Capítulo veinte
CAPÍTULO VEINTE
Y eonhui murió.
Cuatro días después de que Bokhui regresara a Bélgica, fui a la habitación por la mañana, vacié la bolsa de orina y, mientras le masajeaba los brazos y las piernas, sentí una vibración en la punta de mis dedos.
Era una vibración diferente a la habitual: no solo atravesaba el cuerpo de Yeonhui, sino el tiempo.
Una vibración transmitida desde el cuerpo de un ser humano que, tras estar a la deriva en un tiempo cuyo principio y fin no podían conocerse, iba hundiéndose sin remedio como un barco naufragado…
Retrocedí unos pasos como un acto reflejo y, durante un rato, me quedé rígida mirándola en silencio.
Su rostro estaba igual, como si estuviese profundamente dormida, pero en torno a ella fluía una energía que nunca había percibido.
Se sentía fría. Era una energía fría y serena.
¿Había estado lista para partir, esperando a alguien?
Quizás, desde el día en que Bokhui la visitó, había estado preparando este momento.
Me volví a sentar frente a ella y, presintiendo la gran tristeza que me invadiría pronto, tomé sus manos.
Que sus manos estuviesen sorprendentemente frías hizo que me doliera el corazón.
Así como lo hice hace mucho tiempo con Henri, froté mi mejilla en sus palmas como la cachorra de un gato.
Cerré los ojos. Yeonhui abandonó su cuerpo consumido para llegar a la oscuridad inmaterial e iniciaría su viaje eterno como una semilla, humo o, tal vez, como un puñado de materia o energía.
Así como hizo antes de llegar a este mundo, remontando millones de años de evolución, antes incluso de existir solo como una célula.
—Cuánto te has esforzado… en vivir…
—…
—En sobrevivir…
—…
—Hasta pronto…
—…
—Hasta pronto…
—…
—Hasta pronto…
Tras susurrarle una y otra vez «hasta pronto», hundí mi rostro en su pecho como si fuera mi última despedida y la mano de Yeonhui se estremeció.
Abrí los ojos poco a poco. Pude ver que otros pacientes de las salas del mismo piso, junto con sus familiares y algunos cuidadores, se habían agolpado en la entrada de la habitación.
Una enfermera fue a buscar a los médicos.
El médico a cargo, con gesto solemne, revisó el pulso y las pupilas de Yeonhui y la auscultó.
Cuando dictaminó el fallecimiento, la enfermera anotó la hora del deceso en la ficha y un grupo de médicos jóvenes que parecían pasantes comenzaron a retirar los tubos transparentes y los opacos del cuerpo de Yeonhui.
Cuando se retiraron los médicos, dos hombres fornidos ingresaron a la habitación, cubrieron el cuerpo con una sábana blanca, la colocaron en una camilla móvil y la trasladaron a la morgue.
Todo había ocurrido en un instante y yo, sin llegar a asimilar nada, me quedé sentada en la cama de Yeonhui mirando por la ventana, como si estuviera esperando a alguien.
Aunque lo pensara mucho, no podía saber si la habitación estaba dentro o fuera de la pantalla.
Lo único que podía saber con claridad era que Yeonhui ya no existía en esta habitación.
Yeonhui murió.
Yeonhui murió.
Yeonhui atravesó actos, hechos que yo no me atrevo a decir que conozco. El universo llamado Chu Yeonhui había llegado a su fin.
Más allá de la ventana, podía ver el polvo que levantaba el paso del viento y luego volvía a caer.
Los médicos y las enfermeras se movían con rapidez, los pacientes caminaban o conversaban, reunidos en grupos de dos o tres, y los niños corrían entre los adultos…
El paisaje estaba vivo. Había voces y risas que probaban que estaba vivo.
El ruido de los pasos se mezclaba con el polvo y formaba pequeños remolinos.
En las sábanas aún estaba impregnado el olor y el calor de Yeonhui, pero esa presencia acababa de transformarse en ausencia, y parecía que el mundo al otro lado de la ventana jamás sería capaz de aceptar que aquello era imposible de revertir.
Lo único que autenticaba a Yeonhui era el parte médico y el certificado correspondiente con el sello del órgano administrativo, las solicitudes de cancelación de documentos vinculados a su identidad, los papeles de registro de herencia, los comprobantes de cobro de seguro por parte de los herederos, y los recibos de los gastos hospitalarios que quedarían liquidados con esa suma y con el depósito del restaurante Bokhui.
