Capítulo diez
CAPÍTULO DIEZ
A l salir del ascensor, vi a Soyul parada frente a la taquilla, mirando a su alrededor.
Sin duda había venido a recibirme después de mi llamada.
Como llevaba una camisa blanca con corbata y una falda negra, y no su vestimenta neutra habitual, la sentía extrañamente desconocida, como si fuera otra persona.
Al acercarme, en vez de saludarla, le comenté que se veía distinta de lo normal; entonces Soyul se rio incómoda y me dijo que a ella también el uniforme del cine siempre le parecía extraño.
No quería interrumpirla en el trabajo, pero al final terminé haciéndolo.
Ella ya le había pedido a otro empleado que se ocupara de sus tareas y tenía unos treinta minutos para mí.
La seguí hasta la azotea del edificio. Allí había un espacio acondicionado como un jardín, reservado para el descanso, al que según me contó solía ir con frecuencia.
Nos sentamos una al lado de la otra en un banco junto a la baranda y charlamos sin apuro sobre el clima de estos días, las críticas que había recibido la película que yo iba a ver hoy y el trabajo a medio tiempo de ella.
Tras un breve silencio, le confesé que me intrigaba saber por qué, incluso a costa de sacrificar el dinero para sus gastos diarios, seguía filmando.
Recordaba que Seoyoung me había contado que, cuando rodaban una película, no solo el director sino también el resto del equipo tenía que poner dinero.
Las dos, en lugar de tener un empleo estable, trabajaban a medio tiempo y hacían películas no comerciales, mientras que Eun estaba desorientado tras terminar el servicio militar, sin decidir aún qué camino seguir; para ellos, incluso una pequeña suma debía de ser una carga enorme.
—Pues… —Incómoda, se rascó la nuca, pero enseguida respondió con un gesto en el que se adivinaba firmeza—.
Pues, quiero decir… está ese momento en que se termina la película y aparece tu nombre en los créditos.
Amo ese momento. Me hace sentir viva. Aunque no gane dinero, o lo poco que consigo lo gaste todo en filmar, hasta ahora siento que con eso todo vale la pena.
Claro que tampoco sé hasta cuándo podré vivir así.
Lo que dijo me hizo recordar el cartel del restaurante de Bokhui.
Para ella, aquel local era un trabajo y su residencia personal, el lugar al que había llegado tras viajar toda una vida.
¿Sería también un signo de estar viva grabar su nombre en ese restaurante en el que había volcado trabajo, bienes y tiempo?
¿Ese gesto, el de llamarse Bokhui aunque oficialmente fuera Chu Yeonhui, era la manera que tenía de demostrar su propia existencia?
¿Con eso habría sentido que, en una vida tan dura, todo había valido la pena?
—¿La está pasando mal? —preguntó Soyul mientras yo seguía absorta en mis pensamientos.
Seguro se preocupaba por mi salud. Le respondí que en absoluto, que no la estaba pasando mal y que todo estaba bien.
Le dije también que, aunque el viaje a Corea había sido una decisión impulsiva, no me arrepentía; que atravesaría este período sin ayuda de nadie y que regresaría a Francia a más tardar en septiembre para prepararme para el parto.
Lo solté de golpe, como si quisiera hacerle entender que no tenía por qué preocuparse por mí.
Soyul me miró en silencio y luego me pidió que lo tomara con calma.
Que el director y el equipo tenían la obligación de proteger a la actriz y que, si necesitaba ayuda, debía, aunque no tenía por qué, pedirla en cualquier momento.
Y esta vez también, con ese gesto suyo tan firme, continuó hablando.
—Sé que se cuida para no incomodarnos, pero si Seoyoung o Eun supieran de su situación, le dirían lo mismo que yo.
Soyul lo dijo con tal seguridad que recién entonces pude admitir, poco a poco, que en el fondo yo quería escuchar esas palabras.
Como ya casi era la hora de que empezara la película, bajamos de la azotea.
Antes de entrar a la sala, la vi de lejos regresar a su puesto, revisando las entradas y orientando a la gente.
La verdad es que, pudiendo ir a cualquiera de los incontables cines de Yongsan, había decidido venir hasta Jongno para ver la película porque quería hablar con alguien de manera objetiva sobre Bokhui.
No sabía si debía intervenir en la vida que le quedaba o, como una extraña que ni siquiera conocía su verdadero nombre, debía hacerme la desentendida ante cualquier cosa que le sucediera.
En Corea solo me hice amiga de Seoyoung, Soyul y Eun; de ellos, Soyul era más madura que Seoyoung, y era más fácil compartir mis preocupaciones con ella.
