Corazón sincero Capítulo quince
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Capítulo quince

CAPÍTULO QUINCE

D espués de que terminara la Guerra de Corea, se siguió enviando a los soldados estadounidenses a Corea, y alrededor de sus campamentos se comenzaron a formar barrios para comer, beber y consumir. Military Camp Town , es decir, el barrio de los militares.

—Pero hasta principios de los noventa, el barrio de los militares era un tabú.

Como si hubieran estado bajo los efectos de una hipnosis colectiva, los coreanos nunca pronunciaban ese nombre.

Yo misma lo descubrí al leer artículos relacionados con el tema: los barrios militares no solo tenían una connotación sexual para los coreanos, sino también un sentido de humillación frente a las potencias mundiales. Por eso los ocultaban.

Seoyoung había investigado sobre el tema durante los últimos dos días y de tanto en tanto continuaba su explicación.

Ella sugirió investigar el barrio donde Boksun había vivido hasta tener a Bokhui, así que caminábamos por los callejones detrás de la estación Itaewon.

Luego de leer en la cafetería de Hapjeong la copia del certificado, dijo que me quería ayudar a encontrar la tumba.

También quería grabar el proceso y, como no estaba en los planes iniciales, no le pediría ayuda a Soyul, ni a Eun.

Parecía muy determinada a filmar sola y me explicó que después lo editaría para que se integre bien en la película.

Si todo salía bien, la investigación sobre el lugar de la tumba sería la parte final.

De todas formas, hasta que no nos llamara Mungyeong, no teníamos otras escenas que filmar.

Si Mungyeong olvidaba mi petición y no volvíamos a vernos, la película de Seoyoung podía quedar inconclusa.

—El club donde Boksun trabajó y vivió hasta mudarse con Yeonhui debería estar por aquí.

Ante las palabras de Seoyoung, me detuve y miré a mi alrededor.

¿El supermercado, el restaurante turco y la casa de cambio había sido en su momento una suerte de pasaje?

Como si hubiéramos caminado por un largo túnel a oscuras, el barrio militar del pasado que se abría ante mis ojos era un paraje tan desolado que no podía compararse a ninguna otra zona de Seúl.

Aunque estaba a apenas diez minutos a pie de la estación, Seoyoung dijo que aquel lugar había quedado completamente marginado del desarrollo urbano durante los últimos treinta años.

Y en efecto, los alrededores de la estación estaban llenos de restaurantes llamativos, franquicias de cafeterías y gente con ganas de consumir.

El antiguo barrio de los militares, que en su momento fue una de las zonas comerciales más dinámicas de Seúl, con el paso del tiempo quedó abandonado, sobre todo a partir de la década de 1990, cuando disminuyó el número de soldados estadounidenses y muchas de las tropas se trasladaron a otras ciudades.

A medida que nos adentrábamos en los callejones, más se profundizaba la sensación de deterioro.

Me hizo recordar a suburbios parisinos donde abundan inmigrantes e indocumentados.

Tiendas con las persianas bajas y casas con las ventanas arrancadas, hombres encorvados caminando con la gorra calada, mujeres con un maquillaje ostentoso pero vestidas de manera barata, grafitis en los muros, montones de basura en cada esquina: todo era un paisaje que yo reconocía de esos suburbios.

Según el empleado del centro, hasta principios de los años noventa, el Estado protegía a las mujeres del barrio, pero estaban completamente aisladas.

La mayoría de los coreanos reconocía que el trabajo de ellas era necesario, pero no respetaban su dignidad como personas.

Las despreciaban y trataban con violencia a los hijos mestizos que ellas parían, como si fueran una vergüenza inevitable.

El empleado explicó también que el centro de salud donde trabajó Yeonhui era el lugar de mayor discriminación de la zona.

Los médicos y las enfermeras evitaban tocarlos y, cuando ellas acudían para hacerse exámenes de enfermedades venéreas o de embarazo, se desinfectaba todo el instrumental médico.

