Corazones divididos (Dulces corazones de Sweet Creek nº 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿En qué demonios estabas pensando? —Cory cerró la puerta de la oficina del restaurante y encaró a Kelsey con los brazos cruzados—. Me hiciste creer que iba a entrenar junto a una madre.

—No, no lo hice. Dije que te conseguiría ayuda —Kelsey se echó hacia atrás en la silla, apartándose el pelo rebelde de la cara mientras sonreía a su amiga—. Y lo hice. Me parece una gran idea que un hombre te ayude con todos esos críos.

—No a Matthew McKnight.

Kelsey se encogió de hombros.

—Y olvídate de eso de «me parece que la dama protesta demasiado» que tanto te gusta aplicarnos a él y a mí —dijo Cory.

La única respuesta de Kelsey fue una sonrisa cómplice.

Cory intentó fulminarla con la mirada, luego apoyó las palmas sobre el escritorio y se inclinó hacia ella.

—Busca a otra persona, para sustituirlo a él o a mí.

Kelsey suspiró y se enderezó.

—No puedes irte porque Chris cuenta contigo. Y créeme, Cory, me recorrí la guía telefónica de Sweet Creek de la A a la Z buscando a alguien que pudiera echar una mano. Matthew fue el último recurso.

—No sé si puedo trabajar con él.

—A Chris le cae bien. Es un tipo decente, Cory. Además, es solo por un tiempo.

Cory se mordió el labio y apartó la mirada. Todo lo relacionado con Matthew era «solo por un tiempo».

El día anterior había sido difícil, fingir que nunca había pasado nada entre ellos. Pero todos esos años de frustración e ira no desaparecían en unos pocos días.

—Esto es realmente un problema, ¿verdad? —preguntó Kelsey.

—Sí. Bueno, y no.

—No es solo por tu padrastro, ¿verdad?

Cory se encogió de hombros.

—Háblame, Cory —dijo Kelsey inclinándose hacia adelante—. Soy tu amiga y sabes que me importa lo que te pase.

Cory sonrió mientras sostenía la mirada sincera de Kelsey y reconoció que tenía razón. Se dejó caer en una silla frente al escritorio e intentó explicarse.

—Me hace sentir tan confundida y frustrada. Siempre ha sido así. La primera vez que lo conocí, me di cuenta de que yo no le parecía bien.

—¿En el tribunal?

Cory desestimó su comentario.

—Es una tontería, lo sé. El instituto y todo eso.

—El instituto ha creado muchos genios y psicópatas.

—Qué bonito —dijo Cory con una sonrisa irónica.

—Cuéntame qué pasó.

Cory suspiró.

—Ahora parece una tontería de cría, pero no fue nada divertido.

Ya sabes que crecimos sin un duro, así que cuando llegó el baile de graduación, me entró el pánico.

Quería ir con todas mis fuerzas. Quería estar con mis amigas.

Me había perdido tantas cosas durante el instituto que pensé que al menos podría ir al baile.

»Pero no tenía vestido. Así que fui a una tienda de segunda mano y compré uno barato.

Para colmo, mi amiga Deirdre le pidió a su primo, Matthew, que fuera su acompañante.

Y luego le pidió que me recogiera en mi apartamento.

Cuando vi a Matthew allí, casi me muero de vergüenza.

Allí estaba yo en nuestro apartamento cutre, con mi vestido de segunda mano, y allí estaba él con Deirdre, tan elegante y guapo, irradiando desaprobación por todos los poros.

—¿Quizá eras demasiado sensible? —sugirió Kelsey.

—¿O quizá la cara de asco que me puso fue un poco dura?

¿Y su comentario despectivo sobre dónde vivía?

—Cory soltó un suspiro—. Vi que Deirdre estaba incómoda, y estuve tentada de mandarlo todo al cuerno.

Pero llevaba meses esperando el baile, y mi madre había arreglado el vestido para que quedara más moderno.

Lo ignoré, me subí a su coche y me mantuve alejada de él toda la noche.

Se encogió de hombros y le dedicó a Kelsey una sonrisa apagada.

—Y puede que bebiera un poco de más. Estaba molesta con él, enfadada con mi cita, que me dejó tirada nada más llegar, frustrada con las chicas que me juzgaban a mí y a mi vestido.

Cuando el malote del instituto me ofreció algo, pensé: ¿por qué no?

Sentía que ya me habían juzgado y no había dado la talla.

—Entonces... ¿te emborrachaste?

—Muchísimo —Cory todavía se moría de vergüenza al recordarlo, y la reacción de Matthew.

—¿Todavía estás molesta por tus malas decisiones de adolescente?

—Puede ser —sonaba bastante infantil ahora que lo había soltado delante de su amiga—. Pero todo está relacionado con quién es Matthew, y quién era. El hombre que defendió a mi padrastro de mil maneras y sigue haciéndolo.

—¿Qué quieres decir?

Cory buscó las palabras adecuadas.

—Todavía piensa que mi madre y yo tratamos mal a Zeke. Que estábamos equivocadas sobre él cuando, en realidad, es al revés. No entiendo cómo no puede ver cómo era Zeke de verdad.

—¿Se lo has dicho?

—No me creería. No me creyó entonces, ¿por qué iba a creerme ahora?

El silencio de Kelsey pareció subrayar las propias dudas de Cory sobre Matthew.

—Es una relación tan enrevesada. Creo que no debería haber firmado ese testamento. Siento que he traicionado mis principios. Mi madre no para de repetir que no se fía de nada de esto. Estoy hecha un lío.

