Capítulo ocho
CAPÍTULO OCHO
N ana, yo quería que mi última película sea sobre el origen de nuestra familia.
Henri me había dicho eso la tarde en que cumplía cincuenta y ocho años, antes de que aparecieran con la torta, recostado de lado en la cama.
Yo sabía que esa película que iba a contarme serían las últimas palabras de Henri Moreno.
Era verano. Continuó hablando con una sonrisa, y yo tomé una de sus manos y hundí mi rostro en su palma, como un gatito que todavía no abre los ojos.
Hace mucho tiempo durante un verano, un Henri de treinta y un años y una Lisa de treinta y tres habitaban un mundo inundado de luz.
Hasta los semáforos de la calle y las luces de advertencia parecían brillar para ellos; y cuando abrían los ojos por la mañana, el haz que entraba por la ventana era la iluminación natural que protegía su amor.
Se habían encontrado por primera vez en aquella primavera temprana, en una librería de la calle Saint-Michel.
Esa tarde, en el sótano de la librería, se proyectaba una película independiente en la que Henri había participado como miembro del equipo técnico; Lisa, que era profesora de matemáticas en una escuela secundaria, estaba entre los once espectadores que habían ido a verla.
Hasta que viajó a Niza con Lisa y se cruzó con un antiguo colega cinematográfico, Henri creyó que el mundo de la luz era el territorio del amor.
El colega tenía la misma edad que Henri y los guiones que solía escribir y mostrarle a veces coincidían en algunas escenas con sus guiones anteriores, por lo que este nunca se sentía del todo cómodo trabajando con él.
Un día desapareció sin siquiera despedirse y al poco tiempo llegó la noticia de que había vendido un guion a una productora de cine.
Por ese entonces incluso debutó con un largometraje reconocido por el circuito oficial.
Al verlo venir desde el otro lado del muelle, Henri se quedó petrificado.
El otro también lo reconoció y acercándose sonriente le tendió la mano.
Henri ni siquiera pensó en presentarle a Lisa; simplemente lo observaba con el rostro endurecido, mientras aquel no paraba de hablar de la nueva película que estaba por comenzar a rodar.
Solo después de que se marchara, Henri se dio cuenta de que Lisa seguía a su lado.
Ya habían soltado las manos que tenían entrelazadas.
El mundo se volvió de golpe oscuro como si hubiese ocurrido un apagón y Henri no fue capaz de mirar de frente a Lisa, como un ser humano primordial que de pronto advierte su propia desnudez.
Incluso cuando regresaron al hotel, el silencio continuó.
Fue Lisa quien lo rompió primero. Cuando le dijo que si sentía vergüenza de ella prefería separarse, Henri susurró con desesperación: «Por favor, Lisa».
Confesó que, por un instante, la había sentido como una vergüenza, y que por eso ahora estaba muy confundido, pero que lo único claro era que sentirse avergonzado de ella le resultaba aún más vergonzoso; y que, si aquella vergüenza era auténtica, entonces él creía que el amor seguía teniendo validez.
Lisa estaba de espaldas y Henri le habló así.
Ella no debía de haber dudado de sus palabras.
Tal vez nunca dudó de nada. Al darse vuelta, Lisa confesó por primera vez su deseo de tener un hijo.
Henri, que ya sabía que Lisa era estéril, no pudo más que contemplarla en silencio.
La luz se extinguía y en su lugar la oscuridad se infiltraba con rapidez; pero al ver las lágrimas de Lisa, Henri comprendió que un amor que abarcara también la oscuridad se acercaba más a la verdad.
Aquella noche tomaron dos decisiones: adoptar y que el nombre de la niña que adoptarían sería Nana.
«Nana» era el nombre de la protagonista de una película de Godard que habían visto juntos en su primera cita, en un cine viejo y destartalado de las afueras de París.
—Nana, así fue como llegaste a nosotros.
Llegué a esta vida a través de una película en blanco y negro en un cine suburbano, cuando el deseo se cruzó con unos celos imposibles de contener, en ese punto en que la manera de amar de ambos se transformó.
