Corazón sincero Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

E sa noche al regresar del barrio militar con Seoyoung, me enfermé.

La fiebre me hizo sentir un cansancio intenso, como si mi cuerpo se derritiese, y se me hacía muy difícil abrir los ojos.

Eran las consecuencias de la intensidad de los últimos días.

Lo que más me preocupaba era el dolor en el vientre.

La panza parecía más hinchada que lo habitual y también estaba más dura.

Me acosté temprano para reposar, pero la cama de Seoyoung me irritaba la zona lumbar y las piernas.

No podía dormir.

A medida que pasaba el tiempo, más se desvanecía la confianza optimista de que pasaría sin más y de que yo lo aguantaría, como siempre.

Lo que realmente me aterraba no era ese dolor frío, sino la angustia de que el refugio de Wuju pudiera derrumbarse.

«No te alejes, no te vayas a ningún lado, no me dejes sola, por favor…

», murmuré mientras me abrazaba la panza con los dos brazos.

En ese momento sonó el teléfono. Salté de la cama, crucé la habitación como si me arrastrara por el suelo y agarré con fuerza el teléfono del bolso.

Era Soyul. Me dijo que, como el rodaje llevaba una semana suspendido, solo me llamaba para saber cómo estaba.

Recordaba con claridad sus palabras: que el director y el equipo tenían la obligación de proteger a los actores y que cuando necesitara ayuda, debía pedirla sin dudar.

En lugar de limitarme a saludarla, le confesé con franqueza el estado de mi cuerpo.

Soyul y Seoyoung, cada una por su lado, vinieron en taxi de inmediato hasta Itaewon. Tras ver cómo estaba, buscaron por internet una clínica obstétrica con guardia y llamaron a un taxi. Dentro del coche, Seoyoung no soltó mi mano y gracias a ese calor pude enfrentar el miedo.

En la sala de emergencias me hicieron una ecografía enseguida.

El médico aseguró que solo se trataba de un dolor pasajero causado por el exceso de esfuerzo y que bastaría con descansar unos días.

Tal como me lo indicó, decidí descansar en la clínica hasta la mañana, con suero de por medio.

Soyul se fue porque tenía que trabajar, pero Seoyoung se quedó conmigo.

Me sentí culpable pero, aún así, no pude decirle que no se preocupara por mí y que regresara a su casa. No podía. La necesitaba.

Yo la necesitaba.

—¿Le puedo preguntar algo? —me dijo Seoyoung cuando apagaron la luz y el pasillo quedó en silencio.

Ella estaba acostada en la cama de acompañantes, tapada con un acolchado. Le respondí que no hacía falta que fuera tan cuidadosa, que por supuesto podía preguntarme lo que quisiera, y me giré hacia su lado.

—Lo que quiero saber es…

—…

—… por qué está tan segura de que fue junto a las vías, eso me intriga.

—¿Segura?

—Podría no haber sido abandonada en las vías. Tal vez deambulaba cerca de la estación de Cheongnyangni y llegó hasta allí. A los tres o cuatro años quizá ni siquiera sabía que las vías eran peligrosas. Pero si usted cree que fue en las vías…

—…

—Entonces una acaba sintiendo demasiada lástima por esa niña.

—…

El silencio se extendió.

Sin poder decir nada, volví a colocarme boca arriba y me quedé mirando el techo.

Pensándolo bien, las vías eran tan solo el lugar donde me encontraron.

No había testigos de mi abandono, y el maquinista que me encontró ya no estaba en este mundo.

Además, no recuerdo ni ese día ni los anteriores, por lo que el paisaje fuera de las vías pertenece al territorio de lo indescriptible.

Durante mucho tiempo solo lo imaginé. Imaginé la escena en que camino con mi madre biológica por las vías y en un momento suelto su mano; la silueta borrosa de mi madre huyendo, mi cara empapada de lágrimas, el ruido del freno abrupto del tren, el suspiro de alivio del maquinista que me alzó en brazos, todo visto desde cierta distancia, como si estuviera sentada en una platea mirando el escenario o la pantalla…

Como decía Seoyoung, dar por sentado que fui abandonada en las vías tenía el poder de hacerme sentir compasión de mí misma.

Pero la autocompasión es como una cueva profunda y oscura que aparece en la superficie de la vida: una puede tropezar y caer en ella, pero nadie puede quedarse allí para siempre.

Hubo un tiempo en que me sumergí en esa autocompasión, inevitablemente aislante, pero nunca amé ese estado de ánimo, ni una sola vez.

Quizás las vías eran un espacio conceptual que yo había construido para poder odiar a mi madre biológica.

