Corazón sincero Capítulo siete
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Capítulo siete

CAPÍTULO SIETE

A hyeon quedaba entre Sinchon y Gwanghwamun, no muy lejos de la cafetería de Hapjeong donde trabajaba Seoyoung, ni de Itaewon; en verdad, la casa estaba mucho más cerca de lo que había imaginado.

En el camino hacia Ahyeon pasamos por una manzana llena de tiendas para bodas, y después inmobiliarias, mueblerías y restaurantes.

Una calle para casarse, buscar casa, comprar muebles y luego ir a comer.

Si desplegara una etapa de mi vida mientras caminaba hacia Ahyeon, sería justo esa calle.

Según Seoyoung, Ahyeon había sido reconvertida hace poco en una zona de apartamentos de lujo.

Aun así, no todas las áreas estaban desarrolladas: del lado izquierdo de la estación de metro se alineaban modernos rascacielos, mientras que del otro todavía quedaban casas viejas y tiendas pequeñas.

Según Google Maps, el hostal que Seoyoung me había comentado se encontraba por las calles laterales del lado derecho, es decir, en la zona menos desarrollada.

Siguiendo el mapa, crucé varios callejones hasta que apareció un camión de mudanzas estacionado.

Dos hombres con chalecos verdes estaban cargando bultos grandes y pequeños.

Entonces me detuve y, sin poder apartar la vista, me quedé mirando una nevera, un tocador y un armario, todos rayados y desgastados por el paso del tiempo.

—Pero en esa casa ya no viven ni el maquinista ni su madre. Yo ya fui a verla y ahora una pareja joven remodeló el hanok para usarlo como hostal. Antes de que la compraran, vivió allí un médico jubilado, así que parece que el maquinista dejó la casa hace bastante tiempo.

Aquella mañana, cinco días después de filmar en el orfanato de Nazaret, Seoyoung me llamó para decirme que por fin había encontrado la casa del maquinista, y me dio la dirección recitándola de memoria.

Era verdad que la probabilidad de que una familia viva durante décadas en la misma casa no debía de ser muy alta pero, incluso después de anotar con la mano temblorosa la dirección del hanok del maquinista, no lograba calmarme.

Luego de hablar por teléfono, entré en una página de internet para buscar información sobre Ahyeon.

Decía que en tiempos antiguos se llamaba Aegogae, pero cuando el topónimo empezó a escribirse con caracteres chinos, se transformó en Ahyeon —una palabra compuesta por 阿 , que significa colina, y 峴 , paso de montaña— por la similitud de pronunciación.

En el reino de Joseon, los cadáveres se sacaban sin excepción fuera de las cuatro grandes puertas de la ciudad, y Aegogae, es decir, Ahyeon, era donde solían sepultar a los niños.

Leí despacio esa explicación. Un lugar donde abundaban las tumbas infantiles: así descubrí que había vivido durante un año en el distrito con el significado más triste de todo Seúl.

El camión de mudanzas se fue luego de un rato, y dejó a la vista dos sillas de madera colocadas una al lado de la otra junto al muro.

Me acerqué y me senté: era una silla que cojeaba y chirriaba.

Entendí por qué no la habían subido al camión.

Al levantar la vista sentada en la silla, los cables eléctricos suspendidos en el aire me parecieron un dibujo característico de Ahyeon, y esa larga cinta blanca que ondeaba colgada de los cables era como una señal solo para mí.

Precisamente en la dirección que esa cinta señalaba se encontraba la casa de huéspedes de la que me había hablado Seoyoung…

Me contó que había ido a las tres comisarías y a los dos destacamentos policiales cercanos a la estación de Cheongnyangni, pero que no quedaba ningún registro en los documentos de 1983 sobre mi aparición en las vías.

Explicó que en esa época las denuncias por desaparición de menores no se gestionaban de manera sistemática y que tampoco existía la digitalización de archivos, de modo que no era posible hacer una búsqueda.

Cuando ya estaba desanimada, sin saber cómo seguir rastreando el paradero de Munju, inesperadamente recibió una llamada de la hermana Gemma.

La hermana Verónica pensó que quizá algún día la niña vendría a buscar a sus padres, o que los padres podrían preguntar por el paradero de la niña, así que decidió llevar un cuaderno de notas de manera extraoficial.

Antes de ingresar en la residencia de ancianos le entregó esos cuadernos a la hermana Gemma, y cuando nosotras ya nos habíamos marchado, al revisarlos otra vez con más atención, encontraron el nombre y la dirección de la persona que había traído a Jeong Munju.

