Corazón sincero Capítulo doce
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Capítulo doce

CAPÍTULO DOCE

—Por eso todavía no le hablé de usted, Munju onni .

Mi abuela casi no atiende el teléfono y, cuando de vez en cuando logramos hablar, no me entiende porque escucha muy mal.

Para hablar con ella, lo mejor sería ir a verla en persona, pero para ir a su pueblo hay que tomarse todo un día —dijo, sentada frente a mí, la hija mayor de Jeong Wusik.

De lo que me decía, más que la información me llamaba la atención su manera de llamarme onni , es decir, «hermana mayor».

Era un vocativo que chocaba contra mí, pero no dejaba huellas.

Su nombre era Mungyeong, tenía treinta y tantos y era profesora de inglés.

Me dijo que su hermano se llamaba Hwigyeong.

Munju, Mungyeong y Hwigyeong. El patrón en que las silabas encajaban y se superponían me era familiar.

— Mun quiere decir «forma» y gyeong , «luz de sol». Así que se podría interpretar como «la forma de los rayos del sol». En el nombre de mi hermano, Hwi significa «brillar», sería algo como «sol resplandeciente». Sí, a los dos nos puso el nombre nuestro padre.

Mientras Mungyeong lo explicaba, la cámara de Seoyoung acercaba un plano de su rostro.

Mi mirada también se dirigió de manera natural hacia ella.

Su nombre no era casual: no podía apartar los ojos de ese rostro luminoso que había heredado los rasgos del maquinista. Con cautela, retomé la conversación.

—Entonces, es muy probable que el mun de mi nombre también signifique «forma». ¿Alguna vez escuchó algo así de su padre en vida?

—Bueno… eso…

—Parece… que no habló sobre mí.

Quizá adivinando en mi expresión cierta decepción, Mungyeong negó con la cabeza y respondió con firmeza:

—Escuché muchísimas veces hablar a papá con la abuela. Pero en sus conversaciones la mencionaban como «la nena». Recién ahora me enteré de que esa nena tenía un nombre parecido al mío.

—¿«La nena» decían?

—Sí, siempre la llamaban así. A la nena le gustaba comer esto, la nena debe de haber encontrado buenos padres, la nena seguro ya se casó… cosas así.

Reí. Mungyeong se rio conmigo, como avergonzada. Mientras lo hacía, repasé lo bueno y lo malo que había descubierto al conocerla. Lo malo: que el maquinista nunca había pensado en adoptarme. Lo bueno: que, aun así, me había recordado. Me sentí igual de serena frente a ambas verdades.

Quería seguir sintiéndome así.

—Dentro de dos semanas tengo vacaciones y pensaba ir a ver a la abuela. Le voy a preguntar cómo fue que eligieron su nombre.

Le respondí que esperaría las novedades. Pensar que pronto se revelaría el lugar donde comenzaron mis recuerdos me hacía comprender la desolación de un velocista que se queda sin aliento justo antes de la meta. Era un vacío difícil de explicar.

— Susubukkumi…

Luego de un breve silencio, comencé a hablar de nuevo.

—¿Qué?

—El susubukkumi . La abuela lo cocinaba siempre que llovía. Seguro que también lo ha probado, ¿no?

—Ay, sí. Hasta cansarme.

—Cuando la vea, ¿le diría que yo extrañé mucho ese plato? Y también, que si por casualidad recuerda algo de la ropa que llevaba puesta o de los objetos que tenía conmigo cuando me encontraron en las vías, quiero saberlo. Y además…

—…

Hice una pausa y aspiré hondo. Enfrente, Mungyeong me observaba en silencio.

—Y además, que estoy viva gracias a que me alimentó en ese momento. Que vine hasta aquí en avión, aun estando embarazada, porque no podía olvidar ese sabor. Por favor, dígale eso.

Cuando terminé de hablar, Mungyeong parpadeó con los ojos muy abiertos, y Seoyoung y Eun se miraron con la boca entreabierta.

De todos, Seoyoung era la más sorprendida.

Enseguida Mungyeong sonrió radiante y me felicitó; Eun recuperó su expresión habitual, pero Seoyoung siguió mirándome confundida.

Poco después, se escuchó la voz de Seoyoung señalando el corte, un poco temblorosa.

Terminada la grabación, Mungyeong se me acercó con cuidado, como si tuviera algo que decirme en privado.

—Disculpe… ¿Podría darle un abrazo?

—¿…?

—Papá me abrazaba así cada vez que volvía de algún lugar lejano. Yo hoy estoy aquí en nombre de mi papá.

