Capítulo diecisiete #2
Cuando era una mujer joven que trabajaba en los bares del viejo barrio militar, quedaba embarazada con regularidad, y apenas lo descubría se acercaba al centro para someterse a una operación.
Para las mujeres del barrio, esa operación era tan rutinaria como los controles de enfermedades venéreas.
La vida de la anciana empezó a torcerse luego de la última operación, la undécima.
En esa operación, como en las diez anteriores, el undécimo hijo fue removido, pero su útero quedó dañado de forma irreversible.
Le dijeron que nunca más iba a poder tener un bebé.
A la anciana no le importó. Desde un principio no había tenido la intención de dejar una vida en este mundo de mierda.
El problema apareció después. Luego de la undécima operación, cada vez que intimaba con un hombre ya no había placer, sino un dolor intenso, como si le desgarrasen la carne.
No podía seguir trabajando. Era imposible.
Ya nadie buscaba a la anciana, había perdido todo su valor como mercancía y ella se encerró en un cuartucho.
El dueño del bar, los empleados, los clientes frecuentes y hasta los soldados estadounidenses con los que se había visto como si fuesen amantes le dieron la espalda.
Lo único que le quedaba eran deudas con el dueño (increíblemente, esa deuda incluía el costo de las once operaciones) y algunas pastillas de Optalidón, un psicofármaco barato.
La anciana presintió que pronto la venderían a un lugar aún más aislado y sucio.
—¿Entonces? —le pregunté con frialdad.
Como si no hubiese percibido la ausencia de calidez en mi tono, la anciana no mostró ningún cambio en su expresión.
Se bebió otro vaso de soju y se desplomó contra una silla.
Justo entonces un coche pasó frente al restaurante y el perfil de la anciana se iluminó un instante.
Bajo el haz de los faros la anciana pareció por un segundo una mujer joven.
—Me escapé. Logré salir en la madrugada y fui a comprar un pasaje a la Estación Seúl.
Recién ahí me di cuenta de que no tenía a dónde ir.
Había abandonado a mis padres, a mis hermanos, y vivido más de diez años en Itaewon, ¿a dónde iba a ir?
Con el dinero que tenía, me emborraché con ganas, y una vez ebria, fui como una autómata hasta a Itaewon.
Sabiendo que si me agarraba el dueño del bar me mataría, fui de todos modos.
Supongo que quería morir; me pareció lo mejor.
En alguna esquina de Itaewon, me descalcé y me acosté a dormir con los zapatos de almohada.
Ella me vio cuando salía del trabajo. Dijo que me había visto varias veces en el centro de salud y se me acercó.
—…
—Mis supuestos amigos hasta el día anterior me descartaron como basura, pero ella, sin conocerme, me llevó a su casa y me trajo medicinas.
Para que nadie se entere, me dijo que me ocultase en la casa, que su casa era segura.
No sé qué me dio, pero eso me hizo olvidar del Optalidón y por un tiempo me sentí bien.
—…
—Y es así como dices, yo conocí a Baek Boksun.
Cuando fui a esa casa, ella ya estaba allí.
Todavía tenía rasgos de niña, una muchacha de tan solo dieciocho años con la panza tan grande…
Su cara me sonaba familiar, quizás la había visto por ahí, pero esa fue la primera vez que hablé con ella.
Me contó que desde los quince años trabajó en una fábrica, pero que esa fábrica de mierda le debía tantos sueldos, que se fue a buscar trabajo a una agencia y terminó en Itaewon.
Por lo que contaba la anciana, Boksun estaba en los últimos meses de embarazo. A Boksun la habían descartado, como a la anciana, y las dos estaban bajo la protección de Yeonhui.
Durante esa estación del año, la anciana vivió como una integrante más de la familia que había ensamblado Yeonhui.
Cuando Yeonhui se iba a trabajar, hacía los quehaceres del hogar; también cuidaba y bañaba a Bokhui, ya que Boksun estaba débil luego del parto.
Sonrió. Gracias a Bokhui, la anciana pudo volver a sonreír.
La anciana había sido la tercera madre de Bokhui, y una integrante más de la familia que Bokhui no recordaba.
Sin embargo, la razón por la que huyó, tan solo tres meses después, fue, irónicamente, la misma que la hizo sonreír: Bokhui.
La niña le hacía recordar a los once bebés que habían muerto sin conocer la luz del mundo, y no lo pudo soportar.
Si su carne y sus huesos no hubieran sido despedazados y arrojados a la basura; si su sangre no hubiera sido drenada por el desagüe, si esos niños hubieran vivido, si no hubieran sido asesinados, habrían sobrevivido, llorado y refunfuñando como Bokhui.
Entonces, el dolor comenzó. Un dolor como de vísceras pudriéndose por dentro.
La anciana se fue de la casa sin dar explicaciones y se marchó de Itaewon.
Se fue como si nunca hubiera pertenecido allí, sin tapujos.
No volvió hasta después de la muerte de Boksun y la adopción de Bokhui.
La anciana y Yeonhui ya tenían más de cuarenta y, por suerte, el dueño del bar que la buscaba estaba preso.
En ese entonces, Yeonhui solo iba de la casa al centro de salud, como una persona sin alma, a la que solo le había quedado el envoltorio.
Su mirada y su rostro no tenían destellos de vida.
Una mujer sola de mediana edad, eso era todo.
No pasó mucho hasta que, esta vez, fue Yeonhui quien abandonó Itaewon.
Era algo que la anciana había presentido.
Hasta el momento en que, veinte años después, Yeonhui regresó a Itaewon, la anciana pensaba que nunca más la volvería a ver.
—…