Capítulo 6
—¿Entrenar T-ball? ¿Por qué me lo pides a mí? —Matthew frunció el ceño y miró a Kelsey mientras ella le ponía delante el desayuno de huevos y tostadas.
Kelsey rara vez ayudaba a servir, así que le había extrañado que le trajera el desayuno.
Cuando le había preguntado si le gustaba el béisbol, él había dicho que sí. Entonces ella había ido al grano y le había pedido que entrenara un equipo de T-ball.
—No hay mucho que saber, Matthew —Kelsey se deslizó en la silla frente a él, dispuesta a quedarse hasta conseguir la respuesta que quería. Le dedicó una sonrisa coqueta, con los codos sobre la mesa—. Son solo niños de cinco años.
—Tampoco sé nada de niños de cinco años —Matthew la miró con el ceño fruncido, desconcertado por su petición—. ¿Y por qué me lo pides a mí?
—Eres nuevo en la comunidad, y es una buena manera de conocer gente.
—Supongo que sí —admitió mientras cogía el salero y echaba sal a los huevos.
—Es bastante relajado.
—¿Lo haré solo? —Matthew cogió un tenedor, preguntándose si estaba loco por dejar que Kelsey le diera largas de esa manera.
No tenía experiencia con niños pequeños.
Pero había descubierto, tras una semana allí, que no había mucho que hacer una vez que la oficina cerraba.
Una noche se había pasado por casa de los Stanley, pero por lo demás, la vida aquí era tranquila comparada con el ritmo que había llevado en la ciudad.
Había trabajado hasta tarde un par de noches, pero veía que el trabajo acumulado no tardaría en desaparecer.
Lo que le hacía preguntarse si Nathan tendría algún motivo oculto para pedirle que viniera.
—No. Ya tengo a otro entrenador. Podéis conoceros esta noche.
—¿Esta noche?
Kelsey se mordió el labio y asintió.
—Sí.
—No soy entrenador. En absoluto.
Kelsey le dio una palmadita en el hombro.
—Ya le pillarás el tranquillo —añadió con una sonrisa coqueta—. Además, es genial para involucrarse en la vida social de Sweet Creek.
Matthew se rio sin poder evitarlo.
—¿El T-ball es parte de eso?
—Oye, el béisbol es importante por aquí. Pero tienes que empezar poco a poco. Hazlo bien con esto y puede que te metamos en un equipo de sóftbol.
Kelsey echó un vistazo atrás y se levantó.
—Tengo que volver al trabajo. Entonces, ¿te vemos esta noche?
—Por supuesto.
Matthew la vio marcharse, todavía preguntándose cómo lo había embaucado para hacer algo de lo que sabía tan poco. Volvió a centrarse en su desayuno. Desde que había llegado a Sweet Creek, había probado casi todos los platos del menú.
La comida era buena, y le gustaba el bullicio del lugar y el ambiente de comunidad.
Esa mañana estaba tan lleno como siempre, con el murmullo de conversaciones compitiendo con la música country que sonaba en los altavoces repartidos por el restaurante.
Conocía a algunas personas por su nombre. Una de ellas era cliente de Nathan.
Y Cory trabajaba allí.
Mientras comía los huevos con tostadas, echó un vistazo alrededor. Un grupo de camioneros ocupaba una esquina, había varias familias repartidas por el local, y también algunos hombres y mujeres solos, varios de los cuales ya reconocía. Clientes habituales.
—Oye, Cory, cariño, mi taza está vacía —gritó uno.
—Voy en un minuto, Anton —dijo ella. Y entonces pasó a toda prisa junto a Matthew, con los brazos cargados de un número imposible de platos llenos de comida. Con una sonrisa, los dejó delante de sus clientes, les preguntó si querían algo más y luego les dio la cuenta.
Era pura cortesía y profesionalidad, pero Matthew sabía que con ellos su calidez no era fingida y su sonrisa era auténtica.
Eso cambiaba cuando trataba con él. Cada vez que lo miraba, él percibía un antagonismo contenido, y eso lo frustraba.
Como abogado, estaba acostumbrado a situaciones de confrontación.
De eso vivía. Pero había esperado algo más de ella, especialmente después del tiempo que habían pasado en casa de Nathan.
Cory pasó junto a él, pero ni siquiera le lanzó una mirada de reojo.
Terminó el desayuno, dejó algo de dinero sobre la mesa y salió, enfadado de pronto con Cory y consigo mismo. Iba a ser un verano largo.
Aquello era puro ruido y confusión, pensó Matthew mientras permanecía al borde del campo de béisbol observando al grupo de niños que iba de un lado a otro.
Las pelotas volaban en todas direcciones.
Algunos niños intentaban atraparlas, otros se quedaban quietos con cara de desconcierto sujetando guantes de béisbol que les venían enormes, y otros corrían en círculos sin ton ni son.
—Mi equipo —dijo, y se metió las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros, preguntándose qué se suponía que tenía que hacer.
Kelsey estaba junto a la valla hablando con otra madre que, arrodillada, le ataba el cordón del zapato a un niño. Kelsey levantó la vista y lo saludó con la mano.
—Por aquí —lo llamó con una sonrisa radiante.
Matthew sacó las manos de los bolsillos, suspiró y se acercó a donde estaban Kelsey y la otra madre.
—Hola, entrenador, me alegro de que hayas podido venir —Kelsey lo agarró del brazo—. Quiero presentarte a tu compañera —dijo justo cuando la madre terminó de atar el cordón y se incorporó. Se volvió hacia él, y a Matthew se le cayó el alma a los pies.
