Corazón sincero Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

CAPÍTULO DIECINUEVE

D os días después de la llegada de Bokhui, Mungyeong se contactó conmigo para volverme a ver.

Habíamos quedado en la cafetería de Hapjeong.

Yo estaba muy inquieta y no podía parar de moverme alrededor de la mesa.

Era por ella. Mungyeong dijo que la iba a traer.

Del otro lado de la barra, Seoyoung, Soyul y Eun debatían sobre la ubicación de la cámara.

Cuando terminaron y comenzaron a preparar la grabación, se escuchó el sonido de la puerta a mis espaldas.

A pesar de mis ganas de verla lo antes posible, cada gesto al girarme se volvió increíblemente lento.

Mungyeong la acompañaba del brazo y poco a poco se acercaban hacia mí.

Siempre que me miraba chasqueaba la lengua, pero todas las noches me bañaba y me acariciaba la panza para hacerme dormir.

A pesar de que no le gustaba mi presencia en la mesa, los días de lluvia en los que el olor a madera mojada inundaba la casa, me cocinaba ese plato con sorgo. Ella…

—Nena…

Ella se acercó y me llamó de esa manera.

En ese instante, como si se encendiera algo entre el límite de los recuerdos y el olvido, comenzó a sonar en diferentes escenas del pasado esa voz diciendo «nena».

Ella me decía así en vez de Munju los días en los que estaba de muy buen humor, o los días que bebía mucho y se la veía triste.

En general, cuando me llamaba así su voz era afectuosa.

Ahora la voz de esa época se restauraba así: «Nena, para crecer tienes que comer las verduras.

Nena, ¿tú también tuviste un mal sueño? Nena, tienes que tener una buena vida, una buena vida, nena».

—Ay, dios mío, ay. Nena, ¿es usted?

Preguntaba una y otra vez mientras me acariciaba la mejilla con una de sus manos.

Era una mano huesuda. No solo las manos, todo el cuerpo era muy pequeño y flaco.

Yo estaba confundida. En mis recuerdos, ella era robusta y la silueta del vientre y la cintura era redonda.

Aunque caminara cargando cosas sobre su cabeza, siempre estaba erguida y daba pasos rápidos.

Mientras yo me convertí en la hija de Henri y Lisa, crecía como actriz y dramaturga, ella se había transformado en una anciana decrépita cuyo torso se iba para dentro.

Debió ser por la pérdida de su hijo: el tiempo fluyó de una manera dañina y la hizo envejecer más rápido.

—¿Cómo ha estado? —Hizo una pausa, y siguió—: Mi Wusik ya no está. No lo puede ver. Wusik ya no está.

Cuando le pregunté cómo había estado, poniendo mi mano sobre la suya, me respondió con algo que no tenía relación, mirándome con los ojos húmedos. Recordé que Mungyeong dijo que no oía bien. «No está, no está», repetía con la mano sobre mi mejilla.

Solo cuando logró calmarse pudimos sentarnos las tres.

En ese intervalo, Mungyeong me transmitió con pesar que su abuela no sabía el significado de los ideogramas de Munju.

La cámara de Seoyoung se encendió y Soyul y Eun tomaron los instrumentos de filmación para ponerlos en su lugar, acomodando la posición y el ángulo.

—Como Wusik la llamaba Munju, nunca le di más vueltas —comentó ella al entender las palabras de Mungyeong.

No me importaba. Les confesé que ya no me importaba el sentido de mi nombre.

Qué más daba que fuese «polvo», «pilar de puerta» o que el maquinista hubiese hojeado al azar una guía telefónica.

Eso ya no importaba. Tal vez lo que en realidad quería saber era qué sintió el maquinista al llamar Munju a la niña de las vías o qué sensaciones tenía cuando, años más tarde, escuchaba un nombre similar.

Pero ahora eso era una historia fuera de escena que nadie podría saber.

—En ese entonces no se me ocurrió preguntarle el significado. No pensé que tendría tanta importancia para usted. Nena, discúlpeme…

Le respondí que no se preocupara y le sonreí lo mejor que pude. Pero ella con la mirada baja se repitió varias veces que era su culpa. Nunca la había visto así.

—¡Ah! Según mi abuela, papá la vio por primera vez en la sala de espera de la estación Cheongnyangni —dijo Mungyeong para cambiar de tema.

Su tono era amable, no sabía el peso que podían tener esas palabras en mi vida, pero una parte de mi corazón ya se había derrumbado. Tomé con fuerza sus manos y le pedí que me contara más sobre eso. Ella notó mi ansiedad y le habló más fuerte en el oído a la anciana.

—A papá le llamó la atención su vestido rojo ¿verdad, abuela?

La anciana asintió.

Así que el lugar donde el maquinista me vio por primera vez no fue sobre las vías, sino en la sala de espera.

Una niña con un vestido rojo dando vueltas sin un adulto en un lugar público no podía pasar inadvertido.

Él llegó como de costumbre a su trabajo y me habría observado todo el trayecto mientras atravesaba la sala de espera.

