Capítulo catorce
CAPÍTULO CATORCE
U n día se fue de Itaewon sin avisar y no supe de ella por veinte años.
Dijo que trabajó mucho tiempo en un sanatorio en Cheonan.
También que estuvo en un centro de rehabilitación para ancianos en un lugar al que solo se podía llegar en barco, creo que en Gunsan.
Y así de la nada regresó sin que nadie lo note y abrió el restaurante.
Una mujer que no sabía ni hacer una sopa y ya estaba vieja. Para matarse de risa —puntualizó.
Cuando dijo «para matarse de risa», la anciana se rio de verdad.
Así pude conocer su verdadera sonrisa. No se le torcían los labios, ni se le endurecían los músculos del rostro.
Al contrario, era una cara inocente: los ojos brillaron y los pómulos se elevaron con naturalidad. Nunca la había visto así.
La anciana me estuvo contando todo lo que sabía de la vida de Yeonhui.
Dónde nació, cómo cambió su vida luego de la guerra, el dolor de haber perdido a su hermano menor y a su hija…
Faltaban las historias de Baek Boksun y Baek Bokhui, pero teniendo en cuenta la actitud habitual de la anciana, indiferente o agresiva, esa faceta suya me resultó inesperada.
Solo más tarde, cuando comprendí que Yeonhui había sido una persona mucho más solitaria de lo que yo había supuesto, pude entender a la anciana de esa noche.
Para ella, yo iba a ser de las pocas personas que recordarían a Yeonhui en este mundo.
Alguien que guardaría en la memoria cómo había vivido, para después rememorarla y llorarla…
—A Baek Bokhui la conoce, ¿cierto? Bokhui, la del nombre del restaurante. Yeonhui la estuvo esperando mucho tiempo —dije con cautela mientras le llenaba el vaso de soju .
La anciana podía reaccionar a la defensiva como la vez que mencioné a Boksun. Vi cómo brilló una luz tenue en sus pupilas. Unos ojos tan turbios, tan indescifrables, que por más que me esforzara en leerlos no alcanzaba a comprender.
—Hoy conseguí el teléfono de Bokhui y la llamé. Me dijo que quiere venir a Seúl en quince días. Pero…
—…
—Quiere ir a la tumba de su madre biológica. Me comentó que era lo que más deseaba. Por eso… si sabe dónde está la tumba, por favor, dígamelo. No, tiene que decírmelo. Yeonhui también querría que usted lo hiciera.
—¿Piensa que sabría dónde queda la tumba de esa tal Boknam, Boksun o como sea que se llame? —respondió de golpe con mucha agresividad.
Cuando su mirada se cruzó con la mía, bebió el soju que le quedaba y se frotó con fuerza los párpados con la palma de la mano.
—… Me tengo que ir. Estoy exhausta.
La anciana se levantó de forma abrupta. Tambaleándose borracha, salió del restaurante arrastrando dos sillas, la parte de hoy de la herencia que le había dejado Yeonhui.
Ahora que lo notaba, solo quedaban sillas y mesas en el restaurante; en la zona de la cocina, donde se apilaban los utensilios, también se veían muchos huecos vacíos.
Tomé dos sartenes y las puse en su carro, atando con fuerza la soga que sostenía las sillas para que no se cayeran.
Delante del carro, la anciana observaba mis movimientos.
Enseguida comenzó a alejarse del restaurante. Antes de doblar en la esquina, me miró de reojo. Sin pensar, la despedí con la mano y ella se quedó un buen rato sin moverse. Ya era de noche así que no pude distinguir la expresión de su rostro.
Como había escuchado de la anciana una parte de la vida de Yeonhui, ahora podía imaginar mucho más. La escena más lejana que lograba concebir era esta:
Ruido de sirenas. Las calles se colmaban de personas horrorizadas que huían de sus casas.
Llanto de niños y animales, olor a pólvora, estrépito de tanques y bombarderos.
Un ambiente cargado de miedo. El aviso inminente de la muerte que se acerca.
Todo eso era Seúl cuando Yeonhui cumplió cuatro años…
En medio de la guerra, cuando la gente moría y los cadáveres se acumulaban, la madre de Yeonhui dio a luz a un varón.
El bebé nació sano, pero escaseaban adultos que pudieran defenderlo y el escudo del mundo era débil.
El padre, luego de ver nacer a su hijo, huyó de Seúl para no ser reclutado y jamás regresó.
Contra las expectativas de todos, la guerra no terminó de inmediato.
El hermano menor de Yeonhui murió a los tres meses de haber nacido.
Probablemente de alguna enfermedad no tan grave, pero que en un estado de desnutrición resultó fatal.
Cuando su hermano murió, Yeonhui todavía era una niña que no entendía la diferencia entre morir y dormir.
Quizás observó con tristeza a su madre llorando con su hermano en brazos, sin comprender del todo qué sucedía.
Tres años después terminó la guerra y su madre se volvió a casar.
Seguramente habría estado harta del desenlace fatal de su primer matrimonio y habría querido huir lo más lejos posible de todo lo que se lo recordara.
Yeonhui vivió con la nueva familia y vio cómo su madre tuvo dos hijos con su nuevo esposo.
Por la actitud de su hermana menor, la que figuraba en la póliza del seguro como su responsable legal y beneficiaria, podía deducirse que en aquella familia Yenhui fue una persona indeseada.
Una vez que alcanzó la mayoría de edad, Yeonhui habría podido desligarse de su madre, trabajando durante el día y estudiando enfermería durante la noche.
Es probable que haya elegido ese oficio para conseguir trabajo lo más rápido posible.