Al oír de Lisa el origen de nuestra familia que Henri ya me había contado, se me vino a la mente intacta la expresión que Henri había mostrado en el hospital, el tono satisfecho de su voz y la mirada húmeda con que me miraba cuando terminó.
Del otro lado, Lisa volvió a hablar.
—Llegaste a Henri y a mí por muchísimas casualidades, casi de milagro. ¿No es así?
—…
—Para mí y para Henri eres única, Así como esa nueva vida en ti es única. Ahora, más que nunca, debes amarte a ti misma. No te reprimas demasiado, Nana…
—…
—Nana, cada vez que intentabas ocultar lo que deseabas, Henri y yo siempre sufríamos.
—…
La voz de Lisa era tan apacible como un susurro que volvía irrelevante la distancia entre nosotras.
La diferencia horaria entre Francia y Corea parecía haberse reducido a cero, y los treinta y cinco años que Lisa había vivido como mi madre se comprimían en una delgada lámina, de modo que cada instante podía sentirse como si hubiera sucedido ayer.
Como Lisa me había transmitido su verdad, ahora me tocaba a mí hablarle de Wuju.
Le fui explicando poco a poco el nombre y su significado, el momento en que había llegado a mí, la fecha en que estaba prevista que viniera al mundo e incluso la razón por la que había viajado a Corea.
Lisa me dijo que, cuando regresara a Francia, fuera a Montpellier para dar a luz allí, que ella estaría a mi lado.
Solo después de colgar me di cuenta de que Lisa no había preguntado nada acerca del padre biológico de Wuju. Desde que recibió mi llamada cinco días atrás, seguramente había ordenado lo que quería decir y lo que no quería decir según un único criterio: el deseo de infundirme valor.
La luz automática volvió a encenderse y apagarse.
Recordé mi época de papeles secundarios, cuando solo aparecía junto al protagonista y luego bajaba del escenario para limpiarme el maquillaje sola.
Entonces solía pensar que, si Henri moría sin haber logrado estrenar siquiera una de sus películas en un cine, ese camerino sería la metáfora de su vida.
No estuve presente en la agonía de Henri.
Él había querido pasar sus últimos momentos solo con Lisa.
Al día siguiente del cumpleaños, recibió el alta y se fue con Lisa a Montpellier, donde vivió un mes más antes de morir.
Henri había muerto y eso significaba para Lisa y para mí que había caído el telón de esa parte de la vida.
No podíamos volver al tiempo antes de su muerte.
Yo suspendí mis actividades como actriz de teatro y comencé a dedicarme por completo a la dramaturgia, mientras que Lisa presentó su renuncia en la escuela y se trasladó a Montpellier, la ciudad natal de Henri y también el último lugar que habían visitado juntos.
En Montpellier no trabajó como profesora de matemáticas, sino como empleada de limpieza en una biblioteca, y durante los últimos cinco años no abandonó nunca la ciudad.
Iba a trabajar con puntualidad, sin ausencias ni retrasos, y al terminar la jornada cenaba en su restaurante habitual —un local vietnamita en el que Henri había trabajado como camarero en su juventud— antes de regresar a casa.
Aunque aquella rutina monótona se repetía cada día, Lisa me dijo en una ocasión que se sentía más tranquila que nunca.
Desde París, yo solía imaginarme el restaurante vietnamita al que, según Lisa, iba casi todos los días: un local al final de una calle, adornado con farolillos rojos y con el olor de las especias extendiéndose por los alrededores; un espacio que solo se volvía completo cuando entraba una mujer corpulenta y solitaria.
Mientras ella cenaba sentada allí, el lugar se transformaba en un pequeño pedazo del mundo desde el cual podría llevarla a cualquier parte.
Cuando naciera Wuju, yo también cenaría en ese restaurante.
El tono con el que Lisa me dijo que fuera a Montpellier era casual, pero a mí me infundió una paz inmensa.
Fue un alivio saber que no estaba sola.