Era Cory.
Al verlo, su sonrisa se desvaneció, la mano que había extendido cayó y Cory giró la cabeza bruscamente hacia Kelsey.
—¿Qué está pasando?
Kelsey levantó las manos.
—Matthew te va a ayudar a entrenar el equipo, ¿vale?
Por la expresión de Cory, Matthew vio que aquello no le hacía ninguna gracia, y que a ella le habían avisado con tan poca antelación como a él.
—Oye, si va a ser un problema... —dijo, retrocediendo un paso hacia su coche, hacia la salvación.
—No, no —dijo Kelsey agarrándole del brazo para retenerlo. Se volvió hacia su amiga—. No pude encontrar a nadie, Cory. Todas las madres están ocupadas. Matthew se ofreció a ayudar.
Cory fulminó a su amiga con la mirada, ignorando a Matthew. Luego miró a los niños y dejó escapar un suspiro de resignación.
—De acuerdo. Pero lo hago por Chris, y por ninguna otra razón.
Pura gracia y cortesía, pensó Matthew. Ella se volvió hacia él y forzó una sonrisa.
—Supongo que trabajaremos juntos, entrenador.
—Supongo que sí —respondió él. Ya hablaría con Kelsey más tarde.
—Entonces está decidido —dijo Kelsey, con tono enérgico y una sonrisa radiante, como si no captara las tensiones de la conversación—.
Tengo aquí una lista de los niños, y pensé que podríamos dedicar este entrenamiento a conocernos, practicar cosas básicas como atrapar y lanzar, ese tipo de cosas.
Solo me quedan unos minutos, y luego tengo que volver al restaurante.
—¿Y las reglas del juego? —preguntó Matthew—. No tengo ni idea de T-ball.
—Tengo un par de libros. Están en el banco. Es bastante sencillo. Repasé lo básico con Cory. Ella sabe dónde está la lista de jugadores y el calendario de partidos.
Kelsey les dedicó una sonrisa a ambos.
—Muchas gracias por hacer esto. De verdad lo aprecio. Me gustaría quedarme, pero tengo facturas que pagar y nóminas que hacer. Gracias, ¿eh?
Dio unos pasos hacia atrás, les hizo un gesto rápido de despedida, se dio la vuelta y corrió hacia su coche.
—Cobarde —murmuró Cory, viéndola marcharse.
A pesar de su propia decepción por la reacción de Cory, Matthew no pudo evitar sonreír ante su comentario.
—Bueno —dijo con entusiasmo—, supongo que deberíamos empezar, ¿no?
Lo único que obtuvo fue un seco asentimiento. Luego ella se dirigió al banco.
Cogió un portapapeles y volvió al plato.
—Muy bien, niños —llamó—. Vamos a hacer una fila para conoceros.
Algunos niños pararon, miraron alrededor para ver si alguien más había oído. Al ver que nadie respondía, volvieron a lanzar las pelotas al aire.
—Vamos, chicos —volvió a llamar Cory, sin mucho éxito.
Matthew se acercó a ella, echó un vistazo al portapapeles con los nombres, se metió los dedos en la boca y soltó un silbido agudo. Todas las cabezas se levantaron.
—Tommy, Marla, Chris y Emma, venid aquí.
Eran los únicos nombres que recordaba, pero los niños que nombró obedecieron.
—El resto también podéis venir.
—Lo tenía controlado —protestó Cory.
Matthew apenas le dedicó una mirada.
—Por supuesto que sí.
Volvió a mirar a los niños, que por fin se reunían frente a él y Cory.
—La señorita Smith y yo seremos vuestros entrenadores este año —dijo, consciente de que debía proyectar confianza—. Y lo primero que tenéis que aprender es a venir cuando ella os llame o cuando yo os llame.
Sonrió para suavizar la reprimenda. ¿Hasta qué punto debía ser firme con niños de cinco y seis años?
—Este es solo el primer entrenamiento, así que no tenemos que ser muy formales —intervino Cory, arrodillándose para ponerse a su altura—. Y me alegro de que hayáis podido venir tantos. Nos vamos a divertir, ¿verdad?
Las cabezas asintieron al unísono.
—Como ha dicho el señor McKnight, tenéis que escuchar cuando os llamemos. Y mi nombre es señorita Luciuk, ¿de acuerdo?
Le dedicó a Matthew el más leve atisbo de sonrisa, pero contenía una advertencia.
Punto para Cory, pensó mientras ella se volvía hacia los niños.
—Primero —continuó Cory—, quiero que escuchéis cuando diga vuestros nombres. Tenéis que poneros en fila cuando os lo digamos.
Más asentimientos.
Matthew observó cómo el primer grupo de niños cuyos nombres pronunció Cory se ponía obedientemente en fila; luego ella indicó a los demás que se alinearan frente a ellos.
—Separaos un poco más —les dijo.
Cory lo miró.
—Lo tengo controlado, señor McKnight.
—Bueno, por cómo lanzan, seguro que en un momento tendremos algún que otro cabezazo y unas cuantas lágrimas.
—He dicho que está bien —espetó ella.
Matthew conocía a Cory lo suficiente como para dejar de discutir, pero no pudo evitar sonreír cuando ella caminó disimuladamente entre los niños, separándolos más.
—Señor McKnight, ¿puede venir aquí para mostrarles a los niños lo que tenemos que hacer? —lo llamó Cory.