Si alguna de ellas era señalada como sospechosa de haber contraído una enfermedad sexual de algún militar estadounidense, el personal la enviaba a un centro de confinamiento no muy distinto a una cárcel.

Yeonhui, en ese lugar donde la discriminación era parte de la rutina diaria, se convirtió en algo más que una amiga para Boksun.

Ella, que era el blanco de todo ese odio, comenzó a ser parte de su familia.

Ayudar en el parto y criar junto a ella en su propia casa a la niña que había dado a luz Boksun debió de requerir mucho valor.

Una valentía similar a la de Henri y Lisa, que me aceptaron a mí como parte de su familia a pesar de ser diferente.

—¿Quiere descansar un rato?

Preocupada por mí, Seoyoung lanzó una mirada fugaz a mi vientre mientras lo preguntaba.

Wuju iba por la semana diecinueve, y mi panza ya se notaba lo suficiente como para llamar la atención.

Caminamos hacia dentro del callejón estrecho y nos sentamos sobre unos escalones de cemento, apoyando nuestros bolsos como asientos.

Me mostró fotografías del barrio hace treinta y cuarenta años que había buscado en internet y guardado en su móvil: marquesinas en inglés, mujeres en minifalda agitando botellas de cerveza, dos fornidos soldados estadounidenses agarrados del cuello y una mujer que fumaba con una expresión como si se hubiera olvidado por un momento de su propia existencia…

Eran fotos que transmitían incluso sensaciones fuera de cuadro: canciones pop, olor a perfume, la voz melancólica de alguien cantando.

El empleado del centro había contado que las mujeres del barrio se ponían nombres en inglés fáciles de pronunciar como Jenny o Cathy o nombres sin nacionalidad definida como Jiny o Nicky.

¿También Boksun habría sido Jenny o Cathy?

¿Soñaba, como tantas Jinys y Nickys, con casarse con un soldado estadounidense y emigrar a Estados Unidos?

—No lo puedo asegurar porque no viví esa época, pero según lo que pude investigar, eso era poco común.

Las mujeres del barrio militar no eran material para casarse.

Por eso había tantas madres solteras y tantos casos de adopción.

En aquel entonces, criar un hijo sola era mucho más difícil que ahora.

Y si se trataba de un niño mestizo, las condiciones de crianza eran todavía más duras.

Mientras escuchaba a Seoyoung, miraba las fotos con más atención cuando una ráfaga me despeinó.

Caí en la cuenta de que el calor en Seúl estaba menguando.

Los rayos de sol que caían como plomo contra mi cabeza ya no pegaban tan fuerte y el verdor de los árboles ya no era tan intenso.

Si Wuju seguía creciendo como debía, cumpliendo con sus deberes de feto durante lo que quedaba del verano, el otoño y el inicio del invierno, a finales de este año o a comienzos del próximo me encontraría con ella.

La honradez del tiempo, que desconoce distorsiones y artimañas, era para mí en ese momento alivio y consuelo.

Entonces ocurrió. De repente se escuchó el llanto de un bebé y con Seoyoung nos miramos sorprendidas.

Un bebé lloraba en alguna de las casas, pero no podíamos saber en cuál.

¿Habrá nacido aquí Baek Bokhui? De pronto me saltó esa pregunta.

La posibilidad era alta, pero no había certeza.

En su certificado, solo se mencionaba la fecha de nacimiento y el domicilio al momento de la adopción; no aparecía el lugar exacto del parto, así que Boksun pudo haberla dado a luz en el centro de salud o en casa de Yeonhui.

De lo único que estaba segura era que Yeonhui había asistido el nacimiento de Bokhui.

Que la tomó con cuidado de entre las piernas sangrantes de Boksun, la limpió con agua tibia, y luego le cortó el cordón umbilical.

¿Cuándo le pusieron el nombre de Bokhui?

