Capítulo veintiuno
CAPÍTULO VEINTIUNO
E l primer viernes de septiembre era la semana veintidós desde que Wuju llegó a mí y se cumplía una semana de la muerte de Yeonhui. Y también era el día en que yo dejaba Corea.
Querían grabar la última escena en el aeropuerto, así que decidieron venir directo luego de alquilar el equipo de rodaje.
Seoyoung se ofreció a recogerme porque yo llevaba mucho equipaje.
Antes de que llegara, estaba ordenando la maleta de cabina cuando un ruido distinto al habitual empezó a oírse desde abajo.
Al bajar las escaleras vi a dos hombres que sacaban del restaurante las mesas, las sillas y los platos que quedaban adentro.
Ya habían quitado el cartel y parecía que también habían vaciado la habitación de Yeonhui.
Lo único que podía hacer era pararme a unos pasos de distancia y mirar cómo iban desmantelando todo.
Los hombres tiraban algunas cosas y cargaban en el camión lo que se podía vender, luego instalaron una persiana metálica azul en la entrada.
Al parecer, el dueño quería cerrar el lugar hasta conseguir un nuevo inquilino.
La persiana bajó con un chasquido como si fuera un telón que anunciaba el final de una obra.
Por último, los hombres arrancaron la lámpara funeraria y la arrojaron al suelo antes de subir al camión y marcharse.
Cuando el camión se alejó, recogí la lámpara y la volví a colocar en su lugar.
Pensé que mientras hubiera alguien que recordase a Yeonhui, el duelo debía continuar y el símbolo del duelo debía quedar a la vista.
Al apretar el interruptor, se prendió una luz pequeña y amarilla como un polluelo en el interior de la lámpara y esa luz tiñó de amarillo el aire a su alrededor.
Era muy débil; ya casi no debía tener batería.
Luego me fui al descampado en la parte trasera del restaurante.
Habían desechado todas las cosas de la habitación de Yeonhui allí.
El armario y la cajonera de plástico con todas las puertas y cajones abiertos.
Quedaron expuestas las medias y los paquetes de medicinas.
El edredón y la almohada, con huellas de pisadas, estaban tirados así nomás al lado del armario, y el ventilador con el aspa rota yacía en el suelo junto al tendedero torcido en varias partes.
También pude ver una caja desordenada con zapatos, espejos y otras cosas.
Me acerqué y vi maquillaje, toallas, peines, lámparas.
El cartel del restaurante con un borde doblado estaba apoyado detrás de esa caja.
Parecía la lápida de una persona sin familia.
Mejor dicho, ese cartel era la lápida de Yeonhui.
Porque Yeonhui vivió los últimos diez años de su vida esperando a Baek Bokhui en el restaurante Bokhui, y por lo tanto ese nombre no podía ser otra cosa que su epitafio.
Primero cerré las puertas del armario y reacomodé los cajones, sacudí la ropa de cama y la volví a doblar.
Enderecé el ventilador y el tendero, y ordené lo que había dentro de la caja.
Por último, me acerqué al cartel y limpié la superficie con la manga por un buen rato.
Como si dejar el cartel reluciente pudiera impedir que alguien invadiera el reino de Yeonhui, como si el cartel pudiera proteger todas las cosas que habían quedado allí abandonadas…
Coloqué el cartel en medio del descampado.
Al menos el cartel, hasta que llegaran los recolectores de basura, probaría que este lugar seguía siendo el territorio de Yeonhui.
Me levanté y caminé.
Cerré los ojos y, con el dorso de la mano, sentí la textura del viento mientras caminaba lo más despacio que pude.
A medida que caminaba, el mundo detrás de mí se iba derrumbando y mi cuerpo comenzaba a flotar de a poco.
Era como si estuviera nadando en el vacío.
Quizás, el mundo de la oscuridad inmaterial al que pertenecemos antes de nacer y al que regresamos cuando perdemos nuestro cuerpo está presente en el medio de la vida.
Creí que había caminado mucho, pero no había ido lejos.
Al volverme, el mundo se había vuelto monocromo.
En ese mundo gris la lámpara amarilla era el único objeto con color.
En ese momento, volví a sentir un movimiento en mi vientre.
Wuju se había acercado un paso más al mundo donde había vivido Yeonhui.
Entre ellas, en el punto de equilibrio de ambos mundos, yo estaba de pie.
Abracé el viento hacia mi pecho. En el puñado de viento en mi pecho pude sentir el calor. Yo sabía, claramente, a quién pertenecía ese calor. Eras tú. En el puñado de aire que recibí en el abrazo se transmitía un calor. De quién era ese calor, por supuesto yo lo sabía. Eras tú.
—Wuju —susurré entonces—. Wuju —susurré una vez más.