Corazón sincero Capítulo once #2
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Capítulo once #2

Mi cuerpo se inclinó mecánicamente hacia adelante.

Acurrucada, observé el suelo y me levanté de la silla.

Tambaleando, volví mis pasos por el vestíbulo hacia el ascensor.

Cuando llegué a la habitación de Bokhui, abrí la puerta con fuerza y, sin encender la luz, caminé hacia la cama cerca de la ventana.

—¿Por qué la abandonaste? A la verdadera Bokhui.

Hasta yo podía escuchar la frialdad en mi voz, pero Bokhui solo respiraba de forma pacífica.

Sentía que si le sacudía los hombros, se despertaría sorprendida y me miraría a los ojos.

Quizás, yo hubiera perdido la cabeza, y le hubiese exigido que me dijera que no la quiso abandonar, que solo la quiso dejar por un tiempo para ir a buscarla luego, pero que se le hizo demasiado tarde.

Tomé mi bolso y salí de la habitación como si me escapara. Esa noche no tenía ganas de cuidarla. Quizás, nunca más podría hacerlo.

Caminé sin detenerme desde el hospital hasta la casa de Seoyoung.

El aire condensado por el calor del día se había arrastrado hacia la noche, no llegaba a despeinarme el pelo, pero yo me tambaleaba como si atravesara un vendaval.

Luego de caminar una media hora, me encontré frente al restaurante.

Estaba iluminado y en la entrada reconocí el carro: era el de la anciana.

Dentro, ella ocupaba una mesa y bebía soju como si fuera la misma Bokhui.

Al abrir la puerta, la anciana ni siquiera me miró y murmuró que el lugar estaba cerrado, que me fuera. La ignoré y me senté frente a ella. Solo entonces levantó la vista irritada:

—¿Por qué se sienta? Dije que el lugar está cerrado.

—¿Y usted puede estar aquí sin permiso de la dueña? También vi que el otro día se estaba robando la arrocera y la vajilla del lugar.

No me importaba la arrocera ni las vajillas, tampoco tenía ganas de pelearme, pero mi tono era agresivo.

—¿Que robé? ¿Acaso llevarme lo mío es robar?

—¿Lo suyo?

—Bokhui me lo dijo. Que si algo le pasaba, que tome lo que quiera del restaurante. Las vajillas, la heladera, todo. Que me los lleve y los venda. ¿Me entiende? Bokhui me cedió todo lo que hay en este lugar. ¡Todo lo que hay aquí es mío!

—¿Bokhui? ¿Dice que la señora del restaurante se llama Bokhui? No, ella no es Bokhui. Ella se llama Chu Yeonhui.

—¿Qué?

—¿Quiere que le diga quién es Bokhui? Es la hija que la señora Chu dio en adopción en Bélgica. La abandonó y se olvidó de ella; y ahora abrió un restaurante con ese nombre y se hace la víctima, fingiendo esperarla. ¿No es así?

La anciana me miró fijo en vez de responder. En ese vacío cargado de silencio, las miradas de la anciana y la mía se entrelazaron de forma compleja. Pasado un rato, trajo un vaso de soju y me sirvió un trago.

—¿Dice que Bokhui, la vieja de este restaurante, tuvo una hija y la mandó en adopción? —preguntó en un tono apaciguado—. No sé quién te dijo ese disparate, pero ella no tuvo hijos. Hasta donde yo sé no tiene.

La anciana continuó hablando. Cuando le pregunté si estaba segura, se inclinó hacia mí como si hubiese dicho algo muy interesante y me replicó:

—¿Segura? Me pregunta como si fuera un juez.

Sí, algo escuché. Bokhui se había casado cuando tenía veintidós o veintitrés años y enseguida tuvo una hija, pero dicen que se murió antes de cumplir el año.

Luego, por más que lo intentara, no logró volver a quedar embarazada.

Por eso su marido y la familia la echaron. Pero, mira…

—…

—Todo eso fue hace cincuenta años. Cuando pasan unos cincuenta años, una ya ni se acuerda qué hizo, ni con quién.

Me emborraché, dormí en lindos lugares con viento y cuando me desperté el mundo me dijo: vieja de mierda.

Así que solo hay dos opciones y solo queda una.

O una sigue bebiendo y despierta del sueño o se duerme para no despertar nunca más.

Para mi sorpresa, la anciana era una hábil conversadora. ¿Quién era esta mujer? Mejor dicho, ¿qué clase de vida habrá tenido? De repente sentí curiosidad por ella. ¿Cuál sería su nombre?

—A la niña… —dijo la anciana luego de beber dos vasos seguidos de soju —. Hubo una vez alguien que crio a una niña, aunque era la hija de otra persona. Imagino que conoce la historia, señora del tercer piso, ¿no es cierto?

—Esa otra persona… ¿era Boksun?

—Oiga, Tercer Piso, ¿le parece que yo vivo pensando en nombres ajenos? ¿Qué importa cómo se llamaba? Puede llamarse Mierda o Buda, eso no importa, carajo.

—¿Usted sabe algo de mí?

—Vive en el tercer piso. Por eso la llamo Tercer Piso. ¿No es así? ¿No es la del tercer piso?

—¿Y qué más? ¿Qué más sabe sobre mí?

—Sé que Bokhui cambió. Hasta ahora yo pensaba que la vieja se la pasaba rezando. No se preocupaba por los clientes, solo malgastaba sus ahorros. Pero desde que llegó usted, Tercer Piso, le apareció vida en el rostro. Podrá engañar al diablo, pero a mí, no.

Al decir eso, la vieja torció los labios en una sonrisa.

No, seguramente se rio. Porque oí su risa, pero su cara parecía enojada, y su cuerpo parecía soportar un dolor.

Quizás se veía así por sus arrugas profundas y sus dientes caídos.

Tal vez estuvo tanto tiempo sin sonreír que sus músculos faciales se habían endurecido.

En un momento, la anciana se calló y, por alguna razón, miró al vacío, bebió lo que quedaba en su vaso, empujó la silla hacia atrás y se levantó. Al salir del restaurante sin despedirse, le pregunté por qué no iba al hospital.

—Dicen que aunque fuera no me reconocería, ¿para qué iría?

—…

—¿Sabe? Yo vivo al día. Si hoy no trabajo, mañana pasaré hambre. No me da lástima su muerte. Lo jodido es vivir, la vida es la cagada.

—…

—Cuando ella parta, avíseme de alguna forma.

—…

Tras ese último pedido, la vieja salió del restaurante de inmediato.

Al menos aclaró uno de mis malentendidos, que se había agigantado hasta convertirse en desilusión, pero no me contó todo sobre Bokhui.

O al menos, eso parecía. Yo noté el cambio en su rostro cuando mencioné el nombre de Boksun.

Bokhui, Yeonhui y Boksun. Para entender la vida que se desplegaba tras esos nombres, debía reencontrarme con ella.

Caí en la cuenta de que tampoco le había preguntado sobre el significado de esos nombres.

Misun, Hyeonsuk, Jungmee, Youngok, Jaehye, Kumsun, Nanhee…

Fui enumerando en mi cabeza nombres que podrían adecuarse a la vieja y, como Bokhui, miré estoicamente el vaso transparente de soju frente a mí.

Detrás de mí comenzó a sonar el teléfono.

Ya me sabía de memoria esa melodía. Me di la vuelta despacio.

Sin pensarlo, me paré, abrí la puerta del fondo y entré a la habitación de Bokhui.

Hice una apuesta en mi interior y al final la perdí.

El teléfono no paró de sonar hasta que puse mis manos en él.

Conteniendo la respiración, abrí el móvil plegable.