Corazón sincero Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

CAPÍTULO DIECIOCHO

U na semana después, Baek Bokhui llegó a Corea.

Al aeropuerto también fueron Seoyoung, Soyul y Eun. Querían grabar el encuentro entre ambas. Yo le había enviado un correo explicándole la película y ella me había enviado la respuesta con su consentimiento.

Entre las personas que llegaban pude distinguirla de inmediato.

Bokhui me había mandado una foto en uno de sus correos y, aunque no lo hubiese hecho, en la Bokhui de ahora se podía vislumbrar a la pequeña que había visto en la foto de Yeonhui.

Probablemente heredó los ojos y los labios de Boksun.

A simple vista, por su tez oscura y su cabello ondulado, parecía de etnia africana, pero si la observabas bien tenía rasgos orientales.

La persona que se parecía a « number one » y a mí…

Cuando Yeonhui me dijo eso mostrándome la foto de Bokhui, pensé que era a nivel emocional, pero ahora podía entender su verdadero significado.

El color de la piel y la contextura física eran diferentes, pero si superpusiéramos nuestros rostros, algunas de las siluetas coincidirían de forma natural.

Mientras pensaba en esos detalles, me acordé del corte de luz de aquella noche, de cómo me atrajo la luz de las velas, de la sombra de Yeonhui proyectada en la pared y del sabor delicado de la sopa blanca de tofu que había calmado mi estómago.

Cuando la saludé con la mano, caminó hacia mí y nos abrazamos con una sonrisa.

La cámara de Seoyoung se encendió, mientras Soyul y Eun levantaban el micrófono y el reflector.

La conversación fluía, en parte porque ella hablaba francés, pero también porque sus palabras estaban cargadas de emoción.

Comentó sorprendida que no podía creer que en Corea hiciera más calor que en Bruselas.

La recordaba fría como el Ártico. También dijo que intentó viajar con su novio, pero que no pudo por cuestiones laborales.

Toda su cara transmitió un sentimiento de pena al decir eso.

Bokhui ya sabía de la tablilla de madera de Boksun por mí y me dijo que luego de instalarse en el hotel planeaba ir al día siguiente por su cuenta al templo de Paju.

Por supuesto, ella tenía que ir a otro lugar antes del hotel. Yo la iba a acompañar hasta allí.

En el tren del aeropuerto, nos sentamos una al lado de la otra. Ella me llamaba Munju y no Nana. Me pregunté si ella sabría el significado de su nombre.

—Conozco el significado, pero no sé cuál es el sentido de los ideogramas que lo componen —respondió Bokhui.

Eun, que estaba de pie frente a nosotras, escribió algo en su anotador y se lo mostró a Bokhui: 白福禧 .

Al escuchar que ese era su nombre escrito en ideogramas, se alegró y aplaudió como una niña, pero enseguida su rostro se puso serio al mirar la hoja.

Como si hubiera recordado algo, frunció el ceño y se frotaba las palmas contra la cara.

Era imposible que no supiera que su nombre era la unión de Bok de Boksun y Hui de Yeonhui.

Sin duda, ahora ella estaba frente a esa escena que yo también había imaginado: una joven Yeonhui y Boksun observan a una bebé recién nacida de tez oscura y se preguntan cómo deberían llamarla.

Una habría propuesto tomar una sílaba de cada nombre y llamarla Bokhui.

La otra habría aceptado de inmediato. Baek Bokhui, un nombre que reunía el deseo de ambas de proteger una vida…

Yo le conté que Yeonhui había abandonado Itaewon luego de darla en adopción y que luego de veinte años regresó para abrir un restaurante llamado Bokhui.

Me sonrió y me preguntó la ubicación del restaurante.

Con Google Maps buscó dónde estaba. No le podía contar la historia que me reveló la anciana.

Si le decía cómo se habían conocido y cómo se había sumado luego la anciana, debería también contarle la ocupación de Boksun.

No podía hacerlo. De todas formas, era algo que ella ya debía saber.

