Corazón sincero Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

E ra de noche y el andén de la estación Cheongnyangni estaba en silencio.

El paisaje bullicioso y caótico que había visto cuando grabamos la escena se sentía lejano, como si lo hubiera soñado. Salvo dos trenes detenidos en los andenes cinco y seis, todas las vías estaban vacías y apenas pasaba gente.

A medida que iba oscureciendo, las luces de los fluorescentes, de las máquinas expendedoras y de los carteles penetraban con mayor velocidad en la atmósfera.

Después de ver partir el tren Mugunghwa que iba de Cheongnyangni a Busan, me levanté del banco y caminé hacia el final del andén.

Cerré los ojos. Y entonces, cuando dejé de ver pude sentir a Munju saliendo de abajo del andén y caminando en paralelo a mí por la vía.

Con las manos en la espalda y tarareando, Munju avanzaba como si sus pasos fueran notas musicales.

En el instante en que sentí que esa mujer que se parecía a mí, no, que esa persona idéntica a mí, estaba aquí, lo único que podía sentir era el sonido de sus pasos en la grava de la vía.

Ese ritmo regular me daba la certeza de que, incluso con los ojos cerrados, caminar era absolutamente seguro.

Pensé que estaba fuera de la pantalla. Es decir, que este lugar era el exterior de mi vida, el territorio de Munju.

Con Munju sentía que podía caminar hasta cualquier lugar, pero al llegar al final del andén me detuve.

Abrí los ojos y miré hacia el otro lado de la vía: la oscuridad era como la boca de un túnel, profunda como una cueva, y la vía no parecía conducir a otras ciudades como Daejeon o Busan, sino a un vacío frío e inmaterial.

Munju no se detuvo y, con paso combativo, empezó a internarse en esa oscuridad.

Como siempre ocurría en mi imaginación, no intenté detenerla.

Cuando desapareció de mi vista, presentí que ella había escapado de las vías para siempre y que no la volvería a imaginar en este espacio.

Las vías, que durante tanto tiempo habían sido mi identidad y el lugar donde se ocultaba mi dolor, ya no podrían representarme más.

Al volverse inciertas, también perdía sentido el juicio simplista sobre mi madre biológica, a quien había tildado de malvada con ingenuidad.

Una mujer en la oscuridad, una vida encerrada en una bolsa negra, alguien de quien no se conocería la tumba ni en el presente ni en el futuro: ahora me encontraba en la imposibilidad de decir que sabía algo sobre ella.

En ese momento, una gota de lluvia me cayó sobre la nariz.

Como una señal de que volvía a ingresar al espacio tridimensional, al sentir unas gotas frías en la piel empecé a oír distintos ruidos y a percibir el olor de la lluvia.

Las gotas aumentaron. Era el reloj de la naturaleza que contenía el proceso del agua que se transformaba en nube y regresaba como agua.

Miré hacia atrás. El mundo plano y rectangular ya no estaba allí.

De vuelta en la casa de Seoyoung, luego de ducharme con agua caliente, me puse crema en las manos y los pies.

Entonces recordé a Yeonhui; mejor dicho, recordé sus manos pequeñas y arrugadas.

¿La cuidadora habrá notado las uñas largas?

¿Se las habrá cortado? Sentí curiosidad.

No, no lo habría hecho. Estaba casi segura.

Una cuidadora que debía ocuparse de limpiar excrementos y flemas de varios pacientes, de masajearlos para prevenir úlceras, no tendría tiempo para notar las uñas de cada uno.

Hace tres días, cuando la fui a ver, me dijeron que no tenía sentido dejar a un paciente que no puede operarse, ni tratarse, abandonado en una habitación.

Ellos recomendaban trasladarla a un centro de rehabilitación o a un centro de cuidados alternativos, pero como la paciente no tenía consciencia y su tutora legal solo hacía los pagos y no se presentaba, no podían tomar otras medidas.

Era lo mismo que me había dicho la joven enfermera.

En ese momento, no pude dejar de pensar que todos estaban esperando que un ser humano llamado Chu Yeonhui desaparezca del mundo, en silencio y sin causar problemas. Me helaba la sangre.

Guardé el alicate para las uñas en mi bolso y calculé los días que Yeonhui llevaba inconsciente.

La habían encontrado desmayada hacía dos semanas y el mismo día vi su cuaderno, por lo que el aniversario del fallecimiento de Baek Boksun ya debía haber pasado.

Pensaba en alto mientras agarraba cosas de la nevera para prepararme la cena, cuando de repente unos números escritos en el borde del cuaderno flotaron en mi mente como bolsas vacías.

Me levanté de un salto y corrí hacia fuera.

Sentía que esos números eran el teléfono de alguien que conocía la tumba de Boksun.

Bajé los veintisiete escalones empapados, pero el local de Yeonhui tenía candado.

