Capítulo 5 #3
Matthew asintió mientras entraba en el despacho y giraba sobre sí mismo lentamente.
Dos de las paredes estaban desnudas, pintadas de un suave color melocotón.
Las otras dos eran casi todo ventanales que dejaban entrar una luz generosa.
El escritorio era de roble, supuso al pasar las manos por su superficie rayada pero reluciente.
Las estanterías hacían juego, igual que las sillas.
Los tonos dorados de miel de la madera multiplicaban la luz y hacían que el despacho resplandeciera.
—Esto es estupendo —dijo Matthew, y se volvió hacia Nathan con una sonrisa.
—Los muebles son un poco viejos. Compré ese escritorio cuando abrí este despacho.
La voz de Nathan tenía un deje de melancolía, como si se preguntara cuánto tiempo más seguiría trabajando.
—Me gusta mucho —dijo Matthew.
Echó un vistazo a las ventanas por encima del hombro. No daban a ningún río ni estaban en uno de los edificios más altos de la ciudad, pero desde una se veía el parque, desde la otra Main Street, y desde ambas, las montañas que rodeaban el pueblo.
—No sabes cuánto te agradezco que me eches una mano durante un tiempo, Matthew —dijo Nathan—. Me vas a salvar la vida.
—Para mí también —dijo Matthew, pensando en las largas noches que había pasado en las últimas semanas, incluso después de ponerse al día tras las vacaciones.
—Debería traer a tu padre aquí algún día. A ver si aprende a tomarse las cosas con calma.
Nathan negó con la cabeza ante la locura de su amigo.
—Es demasiado ambicioso. Siempre ocupado con cosas que no importan.
Matthew había escapado de todo eso. Al menos por ahora.
—Será mejor que hagamos una colecta y le compremos un libro de cocina al señor McKnight —dijo Kelsey, y dejó caer la caja con los azucareros de las mesas delante de Cory.
—¿De qué hablas? —preguntó Cory.
Cogió uno de los recipientes y desenroscó la tapa. Se lo pasó a Chris.
—Toma, campeón. Sujétamelo bien, ¿quieres?
Kelsey se paró en seco y le lanzó a Cory una mirada irónica.
—Venga ya. Como si no supieras a qué me refiero. El pobre hombre lleva viniendo todos los días desde hace una semana.
—Bueno, es el tipo de cliente que quieres, ¿no? —dijo Cory.
Le guiñó un ojo a Chris mientras echaba el azúcar en el recipiente.
—Yo creo que es el tipo de cliente que quieres tú —dijo Kelsey.
Apoyó los brazos en la mampara que separaba la zona donde trabajaba Cory del resto del restaurante.
—Y creo que te gusta ese hombre de sonrisa soñadora.
—Y no olvidemos los hoyuelos que tanto te atraen a ti.
—Puedes intentar escudarte en el sarcasmo, amiga mía, pero te he visto mirarlo.
Cory no dijo nada, consciente de que Kelsey tergiversaría cualquier cosa que dijera. Además, las palabras de Kelsey le tocaban la fibra. Matthew llevaba ya una semana allí, y ella se fijaba en él cada vez que entraba en el restaurante.
Matthew era guapo, eso era innegable. Pero las apariencias siempre engañan, eso lo sabía bien. Y los hombres siempre te decepcionan. Eso también lo sabía.
—Es más —dijo Kelsey, que se inclinó hacia delante para intentar captar la mirada de Cory—, he visto cómo te mira él.
A pesar de su fachada de valentía, las palabras de Kelsey la sacudieron.
—Dios mío, Chris —dijo Cory, que disimuló su reacción mientras ignoraba lo que Kelsey había dicho—. Eres de gran ayuda. Y mira, ya casi es hora de que tu mami y tú os vayáis a casa.
—Buen intento, Cory —se burló Kelsey mientras rodeaba el mostrador—. Pero sé lo que veo.
—Ves lo que quieres ver —dijo Cory.
Apartó los azucareros y limpió la encimera.
—Da igual lo que diga.
—Súbeme a mi silla, Cory —exigió Chris, y extendió los brazos hacia ella.
—Chris, Cory está ocupada —protestó Kelsey.
—No pasa nada —dijo Cory, y le alborotó el pelo al niño.
Lo cogió en brazos y fingió tambalearse mientras lo sentaba en su silla de siempre, en la mesa del rincón del restaurante.
—Pesas tanto que vas a darle unos buenos batazos a la pelota cuando empieces a jugar.
El niño le sonrió.
—¿Vas a ser mi entrenadora de T-ball?
—Claro que sí.
—¿De verdad quieres a esa señora mandona de entrenadora? —preguntó Kelsey con fingido horror.
Chris se rio mientras balanceaba los pies.
—Sí quiero. No es mandona.
—Gracias por defenderme.
Cory le alisó el pelo con una sonrisa. Chris era un niño encantador.
Había aceptado encantada cuando se enteró de que Kelsey necesitaba un entrenador.
Kelsey había hecho mucho por ella al hacerla sentir como en casa y al convertirse en su amiga, y la devoción de Chris hacia ella le llegaba al corazón. Se volvió hacia Kelsey.
—¿Has encontrado ya a otro entrenador? No me hace mucha gracia lidiar con un montón de niños de cinco años yo sola.
Kelsey le dedicó una mueca de disculpa.
—Todavía no.
—¿Cómo? Me dijiste que tendría ayuda.
—Una de las madres se echó atrás. Pero creo que tengo a alguien más dispuesta a arrimar el hombro —añadió Kelsey—. Si me perdonas el juego de palabras.
Cory echó un vistazo a Chris, que fruncía el ceño.
—Empieza a llamar esta noche, guapa —le dijo Cory a Kelsey, sonriendo para ocultar que apretaba los dientes—. Nuestro primer entrenamiento es mañana.
—Encontraré a alguien. No te preocupes. —Kelsey le dio una palmadita en el hombro—. Todo saldrá bien.