Corazón sincero Capítulo diecisiete #3
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Capítulo diecisiete #3

—¿Así que buscas la tumba de Boksun? No existe. Arrasaron la colina entera y construyeron casas e iglesias sobre ella. ¿Quién iba a cuidar de una tumba sin lápida ni nada? En ese entonces, ni ella estaba por aquí. En este mundo ya no queda ni el polvo de sus huesos, ¿entiendes?

—…

—Pero ¿sabes qué? La envidio a Boksun. La envidio como loca.

Porque Boksun supo protegerla. Logró protegerla.

Bokhui vivió. Y ahora está grande y busca la tumba de su madre.

Yo estoy sola. Cuando me muera nadie va a cuidar de mí.

Me van a enterrar en alguna fosa común. Vida de mierda, así terminaré…

—…

—Dile. Que ella le extrañó, que le extrañó hasta desgastarse, que si tuviera que morirse mañana por verla hoy, moriría satisfecha. Dile todo eso a Bokhui…

—…

Yo solo escuchaba. Inexpresiva, esforzándome por no sentir nada, como si fuera un ser sin temperatura ni color…

—Y…

—…

—En Paju… Dile que vaya a Paju.

—…

—Allí, en un templo, creo que se llama Bokwangsa, allí, ella le dejó una tablilla para Baek Boksun.

Es más bien una tablilla conmemorativa, ya sabes, un trozo de madera donde se escriben el nombre y la fecha de muerte de la persona fallecida.

Se cree que en esa madera habita el alma del difunto, y se le hacen ofrendas y oraciones.

Lo comprendí. Comprendí la situación. La persona con la que hablé por teléfono en la habitación de Yeonhui debía ser la persona que reside en el templo.

Yeonhui había preparado para Boksun un trozo de madera en donde pudiera descansar su alma ya que no había recibido amparo ni después de muerta.

Seguro ella iba seguido a visitar esa tablilla para pedir por la paz y libertad de Boksun.

Fui a la cocina, abrí el segundo cajón de la mesada y tomé un repasador nuevo que aún estaba en el envoltorio.

Luego de humedecerlo, me acerqué a la anciana y le limpié con cuidado la sangre de sus brazos y pantorrillas.

Mientras la limpiaba, reconocí en mí la intensa hostilidad que sentía hacia ella.

Ella le había fallado a muchas vidas, pero eso no era todo: yo también tuve esos pensamientos desesperados de que quizás era mejor desaparecer sin dejar rastro de este mundo que atravesar el proceso de ser ignorados y abandonados.

Comprendía a la anciana. Por un lado le tenía bronca, pero también le tenía bronca porque la entendía.

Un odio pequeño y un odio grande, dos capas de odio…

—Oye, ¿me creerás si te digo algo? —preguntó la anciana mucho más tranquila sin imaginar lo que sucedía en mi interior.

»Yo vine a Itaewon porque quise, para ganar dinero cantando y enamorarme.

Yo era totalmente distinta a Baek Boksun.

Aunque no lo creas, yo era una privilegiada, ¿sabes?

Solo me acostaba con los hombres que elegía.

No te imaginas, no te das una idea de lo tremendo que era eso en el Itaewon de esa época.

¡Esos desgraciados que me trataban como un animal, que se burlaban de mí por ser prostituta! ¡Todos! ¡A mis pies!

—…

—Todos estaban a mis pies. Todos. ¿Piensas que en esos tiempos había otra mujer más libre que yo? ¡Yo! ¡Yo tenía al mundo bajo mis pies! ¡Y me burlaba de ellos! ¡Pero la vida…!

—…

—Pero…

—…

—Pero ahora resulta que este cuerpo es todo lo que me queda.

Este cuerpo que huele a basura, que ya nadie acaricia.

Es increíble, yo… A mí me parece increíble y divertido haber envejecido de golpe, poder sentirme todavía más sola.

Que me queden días por vivir, que mañana también tenga que abrir los ojos y levantarme…

—…

La anciana abrió su boca negra y se rio. Se rio y al mismo tiempo sollozó.

Yo solo seguí limpiándola. Seguía sin saber su nombre y era un nombre que no sabría nunca. Pero sabía que, cuando mucho tiempo después la recordara, sería su juventud que nunca había visto.

La anciana, no, la mujer sale tambaleándose de un bar donde suena música pop, hay alboroto y risas.

Sale y se apoya sobre una pared. Todavía no la domina el alcohol, su piel no es oscura, sus dientes están sanos y solo huele a cosméticos.

Se ve como un gato relajado y perezoso que sabe cómo recibir amor.

El neón parpadeante del cartel del bar se refleja en su rostro.

Ella mira en silencio una flor amarilla que había brotado en una grieta del muro y se inclina para quebrar el tallo.

Dentro del bar, los hombres que quieren acostarse con ella la llaman al unísono.

La mujer arroja la flor al piso, se da la vuelta con una sonrisa llena de tristeza.

La mujer no ama a ninguno. Cree que nadie puede poseerla ni dominarla.

En un futuro lejano, un día en que esté más triste que lo usual, mi soledad tomará prestado uno de esos antiguos días de la anciana y así se completará.

Una soledad que no sé si es mía o suya, que va hacia ella y regresa hacia mí, como un ovillo de lana.

La vida pasa a toda velocidad y no se puede distinguir entre el sueño y la vigilia.

Al fondo, lo que sedimenta es algo solitario y doloroso…

Discúlpame, mi bebé, pero a veces la vida es así.