Solo un manojo de papeles. Y aun eso no era prueba del inicio de una existencia, sino de su final.
El tiempo pasó.
Alrededor del mediodía, la joven enfermera que me había pedido que controlara la respiración de Yeonhui entró a la habitación.
Se sentó al lado mío y me dijo con voz lúgubre que se había enterado de la muerte de la anciana.
Como yo aún no lograba aceptar la muerte de Yeonhui, ella fue, en cierto sentido, la primera visita que vino a darme su pésame.
Luego comentó que se pudo comunicar con la hermana de Yeonhui.
No quería velorio y pidió que la cremaran directamente.
Los restos no serían depositados en un columbario sino esparcidas en una montaña o en un campo.
Yeonhui abandonaría este mundo en su totalidad sin un pequeño refugio que pudiera albergar su espíritu.
Yeonhui estaba completamente sola y, comprendí mejor que nunca, era mucho más solitaria de lo que yo había imaginado.
La enfermera titubeaba como si quisiera decirme algo más y recién cuando nos miramos a los ojos, me dijo que había otro paciente esperando para entrar a la habitación.
Traduje las palabras de la enfermera como si me dijera que tras la puerta habían más vidas esperando su turno para morir.
Tal vez la habitación no estuviera dentro ni fuera de la pantalla, sino que fuera solo una sala de espera entre la vida y la muerte.
Me levanté de la cama. Como hacían la mayoría de las personas cuando trataban conmigo últimamente, también la enfermera me deseó un buen parto antes de irse.
Junté las toallas y la ropa interior para tirarlas.
Los pañuelos húmedos y ese tipo de cosas se los regalé a la cuidadora.
Ya no me quedaba nada por hacer. Antes de salir, observé la cama que pronto sería asignada a otra persona.
La luz del sol, que viene de la eternidad y regresa a ella, ondulaba a su alrededor.
Se reavivó en mí el compromiso de ser testigo de la muerte de Yeonhui.
Acababa de cumplir mi papel de observar su muerte, así que lo único que quedaba era darla a conocer al mundo y compartir el duelo.
Despedir debidamente a Yeonhui que dejaba este mundo era la manera de recibirte a ti, que vienes hacia mí…
Salí del hospital y pasé por el supermercado.
Compré carne vacuna, salmón, fideos, cebolla, hongos, zanahoria, salsa de crema y albahaca.
Me tomé un taxi y cuando llegué al restaurante la puerta de vidrio estaba rota y abandonada, tal como la había dejado la anciana.
Caminé sobre los vidrios rotos, entré a la cocina, preparé la carne y el salmón y lavé las verduras.
No tenía idea.
No tenía idea de qué sería lo mejor con respecto a Bokhui.
Lo pensaba y lo repensaba mientras preparaba los ingredientes para la comida.
Dudaba si sería un error no informarle la muerte de Yeonhui, pero hacer lo contrario era inviable.
Ella misma me lo había dicho. Ella sobreviviría y, luego de mucho tiempo, nos volveríamos a encontrar en alguna ciudad de Francia o Bélgica y conversaríamos sobre la muerte de Yeonhui.
Cuando llegase el día, yo le contaría el cómo y el cuándo, le describiría la habitación en ese momento y también mis últimas palabras.
Al dejar Corea, Bokhui debió de pensar que aquel pequeño espacio del futuro donde nos volveríamos a encontrar era su último gesto de respeto hacia el pasado, y yo lo comprendía.
Como la comprendía, justamente por eso, me sentía tan escéptica a la hora de llamarla.
Cuando terminé de preparar los ingredientes, decidí no llamarla.
El tiempo que se pospone la verdad para proteger a alguien también es parte de la vida. Decidí creer eso.
Pronto terminé de cocinar. Mientras ponía en la mesa el estofado de carne, el salmón grillado y la pasta con salsa de crema, todos los invitados llegaron al mismo tiempo.
Seoyoung y Soyul trajeron flores de crisantemo y un vino; Eun trajo una lámpara ovalada y larga.
Le pregunté qué era y me dijo que era una lámpara fúnebre.
También me explicó que se debía mantener encendida durante todo el duelo como señal de la muerte de una persona.
Luego fue hacia la entrada del restaurante, se subió a una silla y colgó la lámpara.
Yo no podía apartar la vista de esa luz misteriosa.