No era un odio simple, sino un odio esencial, que cerraba el paso a la comprensión y al perdón.

Si las vías eran un espacio despiadado, allí también yacía su maldad inocente, y yo no tendría que soportar la carga de comprenderla ni de perdonarla.

Tal vez yo había vivido gracias a la fuerza de ese odio y en el fondo tenía miedo de entender su situación desesperada y acabar perdonando su decisión de abandonarme.

En este lugar inesperado, en una clínica obstétrica de Seúl, al fin lo comprendí.

Aunque había deseado encontrar alguna pista que me permitiera reconstruir al menos una parte de mi madre biológica, había pasado buena parte de mi vida odiándola sin concesiones…

Seoyoung, vencida por el cansancio, se había quedado dormida y comenzó a roncar bajito.

Me quedé mirando sus piernas asomadas bajo la manta y acomodé la parte que había quedado enrollada a un costado.

El dolor y el cansancio desaparecieron como por arte de magia, y en el techo que contemplaba solo se extendían sin fin las vías de la estación Cheongnyangni.

Esa noche, tal vez al percibir lo extraño de la situación, Wuju se movió mucho y yo tampoco pude dormirme con facilidad.

Al día siguiente, cuando por fin abrí los ojos pasadas las diez, Seoyoung no estaba.

Había dejado una nota donde durmió: tenía un compromiso y tuvo que marcharse sin despedirse.

Cuando pensé en las molestias que le había causado, sentí que yo no era más que una carga.

La única forma de aliviar un poco esa culpa era imaginar el día en que pudiera devolverle esta generosidad.

Al menos, esa idea me servía de consuelo.

Aún no se lo había mencionado, pero desde que llegué a Corea estaba trabajando en una obra nueva y la primera parte ya casi estaba terminada.

Trataba sobre una adoptada francesa de origen coreano, que por casualidad se encontraba con una anciana.

Esa mujer había dado en adopción secreta a su hija en Francia siendo soltera.

Pasaban juntas un día y aunque no fueran madre e hija, se imaginaban y sentían ese vínculo, compartiendo una amistad.

Mejor dicho, se conectaban de una manera que iba más allá de la amistad…

En la obra, el nombre coreano de la mujer adoptada era Seoyoung.

Si algún día estrenase la pieza, invitaría a Seoyoung y Soyul y, si fuera posible, también a Eun.

No podría pagarles los pasajes ni los gastos, pero sí ofrecerles alojamiento y comida en mi apartamento.

Por las noches les querría mostrar las películas de Henri, ya que ellos se habían mostrado muy interesados.

Cuando terminase la obra, tomaríamos cerveza y charlaríamos sobre las cosas que nos habían pasado en Corea.

Para entonces, ¿cuánto habría crecido Wuju?

¿Habrá nacido sana y salva? ¿Ya le habré contado sobre el momento de ese verano en que decidí su nombre?

¿Le habré contado sobre el sentido del viento, el color de las hojas de los árboles y las formas de las nubes de ese día?

Lo único que deseaba era salud y paz para Wuju, pero a veces me entristecía que alguien pudiera pensar que incluso eso era demasiado pedir.

Sabía que no había nadie a mi alrededor para decirme algo tan cruel, pero esa voz se cernía como una niebla turbia sobre mi futuro y yo, con frecuencia, temía por el tiempo que me quedaba.

El médico que vino a revisarme me dijo que podía seguir descansando en la cama hasta que vinieran a buscarme.

Pensé que si le decía que no tenía a nadie, se sentiría perplejo, así que solo asentí.

Mientras comía el almuerzo nutritivo que me dieron, ingresaron en camilla a una mamá que acaba de tener a su bebé en mi habitación.

Su esposo y sus padres y suegros entraron con ella.

La sala doble quedó abarrotada, llena durante un buen rato de palabras de aliento, risas y sonrisas de alivio.

Mientras terminaba de comer, imaginé la palma de Henri acariciándome la cabeza.

Nana . Cuando yo levantara la mirada, él me contemplaría en silencio con sus ojos donde se mezclaba el azul y el gris, repitiendo una y otra vez mi nombre: «Nana, Nana».

Con esa voz cálida, como siempre hacía cuando me veía solitaria. Si tan solo estuviera vivo…

La tarde transcurrió lentamente.

Cuando tramité el alta y me fui, casi de noche, en lugar de ir hacia la casa de Seoyoung, tomé el metro y fui hacia la estación Cheongnyangni. Una vez más, y por última vez en mi vida, quería ver las vías con mis propios ojos.