Seguro siguió pensando en el vestido rojo cuando se subió a la cabina.

Mungyeong nos explicó que en época la cabina era muy ruidosa y estaba llena de humo, lo que hacía difícil tomar decisiones racionales en el momento.

En esa cabina caótica, el maquinista debió haber frenado de emergencia al verla en cuclillas con el vestido rojo que ya había visto antes.

Un ser pequeño e indefenso, envuelto en un color intenso, como si quisiera que la vieran…

La duda que había planteado Seoyoung, que tal vez no me habían abandonado en las vías, ya no era una posibilidad, sino un hecho.

La herida que había construido gracias a las vías se convirtió en una estructura vacía y yo tenía que volver a definir a mi madre biológica.

Alguien que, al ser interpelada desde el pasado, quedaba un poco exonerada; ahora era una persona que, al menos, no tuvo la intención de herirme o de matarme…

—Quiero saber su nombre —le dije mirándola.

Mungyeong le volvió a transmitir mi pregunta y ella me sostuvo la mirada con una mirada de otro color a la anterior.

—Suja, soy Park Suja —respondió con lentitud.

—…

—Es el nombre que me puso mi padre. Dios mío, hacía mucho tiempo que yo era Park Suja.

Ella, es decir, Park Suja, respondió con una sonrisa amplia por primera vez desde que entró a la cafetería.

Mungyeong me explicó que en la época de la anciana, por influencia japonesa, se incluía el ideograma ja ( 子 ) en los nombres femeninos.

Suja tomó mi mano derecha y se la llevó cerca para escribir algo en mi palma.

Mungyeong me explicó que era el ideograma su ( 秀 ), que significa «hermosa».

Luego presionó con fuerza más ideogramas en mi palma.

Mungyeong me dijo que eran las sílabas wu ( 友 ) y sik ( 植 ).

Como si no quisiera que los caracteres que había escrito se desvanecieran, como si quisiera conservar para siempre en la palma la huella de su tacto y de su calor, apreté con todas mis fuerzas el puño.

Era el último encuentro con una persona que nunca más volvería a ver.

Recién entonces me pareció entender qué clase de soledad debía haber sentido Bokhui en el hospital con Yeonhui.

Esa misma tarde, fui en auto con Suja y Mungyeong al pueblo natal del maquinista para visitar el columbario de Yeongwol. Seoyoung iría en el auto que le prestó el padre de Eun junto a Soyul y Eun para continuar la grabación.

Luego de un largo viaje de tres horas llegamos al cementerio y Park Suja comenzó a caminar por delante de Mungyeong para guiarnos.

Al pasar por una cuesta arbolada, apareció un edificio gris de cuatro pisos.

Frente al nicho del maquinista, del tamaño de un cajón de escritorio y situado junto a la ventana del segundo piso, fui recorriendo con la vista el florero que había dentro, la cruz, varias fotos enmarcadas y la urna blanca que contenía las cenizas.

Suja, con sus manos huesudas, abrió la puerta de vidrio, tomó uno de los cuadros y lo limpió con la palma varias veces.

Luego me lo entregó. En el cuadro se veía la cara envejecida del maquinista que yo nunca llegué a conocer.

Cerré los ojos. El sabor dulce de las galletitas, la dureza de sus huesos contra mi pecho cada vez que me cargaba en su espalda y su voz alegre cuando me llamaba…

Detrás de esas sensaciones se extendía, como un camino de nieve sin pisadas, la vida de un ser humano que se había casado, tenido hijos y que luego de batallar contra una enfermedad finalmente falleció.

El hombre en el cuadro era la suma de las sensaciones que había quedado en mí y de todo lo que nunca había conocido.

Abracé la foto y me quedé un buen rato de pie. Mi alrededor quedó en penumbras unos instantes.

Mungyeong iba a quedarse en la casa de Suja, por eso, decidí regresar en el auto del padre de Eun. Antes de despedirnos, Mungyeong me dijo:

—Creo que a papá le gustaba el carácter mun de «forma». De ahí debe venir la primera sílaba de tu nombre. Faltaría saber de dónde viene ju . Yo creo que debía estar pensando en el ju de «universo».

—¿Universo? —pregunté sin poder evitar sonreír.

Mungyeong no tenía idea de la coincidencia asombrosa, extraordinaria, que tenía el nombre «forma del universo» para mí.

—La «forma del sol» y la «forma del universo». Si hubiéramos crecido como hermanas, la verdad es que son dos nombres perfectos.

Munju y Wuju seguían el patrón de compartir una de las sílabas.

Además, Wuju surgió debajo de un árbol iluminado por el sol, así que podría decirse que Wuju y Mungyeong también estaban conectados.

Aunque la conjetura de Mungyeong no fuera verdad, quería creerla y, para cuando salimos del columbario, ya la creía.

Era momento de despedirse.

Cuando nos saludamos por última vez, Suja me acarició las mejillas y me dijo que me cuidara y cuidara mucho a la bebé. Para mí eran palabras de aliento que me instaban a seguir sobreviviendo. Quería asentir y agradecerle, pero no pude decir nada.