Corazón sincero Capítulo trece
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Capítulo trece

CAPÍTULO TRECE

Querida Yeonhui:

¿Cómo ha estado? ¿Se encuentra bien de salud?

Me desperté en la madrugada para escribir esta carta y la verdad es que estoy abrumada.

No estoy acostumbrada a expresar mis sentimientos o pensamientos por escrito, y además me resulta más difícil escribir en inglés que en francés.

Escribo en inglés porque casi he olvidado el coreano y porque, en mis recuerdos, usted sabía hablar algo de inglés.

Todavía lo recuerdo: en ese barrio se oían por todas partes palabras mezcladas en inglés y coreano… Ya no debe vivir allí, ¿verdad?

Me fui de Corea en 1987, así que ya han pasado más de treinta años.

Mientras yo llegaba a los cuarenta, usted habrá alcanzado más o menos los setenta.

¿Cómo podría resumir todo lo que pasó en treinta años en una sola carta?

Eso sería imposible. Pero aunque sea imposible trataré de escribir con la mayor sinceridad posible todo lo que pueda.

Yeonhui, empezaré por algo que seguramente no quiera oír.

Yo no fui feliz en Bélgica. Como suele pasar con niños como yo, no pude asentarme con mi familia adoptiva y nunca recibí el afecto que me correspondía.

Durante toda mi infancia y juventud me sentí confundida por no saber quién era, y la verdad es que aún hoy a veces me siento así.

La adopción me salvó del abandono, pero a su vez me arrebató parte de lo más importante de mí misma.

Cuanto más sentía que mi vida en Bélgica era desgraciada, más resentimiento guardaba hacia usted.

Quizás porque recordaba el amor que usted me dio, me resultaba más difícil perdonarla.

Todavía recuerdo con bastante claridad el día que me llevó al centro de menores.

Ese día tuvimos una reunión con mis padres adoptivos.

Me sonreían pero, al mismo tiempo, sentía que me estaban evaluando.

El proceso de adopción avanzó sin dificultades: los innumerables documentos, la salida y la llegada a otro país…

Estaba aterrada y me sentí muy sola, pero usted me evitó y ni me acompañó al aeropuerto el día de la partida.

No estaba preparada para entender el porqué de sus decisiones, ni me sentía segura de esa voz interior que me decía que quería verla, que necesitaba verla.

Para serle sincera, nunca abrí las cartas que me envió durante diez años.

Cada vez que visitaba la casa de mis padres adoptivos recibía sus cartas, pero las guardaba en una caja vieja y me olvidaba de ellas.

Hace algunos años, mis padres adoptivos se mudaron a otra ciudad y desde entonces ya no pude recibirlas.

Acepté toda esa situación como un ciclo natural.

Hace poco empecé a sacar las cartas suyas que había olvidado en aquella caja, y a leerlas.

Hace tres meses, durante un chequeo médico, me enteré de que tengo un tumor en el pecho izquierdo.

Luego de la ecografía, el médico me sugirió realizar una biopsia.

Una vez que tomaron la muestra, tuve que esperar un mes los resultados.

Ese mes fue una prueba para medir el límite de mi paciencia.

El tiempo no avanzaba. Durante ese mes interminable, empecé a leer sus cartas.

No podía ser de otra manera. Inesperadamente, el tumor me recordó que yo ya tuve la suerte de que usted se hiciera cargo de mí.

Que gracias a su amor y a su esfuerzo, mi vida ya se había prolongado.

Yo nunca me olvidaré de que usted a sus treinta años se sacrificó de una forma increíble tanto para cuidar a mi madre como para criarme a mí.

Para entender sus cartas y descifrar sus oraciones tuve que rebuscármelas con el diccionario durante horas pero, de pronto, ese tiempo se transformó en un descanso que calmaba mis miedos.

Cuando ya estaba terminando de leerlas, sentí que quería agradecerle, sin importar cuál fuera el resultado del estudio, y me convencí de que no debía seguir ignorando ni posponiendo ese sentimiento.

Yeonhui, espero que reciba esta respuesta tardía con alegría.

Aunque llegue muy tarde, por fin puedo transmitirle que quiero conocerla. Quiero verla y aprender más sobre mi vida. No sé qué más puedo decirle, pero esto es lo más sincero que siento en el corazón.

Posdata: Si usted acepta y me da permiso para visitarla en Corea, quisiera que vayamos juntas a la tumba de mi madre. Recuerdo haber ido muchas veces allí, tomada de su mano. ¿Recuerda dónde está la tumba? Quiero mostrarle a mi madre cómo soy ahora.

Le dejo mi número de teléfono.

—¿Quiere que deje de grabar? —dijo la enfermera.

Asentí con la cabeza y enseguida se acercó para devolverme el móvil. En él debía de haberse guardado el vídeo donde yo leía en voz alta, traducida al coreano, la carta de Baek Bokhui a Bokhui… no, a Yeonhui: ahora que la verdadera Bokhui había aparecido, para mí también debía ser Yeonhui.

La enfermera masajeaba los brazos y las piernas de Yeonhui, mientras murmuraba: «Que buena abuela, así de buena, tiene que vivir muchos años, por favor, ya despierte».

Yo la observaba en silencio y, tomando la bolsa de orina de Yeonhui, salí de la habitación.

Atravesé el pasillo lo más lento que pude, vacié la bolsa en el inodoro y cuando regresé, la enfermera ya se había retirado.

En su lugar estaba la cuidadora, una señora mayor.

A unos pasos de distancia, observé cómo la desvestía, le cambiaba el pañal, y con una toalla húmeda le limpiaba el rostro, el cuello, el pecho y el abdomen con sus pliegues, hasta llegar a los genitales.

Ver el cuerpo desnudo de una desconocida era algo perturbador, pero al pensar que ese cuerpo también era el destino al que llegaría mi cuerpo algún día, no supuso algo insoportable.

Una vez que la cuidadora se marchó, tomé la memo de Yeonhui.

Era cierto que había dado en adopción a la niña que había criado como a una hija, pero aun así me parecía imposible odiarla.

Como si fuera lo único que podía hacer, apreté con más fuerza su mano.

Era una mano llena de manchas seniles, con los huesos de las articulaciones salientes.

La mano de una anciana, pero pequeña. «Qué pequeñas», murmuré.

Era increíble que con esas manos tan pequeñas hubiese trabajado tantos años.

Tampoco podía creer que eran las manos que habían criado a Baek Bokhui, cuidado de Baek Boksun y cocinado para mí.

Con cuidado, deslicé esa mano de uñas descuidadas y largas bajo las sábanas.

Cuando saliera del hospital, tendría que llamar al número que aparecía en la carta.

Tras contarle del estado de Yeonhui, debería también decirle que por ahora no había manera de encontrar la tumba de Baek Boksun.

Todas malas noticias que por el momento solo quería postergar.

La tumba… tumba. Al repetir esa palabra, recordé una frase de Baek Bokhui.

Si Yeonhui, tomándola de la mano, la había llevado varias veces a visitar la tumba, era probable que ese lugar no quedara lejos de donde habían vivido las tres.

Si quería encontrar la tumba, primero tenía que averiguar la ubicación de la casa donde Yeonhui había criado a Baek Bokhui junto a Baek Boksun.

Y, por más que pensara, la única persona a la que podía recurrir era ella.

Tomé mi bolso y salí de la habitación. Aceleré el paso.

Pensaba esperarla en la puerta del restaurante Bokhui.