Capítulo seis #3
No me quedó otra que entrar a su local. En una de las mesas vi que ya estaban dispuestos el agua, las cucharas y las guarniciones.
Apenas me senté, Bokhui entró en la cocina, y comenzó a sentirse el aroma tostado del aceite.
Enseguida volvió con un plato y apenas lo vi no pude más de la sorpresa.
Sobre el plato había ordenadas unas piezas de esa comida: el alimento de forma aplanada semejante a un mandu de un color púrpura amarronado.
—¿Cómo…?
Antes de que terminara la frase, Bokhui soltó una carcajada y se sentó frente a mí.
—¿Qué cómo ni qué cómo? Después de escuchar tu explicación me quedé pensando y lo entendí enseguida. Surprise , ¿sabes? Una surprise . ¿Sabes cómo se llama esto?
Negué con la cabeza y Bokhui se inclinó hacia mí, acercando el rostro para pronunciar lentamente, sílaba por sílaba:
—Su, su, bu, kku, mi.
—¿Su, su, bu, kku, mi?
—Eso es, susubukkumi . Susu es un cereal llamado «mijo». Si vas hacia el este, hasta Gangwon-do, llegas a una región montañosa, con tierras pobres donde el arroz no se da bien. Pero el mijo crece incluso en suelos malos, así que hacían estas cosas para comer.
Podía notar que a Bokhui se le complicaba traducir el significado del bocadillo en términos fáciles de entender, así que solo la observé en silencio.
Murmuré susubukkumi, susubukkumi , y al darle un bocado, el sonido de la lluvia, el olor de los árboles mojados y una voz que me llamaba Munju , irrumpieron en mis sentidos uno tras otro. Todo se agitó dentro de mí.
—Está rico —susurré con la cabeza gacha.
Bokhui me sostuvo la mirada y enseguida se levantó para traer una botella de soju . Luego de tres sorbos, me preguntó qué tal era Bélgica.
—¿Se puede vivir bien allí? Aunque uno tenga un aspecto distinto, aunque la sangre esté mezclada, no hay discriminación, ¿verdad? En Europa es distinto. La gente con rasgos raros no recibe un trato raro y razas distintas conviven mezcladas, ¿no es así?
—Sí, así es.
En parte era mentira. Para un extranjero, la discriminación era una condición de vida inevitable, sin excepción. Bokhui tomó otro sorbo y, con voz ronca, continuó:
—Siempre pensé que al menos una vez iría. Pero ya tengo más de setenta y al final ni una sola vez… ni siquiera esa única vez…
—Esa niña de la foto, ¿acaso…?
No pude seguir diciendo lo que pensaba: «La abandonaron por ser distinta».
Por suerte, no se mostró curiosa por lo que había callado, ni me instó a que siguiera.
Hasta que terminé de comer el susubukkumi , no hizo más que mirar el vaso medio lleno de soju .
La luz fluorescente reflejada en el vaso se proyectaba sobre su rostro, y por momentos parecía que hubiera vuelto a ser mucho más joven.
Es el único rostro suyo que conservo en la memoria con tanta nitidez, como si lo hubiera visto ayer mismo.
Cuando terminé y dejé los palillos sobre la mesa, Bokhui se levantó con un quejido y metió en una caja de telgopor los susubukkumi que habían quedado en la cocina en mi bolso.
Antes de que pudiera darle las gracias, tomó la bolsa del supermercado con el arroz y el pan de centeno y caminó hacia la puerta.
Quise detenerla para que no cargara con mis cosas, pero no fui capaz.
Porque Bokhui lo sabía. Porque solo ella, únicamente ella, había notado la existencia de Wuju.
—Cuando se está embarazada no se deben levantar cosas pesadas —me aconsejó al salir.
Yo no supe interpretar el nudo de emociones que me sacudían con tanta fuerza.
El primer gesto de cuidado que recibía, Wuju, y la hospitalidad de otro hacia mí, esa que yo había esperado tanto…
Mientras recogía la bolsa de plástico que quedaba y la seguía, comprendí poco a poco por qué sus palabras habían quedado grabadas en mí con tanta intensidad.
Frente a la puerta del tercer piso, dejó la bolsa en el suelo, me hizo un gesto con la mano para que entrara y volvió a bajar las escaleras.
Se apoyaba en la barandilla, descendiendo peldaño a peldaño como si estuviera mal de las rodillas, y su figura encorvada no me resultaba desconocida.
Pensé en Lisa y me pesó no haberle contado aún sobre Wuju.
Apenas entré en la casa de Seoyoung, saqué el teléfono y marqué su número.
Cuando Lisa atendió, lo primero que preguntó fue si estaba enferma.
Parecía una pregunta reflejo. Desde la muerte de Henri, cada vez que recibía una llamada inesperada de alguien cercano, solía omitir los saludos y preguntar enseguida si estaba enfermo.
Yo respondí que no, que no estaba enferma, pero de inmediato dije que estaba embarazada.
Hubo un breve silencio. Del otro lado se oían ruidos de todo tipo, pero la respiración de Lisa permanecía tranquila.
—Oh, Dios mío, Nana.
Un momento después, Lisa habló en voz baja.
—Tengo tantas preguntas, pero ahora mismo no sé qué decir, en absoluto… ¿Podrías darme un poco de tiempo? ¿Qué te parece si te llamo cuando haya ordenado mi cabeza?
Sonreí antes de responderle que podíamos hablar por teléfono en cualquier momento. La despedida fue torpe, pero la entendía. No, lo que entendía era su incapacidad de entender.
Hubo un día así. Hace más de diez años, cuando Henri se sometió a su primera y última operación para extirpar las células cancerosas, Lisa me habló en el pasillo frente al quirófano.
Me dijo que era infértil desde la adolescencia, ya que había tomado durante mucho tiempo inhibidores de la hormona del crecimiento.
También me dijo que, como hasta entonces no había recibido amor ni conocía los actos del amor, aquello no había sido una carencia, pero que se había convertido en algo doloroso al conocerlo.
Añadió que ni siquiera a él le había contado algo así.
Su rostro se veía tan frío que yo solo la abracé en silencio.
Aquel día decidí convertirme en la única persona de este mundo que entendiera a Lisa.
Los amigos de Henri solían murmurar que Lisa era tan fría que resultaba impenetrable y, a veces, exasperante; yo misma apenas tenía recuerdos cálidos de ella, más bien fueron muchas las ocasiones en que su actitud hermética me hirió.
Pero mi decisión nunca habría de torcerse ni extinguirse.
Porque Lisa era mi madre y para mí eso era una claridad absoluta.
Con las dos bolsas de plástico en la mano caminé hasta el refrigerador.
«Impresionante», susurré mientras guardaba en la nevera la caja de telgopor que me había dado Bokhui y los víveres del supermercado.
Era lo que Henri me habría dicho si estuviera vivo.
Con esa sonrisa, cada arruga oculta entre su frente y cejas, entre su nariz y labios, entre sus mejillas y barbilla, esa cara que tanto amaba, me habría dicho: «Nana, convertirme en abuelo gracias a ti. Eres realmente impresionante».