—¿Qué podría salir mal? Es un testamento legal. Quizá sea la manera que tiene Zeke de intentar compensar el daño que os hizo a ti y a tu madre.

Sonaba tan razonable, y una parte de Cory quería creerla. Sin embargo, toda una vida de batallas con Zeke le daba una perspectiva más cínica.

Kelsey apoyó la barbilla en las manos, pensativa.

—No tienes que resolver esto sola —continuó—, ni tienes que darle vueltas a todo. Pero no me parece justo que cargues a Matthew McKnight con todas las penas de tu vida.

Cory se cubrió el rostro con las manos y negó con la cabeza. —Lo sé, pero eso de dejarlo pasar suena demasiado fácil. —Había más, pero no quería reconocer la atracción que sentía por Matthew ni siquiera ante sí misma, y mucho menos ante su amiga.

—No es fácil, pero tampoco tiene que ser tan difícil como te lo estás poniendo. —Kelsey se levantó y rodeó el escritorio para arrodillarse junto a Cory—. Matthew es un buen tipo. Y aunque no quieras admitirlo, creo que le gustas.

—Oh, por favor. No empieces con eso. —Cory no quería oírlo. Solo empeoraba las cosas.

—Mira, si quieres, puedo intentar buscar a otra persona. Quizá convencer a alguna de las madres. Algunas se quedan durante los entrenamientos de todas formas, a lo mejor pueden echar una mano.

—No. Tienes razón. Debería ser más madura. —Cory se frotó la frente con el índice, como si intentara ahuyentar la inquietud.

—Tienes que admitir que está muy bien. No puedes echarme la culpa de eso —dijo Kelsey entre risas mientras se levantaba.

—No, no puedo —admitió Cory. Y eso era lo más que se atrevía a reconocer sobre lo que sentía realmente por Matthew McKnight.

—Olvídate de todo eso del pasado —dijo Kelsey—. Trátalo como si nunca lo hubieras conocido, como si fuera un tipo cualquiera. Tu verano será mucho más llevadero.

Cory reconoció que Kelsey tenía razón. Aunque sabía que nunca podría superar todo lo que había pasado, le resultaría mucho más fácil si seguía su consejo.

Matthew se mordió el labio, echó un último vistazo al teléfono y marcó antes de arrepentirse.

Kelsey contestó al primer tono.

—Hola, Kelsey. Necesito hablar contigo sobre lo de entrenar al equipo de béisbol.

—Oh, no —dijo ella—. No me digas que tú también quieres dejarlo.

—¿Cómo que «también»? —Cogió un lápiz y se puso a garabatear en un bloc de notas.

—Cory acaba de estar en mi despacho preguntando si podía dejarlo. ¡De verdad! ¡Vosotros dos! Esto no son las grandes ligas. Son niños de cinco años que quieren pasárselo bien.

La frustración en su voz era evidente. Matthew se sintió mal por ella y se dio cuenta de lo mezquino que estaba siendo.

—Bueno, admito que se me había pasado por la cabeza, pero me entró por un oído y me salió por el otro.

—Me alegra oírlo. —La voz de Kelsey se volvió enérgica y animada, y por un momento Matthew tuvo la sensación de que le habían tomado el pelo—. Porque, para serte sincera, Matthew, creo que le gustas a Cory y no quiere admitirlo.

—Eres una soñadora, ¿verdad? —Matthew soltó una risa breve.

—Qué va. Es que sé calar a la gente. Confía en mí, Matthew, Cory no es tan arisca como parece. Solo le gusta actuar así porque es más fácil.

Matthew sonrió y siguió garabateando. —¿Más fácil que qué?

—Que dejar que la gente se acerque a ella. Mira, Matthew, sé poco de ella, pero lo que sí sé es que ha sufrido mucho y se ha llevado muchas decepciones. Me cae muy bien, de verdad, y quiero que le vayan bien las cosas.

Matthew se recostó en la silla. Que Kelsey defendiera así a Cory era sorprendente y, al mismo tiempo, no lo era tanto. Recordó que Deirdre también le había dicho que había juzgado mal a Cory. Parecía que Cory inspiraba una lealtad feroz en quienes dejaba acercarse. —Entonces, ¿qué quieres que haga?

—Intenta conocer su versión de la historia. Por su bien. Una vez me dijo que nadie la escuchaba. Quizá tú deberías hacerlo.

Matthew suspiró, recordando el dilema del día anterior. Zeke o Cory. ¿Quién había dicho la verdad? Creer a Zeke justificaba sus propias acciones y daba sentido a todo lo que él y su padre habían hecho para defenderlo. Lo hacía necesario. Pero no creer a Cory le impedía conocerla mejor.

Y quería conocerla mejor.

—Solo escúchala —insistió Kelsey.

—Gracias por el consejo, Kelsey —dijo Matthew, animado por la conversación—. Intentaré seguirlo.

—¡Corre tras la pelota, Marla! ¡Se te escapa! —exclamó Cory entre risas mientras la niña levantaba la vista del guante que estaba examinando, con expresión confundida—. Está detrás de ti, cariño —la animó Cory—. Tienes que cogerla y lanzarla a primera base.

Marla echó la cabeza hacia atrás como buscándola, y luego se volvió hacia Cory. —No la veo.

—¡Tienes que girarte del todo! —gritó Matthew. Pero el pequeño Stephen ya había salido corriendo desde su posición de parador en corto, se había lanzado sobre la pelota y la había tirado para cuando Marla se dio cuenta de que tenía que mirar un poco más allá.

El niño en primera la atrapó, pero para entonces el bateador había tenido tiempo de sobra para llegar a la base sin prisas.