—Entonces…

Mungyeong me dedicó una gran sonrisa y me rodeó con los brazos. Su aliento era dulce como el azúcar y las palmas de sus manos eran suaves. La voz agradeciéndome por buscar a su padre me envolvió el oído con ternura. Solo entonces pude sentir que había encontrado rastros de él en ella.

En los brazos de Mungyeong, sollocé un poco.

Cuando Mungyeong se fue, Soyul y Eun conversaron sobre buenos restaurantes alrededor de la cafetería.

Seoyoung parecía tener mucho para decir y daba vueltas a mi alrededor.

Sabía que en los días de rodaje solíamos comer juntos, pero yo tenía que ir a otro lugar.

Cuando le expliqué que no podría acompañarlos porque tenía un compromiso, me miró como si fuera a largarse a llorar.

—¿Vas de nuevo a cuidar a la anciana del restaurante?

—Antes tengo que pasar por otro lado. ¿Por qué? ¿Qué te preocupa?

—En los hospitales hay muchos gérmenes…

Los ojos de Seoyoung se enrojecieron y Eun le reprochó que se estaba preocupando de más. Tomé de las manos a Seoyoung y le expliqué que lo hacía porque quería y que no se preocupara por mí. Con la vista fija en mi vientre, asintió.

Agarré mi bolso, salí de la cafetería y me tomé un taxi a un centro de protección de menores de Seongbuk-gu: allí había llegado una carta que Bokhui esperó durante diez años. La noche anterior me habían contado la historia.

Apenas entré a su habitación y contesté el teléfono, un joven comenzó a desahogarse sin pausa.

Se quejaba de que había llamado muchísimas veces en los últimos días y recién ahora atendía, que incluso después de salir del trabajo llamaba a cada rato por si contestaban a cualquier hora, que iba a reclamar horas extra…

Su tono, a medio camino entre la broma y la preocupación, dejaba entrever que tenía una relación cercana con Bokhui.

—Disculpe… yo solo atendí el teléfono por ella…

No tuve más remedio que interrumpirlo con dificultad. Sorprendido, me preguntó quién era. Mientras le explicaba la situación, el señor suspiraba y se lamentaba; me preguntó por el nombre del hospital y el pronóstico del médico.

Y luego comenzó a narrar una larga historia.

Se presentó como un empleado de un centro de protección de menores y, según él, conocía a la «abuela Chu Yeonhui» desde hacía unos cuatros años.

No necesitaba confirmarlo: era evidente que se trataba del mismo empleado que le había indicado a Seoyoung el camino al restaurante de Bokhui.

Chu Yeonhui enviaba una carta por mes, a través del centro, desde hacía diez años.

Todas iban dirigidas a Baek Bokhui, que había sido adoptada en Bélgica.

Como el centro no podía revelar a los padres biológicos o a las familias de acogida la dirección ni el número de teléfono de los padres adoptivos sin su consentimiento, Chu Yeonhui no tenía más opción que enviar las cartas a través de ellos.

Chu Yeonhui era famosa en el centro. No era nada común enviar cartas durante tanto tiempo sin tener jamás respuesta.

Es más, Chu Yeonhui era la única. Además, ella no era la madre biológica de Bokhui.

Según los papeles, la madre biológica de Baek Bokhui era Baek Boksun, y Chu Yeonhui era solo una tutora legal.

Desde que él comenzó a trabajar y tomó el caso de Chu y antes también, las cartas casi siempre eran devueltas y jamás había llegado ninguna respuesta.

Podía deberse a que algo hubiera cambiado en la situación personal de Baek Bokhui, pero también era posible que los padres adoptivos se hubieran propuesto rechazar la correspondencia.

El centro no tenía forma de averiguar el motivo.

No tenían los medios. La dirección y el número de teléfono de los padres adoptivos que figuraban en sus archivos eran apenas registros antiguos, nunca verificados ni actualizados.

Sin embargo, la semana pasada, sorprendentemente, llegó por primera vez una respuesta de Baek Bokhui. En el centro nadie se animó ni siquiera a abrir la carta. Esa carta debía, sin falta, ser recibida y leída por Chu Yeonhui en primer lugar.

—Ahora que por fin llegó una carta… De verdad es una pena.

El empleado suspiró y continuó hablando.

Le pregunté si podía retirar la carta. El hombre titubeó en silencio, y solo después de un rato, respondió que me entregaría la carta.

Pero me puso una condición: debía tomar fotos o grabar un vídeo del momento en el que le leyera la carta y enviárselos por correo electrónico.

Accedí a esa condición. Aunque no me hubiera impuesto esa condición, de algún modo yo misma habría querido demostrarle que había entregado la carta a su verdadera destinataria.

Sin darme cuenta, ya estaba en la puerta del centro de protección de menores.

Saqué mi teléfono, llamé al empleado y lo esperé ansiosa.