Capítulo nueve #2
Al entrar, el aire estancado desprendía un olor familiar.
Pensé que debía de ser el aroma de Bokhui impregnado en los platos, cuchillos, cucharones y ollas.
Fui directo a la cocina. Junto al refrigerador del fondo estaba instalada una puerta corrediza de vidrio esmerilado.
La vendedora me había dicho con seguridad que la había encontrado desplomada en el cuarto anexo a la cocina.
Según sus palabras, Bokhui vivía detrás de la puerta corrediza.
Y, en efecto, al abrirla apareció un pasillo estrecho con una habitación y un baño enfrentados.
Así se añadía una cosa más a todo lo que yo desconocía sobre Bokhui.
Jamás me había imaginado que viviera en la parte interior de su restaurante.
Me descalcé y entré en su habitación. Pulsé el interruptor y el tubo fluorescente parpadeó varias veces, pero terminó apagándose; en su lugar, se encendió de inmediato una lámpara sobre un estante bajo.
Cuando la tenue luz anaranjada se difundió por el lugar, todo apareció de un vistazo: un armario de plástico, otro mueble plástico de almacenamiento, ropas raídas colgadas de un clavo y un ventilador con una de sus aspas rotas.
Junto a la lámpara se alineaban un frasco tosco con skin y loción, un pintalabios sin tapa, un espejo lleno de huellas de manos y un teléfono plegable conectado al cargador.
Mientras recorría la habitación con la mirada, mis ojos se detuvieron en un punto.
Era un libro de cuentas abierto sobre la colcha.
Me agaché y lo examiné. El grueso cuaderno estaba repleto de letras, y lo último que había anotado eran unas palabras desprolijas: «Aniversario giil de Boksun», junto con pastelitos de arroz, harina de porotos, peras, manzanas, y varias cifras garabateadas.
Consulté enseguida en el diccionario del teléfono la palabra giil .
El diccionario lo definía tanto como el día en que alguien había muerto como el día en que las personas cercanas recordaban esa muerte.
Así podía deducirse que esa tal Boksun había sido alguien cercano a Bokhui y que había muerto por estas fechas.
Por supuesto, lo más significativo eran los nombres: Bokhui, Yeonhui, Boksun.
Pensé si ese patrón podía ser una pista que atravesara su vida pasada; al imaginarlo, la vida de Bokhui me pareció un enorme misterio.
«Un enigma…» susurré, mientras me recostaba sobre la colcha.
De esta emanaba otro olor de Bokhui. Quizá era el olor mezclado de sudor y lágrimas.
Aunque el sol ya se había puesto, el aire caliente del cuarto no se enfriaba y los insectos afuera chirriaban con todas sus fuerzas.
Miraba en silencio el techo bajo teñido de un resplandor anaranjado y me vino a la mente la soledad de un alma que, dentro de un ataúd bajo tierra, se iba coagulando con el paso del tiempo.
Mi propia alma, contemplando la vida desde arriba, esa vida reducida a meras partículas de luz destinadas a desvanecerse al salir el sol… ¿Sería por eso…?
¿Será por eso que recordé aquella época?
Hubo días en que no hacía más que pensar en la muerte.
Fue después de recibir orientación psicológica en la universidad.
La sesión no duró más de treinta minutos, pero desde aquel día, durante casi tres años, no hubo un solo día en que olvidara las palabras de la consejera.
Si, tal como había diagnosticado, antes de que me abandonaran en las vías férreas, me habían dejado en un entorno insoportable o había sufrido maltrato, entonces la primera célula que me constituía se había forjado sin duda en una situación miserable: una niña nacida de un acto puramente fisiológico, por dinero que cambiaba de manos o por violencia, una intrusa venida a este mundo sin invitación, sin que nadie la esperara ni la deseara…
Quizás siempre había pensado de ese modo.
La consulta no había sido más que una especie de detonante que hizo certera esa posibilidad que yo me había empeñado en ignorar.
Me hice actriz porque quería escapar de esos pensamientos.
Me gustaba que, al actuar, podía vivir otra vida, como otra persona.
No, el escenario era en realidad la única vía de escape que se me había concedido dentro de la vida que me tocó.
Sabía bien que la probabilidad de que una actriz asiática fuera protagonista era casi nula, y que al terminar la función la realidad volvía a empezar, pero sin siquiera el tiempo sobre el escenario no habría tenido fuerzas para soportar nada.
Por suerte, los años pasaron con constancia y fui alejándome poco a poco de la época en que no hacía más que pensar en la muerte.
Así lo creí. Lo creí, pero había días, como ese, en que seguía bajo la sombra de la muerte.
En ese momento recordé las palabras del médico: que pronto Wuju desarrollaría el cuerpo calloso y, cuando eso ocurriera, también ella sentiría mis emociones.
Entonces tensé hasta los dedos de los pies con la determinación de no dejar que ninguna emoción se deslizara dentro de su cuerpo.
Apreté las manos como puños sin darme cuenta, y los huesos del dorso se marcaron en relieve.
Cuando iba a levantarme de la cama con el cuerpo así de crispado, de pronto sonó un borboteo en mi vientre y un movimiento puramente físico recorrió suavemente el interior.
Me quedé paralizada, como un boxeador sorprendido por un jab inesperado.
El movimiento se acortó, luego se alargó, y al cabo fue apaciguándose poco a poco.
Con cuidado me giré de lado, curvando el cuerpo como un arco y rodeando el vientre con ambos brazos.
Sentí como si de golpe se aflojaran todos los tornillos que me apretaban en cada rincón del cuerpo.
La señal de que estabas viva. Un toque a la puerta del mundo.
El lenguaje corporal diminuto que me decía, en el momento más necesario, las palabras que más deseaba escuchar.
Fue el primer movimiento fetal.