Capítulo 7 #2
Matthew se acercó a Marla y se puso de rodillas. Cory no pudo oír lo que le decía, pero mientras hablaba, señaló al bateador y luego a primera base. Tenía una expresión concentrada, y Cory supo que Marla estaba recibiendo más explicaciones de las que había pedido.
Se incorporó, le dio una palmadita en la cabeza y volvió con paso tranquilo, esbozando una leve sonrisa.
Está muy bien, desde luego, pensó Cory mientras lo observaba. Con aquellos vaqueros desteñidos y la camiseta sin mangas, lo estaba. Muy bien, y de algún modo ya no era tanto el Matthew al que había pasado tanto tiempo detestando.
Pensó en lo que Kelsey le había dicho. ¿De verdad estaba complicándolo todo más de la cuenta? Lo que pasaba era que su relación con Matthew, si es que podía llamarla así, nunca había sido sencilla. Nunca.
Pero Zeke ya no estaba. Ella y su madre tenían la oportunidad de empezar de nuevo. Si había un momento para dejarlo atrás, era ahora.
—¿Ya la has enderezado? —preguntó, forzando un tono burlón.
Matthew la miró y esbozó una sonrisa cautelosa, como si no supiera muy bien qué hacer con ella.
Y no era para menos. Una semana le gruñía, a la siguiente bromeaba con él.
—Aún llegaremos a la carrera por el banderín —respondió él.
Animada por su respuesta, Cory se arriesgó.
—Matthew, sobre el último entrenamiento... —hizo una pausa, sin saber qué decir—. Siento haber sido tan brusca.
—Sincera sería más exacto —respondió él.
—Quizá. Pero he estado dándole vueltas a lo que te dije. Supongo que tengo que aprender a superar esto... lo que pasó durante tantos años.
—¿Eso significa que ya podemos tener conversaciones?
Cory se rio, sorprendida de que fuera tan comprensivo, y lo agradeció en su interior.
—Supongo que sí.
—Bien. Entonces seguiremos hablando.
Sus palabras quedaron suspendidas entre ellos como una promesa.
El siguiente chico, Scott, se acercó a batear y le dio de lleno a la pelota, que una vez más pasó rodando junto a Marla, que estaba mirando la estela de un avión en el cielo.
—Adiós al jugador más valioso —suspiró Matthew mientras se acercaba para explicarle de nuevo a Marla qué hacer.
Cory se rio mientras recogía un casco suelto.
—¡Chris, te toca batear! —gritó.
Las siguientes pelotas volaron hacia el jardín izquierdo, lo cual fue una suerte porque Marla se dedicaba a inspeccionar su guante y a agacharse para examinar la hierba.
Cory se quedó con los bateadores; Matthew trabajó con los niños en el campo. Su trabajo era fácil comparado con el de él. Solo tenía que enseñarles a golpear la pelota. Él no paraba de correr de un niño a otro, explicándoles dónde tenían que lanzar la pelota y por qué.
—Está demasiado lejos para lanzarla a la primera base —se quejó una niña. Así que la movió a la segunda base.
—¿Y por qué ella sí puede jugar en segunda? Yo también quería —gimoteó otro niño.
—Nada de quejas —dijo Matthew con severidad—, o le pido a la entrenadora Luciuk que venga a hablar contigo.
—Oye —gritó Cory—. ¿Por qué tengo que ser yo la mala?
Matthew la miró y, incluso desde esa distancia, ella pudo ver su guiño.
—Porque eres más mandona que yo.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me hiciste secar los platos por un par de tristes cuadraditos —respondió él.
Cory se rio al recordar su conversación en la cocina de los Stanley. Un momento en que las cosas parecían menos complicadas entre ellos. Sacudió la cabeza, aún sonriendo, y se volvió hacia la niña que necesitaba ayuda para ponerse el casco.
El entrenamiento siguió a trompicones, pero al final, la mayoría de los niños parecían captar la idea básica de lo que se esperaba. Algunas madres pasaron a recoger a sus hijos y, después de unas cuantas rondas más, Cory llamó a los niños para que se acercaran al plato.
—Muy bien, chicos, lo habéis hecho genial —dijo mientras se reunían a su alrededor—. Tendremos otro entrenamiento la semana que viene y después, nuestro primer partido de verdad.
Trece pares de ojos se abrieron de par en par.
—¿Contra quién?
Cory miró su portapapeles.
—Es un equipo del otro lado de la ciudad. Los Águilas de Eastbar.
—¿Cuál es nuestro nombre? —gritó uno de los niños.
—Los Llorones de Westside —murmuró Matthew.
—Nuestro nombre es los Tigres de Sweet Creek —dijo ella, ignorando el comentario de Matthew.
—Oh, bien. En la cima de la cadena alimentaria —dijo Matthew.
Ella contuvo la risa, luego se volvió hacia él, fingiendo fruncir el ceño.
—¿Quieres parar ya?
Él le devolvió una sonrisa burlona y, cuando sus miradas se cruzaron, Cory descubrió que no podía apartar los ojos, no podía romper la conexión. La expresión de Matthew se tornó seria y parecía inclinarse un poco más hacia ella.
Tragó saliva y obligó a sus ojos a volver al portapapeles, desconcertada por la rapidez con que podían cambiar sus sentimientos. Una cosa era establecer una especie de tregua entre ellos. Otra muy distinta era dejar que surgiera algo más.
—Eh, quiero que todos estéis aquí la semana que viene, listos para jugar.
Recorrió con la mirada a su equipo, que la observaba atento.
—Podéis iros.
Con un grito de alegría, los niños corrieron hacia sus padres, mientras las niñas los seguían con más calma.
—Bueno, eso ha salido bastante bien —dijo Matthew, pasándose una pelota de una mano a otra—. Creo que le están cogiendo el tranquillo.