Quizá Soyul no lo supiera, pero lo que me dijo ese día me recordó algo importante: si Bokhui era una actriz que había entrado en mi vida, entonces yo también tenía la obligación de protegerla.
Proteger: esa había sido la actitud y la acción que Henri, Lisa y el maquinista Jeong Wusik habían tomado conmigo.
Era, en definitiva, una manera de no dar la espalda a una vida y acogerla en la propia.
Una multitud se agolpó alrededor de Soyul y sus manos comenzaron a moverse con rapidez.
Mientras la observaba, se me ocurrió algo: revolví el bolso y allí estaba la libreta que me habían dado en el hospital una semana antes.
La abrí. En el espacio en blanco reservado para el «nombre provisional» escribí lentamente: Soyul.
Hasta el momento de salir al mundo, Wuju existiría como un pequeño castaño.
Tal vez el nombre le gustó, porque volví a sentir un movimiento en lo profundo del vientre.
Desde la primera agitación, Wuju solía recordarme a cada momento que estaba ahí, viva.
Bokhui ya había pasado de urgencias a terapia intensiva y de allí a una sala común.
Por suerte, el empleado, que todavía recordaba mi cara, me informó que en ese lapso había venido el tutor de la paciente Chu Yeonhui y había completado el trámite de internación.
Tal vez creyó que yo había avisado al tutor, porque incluso me dio el número de la habitación con una expresión más amable que la de la primera vez.
Quería preguntarle más cosas; sobre todo quería saber el estado de Bokhui, pero como la gente seguía agolpándose frente al mostrador, apenas pude agradecerle y darme media vuelta.
El edificio de las salas de internación estaba frente al de urgencias.
La habitación de Bokhui era una doble en el piso 13, pero al llegar vi que la cama junto a la puerta estaba vacía y que ella yacía sola junto a la ventana.
Me fui acercando paso a paso. El cuerpo de Bokhui estaba conectado a varios tubos, algunos transparentes y otros opacos; uno de ellos la unía a una bolsa de orina.
No me resultaba extraño: también había visto a Henri recostado en una cama con ese mismo aspecto.
Ya hacía mucho tiempo que había aprendido que por los tubos de la nariz y del brazo se administraban comida y medicación, y que por el tubo del bajo vientre se drenaba la orina.
Como si lo hubiera visto ayer, se me vino a la mente la cara de Henri, cuando me dijo con una sonrisa tímida: «Nana, al ver tan bien lo que entra y lo que sale de mi cuerpo, me siento como un organismo unicelular cilíndrico, con entrada y salida bien definidas».
Justo entonces entró en la sala una enfermera con la nueva bata para Bokhui.
Me saludó con un entusiasmo desmedido y me preguntó si era familia de la paciente.
Al decirle vagamente que no era familia, sino solo una vecina conocida, la enfermera enseguida se mostró decepcionada. Era joven y su cara muy expresiva.
—¿Qué va a pasar a partir de ahora con la paciente Chu Yeonhui?
Sin darme cuenta, había terminado ayudando a la enfermera a cambiarle la bata y la ansiedad me obligó a preguntarle.
—El médico a cargo considera que, incluso con cirugía, las probabilidades de que despierte son bajas.
Además, la paciente ya había firmado un documento rechazando los tratamientos de prolongación de vida.
Eso significa que no podemos intentar reanimación cardiopulmonar.
Como ve, también se le retiró el respirador.
En este estado, difícilmente pueda resistir más de uno o dos meses.
—Entonces, ¿quién cuidará de la paciente Chu Yeonhui durante ese mes o dos?
—Eso mismo me pregunto yo. Lo más adecuado sería trasladarla a un geriátrico o a una unidad de cuidados paliativos, pero desde el día en que vino a la clínica, su tutora no ha vuelto a aparecer ni a atender llamadas.
—¿La tutora es un familiar?
—No es familiar en línea directa, es su hermana menor.
Según me contó la enfermera, la hermana de Chu Yeonhui —y me aclaró que no se llamaba Bokhui—, apenas terminó el trámite de internación fue directamente a verla para exigir que guardaran bien los documentos, ya que cuando muriera necesitaría recuperar con el seguro de vida los gastos pagados al hospital.
Después dejó el cuidado en manos de un acompañante comunitario vinculado a la clínica y se marchó apurada.
En situaciones como esa, el personal médico queda en la posición más incómoda, añadió la enfermera.
Explicó que un paciente inconsciente, sin tutor ni cuidador presente, queda abandonado en la sala y eso le generaba preocupación.
Me confesó, casi como un desahogo ante alguien que veía por primera vez, que si al menos hubiera alguien acompañando, aunque solo fuera para vigilar la respiración, se podría evitar que el paciente muriera solo, sin que nadie lo notara.