La hermana Gemma dijo que era un milagro que la escritura hecha con bolígrafo hace treinta y cinco años todavía sea legible.

Y tal como había supuesto Gemina, el maquinista resultó ser un tal Jeong.

Jeong Wusik, de treinta y un años en ese entonces.

Junto a su nombre y edad solo figuraban la dirección de su casa y un número de teléfono que ahora estaba fuera de servicio; no había transcripción en caracteres chinos de su nombre ni tampoco número de documento.

Seoyoung llamó de inmediato a la Administración de Ferrocarriles para ver si tenían registrado el nombre de Jeong Wusik y pedir algún contacto, pero le respondieron que en la lista de maquinistas no aparecía ese nombre y que, aunque estuviera, no podían proporcionar datos personales.

A pesar de haber seguido la pista con tanta diligencia, el maquinista permanecía siempre cercano y, a la vez, inalcanzable.

Como las luces encendidas de una ciudad que se observan desde una pequeña embarcación que no hace más que dar vueltas alrededor de un puerto sin poder echar el ancla…

La joven pareja que gestionaba la casa de huéspedes nos permitió filmar.

Antes de comenzar, di una vuelta alrededor del hanok , que había sido ampliado con un segundo piso.

El jardín, también ampliado, estaba bien cuidado, con toda clase de flores y pequeños árboles, y en los aleros colgaban luces que irradiaban un tenue resplandor albaricoque.

Dos extranjeros que se alojaban allí se estaban calzando los zapatos que habían dejado sobre el umbral de piedra; quizá iban a salir.

Distinguí con claridad unas zapatillas pequeñas que parecían haber atravesado el túnel del tiempo.

El maquinista y su madre no lo sabían, pero yo solía hacerme un ovillo y me quedaba en silencio mirando mis zapatillas mezcladas con los demás zapatos en el umbral.

En esos momentos, sin razón aparente, me sentía muy bien, como si hubiera comido muchos dulces.

Tal vez otro nombre para ese sentimiento de plenitud fuese pertenencia.

Fue la primera vez en mi vida que tuve esa sensación.

La entrevista se filmó en el maru , la tarima de madera que conectaba la casa y el patio.

Seoyoung, fuera del campo de la cámara, hacía las preguntas que había preparado y yo, dentro del encuadre, respondía.

Como siempre, Soyul sostenía el micrófono, mientras que Eun se encargaba de la cámara principal en lugar de Seoyoung.

Primero preguntó por cómo era el hanok en esa época y también el ambiente, por recuerdos relacionados con el maquinista, y por lo que sentí la primera vez que me llamaron Munju. Yo respondí con calma cada pregunta.

—Si pudiera volver a encontrarse con el maquinista Jeong Wusik, ¿qué es lo primero que le gustaría decirle?

Esa fue la última pregunta. Esta vez no pude responder de inmediato y me quedé mirando en silencio la cámara. Un silencio poco natural que ella seguramente recortaría en la edición.

—Supongo que le diría gracias. Pero esas palabras no serían suficientes. Ninguna palabra sería suficiente. Sin embargo…

Solo después de un largo rato volví a hablar.

—Sin embargo, esa gratitud que ninguna palabra alcanza a expresar también es una gratitud incompleta. A veces le tuve mucha bronca, incluso más que a mi madre biológica.

—… ¿Por qué?

—Pues, claro…

—…

—Porque me abandonó otra vez.

—…

Seoyoung no añadió nada más. Tan solo dijo en voz baja «corte» y apagó el micrófono. Eun y Soyul guardaron con cuidado los equipos de filmación, sin producir el menor ruido. Así terminó la grabación.

Al darme vuelta para despedir a la pareja, sopló un viento húmedo.

Cuando Seoyoung dijo que parecía que iba a largarse un chaparrón, Soyul y Eun se apuraron para que el equipo no se mojara, y los seguí de inmediato.

Al salir de la casa de huéspedes, vi a una anciana, de aspecto más avejentado que Bokhui, sentada en aquella silla abandonada, cabeceando mientras dormitaba.

Sentí una melancolía lánguida, como si me hubiera encontrado con una versión futura de mí misma o como si ya hubiera vivido toda una vida en un abrir y cerrar de ojos.

Mientras salíamos del callejón, me di vuelta varias veces, pero la anciana no despertaba.

Imaginé que todas las casas de ese laberinto de callejones se habrían convertido en polvo cuando ella despertara, y la calle se volvió un símbolo de mi vida actual.

Como Seoyoung quería hacer una reunión, primero fuimos a Chungmuro a devolver el equipo y luego a la cafetería de Hapjeong.