¿Quién propuso tomar una sílaba de Boksun y otra de Yeonhui para crear ese nombre? Ahora ya…

Ahora ya nadie podría saberlo.

Baek Bokhui nació en 1978. Era la época de la dictadura militar, una época donde la pobreza era tan común como las chabolas de chapa.

¿No habría susurrado Yeonhui, al recibir a Bokhui, «Cómo es posible que nazcan bebés en esta clase de mundo»?

Seguramente, cuando Yeonhui le dio a la bebé con el cordón aún húmedo, la habría observado con una emoción inexplicable.

Y Yeonhui se quedaría a su lado. Así nació una familia compuesta por dos madres y una hija.

Estoy convencida de que esa comunidad debió de ser de una pureza hermosa.

Bokhui, como dice su nombre, fue lucky y más que lucky , al menos, hasta que se percatara de la discriminación y la tristeza…

No, más bien Yeonhui y Boksun debieron de presentir, desde el mismo instante en que nació, la discriminación y la tristeza que caerían sobre Bokhui por el simple hecho de que su aspecto físico difería del de los coreanos comunes.

Con inquietud, pero con plena claridad, ya conocían el futuro que le aguardaba.

—La anciana del restaurante no era una madre de acogida, sino otra madre más. Si la quería como a una hija propia, ¿por qué la envió en adopción? La razón que figura en el certificado de nacimiento no puede ser toda la verdad, ¿no cree? —preguntó Seoyoung cuando el llanto del bebé se calmó.

—Si la hubiera abandonado por un motivo tan simple, no la habría esperado.

—Entonces, ¿habrá sido por el bienestar de Bokhui?

—… Quizá esa cámara pueda decirlo con mayor exactitud que yo.

Al responderle así, Seoyoung me miró alternativamente a mí y a su cámara, y enseguida asintió como si me diera la razón.

Boksun dio a luz a Bokhui y murió cuatro años después.

Boksun tenía tan solo veintidós años. A los diecisiete llegó al barrio militar, conoció al padre y al año siguiente ya era madre.

Conoció demasiado pronto la realidad del mundo y se marchó de prisa, dejando los días que le correspondían y a su hija.

Tras el funeral, de vuelta en casa, Yeonhui debió de mirar a Bokhui dormida, que seguro no entendía lo que sucedía, y recordó la promesa de protegerla.

Pero esa promesa no fue eterna. Lo que la hizo cambiar de parecer, sin duda, fue el crecimiento de Bokhui.

Debió de comprender que era imposible aislarla por completo del odio del mundo y que su protección tenía límites.

El sistema de adopción se fue incrustando en su frágil corazón como un tornillo, la adopción se llevó a cabo en un abrir y cerrar de ojos y ya no hubo marcha atrás.

No había nadie que pudiera dar testimonio de cómo vivió Yeonhui, tras dejar ltaewon y enviar a Baek Bokhui en adopción, en Cheonan o en alguna isla cerca de Gunsan.

Pero yo podía imaginarla cuando regresaba a su casa vacía y encendía las luces, luego de trabajar en alguna clínica o centro de rehabilitación.

Un rostro más cansado que el día anterior, hundido por la soledad y envejeciendo poco a poco; la cara de alguien que suma nuevas heridas a las paredes de su alma… Así pasaron veinte años.

Y un día, Yeonhui decidió abandonar esa vida y regresar al barrio donde vivió con Bokhui para abrir un restaurante, algo que no tenía nada que ver con la enfermería, quizás con el anhelo de volver a ver a Bokhui, aunque fuera una vez antes de morir…

El restaurante Bokhui, que fue a la vez lugar de trabajo y residencia de Yeonhui, prueba de su existencia, habría sido también una especie de carta, cargada con ese anhelo suyo.

Porque Baek Bokhui no solo era la hija de Baek Boksun, sino también la hija de Yeonhui, y al mismo tiempo la única verdad que demostraba que su vida pasada no había sido una mentira.

Porque Bokhui fue el universo de Yeonhui…