Corazón sincero Capítulo nueve
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Capítulo nueve

CAPÍTULO NUEVE

— M añana voy a reunirme con un maquinista.

Es el hermano mayor de una amiga de la universidad y, por lo que me dijo, trabaja desde el año pasado en la Administración de Ferrocarriles.

Estoy segura de que debe de existir algún directorio interno, así que conseguir la dirección o el teléfono de Jeong Wusik es solo cuestión de tiempo —dijo Seoyoung apenas nos sentamos en la barra en forma de L.

El maquinista seguía pareciéndome tan difuso y lejano como las luces de la ciudad vistas desde una barca sin ancla, pero la miré y asentí diciendo que era una buena oportunidad.

Seoyoung estaba empeñada en seguirle la pista para completar la película.

Me recordaba a Henri y yo sabía mejor que nadie que esa pasión no era un talento que tenía cualquiera.

Como era la hora del almuerzo, Seoyoung iba y venía entre la nevera y el horno detrás de la barra.

A mí me preparó un plato de espaguetis con salsa de tomate y hongos.

La salsa de tomate tenía ese sabor estandarizado de fábrica y los hongos estaban poco cocidos y duros, pero me lo comí rapidísimo.

Seoyoung sonrió, sin mostrar curiosidad o desconfianza, y me dijo que nadie se había terminado su comida con tanto gusto como yo.

Era obvio que la otra noche no había escuchado mi confesión.

Estuve a punto decírselo de nuevo, pero desistí.

Pensaba que todos existíamos gracias al embarazo y parto de una mujer, y que no había razón para ocultarle a nadie la existencia de Wuju, pero no quería que Seoyoung se sintiera agobiada por mi situación.

Como aquel día ella trabajaba hasta tarde, salí sola de la cafetería.

A fines de julio, Seúl estaba en el epicentro del verano y la temperatura superaba cada día el récord de la jornada anterior.

El calor del sol caía en línea recta y las hojas de los árboles ondeaban con un verde intenso, como si hubieran alcanzado la cima de su crecimiento.

No era un nivel de temperatura y humedad adecuado para pasear, así que me apresuré hacia la estación de metro.

Al pasar por la verdulería de la casa de Seoyoung, vi unos melocotones blandos y rosados.

Pensé en Bokhui. Ayer y anteayer el restaurante estuvo cerrado y no la había visto.

Para mí, ese lugar era el único pasaje que conducía a su mundo, de modo que el local cerrado significaba la ruptura del vínculo.

Claro que no debía lamentar esa ruptura.

A pesar de que gracias a Bokhui pude comer por fin los susubukkumi que tanto había deseado, desde aquel día no volví a ir y cuando estaba cerca era lo más discreta posible para no llamar su atención.

Si Bokhui volvía a mostrarme aquella foto y a charlar sobre el tema, el pasado de la niña en la fotografía quedaría restituido, y yo seguía sin querer conocer ese tipo de historias.

De pronto, el letrero abollado apareció ante mí.

Caminé un poco más y vi la puerta abierta, rodeada de varias personas, y fue entonces cuando empecé a oír la sirena de una ambulancia.

Al principio, como en una escena en cámara lenta, todo iba tan despacio que costaba creerlo; luego empecé a sentir la escena cada vez más rápido y al final corrí casi con desesperación.

No sirvió de nada. La ambulancia que había estado detenida frente al restaurante se marchó hacia la avenida principal antes de que yo pudiera llegar.

Me quedé parada en el lugar, murmurando una y otra vez: «Bokhui, Bokhui».

La vendedora del mercado que proveía de verduras al restaurante me dijo dónde quedaba el hospital al que la habían llevado. Ella había ido a cobrar una deuda pendiente y fue la primera testigo en encontrarla desplomada.

—No atendía el teléfono, y aunque golpeé la puerta nadie respondía. Ahí mismo me cayó la ficha. Llamé a un cerrajero para que abriera la puerta y, como era de esperar, la anciana estaba desplomada en el cuarto anexo a la cocina. ¿Qué otra cosa podía hacer? Llamé enseguida al 119.

Después de soltar todo eso de golpe, me apremió a que no perdiera tiempo con rodeos y fuera de inmediato al hospital a hacer el ingreso.

Al verme correr hacia el restaurante con un gesto medio trastornado, debió de pensar que yo era su hija o su sobrina.

Cuando aclaré que no era familia sino tan solo una clienta, su rostro se ensombreció.

—Entonces, ¿qué se puede hacer? Sin un tutor legal no podrá ni siquiera ingresar en el hospital, mucho menos someterse a una operación… ¿No sabe nada de la familia de la anciana?

Le respondí que no y soltó un largo suspiro antes de perderse entre la multitud que se dispersaba, repitiendo para sí: «¿Y ahora qué?

, ¿y la deuda qué…?». Cuando ya no hubo más gente, se hizo de pronto un silencio absoluto.

