Capítulo 4 #4
—No paso mucho tiempo en el tribunal con juicios de alto voltaje —respondió él, ignorando su pulla—. Gran parte de mi trabajo es bastante mundano. Viajo, asisto a audiencias, leo muchos informes, presento documentos en el juzgado. Trabajo de preparación.
—¿Qué haces para divertirte? —preguntó ella.
Él no respondió, y Cory lo miró de reojo. Frunció el ceño mirando el plato que sostenía y luego volvió a mirarla.
—No tengo ningún pasatiempo. Normalmente trabajo hasta las nueve. A veces veo una película. A veces me voy directo a la cama.
—¿Qué, no tienes vida social? —dijo ella con fingida sorpresa.
—No mucha.
—Tu pobre novia.
—Sí, bueno, probablemente por eso no tengo una ahora.
A Cory le sorprendió oír eso. Y le sorprendió descubrir que la información le provocaba un pequeño sobresalto. Habría pensado que alguien como Matthew no tendría ningún problema para conservar a una novia.
—No suena muy divertido —no pudo evitar decir.
—Creo que tienes razón —respondió él en voz baja.
Su confesión la sorprendió. No sonaba como el Matthew McKnight que siempre proyectaba un aura de intensidad y dedicación al trabajo.
—¿Y tú? ¿Qué haces para divertirte? —preguntó él.
—Organizar eventos —respondió ella con una sonrisa fugaz. Estaba bastante satisfecha de lo bien que le estaba plantando cara. Si no lo miraba demasiado, podía hacerlo.
—No, en serio. ¿Qué haces cuando no estás trabajando?
Se encogió de hombros. A decir verdad, su vida no sonaba mucho más emocionante que la de él. Menos aún, si era sincera.
—Me gusta dar largos paseos, como ya has descubierto. Me gusta sentarme bajo los árboles y ver cómo el viento agita las hojas —suspiró—. Me gusta leer y echarme siestas.
—Suena deliciosamente sencillo.
¿Se habría imaginado esa leve nota de envidia en su voz? Probablemente. Su vida era un aburrimiento comparada con la de él.
—No hace falta un título para hacerlo.
—¿Cómo acabaste de camarera?
Una vez más, tuvo que reprimir esa vergüenza momentánea que siempre acompañaba sus encuentros con Matthew. Siempre había trabajado, se recordó, nunca había necesitado limosnas.
—Empecé en el instituto y nunca probé otra cosa —dijo a la defensiva—. Como mamá y yo nos mudábamos mucho, era difícil progresar en ningún trabajo con futuro. O seguir estudiando.
¿Por qué había tenido que decir eso? Sonaba a queja, y su vaga referencia a las mudanzas le daba pie a otra pregunta.
—¿Alguna vez piensas en hacer otras cosas?
Las manos de Cory aminoraron el ritmo mientras miraba por la ventana sobre el fregadero, pensando, preguntándose si él creía que le faltaba ambición.
—Muchas veces he deseado poder volver a estudiar —admitió—. Tampoco me importaría ampliar este negocio. Me gusta organizar eventos.
—¿Qué estudiarías si volvieras a estudiar?
—No lo sé. Cualquier cosa. La ciencia siempre me ha interesado.
—Sí. Física y transferencia de calor.
Cory sonrió al oírlo.
—¿Y por qué no lo hiciste? —continuó él.
Su conversación estaba condenada, pensó Cory mientras sus pensamientos volvían a la realidad.
La salud de su madre era un factor, agravado por las constantes mudanzas y las facturas de abogados que tardaron años en pagar.
No haber recibido nunca el dinero que Zeke siempre había prometido también lo complicaba todo.
Todo volvía a Zeke, y ella sabía que Matthew solo lo vería con buenos ojos. Así que tomó el camino fácil.
—La fibromialgia de mi madre.
—¿Qué es exactamente eso?
—Un tipo de disfunción de neurotransmisores. Una palabreja bien cara para ti —no pudo evitar añadir.
—La archivaré junto con los chistes de abogados —cogió otro plato y lo secó—. ¿Qué significa eso?
Cory raspó una mancha de grasa rebelde, preguntándose cómo condensar en unas pocas frases el dolor que sufría su madre, lo implacable de la enfermedad.
—Es difícil de describir. Tiene mucho dolor muscular, fatiga, dolores de cabeza. Si lleva una vida tranquila, podemos controlarlo, pero el estrés la desestabiliza.
—¿Cuánto tiempo lleva con eso?
—Doce, trece años ya. Parece ir y venir. No le dieron un diagnóstico correcto hasta hace unos cinco años. El médico que la atendió cuando vivíamos en Edmonton le dijo que era una hipocondríaca.
Cory le lanzó otra mirada rápida. Él no la miraba; tenía la atención puesta en el plato que estaba secando.
—¿Puede trabajar?
Mordiéndose el labio, Cory meditó su respuesta.
—No ha podido mantener un trabajo estable en los últimos diez años —dijo, conteniendo la vergüenza.
Eso hacía que su madre pareciera perezosa, lo mismo que Zeke le echaba en cara a Joyce cada vez que venía a recoger a Cory.
