Capítulo once
CAPÍTULO ONCE
E l pasillo de la clínica tenía casi todas las luces apagadas y la expendedora de bebidas brillaba como un asteroide.
Cuando Seoyoung se acercó a la máquina, la luz condensada a su alrededor se dispersó y el ruido de las monedas sonó más fuerte que de costumbre.
Luego se acercó a mí con un vaso de café.
Me incorporé de la pared en la que estaba apoyada y tomé de a sorbos, tratando de contener la tos.
Hacía mucho que no bebía café. El sonido de Seoyoung y yo bebiendo se propagó como ondas sobre el agua hacia el otro lado del pasillo.
Me estaba contando lo que había ocurrido durante los últimos cinco días. Todo comenzó cuando recibió por parte del hermano de un compañero de la universidad el directorio interno de maquinistas jubilados.
—Entonces, ¿podría pedirle el teléfono de Jeong? —preguntó con cuidado cuando pudo calmarse.
Hubo un largo silencio. Sentía que el pecho iba a explotarle.
Choi Changryong le dijo que Jeong había fallecido hacía cinco años de una enfermedad crónica.
Cuando oí la noticia, sentí un frío intenso traicionando el calor del verano.
Mis hombros se encogieron y no pude contener la tos.
Necesitaba un actor imaginario que pudiera actuar mi soledad.
Traté de proyectar mi soledad en ese actor imaginario que se iba helando, pero esa transferencia no estaba funcionando.
A veces, la costumbre no actúa como una quiere.
Apoyé la cabeza contra la pared, y esperé a que el falso frío que me atravesaba se desvaneciera pronto.
Fue en ese momento cuando se acercó Seoyoung con el café de la expendedora.
Aunque tomara la infusión caliente, el frío no desaparecía; era un frío que nacía desde el fondo de mi ser.
Recién cuando bebí la mitad pude percatarme de lo preocupada que se veía Seoyoung.
Me dijo que pudo obtener de Choi la dirección de columbario donde descansaban los restos de Jeong, que podíamos ir cuando yo estuviera lista, y que ella iría conmigo.
Apenas pude sonreírle. Un rato después, Seoyoung comenzó a hablar de nuevo.
La noticia la había desilusionado, pero con una mezcla de preocupación y expectativa, no tuvo más remedio que preguntarle lo siguiente a Choi…
—¿Sabía usted que Jeong la llamó Munju?
Choi dijo que no lo recordaba bien porque había pasado mucho tiempo, pero si afirmó recordar que Jeong cuidó de la niña alrededor de un año.
Hubo una época en que escuchaba de él historias divertidas sobre la crianza.
Él se sentía alegre en general, pero también abrumado de vez en cuando.
Según Choi, el maquinista tenía una novia con la que se iba a casar y al final sí se casaron.
Seguramente para la madre de Jeong, para su futura esposa y para la familia de su esposa no era grato ver que un hombre de treinta y un años, a punto de contraer matrimonio, hubiera acogido a una niña desamparada.
De hecho, Choi también le había sugerido entregar a la niña a una institución especializada antes de su casamiento.
Desconocía por completo que Jeong estuviera a punto de casarse.
Era muy pequeña para entender los planes de los adultos.
Aunque ya era tarde, sentí curiosidad. ¿Será que, como dijo la hermana Gemma, una vez casado y con estabilidad económica, había tratado de convencer a su esposa de adoptarme?
¿Me habría imaginado jugando con sus hijos venideros?
Quizá así fue. El nombre Jeong Munju podría ser la prueba de que pensaba así, pero…
Pero todo era una mera posibilidad. Él había desaparecido de la pantalla en donde se proyectaba mi vida, y tampoco había regresado; además, hace cinco años que ya no podía de ninguna manera volver a ingresar a la pantalla de este mundo. Ya no quedaba nada para juzgar lo que pensaba.
Para siempre.
—Pero hay una cosa que te puedo asegurar —continuó Choi con un vozarrón lleno de determinación—.
Una vez que verificó que no había denuncias sobre una niña perdida en Cheongnyangni, es decir, una vez que se aseguró de que los padres no la buscaban, el señor Wusik eligió la institución con mucha prudencia.
En sus días libres no solo visitaba el orfanato que le indicaron en la comisaría, sino que visitó otros lugares con buenas referencias, e investigaba todo lo que podía sobre ellos.
En ese entonces, eran comunes los orfanatos sin habilitación que maltrataban a los niños.
Los diarios estaban llenos de noticias sobre esos lugares.
Así fue como se aseguró de no entregar a la niña a un lugar con gente malvada.
Esas palabras calmaron un poco a Seoyoung.
Enseguida, le explicó todo sobre la película a Choi, y le transmitió su deseo de entrevistarlo si lo permitía.
Choi, una vez que se jubiló, se mudó al campo y cultivaba un pequeño huerto.