Me quedé un buen rato mirando el interior del local, con las mesas y sillas revueltas en desorden, y luego me di vuelta para tomar un taxi.

Luego de bajarme me dirigí directamente a la sala de urgencias, pero la entrada era un caos y el acceso de personas externas estaba restringido.

Estuve un rato deambulando sin saber qué hacer hasta que vi el mostrador de admisión de visitas.

Le expliqué al empleado que buscaba a una paciente de unos setenta años que acababa de ser trasladada en ambulancia desde Itaewon; no conocía su apellido, pero dije que su nombre era Bokhui.

La respuesta fue inmediata: no había ninguna paciente llamada así.

Según el empleado, la anciana que yo había descrito no era Bokhui, sino Chu Yeonhui.

—¿Chu Yeonhui?

—Sí, la señora Chu Yeonhui. Pero ¿qué relación tiene usted con la paciente?

Me quedé sin palabras. ¿Quién era yo para Bokhui, o más bien para Chu Yeonhui? ¿Por qué había corrido hasta aquí sin pensarlo? Sin embargo, lo que importaba en ese momento no era resolver mis dudas, sino mostrar una relación clara con la paciente. Decidí mentir.

—Vivo en el mismo edificio que Bokhui, digo, que la paciente Chu Yeonhui. Como su tutor legal vive en las afueras, me pidió que verificara en qué estado se encontraba, por eso vine en su lugar. ¿Podría visitarla?

—¿Vino por encargo de su tutor?

El empleado hojeó los documentos. Por su rostro parecía que algo se había complicado.

Aún no habrían logrado ponerse en contacto con el tutor de Bokhui y el empleado debía considerar que lo conveniente sería establecer un contacto de inmediato para facilitar los trámites de admisión aunque fuera con alguien que se ofrecía a representarlo.

Tal como había supuesto, al cabo de un momento me entregó una hoja y me instó a que trajera al tutor lo antes posible.

Tras firmar el documento y entrar en la sala de urgencias, me abrumaron el fuerte olor a medicamentos, los sonidos mecánicos de los equipos médicos y los gemidos de algunos pacientes que se quejaban por el dolor.

Bokhui, aunque oficialmente se llamara Chu Yeonhui, para mí seguía siendo Bokhui, y estaba tumbada de espaldas en la cama más al fondo, con un respirador conectado.

En la ficha de la cama, junto a su nombre aparecía «accidente cerebrovascular».

Contemplé su rostro. Por más que lo mirara, no parecía el de alguien a quien se le hubiera roto un vaso sanguíneo en el cerebro, sino el rostro de alguien que dormía profundamente, con una serenidad infinita.

Le bajé la camiseta, que se le había subido, y ordené las sandalias de plástico que estaban tiradas bajo la cama.

Quería hacer algo más por ella, pero en ese lugar, donde no había nada más que una cama, no se podía hacer mucho.

Ni siquiera tenía derecho a permanecer tanto tiempo a su lado.

Yo no era más que una clienta que había comido tres veces en su restaurante.

Ni siquiera sabía bien su nombre: en su vida yo no era más que un personaje pasajero…

Al salir del hospital y caminar hasta la estación de metro, pensé en quién sería en verdad Bokhui. Se me vino a la mente el rostro de la niña de la fotografía.

Incluso si ella, que envejeció al mismo ritmo que yo fuera de la foto, fuese la verdadera Bokhui, la de carne y hueso, Lucky y más que lucky , tal vez habría olvidado el nombre que le pusieron en Corea.

También se me ocurrió que quizá no supiera en absoluto que en Corea había alguien que, con el nombre de Bokhui, había abierto un restaurante y miraba de tanto en tanto su fotografía.

El diagnóstico de accidente cerebrovascular y lo que había dicho la vendedora del mercado —que sin tutor no se podía ni siquiera operar— se alternaban en mi cabeza confundiéndome y mis pasos se volvían cada vez más pesados.

De vuelta en casa de Seoyoung, abrí la nevera para preparar la cena y, al sacar los ingredientes, me llamó la atención una caja de telgopor que había en el congelador.

Coloqué en un plato los susubukkumi que había dentro, los descongelé en el microondas y los llevé a la sala de estar.

Cada vez que comía uno, la expresión y la manera de hablar de Bokhui se me volvían más nítidas.

Bokhui, que empujaba un plato de guarnición hacia mí con disimulo, que alzaba la vista con desgana hacia el televisor mientras bebía soju , que compartía cigarrillos y guarniciones con una anciana más pobre que ella, que estaba sana y llena de vida…

El sexto y último susubukkumi lo mastiqué lentamente, durante el mayor tiempo que pude, y cuando por fin lo tragué me levanté y volví a salir.

Bajé al primer piso y abrí la puerta de vidrio del restaurante.

Al parecer, el cerrajero había olvidado volver a cerrar la puerta con llave, quizá sorprendido por toda la situación.

Hasta que apareciera el dueño del local y tomara medidas, la puerta permanecería abierta.