El empleado del centro apareció justo después con una botella de licor de arroz.
Comenzamos a cenar. Yo puse un plato de comida frente a un asiento vacío y los invitados miraban cada tanto allí mientras comían y bebían como si realmente hubiese alguien.
Cuando anocheció, la luz amarilla de la lámpara se extendió por el interior del restaurante, envolviendo con delicadeza nuestra silenciosa mesa.
Pensé que esa luz no era un símbolo de la muerte, sino más bien una delgada membrana que protegía los márgenes de la vida.
Luego de la cena, los invitados no se marcharon y permanecieron velando a Yeonhui, la protagonista de la cena.
Soyul me preparó un té caliente y el empleado del centro cortó la sandía que había comprado en una tienda cercana.
Seoyoung y Eun estaban debatiendo de la nada una película que se había estrenado hacía poco.
Me gustaba ese bullicio. Con la mano apoyada en la barbilla, observaba esa algarabía y cada tanto sonreía.
Como siempre, más tarde, llegó la anciana con su carro.
Era la última invitada que estaba esperando.
La anciana, antes de entrar al restaurante, erguida como nunca, se detuvo un buen rato a observar la lámpara.
Las partículas de luz amarilla creaban sombras de distinta intensidad en su rostro y en las diferentes partes de su cuerpo, para luego filtrarse en círculos amplios hasta el suelo.
—En el armario, hay un conjunto de dos piezas azul. Está envuelto en plástico. Y en el fondo del zapatero, unos zapatos negros y una sombrilla naranja. Tráigame todo eso —dijo con voz serena cuando me acerqué a ella sin dejar de mirar la lámpara.
Fui hasta la habitación, abrí el armario y busqué las prendas que me indicó.
El conjunto de dos piezas parecía recién comprado, con los pliegues de las mangas y el dobladillo intactos.
Cuando le entregué lo que me pidió, la anciana cargó con todo y caminó hacia la parte trasera del restaurante.
La seguí en silencio. Puso las cosas en el piso y prendió fuego un manojo de papeles que agarró del carro, con los que encendió el traje.
Las prendas que quizás Yeonhui había preparado para el día de su reencuentro con Bokhui comenzaron a arder.
La anciana tomó unos billetes de su bolsillo, y también los arrojó a las llamas.
Dijo que era dinero para quien emprende un largo viaje.
Los otros invitados también se acercaron.
Seoyoung y Soyul imitaron a la anciana, y tiraron billetes a las llamas; el empleado del centro colocó unas cartas devueltas de Bélgica que Yeonhui no había llegado a llevarse.
Entre esas cartas estaba la que Bokhui había respondido luego de diez años y que yo le había leído.
Al poco tiempo, la anciana se sacó la camiseta y el pantalón y los tiró al fuego.
Cubrí a la anciana medio desnuda con mi cárdigan.
La ropa, el dinero y las cartas ardían. El crepitar de la tela y el papel que se consumían me hacía pensar en los pasos de Yeonhui hacia el más allá, y el humo que se elevaba parecía parte de su espíritu.
—Váyase —susurró la anciana acercándose a las llamas—. No se apene por las cosas de aquí, no deje nada aquí y váyase…
—…
—Váyase no más…
—…
—Cuando llegue allá…
—…
—No se olvide de llamarme.
—…
Esas palabras podían ser una despedida o un desahogo.
La anciana permaneció un buen rato frente al fuego.
El resplandor de las llamas se reflejaba en sus mejillas y se fue aminorando poco a poco.
Hasta que el fuego se extinguió por completo y el humo se disipó, hasta que la ropa se consumió y las cenizas se dispersaron por el aire, permanecimos detrás de la anciana.
Se me vino una imagen a la mente. Yeonhui que regresaba a la oscuridad y Wuju que flotaba en la oscuridad se cruzaban en silencio sin reconocerse.
Así como Wuju atravesaba el proceso de la evolución que superaba los tiempos e ingresaba fluyendo a este mundo, en esa misma medida el cuerpo de Yeonhui iba perdiendo su composición y egresaba con la misma fluidez.
Chu Yeonhui, una persona que fue feliz por poder extrañar. Yo recordaría ese nombre hasta el final de mis días. No olvidar ese nombre y criar a Wuju es la muestra de respeto que debo guardar ante este mundo.
Yeonhee murió.
Ella regresó a la oscuridad.