Capítulo diez #2
La enfermera salió de la habitación llevándose la otra bata, despojada como una piel vieja.
Miré a Bokhui. Observar con atención su respiración, leer en ella los signos que anunciaban la muerte, no era una simple visita ni una protección momentánea.
Era asumir el papel de testigo por el cual una vida abandona el mundo y ser quien habrá de dar noticia de ello a los demás.
Era el papel inverso al de ser testigo de la llegada de Wuju al mundo…
Era extraño. Al pensar en Wuju, desapareció toda indecisión y se afianzó mi confianza.
Salí corriendo de la sala y detuve a la enfermera.
Cuando se dio vuelta para verme, le dije que vendría a la habitación para ver el estado de la paciente Chu Yeonhui siempre que pudiera.
Tal vez hablé con tanta prisa porque temía que, de no hacerlo, mi valor se desvaneciera de inmediato.
La enfermera recibió mis palabras con mucho alivio y me recomendó que, si llegaba a notar cualquier cambio extraño en la paciente, avisara de inmediato al personal médico. Luego se marchó.
Volví a acercarme a la cama y, mientras acomodaba las sábanas revueltas, se me vinieron a la mente la sopa baek sundubutang , los fideos en caldo de dongchimi y los susubukkumi .
Aquellos sabores que estimulaban y reconfortaban mi lengua, mi estómago y hasta alguna parte íntima de mi corazón…
Comprendí que Bokhui había hecho más que darme de comer.
En toda mi vida nadie había mostrado tanto interés por lo que entraba en mi boca como ella.
Sus comidas eran todas deliciosas y me hacían sentir que este lugar era mi tierra natal, mi verdadero hogar.
Si, como un milagro, Bokhui llegara a despertar y me preguntara por qué estaba allí, yo pensaba responderle enumerando esos platos.
Que solo eso era suficiente para haberme quedado a su lado.
Porque gracias a eso tú creciste, porque esa comida se convirtió en la sustancia de tu sangre y de tus huesos.
En el autobús de regreso vi a una mujer de mi edad con un fular sujeto contra el pecho y el vientre.
Instintivamente me acerqué hacia ella. De pie frente a la mujer, me incliné a mirar la cabeza redonda y las mejillas regordetas del bebé dormido.
En ese momento nuestras miradas se cruzaron.
Ella, sin reparo alguno, me dijo que su hijo tenía ya cinco meses.
Al imaginar a Wuju un año más tarde, no pude evitar sonreír.
Me preguntó de cuántas semanas estaba, recorriéndome con la mirada.
Me sorprendió: aunque bajo la remera mi vientre ya se abultaba un poco, apenas se notaba si uno no lo miraba con atención.
Al responderle que estaba entrando en la semana diecisiete, me comentó con cierta preocupación que, para la cantidad de semanas, casi no se notaba.
Me reprendió con cariño, como si fuera mi hermana, insistiendo en que debía comer mucho más.
—¿Y tampoco debo levantar cosas pesadas?
Al preguntarlo con la misma naturalidad que ella, me respondió que eso era lo más básico de lo básico.
El autobús llegó a la parada de la casa de Seoyoung, y luego de saludar a la mujer y a su bebé, me bajé.
Después de caminar un buen rato por la cuesta, pude ver a la anciana que Bokhui solía regalarle cigarrillos y comida saliendo del restaurante con la arrocera eléctrica.
En su carro ya había cargado ollas, sartenes y varias vajillas.
Pensé que llevarse las cosas de alguien enfermo era, sin dudas, un acto delictivo y daba igual que fuera su amiga.
Enojada, apuré el paso y me fui acercando, cuando de repente se me vino a la mente la voz de la anciana llamando a Bokhui por su nombre.
También, recordé el rostro de ella, que al escucharla, se levantaba de su asiento sin problemas y la recibía con una sonrisa.
¿Por qué Yeonhui se habrá hecho llamar Bokhui?
¿Será que todos pensaban que ella se llamaba así?
Si yo le hubiera preguntado su nombre, ¿también se habría presentado así?
Me daba curiosidad, pero eran preguntas sin respuestas si ella no recuperaba la conciencia.
En ese ínterin, la anciana se fue y el sonido de las vajillas sacudiéndose en la carro también se fue alejando.
No tenía energía para perseguirla y controlar las cosas que había tomado.
A Bokhui le quedaban apenas un par de meses, y su hermana no parecía tener derecho a heredar nada.
Tampoco parecía que esos viejos trastos fueran parte de la herencia.
Entré al restaurante y deslicé la puerta de vidrio opaco al fondo de la cocina.
El teléfono comenzó a sonar apenas la abrí.
No paraba de sonar, pero no podía atender.
Si me llegaban a preguntar quién era, ¿qué diría?
Además, contar las novedades sobre el estado de Bokhui sería agotador.
Decidí ignorarlo y solo tomé de la habitación y del baño ropa interior, toallas, un cepillo de dientes, dentífrico y jabón.
La ropa interior y la toalla no parecían necesarias, y los productos de higiene quedarían sin usarse; aún así, me esforcé en pensar qué más podría llegar a necesitar.
Tomé el bolso lleno, pero cuando me quise ir comenzó a sonar el teléfono de nuevo.
Me quedé quieta observándolo y me pregunté quién sería la persona que la buscaba a esa hora sin rendirse.