Su apartamento en Itaewon y el color de su piel eran pistas demasiado evidentes: cualquiera podía deducir a qué se había dedicado Boksun.

El dolor de Bokhui debió de comenzar al enterarse de cómo llamaban a su madre, del trato que recibía y de qué modo había vivido.

Un dolor del que nadie debería atreverse a decir que lo comprende…

Para darle a Bokhui y a Yeonhui un tiempo a solas, los demás decidimos esperar fuera de la habitación. Yo no pude decirle que los médicos estimaban que Yeonhui no sobreviviría a este verano pero, sabiendo su edad y el diagnóstico, debía de presentir que este sería su último encuentro con ella.

Una hora más tarde, Bokhui salió de la habitación.

Aunque durante ese tiempo seguramente había soportado una mezcla de emociones difíciles de describir y se la veía cansada, pronto recuperó su entereza característica. Me dio unas palmadas en el hombro y dijo que estaba bien.

—Estoy bien, Munju. La que está enferma es Yeonhui, no yo.

Esa voz nacía del corazón, no de la garganta, y temblaba un poco.

Como el hotel que había reservado Bokhui no quedaba lejos del hospital, decidimos cenar todos juntos.

Cuando le preguntamos si había algún plato que echaba de menos viviendo en Bélgica, se quedó pensando un rato y dijo jajangmyeon en coreano.

Al oírla, Seoyoung, Soyul y Eun sonrieron al mismo tiempo con una expresión idéntica.

Las dos les preguntamos por qué sonrieron así y Soyul respondió en inglés que para los coreanos esa comida evoca al menos un recuerdo especial y por eso estaban sorprendidos de que justo hubiera elegido ese.

Ahora que lo pensaba, tanto en la casa del maquinista como en el orfanato íbamos al restaurante chino en los días especiales para comer ese plato.

—Es una pena que no se conserve la tumba de la señora Baek Boksun —le dije con cautela mientras caminábamos desde el hospital hasta el restaurante chino. Era algo que me pesaba en el ánimo.

—Los huesos que quedan en la tumba no son más que materia inorgánica. Saber que el espíritu de mi mamá no está encerrado en un ataúd oscuro, sino en una tablilla expuesta a la luz y al viento me alivia —respondió con una leve sonrisa.

Yo sonreí casi por reflejo, pero no podía dejar de pensar en lo que sería después de la muerte de Yeonhui, cuando ni siquiera quedaría una tablilla.

Resultaba difícil imaginar que alguien colocara una en un templo y la visitara en cada aniversario.

La anciana no tenía los recursos económicos y ninguna de las dos, que estábamos en Corea solo por un tiempo, estábamos en condiciones ni teníamos razón alguna para ocuparnos de eso.

Ya me sentía escéptica acerca de cuántas veces pensaría en Yeonhui una vez de vuelta en Francia.

Aunque sabía que todos nos volvemos seres desnudos y solitarios como recién nacidos al despedirnos de este mundo, de repente mis pasos vacilaron.

Luego de la cena, la acompañé al hotel cerca de la estación City Hall.

Mientras caminábamos, pude sentir las miradas indiscretas de las personas que se fijaban en Bokhui.

Eran miradas cargadas de una curiosidad racista hacia el origen de su nacimiento, una violencia inadvertida aunque palpable, pese a que ella nunca las había consentido ni aceptado.

Ella, incapaz de soportarlas del todo, se arrimaba con frecuencia a la pared, con el rostro fatigado.

Cuando llegamos, luego de hacer el check-in , arrastró su maleta hasta el ascensor y miró varias veces atrás suyo con expresión de cansancio.

Esa mujer que nació como Baek Bokhui, pero vivió como Stephanie, la mujer que se parece a number one y a mí.

Nuestro parecido no era solo por la forma de los ojos o los labios.

En alguna escena de la vida debimos habernos quedado paradas del mismo modo, con la misma expresión y el mismo pensamiento, frente a un muro invisible.

No era algo similar en la cara lo que nos unía con una semejanza desesperada, sino las esquinas plegadas de una existencia.