Probablemente la propietaria se había enterado de lo sucedido y cerró el lugar.

Fui hacia la parte trasera del restaurante.

En un pequeño espacio donde se tiraba la basura, vi la ventana de la habitación.

No fue difícil apilar algunas cajas de reciclaje para subirme y entrar.

Del otro lado de la ventana, había un estante sobre el que pude apoyar los pies con seguridad.

Una vez adentro, encendí la lámpara, y la luz anaranjada tenue se encendió como la primera vez que estuve en el lugar.

Pude vislumbrar los pequeños muebles, las prendas desprolijas y el ventilador con el aspa rota.

El cuaderno de Yeonhui seguía abierto sobre la cama.

Marqué de inmediato el número que estaba escrito al costado de donde decía «masas de arroz, harina de soja, peras y manzana».

Luego de que sonara unas diez veces, alguien atendió.

Una voz ronca que parecía recién levantada dijo: «Hola».

Era la voz de una mujer de mediana edad.

—Baek Boksun —dije con cuidado—. ¿Está allí la tumba de la señora Baek Boksun?

—¿Cómo? —respondió la mujer con tono de fastidio sin colgar.

Tras escucharse unos ruidos, la mujer dijo algo, pero la frase tenía demasiadas palabras que no podía entender: «Tabla conmemorativa», «la ceniza», «el servicio y la ofrenda al difunto» y «cántico al difunto»…

Tomé nota en una hoja del cuaderno. Quise preguntarle qué significaba todo eso, pero no podía seguir con la llamada.

Afuera, el alboroto era tan fuerte que no podía concentrarme en su voz.

Primero, un estallido violento de vidrios rotos y luego los gritos agudos de alguien.

Era la anciana.

La anciana había destrozado la puerta del restaurante con algo y, sentada en cuclillas sobre los vidrios rotos, lanzaba insultos contra vaya a saber quién.

La camiseta mojada se había estirado y se podía ver el sostén sucio debajo; llevaba el pantalón floreado arremangado por encima de las rodillas.

En las pantorrillas y los antebrazos tenía heridas que chorreaban sangre.

Los transeúntes la miraban de reojo, pero la vieja parecía haber perdido toda noción de la mirada ajena.

Al acercarme, el olor a alcohol me golpeó de lleno.

Era un hedor nauseabundo que nunca había olido, una mezcla de toda la basura de la ciudad y sudor impregnado.

—Dije que es mío. Que todo lo que está dentro del restaurante es mío. ¿Quién se atrevió a ponerle un candado? ¿De quién fue la idea? ¿Qué te parece, Tercer Piso?

La anciana había notado mi presencia y me miró de reojo.

Como si quisiera que le diese la razón, sus pupilas temblaban con una súplica mansa a través de los mechones grises que se le habían pegado al rostro.

Comenzó a llover de nuevo. Las ventanas de los edificios de los alrededores se cerraban a toda prisa y en el callejón solo resonaba la lluvia.

Era un ruido semejante al de la leña ardiendo.

Pensé primero en resguardarla de la lluvia y la tomé de los brazos para ayudarla a levantarse.

—Todo es tu culpa —murmuró la anciana en ese instante.

—¿Qué cosa?

—Te pusiste a revolver. Había olvidado todo, casi lo había olvidado. Ahora, por tu culpa, ¡recordé todo! ¡Todo!

¿La frialdad de la lluvia le había despejado la borrachera? La anciana gritaba cada vez más fuerte y se le marcaban las venas del cuello. Cuando por fin pudo ponerse de pie, caminó con pasos pesados al restaurante mientras seguía murmurando.

—Fueron muchos, demasiados…

—…

—Dejé de contar después del séptimo. Pero…

—…

—Pero yo lo sé. Lo sé con una exactitud que da miedo. Todo….

—…

—Fueron once. Me deshice de once.

—…

Tomó de la nevera una botella de soju y se puso a beber.

Se secó la boca con la manga de la camiseta y mientras tanto seguía murmurando.

Yo me quedé de espaldas a la puerta de vidrio rota, como si quisiera que las palabras de la anciana no se escaparan, y la observé.

Nuestras miradas se entrelazaron sin fuerza en el vacío y se soltaron.

Lo sabía: la anciana iba a hablar de su propia vida, no de la de Yeonhui ni de la de Baek Bokhui.

Siempre había querido contar su historia.

Porque no podía ocultar la envidia, incluso celos, por cuánto me interesaba la vida de Yeonhui.

La anciana era tan vieja como ella. Y deseaba que alguien la recuerde, por lo bueno o por lo malo, pero que la recuerden, que recuerden su paso por el mundo.

Ahora el restaurante se transformaría en un escenario y la luz de la calle sería el foco que iluminaría a la actriz.

Yo era la espectadora que llenaba la platea vacía.

La anciana comenzó a hablar.