Una de las empleadas nos condujo a un sector separado por un biombo.

Apenas Seoyoung dijo que hoy, en lugar de la comida, invitaría el alcohol, Soyul y Eun, sin siquiera consultarme, pidieron de inmediato cuatro botellas de cerveza.

Todos estaban preocupados por la siguiente escena.

No veían otra forma de encontrar huellas de Munju, y la película sería demasiado corta si la terminaban en ese punto.

Además, iría contra el espíritu del proyecto.

Surgieron varias propuestas: buscar a todos los Jeong Wusik de sesenta años que hubiera en el país, o subir a distintas páginas de internet mis fotos de la época del orfanato junto con la historia de las vías…

Eran ideas descabelladas. Cuando anocheció, las botellas vacías fueron multiplicándose poco a poco sobre la mesa y la reunión se disolvió de manera natural.

Aunque todos ellos tomaron lo mismo, parecía que la única que se había emborrachado era Seoyoung.

Con el rostro enrojecido, se sentó muy cerca de mí, señaló la botella de cerveza que yo no había tocado y me preguntó si no tomaba alcohol.

El vaho tibio de Seoyoung, impregnado del olor dulzón a cerveza, se esparció agradablemente sobre mi rostro.

—Al contrario, siempre fue un problema porque bebía demasiado. Ahora solo me estoy conteniendo.

—¿Por qué, por qué?

—¿Puedo decirlo con sinceridad?

—¡Por supuesto!

—Porque yo…

—…

—Estoy embarazada.

En el mismo instante en que lo dije, Seoyoung se levantó de golpe, se tapó la boca con una mano y salió corriendo hacia el baño; Eun fue tras ella.

Seguramente ellos no escucharon nada de lo que dije, pero Soyul sí.

Ella fingió apartar la mirada como si no hubiera oído nada, pero yo vi que se sobresaltó un poco.

No había sido mi intención, pero al final terminé compartiendo un secreto con Soyul.

Pensé que, si Seoyoung volvía del baño y me hacía más preguntas, la situación se pondría muy incómoda, así que recogí mi bolso y me levanté.

Soyul también se puso de pie diciendo que quería acompañarme, pero rechacé el ofrecimiento diciéndole que no me gustaba que me trataran como a una niña y salí sola de la cafetería.

Durante el trayecto en taxi hasta la casa de Seoyoung se largó a llover de nuevo.

Se escuchaba el sonido del agua amplificado, como si de pronto se hubiera activado el volumen en algún control escondido en el aire.

Yo miraba por la ventanilla, imaginando el establo de la estación donde las flores blancas del peral caían sobre los tejados.

Imaginaba también el gran pozo de Hapjeong rebosante de agua de lluvia y las tumbas infantiles de Ahyeon empapándose.

Al seguir enlazando esas imágenes, Seúl se me antojaba una ciudad tridimensional, en la que lo visible y lo invisible se superponían, parecida al interior de una bola de nieve, como la que Henri me regaló de niña, en la que las líneas del paisaje y los tonos de la luz cambiaban según el ángulo desde el que se mirara.

Cuando bajé del taxi eran casi las once de la noche, pero el restaurante de Bokhui seguía iluminado.

Vi a un cliente allí después de mucho tiempo.

Bokhui y un hombre canoso estaban sentados en mesas distintas, los dos con la cabeza gacha, bebiendo la misma marca de soju .

Los veía como pasajeros de un tren nocturno, cada uno en su compartimento.

Avancé lentamente bajo el paraguas en dirección al restaurante.

Me quedé un buen rato parada frente a la puerta, pero no pude abrirla.

Me di la vuelta.

Luego de subir los veintisiete escalones, abrí la puerta que parecía la última salida de este mundo.

Una vez dentro, me dejé caer contra ella.

Me resultaba difícil apartar la idea de que afuera había un guion prefijado y que solo cuando una forastera como yo permanecía al margen, ese escenario podía funcionar.

Mi papel en este lugar se había desvanecido hacía ya mucho tiempo, desde que empecé a vivir como Nana, con nacionalidad francesa.

Al fin y al cabo, el mundo fuera de la puerta siempre lo recordamos como un rectángulo plano, igual que una pantalla.

En mi bolso sonaba el móvil. Lo saqué, presioné el botón de llamada y escuché una voz conocida. Mientras tanto, la luz automática se encendió y se apagó, y ya no volvió a encenderse. Fuera de la pantalla, esperaba en silencio lo que Lisa estaba a punto de decirme.