Da igual —replicó.

Matthew no dijo nada, sin apartar los ojos de ella. Intentó no mirarlo. Era encantador y guapo, y si le permitía acercarse más, no tendría defensa contra él.

A pesar de su conversación con Kelsey, lo último que quería era acabar como su madre: cautivada por un hombre e incapaz de ver cómo era realmente antes de que fuera demasiado tarde.

—¿Qué te pasa, Cory?

—Nada. Nada de nada.

Él sonrió y se recostó contra el coche, con un pie cruzado sobre el otro. Seguro de sí mismo, dueño de la situación.

—¿Tienes tiempo para salir de vez en cuando?

Cory levantó la cabeza de golpe, sin poder evitar que el corazón le diera un vuelco ante aquella pregunta tan cuidadosamente formulada.

—¿Qué quieres decir?

—Tengo unos papeles que mi padre necesita que firmes. Pensé que, en lugar de intentar hacerlo en mesas de picnic o en la cafetería cuando siempre andas de un lado para otro, podríamos salir a cenar y ocuparnos de ello allí.

—Negocios, entonces.

—Exacto. Además, me lo debes.

—¿Cómo que te lo debo? —preguntó, recelosa de pronto.

—¿Recuerdas tu baile de graduación?

—Lo recuerdo demasiado bien —dijo con voz quebradiza.

¿Por qué sacaba a relucir esa humillación otra vez?

—Te pedí que bailaras conmigo y me rechazaste de plano. Nunca supe por qué. Pensé que quizá, si te invitaba a cenar, podrías contármelo.

Aun así, ella vaciló.

—Prometo no hacer más preguntas.

Se llevó la mano al corazón, como si fuera a prestar juramento.

—Considéralo un bálsamo para mi orgullo masculino herido.

La sonrisa de él y el brillo de sus ojos la hicieron sonreír.

—Confía en mí. Será algo discreto, sin confrontaciones —continuó.

Sonaba tan razonable. Rechazarlo solo la haría quedar como una mezquina. Además, la vieja atracción que sentía por él seguía latente.

—De acuerdo, aliviaré tu orgullo herido. Solo dime dónde y cuándo.

—Este viernes. En el Eastbar Steakhouse.

—¿Por qué no en el restaurante?

Matthew negó con la cabeza y frunció el ceño.

—¿Estás de broma? Te levantarías a servir café y, antes de darme cuenta, andarías por ahí contando chistes malísimos a los demás clientes. No. Quiero llevarte a un sitio donde te sirvan a ti para variar.

Quería negarse. Aceptar crearía una complicación que no necesitaba. Pero evitarlo parecía cosa de cobardes. Kelsey tenía razón. Tenía que aprender a superar sus sentimientos confusos hacia Matthew, y la mejor forma de conseguirlo era simplemente hablar con él.

—¿A qué hora? —preguntó.

—Paso a recogerte a las siete.

—No, ni hablar.

—¿Cómo?

Matthew se irguió y frunció el ceño.

—Nos vemos allí.

—De eso nada. Paso a recogerte. A las siete.

—Lo siento. Nos vemos allí a las siete.

No necesitaba que su madre se enterara de que iba a cenar con Matthew. Ya le costaba bastante aceptar la idea.

Abrió la puerta de su coche, le dedicó a Matthew lo que esperaba que pareciera una sonrisa despreocupada y se subió. Mientras se alejaba, lo vio de pie en el aparcamiento, observándola.

Como si aún intentara descifrarla.