Tenía mucho trabajo y no podía ausentarse.
En su lugar, dijo que sería más adecuado reunirse con la esposa de Jeong, y le dio su número de teléfono.
Luego de colgar, Seoyoung llamó de inmediato a ese número.
La esposa de Jeong dijo que le incomodaba estar frente a una cámara y rechazó la propuesta, pero su hija primogénita, la que se encontraba junto a la madre en el momento de la llamada, se mostró interesada y coordinaron una reunión.
Sería mañana a las diez de la mañana, en la cafetería de Hapjeong donde trabajaba Seoyoung.
—Creo que es como la punta doblada de una foto. La abres y te das cuenta de que esa partecita era fundamental para entender la captura… El encuentro de mañana puede ser algo así.
Después de su largo relato, yo solo asentí dando a entender que eso era lo único que podíamos hacer.
Fuimos a tomar el ascensor. Allí le conté que estaba cuidando a Bokhui y se sorprendió muchísimo. A fin de cuentas, había sido su vecina por bastante tiempo. Mientras le conté la relación que forjé con la anciana, el ascensor llegó hasta el vestíbulo.
—Es solo mi opinión, pero si lo único que las une es haber comido solo tres veces en su restaurante, no creo que sea tu obligación cuidarla. Tal vez visitarla de vez en cuando…
Yo podía comprender que Seoyoung estuviera en desacuerdo conmigo. De vez en cuando yo tampoco podía creer la situación en la que me había metido cuando estaba ahí junto a Bokhui controlando su respiración.
—Así que el nombre de la anciana no es Bokhui. En su habitación vi que tenía otro nombre —dijo Seoyoung desconcertada en la puerta de la clínica.
—A mí también me pareció raro. Su nombre real es Chu Yeonhui. La otra anciana del barrio la llamaba Bokhui y el restaurante se llama así.
—¿Será el nombre de su hija?
—¿Su hija?
—En Corea es común que uno le ponga al comercio su nombre o el de sus hijos. La generación anterior a la nuestra solía llamar a la mujer por el nombre de sus hijos. Cuando yo era chica, la gente del barrio llamaba a mi mamá Seoyoung. «Seoyoung, acércate, Seoyoung, ¿a dónde vas?». Y así.
Ella no se percató del sacudón que me generó su explicación. De hecho, lo contó de forma monótona, con indiferencia, y se adelantó a cruzar el vestíbulo.
Luego de que Seoyoung se fuera, yo me quedé un buen rato sentada frente al televisor gigante del hall del hospital.
Recordé a la niña de la foto. ¿Será que Bokhui me mintió?
¿O habrá sentido vergüenza y por eso le decía a la gente que la niña que envió en adopción a Bélgica no era su hija biológica?
Eso significaba que su hija habría atravesado un proceso de adopción al margen de su voluntad, dando vueltas como el equipaje sobre la cinta transportadora hasta ser elegida por sus padres adoptivos.
Igual que yo. Al menos tenía una pista. El aspecto de la niña en la foto…
Esos rasgos físicos no eran comunes en Corea.
Yo sabía que a alguien así le resultaría difícil integrarse a la sociedad coreana.
No tener el valor para criarla frente al prejuicio social podía ser una de las causas por las que hubiese decidido darla en adopción.
No lo quería ni pensar, pero esa imagen no paraba de aparecer en mi mente.
La niña de la foto nerviosa, observando a su alrededor, aterrorizada, en algún aeropuerto internacional en Bélgica; la niña que se despierta de una pesadilla en una casa ajena; ella rememorando el dolor del abandono, aún en los momentos de mayor alegría.
Podía enumerar infinidad de situaciones como esa.
Bokhui dijo sobre esa niña, la que tanto se parecía a mí, que le agradecía y que, también, le pedía perdón.
Yo conozco muy bien la naturaleza de esas palabras.
El agradecimiento y las disculpas son las excusas más comunes de los padres que entregan a sus hijos en adopción.
En el televisor se transmitía el noticiero.
La voz grave del locutor sonaba extraña, como si hablara un idioma extranjero, y decía muchas palabras técnicas.
En ese momento, esa lengua se me hacía incomprensible.
Era un idioma extranjero. Yo estaba, sin lugar a dudas, en un país extranjero.
«Mi tierra natal», se me escapó una risa por lo absurdo.
Este país y su gente me habían abandonado, y yo había vivido más del ochenta por ciento de mi vida en Francia.
Las personas como Bokhui… Repetí burlonamente en mi interior.
Las personas como ella, las personas como mi madre biológica que, en vez de proteger y criar, abandonaron y escaparon.
Las personas como la directora del orfanato o como los empleados de la agencia de adopción, los que cobraron una comisión por una venta.
Todos, un país lleno de personas así, ¡solo este es un país así! ¡¿Por qué?!
¿Para qué vine aquí? ¿Para qué…?