—¿La has mantenido tú todo este tiempo?
A Cory le incomodaba aquel interrogatorio y se preguntaba adónde quería llegar, por qué le interesaba su madre ahora, cuando antes la había descartado con tanta facilidad.
—Nos las arreglamos bastante bien. Y nunca me ha importado. Ella también ha hecho muchos sacrificios por mí.
—Zeke ayudó, por supuesto.
Otra vez con Zeke.
—Mi madre y yo rara vez vimos dinero de Zeke —dijo entre dientes.
—Tenía una pensión ordenada por el tribunal. Por supuesto que habrían recibido el dinero.
—Vimos cheques, Matthew —dijo con rabia—. Los cheques tienen que tener fondos en lugar de rebotar para que llegue dinero de verdad a la cuenta.
Se contuvo, sabiendo cuál era la postura de Matthew al respecto. No quería creer lo que ella contaba de Zeke.
Su silencio le dio la razón.
—En fin, no recibimos mucha ayuda de él.
—No puedo creerlo.
Su defensa a ultranza de Zeke le hacía hervir la sangre.
—Zeke se preocupaba de verdad por ti, ¿sabes? —continuó Matthew, lo que solo aumentó su tensión.
Cory no podía seguir escuchando.
—No —dijo con dureza—. Ni se te ocurra defender a mi padrastro. Ya lo has hecho de sobra en el tribunal.
—Pero me decía a menudo cuánto te echaba de menos.
—Lo único que echaba de menos era manipularnos.
Cory deseó no haber sacado el tema.
—No quiero hablar más de Zeke Smith. Está fuera de mi vida, y punto.
—Todavía no se ha acabado, Cory —respondió Matthew con voz serena, bien modulada—. Hay algo de lo que tienes que ocuparte.
Le costaba admitirlo, pero tenía una voz preciosa. Un acento pausado y arrastrado que hacía creer al oyente que aquel era el hombre más razonable del mundo.
—El testamento —dijo suspirando.
—Si es verdad que él fue injusto contigo, considera esto como su forma de compensártelo.
Qué cuidadoso era con las palabras. Les dejaba a ambos una salida con aquel lenguaje tan cauteloso.
—Puede ser —dijo ella.
—Creo que deberías reconsiderar lo que me dijiste el otro día. Deberías aceptar esto. Es una oportunidad para cumplir algunos de tus sueños.
Cory tragó saliva y respiró hondo mientras intentaba imaginarse ampliando el negocio y trabajando por cuenta propia, una meta que había dejado aparcada hacía ya algunos años.
—Esto podría ser algo bueno, Cory —continuó Matthew—. Una última bendición para tu vida.
Una parte de ella quería darle la razón, aunque su lado más práctico se aferraba a la desconfianza.
—Podría ser —dijo mientras colocaba el último plato en el escurridor.
—Creo que sí —repitió Matthew.
Respiró hondo, como para contener las esperanzas que ya empezaban a brotar en su interior.
—Si sigo adelante con esto, ¿cuál sería el siguiente paso?
Cuando sus miradas se cruzaron, sintió el tirón de su atractivo. Él esbozó una sonrisa torcida, con un asomo de hoyuelo en la comisura. Ella sintió que algo respondía en su interior.
—No es que vaya a hacer nada, ¿eh? Solo tengo curiosidad.
—Te traigo los papeles, los firmas y todo se pone en marcha.
—¿Sin sorpresas? —preguntó Cory.
—No, a menos que aparezca algún hijo perdido con un testamento escrito de puño y letra por Zeke.
—Que mi madre y yo sepamos, Zeke no tuvo más hijos.
Su sonrisa se ensanchó del todo, ladeó la cabeza, y Cory casi retrocedió un paso ante la fuerza del encanto de Matthew dirigido solo a ella.
—Es legítimo, Cory. Mi padre se encargó de todo. Si no confías en Zeke, te aseguro que puedes confiar en mi padre. Es un buen abogado.
Lo pensó un momento, incapaz de resistirse a la idea de que quizás Matthew tenía razón. Clifton era un buen abogado. Ya se había visto lo que había hecho por Zeke.
—De acuerdo —respondió, luchando contra esa sensación angustiosa de estar cometiendo un error. De estar basando su decisión en una sonrisa encantadora—. Tráelos mañana al restaurante y lo cerramos.
La sonrisa de Matthew vaciló un instante; luego él asintió.
—Perfecto. Los traeré a primera hora.
Cory volvió a los platos, con los sentimientos revueltos por el cambio de actitud de Matthew hacia ella.
Era abogado, formado para convencer a la gente. Personas con más estudios que ella habían acabado dándole la razón.
Se aferró a los recuerdos para no olvidar cómo había defendido a Zeke sin descanso.
Aun así, también tenía que creer que Matthew tenía razón. Que la ley la protegería. Poco a poco, sintió que recuperaba el equilibrio. Mañana firmaría los papeles y Matthew se marcharía.
Su vida podría volver a la normalidad.
Pero ¿podría, después de haber vuelto a ver a Matthew?