Quizás, por la misma razón, se habría casado apenas empezó a trabajar como enfermera.
Su vida de casada ya la había oído de la anciana.
Se había casado a los veintidós o veintitrés años y cuando su hija de poco más de un año falleció y no pudo volver a quedar embarazada, su esposo y su familia política la abandonaron…
Salí del restaurante y mientras subía por las escaleras hacia el tercer piso, me di cuenta de que ya no podía ignorar esa imagen: la escena de Yeonhui con su hija muerta en brazos.
En mi mente, ella se veía extrañamente tranquila y fría, como alguien que perdió la esperanza y el entusiasmo en un segundo.
No podía ser de otra forma. Cuando Yeonhui sintió el cuerpo de su hija enfriándose, los músculos endurecerse, seguro volvió a sentir el dolor de cuando perdió a su hermano.
Habrá perdido el deseo de vivir porque la vida se había ensañado en quitarle todo lo que amaba.
A partir de aquel día y por mucho tiempo, comenzó su rendición, teñida de repulsión hacia su propia vida…
Estaba convencida de que hasta encontrarse con Boksun y Bokhui, Yeonhui atravesó un período similar al que pasé en la universidad.
Vivir sin saber por qué nacimos, sin voluntad; un tiempo de oscuridad, donde el alma se encuentra rozando a la muerte.
Por eso ella no ignoró a la enferma Boksun, ni a la hija que había dado a luz.
Mejor dicho, no las pudo ignorar. Madre e hija le debieron recordar las dos vidas que no pudo proteger, y por eso tomó la decisión de no dejarlas morir en la fría indiferencia.
La vida habrá sido, para Yeonhui, consuelo y salvación.
Ahora, para mí, Chu Yeonhui no era solo el nombre de una mujer mayor que trabajaba en el restaurante Bokhui.
Era un ser humano demasiado concreto: alguien que a pesar de las pérdidas soñó y que a pesar de sus heridas se esforzó para que ese dolor no se repita en otra vida.
Chu Yeonhui, nacida en 1948, la segunda madre de Baek Bokhui…
A la mañana siguiente, recibí una llamada del empleado del centro de menores.
Hasta atender, yo no había sido consciente de que Bokhui era una niña adoptada en diferentes circunstancias a las mías.
Ella y yo teníamos tan solo dos años de diferencia y habíamos sido adoptadas en una época similar, pero ella sabía quién era su madre biológica y quién la había criado.
Esa información estaba documentada. La partida de nacimiento era un documento que ella tenía y yo no.
Cuando colgué y me acerqué al centro, el empleado me dio una copia del certificado de nacimiento.
Aunque por norma solo los familiares o parientes de los adoptados tienen derecho a consultar esos documentos, juzgó que el caso era excepcional y me facilitó una copia.
Me había llamado solo para agradecerme por la grabación y hasta ese momento él no sabía que Bokhui iba a viajar a Corea para ver la tumba de la madre.
Él no se mostró muy convencido con mi conjetura de que debía estar en Itaewon, por eso me aconsejó que fuera al centro a ver ese documento, ya que en él constaba la última dirección antes de ser adoptada.
En su gesto podía adivinar la voluntad de ayudar a que Baek Bokhui encontrase la tumba.
Leí con calma el certificado en una sala vacía.
En el registro no solo figuraban los datos básicos sobre ella, sino también el proceso de su nacimiento y crecimiento: la historia de cómo Yeonhui, que era enfermera, conoció a Boksun embarazada y cómo la primera se involucró en el parto y la crianza de Bokhui.
Pude saber que Boksun quedó embarazada a los dieciocho años y que Yeonhui tenía treinta en ese momento.
No figuraban ni la causa de muerte, ni cómo la habían velado.
Sobre el padre biológico, solo se mencionaba su profesión, pero no su nombre, ni ningún dato que permitiera identificarlo.
De lo que más me intrigaba, es decir, la razón de la adopción, apenas decía: «cambios en el entorno» y «recomendación del entorno».
Formalidades de las que resultaba imposible no advertir que habían sido redactadas para ocultar la verdad.
Al pie figuraba la firma de Chu Yeonhui, así que era seguro que ella seleccionó y redactó la información de la ficha.
—Yeonhui no era una persona común. Ella era muy valiente para la época —dijo el empleado al ingresar a la sala con una bebida para mí.
Dejé de leer y lo miré.
—No sé cómo se dice en inglés… Ah, sí. Military Camp Town , el barrio de los militares.
Según la ficha, Boksun trabajaba allí. El padre biológico de Bokhui era un soldado estadounidense.
Hoy es un barrio con vida nocturna, como cualquier otro, pero en los años setenta la cosa era distinta.
Que una mujer soltera, con una ocupación estable, formara con la señora Boksun, que trabajaba allí, una especie de familia alternativa, era algo muy excepcional.
—¿Una familia alternativa?
—Claro. No la típica familia por matrimonio o sangre, sino una comunidad, a veces más unida que la propia familia, en la que se comparte el día a día y el sustento. Yeonhui ejercía el rol de cabeza de esa familia.
El empleado continuó explicando cómo había sido el military camp town en la época de Boksun y, cuando estaba terminando, no pude evitar releer el documento una vez más.
Al salir del centro, me fui a Hapjeong en metro.
No me sentía capaz de encontrar la tumba yo sola y, además, el tiempo apremiaba: faltaban solo diez días para que llegue Bokhui.
Quería encontrar la tumba en ese plazo. Cuando llegué a Hapjeong, abrí la puerta de la cafetería y vi a Seoyoung concentrada filtrando café del otro lado de la barra. Tenía mucho que contarle.