Corazón sincero Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

CAPÍTULO VEINTIDÓS

L os días en Montpellier transcurren divididos en dos partes iguales.

Por la mañana, escribo la obra cuya protagonista es una mujer llamada Seoyoung; por la tarde, hago los quehaceres de la casa, leo libros y cuando Lisa regresa de trabajar cenamos juntas y tomamos el té.

Mañana y tarde no son tiempos separados, sino un único día sin costuras.

Lo que me lo recuerda son los llantos de Wuju, sus quejidos, su resistencia al sueño y el trabajo que todo ello me exige.

Como sabrán, es una tarea ardua y monótona.

A veces me asalta la idea desesperada de que solo entregando la vida entera podría realizar este trabajo.

A veces veo una película.

Es una película sin editar que recibí en forma de archivo hace un mes.

Comienza en las vías del tren de la estación Cheongnyangni, luego transcurre en Itaewon, Incheon, Ahyeon, Hapjeong y Yeongwol para concluir en Incheon.

La protagonista es Jeong Munju, que a su vez es Park Esther y que también es Nana.

Aparecen la monja Gemma, Jeong Mungyeong, Park Suja y Baek Bokhui…

Ya la he visto decenas de veces, pero se siente diferente en cada ocasión, tal vez porque puedo imaginar las expresiones y movimientos de Seoyoung, Soyul y Eun tras la cámara.

Y también por los recuerdos del verano en Corea, como también el recuerdo de las personas que me he cruzado.

Si no me hubiera quedado dormida viendo la película y soñado aquel sueño, hoy habría seguido con mi rutina de siempre.

El sueño fue así: yo caminaba por una pradera sin fin y cada vez que la hierba rozaba mis pantorrillas me transmitía una vitalidad fresca y aromática.

Enseguida se hizo de noche y una luna llena gigantesca llegaba hasta el horizonte.

El cielo nocturno se expandió hacia el inmenso y magnífico universo.

El color y la textura de ese paisaje era tan nítido, que al despertar sentía como si tuviera en mis brazos un fragmento de esa pradera.

Y desde ese momento me senté frente al escritorio, abrí un nuevo archivo y empecé a escribirte esta carta. Me di cuenta de que es la primera vez que te escribo. Más que una carta, quizá sea una confesión.

Como habrás adivinado, sí, es la historia de Wuju.

El junio pasado, mientras caminaba por un sendero en París, en realidad pensaba si tener a Wuju o renunciar.

Creí que debía imaginar ambas decisiones y me esforcé por hacerlo así.

Pensaba que no se podía juzgar ninguna de las dos como egoísta.

A veces, pensaba que era más egoísta no renunciar a Wuju sino ponerla como garantía para aliviar mi soledad, mis ansiedades y en un futuro hablarle a la gente de un corazón generoso.

También tenía miedo de que Wuju se acostumbrase a la frustración de los fracasos y que se transformara en una persona vacía que ya no intenta más nada.

Me daba miedo que Wuju se convirtiera en una adulta incapaz de recibir el mundo con sus propios sentidos, incapaz de interpretar críticamente las desigualdades de los que tienen más y de los que disfrutan menos dentro de la estructura social, y que solo mirase como una espectadora lo que le ocurre a los demás, como un fantasma vivo…

¿cómo podría yo tratar a una Wuju así? Pero lo más aterrador era otra cosa.

Que Wuju se pareciese a mí; que se pareciese en el aspecto más débil y solitario.

Ese era mi mayor miedo. Recordé mis días universitarios.

Era la época en que pensaba que era mucho más humano extinguirse sin nacer que vivir en vano y morir en soledad.

También era la época en que odiaba con todas mis fuerzas a quienes engendraban vida de forma irresponsable, la abandonaban y la olvidaban.

Pero ese día, a pesar de todos mis miedos, decidí tener a Wuju.

Porque yo era la prueba.

Porque nací, fui rescatada, protegida, me convertí en la hija de alguien, trabajo como actriz y dramaturga y ahora formo una maravillosa familia con Wuju: soy una prueba viviente de la vida.

También abarco a la persona que fui cuando pensaba que debí haber sido abandonada antes de nacer y a la que soy ahora, que todavía no consigue liberarse de ese pensamiento.

Mamá, ¿me escuchas?

Yo estoy aquí, viva.

No sé cómo me habrás nombrado tú, pero en una época yo fui tu todo.

Recuerda esto…

Que yo estoy aquí, viva, con muchas ganas de llamarte «mamá» y contarte un sinfín de cosas.

Es una petición distinta de comprenderte y perdonarte.

Te deseo la paz.

Es mi corazón sincero.